Octubre 2020
Revista de Libros
RESEÑAS

La infancia recuperada

Georges Simenon
Pedigrí
Barcelona, Acantilado, 2015
Trad. de Núria Petit
616 pp. 36 €

«En mi novela todo es verdad, pero nada es exacto», cuenta Georges Simenon que respondió cuando le preguntaron por el componente autobiográfico de Pedigrí. Algunos de los personajes –empezando por su padre– de este libro llevan el mismo nombre que las personas reales en que están basados. Simenon eliminó pasajes de la novela después de perder juicios contra algunos de los que se habían reconocido.

El creador del comisario Maigret redactó Pedigrí entre 1941 y 1943, y dedicó más tiempo a escribir este libro que otras de sus «novelas duras». Comenzó a hacerlo, después de recibir una mala noticia médica, en primera persona. Cuando leyó la primera parte, André Gide le aconsejó que la redactara en tercera. La narración, en presente, y la habilidad para jugar con el manejo del tiempo y del punto de vista –sobre todo entre el protagonista, Roger, y su madre, Élise– son dos de los elementos más llamativos de este libro que, al margen de la exactitud factual, deriva parte de su capacidad conmovedora de una impresión de sinceridad biográfica.

Pedigrí, dividida en tres libros, es la historia de una infancia. Comienza con el nacimiento de Roger Mamelin, hijo único, en 1903, y termina en 1918, cuando se produce el Armisticio y los ocupantes alemanes abandonan Bélgica. Roger es hijo único: la madre sufre un problema en «los órganos», según sus palabras, y no tiene más descendencia (Simenon tuvo un hermano menor, Claude, colaboracionista en la Segunda Guerra Mundial y después miembro de la Legión Extranjera, fallecido en Indochina en 1947). La primera parte cuenta la formación de una familia: Desiré, un hombre tranquilo y amante de rutinas como el paseo o la lectura del periódico al regresar del trabajo, descendiente de una familia valona, y Élise, que proviene de una familia flamenca muy católica y tiene un carácter menos apacible, fundan un hogar, primero en un pequeño apartamento de dos piezas y luego en un piso algo más amplio. Esa primera parte, el fragmento más tierno del libro (acaso porque es una suerte de recreación), muestra una rara precisión en el retrato de la geopolítica familiar, en las ofensas declaradas y los insultos tácitos, en la manera de retratar las inseguridades de los padres novatos y en la ansiedad (sobre todo de Élise) por alcanzar una mejor posición social. A su alrededor pululan personajes como la vecina Valérie y su madre, la señora Smet o, sobre todo, Léopold, el misterioso hermano de Élise. El escenario fundamental de esta parte, pero también de todo el libro, es Lieja y, en especial, el barrio de Outremeuse, con sus huelgas y disturbios callejeros que interrumpen una existencia más bien monótona de comercios y misas, tranvías peligrosos y colmados de barrio.

Esa primera parte se cuenta sobre todo desde el punto de vista de Élise. En la segunda y la tercera parte se alterna con el de Roger: su despertar –en primer lugar a la infancia y, en segundo, a la adolescencia– es uno de los temas centrales del libro. La novela es episódica y contiene fragmentos fugaces e inolvidables, como la visita del hermano de Desiré, que compra a su sobrino un traje rojo. Simenon traslada una sensación de asombro ante el mundo. En esta segunda parte, los sentidos y la formación del recuerdo tienen una importancia decisiva.

Ese instante quedará para siempre grabado en la memoria de Roger, que acaba de volcar el cubo con la gravilla y ha alzado los ojos hacia el banco. La imagen que descubre, el trozo de vida que se le ofrece, el olor de la plaza, la fluidez del aire, los ladrillos amarillos de la casa de la esquina –cuando todos los ladrillos del barrio son rojos o rosados–, la carnicería vacía de Godard en la otra esquina, la pared del patronato con las grietas rellenadas que hay al fondo de la rue Pasteur, todo eso constituye su primera visión consciente del mundo, la primera que lo acompañará, tal cual, toda su vida.

O, algo más adelante: «Roger recordaría siempre las tres casas de paredes blancas que se difuminaban entre la bruma, el talud de enfrente y su seto de bayas rojas, un solo árbol, torcido, al pie del cual había cavado un día la tumba de su canario».

Élise consigue una vieja aspiración: alojar en casa a estudiantes, a menudo extranjeros, y a menudo para incomodidad del padre, Desiré, acaso el personaje más querido del libro, un hombre bueno y calladamente afectuoso: «Le habla a su hijo como un igual. Se comprenden». Su talante lacónico y calmado choca con el de Élise, ansiosa, propensa a la inseguridad y la mezquindad (y a estafar a sus clientes). El enfrentamiento de Roger con esta mujer severa y aparentemente frágil, que reza novenas para que su hijo llegue virgen al matrimonio, es creciente. Se convierte en el gran tema de la tercera parte, que comienza poco después de la invasión alemana de Bélgica y de que Roger haya terminado el colegio. Los defectos de Élise se cuentan con detalle, a partir de pequeños elementos cotidianos y mecanismos casi obsesivos. En el retrato de sus angustias y conspiraciones hay una cierta repugnancia que no excluye la identificación: más de una vez el joven Roger detecta en sí mismo rasgos que detesta de su madre.

En la tercera parte –más neurótica y triste, y teñida de un elemento autodestructivo–, Roger abandona una aparente vocación religiosa y decide hacerse militar. Pasa de ser el mejor alumno de la clase a despreocuparse, más interesado por las novelas que por los estudios. La erosión de las relaciones se transforma en una guerra a veces larvada y a veces ruidosa entre él y su madre, que se combina con otros aprendizajes, como el descubrimiento del sexo con una chica mayor en unas vacaciones, algunas aventuras eróticas más melancólicamente sórdidas que placenteras y alguna incursión en el mundo de la pequeña delincuencia. Roger crece rodeado de una poblada galería de personajes secundarios (tíos y tías, confesores, tenderos, compañeros de colegio, libreros ignorantes, exiliados polacos).

Simenon cuenta sin elevarse por encima del punto de vista de sus personajes y muestra de manera sesgada y eficaz algunas de las tensiones y transformaciones de Lieja en el período en que transcurre la novela: las diferencias sociales, también dentro de una misma familia; la presencia de los anarquistas y los revolucionarios rusos; la ocupación, con sus efectos de cierta relajación de costumbres, hambre y contrabando; y la liberación, con el castigo a los charcuteros que se habían enriquecido y a las mujeres que habían confraternizado con los alemanes.

Simenon abandonó su país natal poco después del final de la Primera Guerra Mundial, tras la muerte de su padre. Si, como se ha dicho alguna vez, la infancia es una patria de la que todos estamos exiliados, Pedigrí –sin estar exenta de componentes vergonzosos– tiene un aire de evocación de ese tiempo perdido. Por momentos hace pensar en libros como Crónica del alba, de Ramón J. Sender. Sensual, impresionista, dura y a menudo emocionante, Pedigrí cuenta con maestría la emoción del descubrimiento del mundo y la inminencia angustiosa e inevitable de su pérdida.

Daniel Gascón, editor de la revista Letras Libres en España, es autor de Entresuelo (Barcelona, Literatura Random House, 2013).

11/01/2016

 
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