Septiembre 2020
Revista de Libros
RESEÑAS

Diplomacia e historia

Fernando Olivié
La herencia de un imperio roto. Dos siglos de historia de España
Madrid, Marcial Pons, 2016
397 pp. 28 €

El auge del imperio español durante la época de los Austrias ha atraído la atención de numerosos estudiosos españoles y de hispanistas extranjeros y son abundantes las publicaciones de todo tipo que tratan de la importancia de la monarquía hispánica en los siglos XVI y XVII y de su protagonismo en la escena internacional. Sin embargo, no son tan numerosos los estudios que se centran en la desaparición de ese imperio y en la posición secundaria a que se vio arrastrada España en el mundo a partir de la pérdida de sus colonias a comienzos del siglo XIX.

Este libro de Fernando Olivié tiene precisamente como propósito llevar a cabo un análisis de las circunstancias que han presidido la trayectoria histórica de nuestro país, especialmente en el ámbito internacional, desde la ruptura del imperio. Su originalidad reside en que no se trata estrictamente de un libro de historia, sino más bien de un ensayo en el que se da cabida a reflexiones personales sobre los distintos episodios de esa amplia etapa de nuestro pasado, si bien es cierto que para ello se utiliza como base una bibliografía en la que se echan en falta algunas obras más recientes no citadas en el texto, como las de Juan Carlos Pereira, Rosa Pardo o Juan Avilés, entre otras. Con todo, sus páginas están escritas de una forma clara, directa, concisa y con un estilo suelto que hace muy atractiva su lectura.

Fernando Olivié es un diplomático de una larga y brillante trayectoria al servicio de los intereses españoles en diferentes legaciones de nuestro país en Europa y en América. Ha ocupado también importantes puestos de responsabilidad en el Ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid y ha colaborado con otras instituciones oficiales, como el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional. Su experiencia profesional le ha llevado a conocer en profundidad la trastienda de la diplomacia y los mecanismos de actuación de los diferentes países en la defensa de sus intereses particulares y le ha dotado de un gran sentido crítico a la hora de valorar la postura de cada cual en el terreno de las relaciones internacionales. Gracias a esa experiencia, Olivié sabe muy bien, y así lo afirma en su obra, que «en política exterior, si un país no sabe cuáles son sus intereses y no es capaz de defenderlos, está perdido. Nadie defiende intereses ajenos”.

Entiende Olivié que no es posible comprender el lugar de España en el mundo de ayer y de hoy si no tenemos en cuenta la relevancia que alcanzó la monarquía española y el imperio que ésta llegó a erigir en el viejo y en el nuevo continente. Porque, quiérase o no, la política exterior española ha estado definida por dos factores que forman parte sustancial de su pasado desde el siglo XVI. Esos factores fueron, por una parte, el dominio que la monarquía de los Austrias ejerció en el continente europeo y, por otra, el descubrimiento, la conquista y la colonización de América durante toda la Edad Moderna. Este libro arranca precisamente con una breve referencia a lo que Olivié llama el imperio hispano-católico de los Austrias, para pasar inmediatamente a analizar lo que ocurrió en ese imperio a partir del Tratado de Utrecht de 1713.

En efecto, a comienzos del siglo XVIII, con el establecimiento de la nueva dinastía borbónica en el trono español, se dio fin a una época y al comienzo de otra, que Olivié denomina el Imperio Atlántico de los Borbones españoles. La España de los Borbones, aunque había perdido ya los dispersos territorios europeos que había acumulado durante el reinado de los Austrias, seguía manteniendo en su totalidad las tierras del Nuevo Mundo. El desarrollo y la defensa de aquel gran imperio colonial condicionó en cierta medida la política de los monarcas de la Casa de Borbón, Felipe V, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV. Las riquezas del comercio colonial suscitaban las agresiones que continuamente efectuaban Gran Bretaña y otras potencias marítimas emergentes del continente europeo, y en estos conflictos España sólo podía contar con la alianza de Francia, a través de los llamados Pactos de Familia, para hacer frente a estos intentos de violar el monopolio comercial y el dominio que la metrópoli mantenía con sus colonias del otro lado del océano.

Esa situación cambió radicalmente a comienzos del siglo XIX. Hace ahora justamente doscientos años comenzaron a producirse una serie de acontecimientos que darían lugar a un giro de ciento ochenta grados en la trayectoria histórica de España y que transformarían profundamente su sino, tanto en su interior como en lo que se refiere a su política exterior. Pero, ¿por qué este cambio?, se pregunta Olivié.

El autor de esta obra se detiene en explicar los complicados entresijos de la historia española a partir de la nefasta política de Carlos IV y de su secretario de Estado, Manuel Godoy, que desembocó en la invasión napoleónica, que a su vez desencadenó la revolución liberal. Pero, en lo que se refiere a la política exterior, Olivié dedica un buen número de páginas a la explicación del proceso que llevó a la emancipación de las colonias españolas del Nuevo Continente y a los intereses que mostraron otras naciones en el conflicto. Finalmente, la independencia de América –excepto Cuba, Puerto Rico y, en el Extremo Oriente, Filipinas- deshizo el secular imperio, rompió una estructura económica que se basaba fundamentalmente en el comercio con Indias, supuso un corte de la fuente de las acuñaciones metálicas y, al no tener ya los españoles nada prácticamente que defender fuera de sus fronteras, les dejó sin política exterior.

La nueva situación se puso en evidencia durante el Congreso de Viena, que reunió a las potencias vencedoras del imperio napoleónico y que estableció un nuevo orden mundial, basado en el equilibrio de poderes para evitar que se produjera otro brote revolucionario en el continente. España, que había sido una de la potencias que mayores esfuerzos había realizado para provocar la derrota de Napoleón en sus ansias expansionistas, se vio relegada en el Congreso de Viena a una posición secundaria, sin ninguna capacidad decisoria sobre la nueva Europa que surgía tras Waterloo.

A partir de entonces, y a lo largo del siglo XIX, la política exterior de España pasó a ser una política de corto alcance, solapada por los graves problemas que planteaba en el país la consolidación del régimen liberal y, en todo caso, mediatizada por la voluntad de las potencias europeas, que la manejaron a su antojo. Roto ya el imperio español, la España peninsular quedo reducida a un país subdesarrollado y un terreno propicio para que Francia y Gran Bretaña desarrollasen un colonialismo político y económico, acentuado con respecto a esta última a causa del enclave de Gibraltar, conquistado en 1704 y retenido a pesar de las reclamaciones españolas. Olivié señala un hecho puntual que puede servir como ejemplo de este sometimiento de España a la política internacional dictada desde fuera de sus fronteras: las circunstancias que rodearon al matrimonio de Isabel II. España había firmado la Cuádruple Alianza, mediante la cual Francia y Gran Bretaña reconocían el régimen isabelino frente a las aspiraciones carlistas, y estas potencias, juntamente con Portugal, se comprometían a defender los regímenes liberales frente a las políticas absolutistas que representaban Austria, Rusia y Prusia. Llegado el momento de casar a la reina de España, los posibles candidatos planteaban reticencias a unas u a otras potencias europeas. Hasta en este asunto, aparentemente tan nimio, tan de prensa del corazón, la decisión quedaba sometida a la opinión de Francia o de Gran Bretaña. Un matrimonio que tenía que ser con un Borbón para no alterar el equilibrio europeo y que fue acordado por la reina Victoria de Inglaterra y el rey Luis Felipe de Orleans en la famosa entrevista del castillo de Eu. Más evidente todavía, como ejemplo de la sumisión de España a los intereses internacionales –y que Olivié podría haber aducido-, fue la sainetesca búsqueda por parte del líder de la Revolución de 1868, el general Prim, de un rey para España que no molestase los intereses las grandes potencias y que finalmente terminó con la entronización de un monarca que no incomodaba a nadie: Amadeo de Saboya. En definitiva, para Olivié fue precisamente la Cuádruple Alianza la que fijaría la posición internacional de España durante casi siglo y medio, la cual quedaría supeditada a Inglaterra y a Francia.

Así pues, al pobre papel de España en el tablero mundial a partir de 1834 dedica el autor los capítulos más enjundiosos de la obra. En ellos se realiza un detallado recorrido por las distintas etapas de la historia española más reciente, ofreciendo una explicación de su marginalidad, desde los fracasados intentos de liberarse del corsé franco-británico de los prohombres del Sexenio, pasando por la política de «recogimiento» de la Restauración, hasta la neutralidad en la Gran Guerra, los vanos intentos de la República por integrarse en la política europea, la actitud de las potencias durante la Guerra Civil y, finalmente, la no beligerancia durante la Segunda Guerra Mundial.

La situación no comenzó a cambiar hasta 1953. Para Olivié, esa fecha fue crucial para poner fin al aislamiento internacional de España, pues, como afirma en una de las últimas páginas de su libro: «En este momento y de la mano de los Estados Unidos, que nos necesitaban para organizar su paz armada frente a la Unión Soviética, nuestro país dejó de ser neutral». A partir de la firma de los acuerdos con Estados Unidos, la aceptación de España en los organismos internacionales supuso un reconocimiento del sitio que le correspondía en el nuevo orden mundial, y especialmente en la construcción de Europa surgida del Tratado de Roma.

En conclusión, un extenso recorrido histórico, lleno de sugerencias y en el que se advierte desde la primera a la última página del libro lo que ha sido la dedicación del autor al ejercicio de su profesión de diplomático y la necesidad que ha sentido de ofrecer su visión personal de la política exterior española en los últimos doscientos años.

Esta obra presenta, además, una rara singularidad, como es la de haber conocido, con ésta, tres ediciones, cada una de ellas lanzadas por editoriales de muy diverso signo. La primera edición correspondió a la Fundación Mapfre en 1992; la segunda a la Fundación Cánovas del Castillo en 1999, prologada por Eduardo Serra Rexach, y, por fin, la tercera a la editorial Marcial Pons, que es la que comentamos. Pues bien, a pesar de que la obra vio la luz por primera vez hace ya veinticuatro años, no ha perdido, sin embargo, su interés. Bien es verdad que esta última edición ha sido parcialmente renovada por su autor, quien ha introducido también un epílogo y se la ha acompañado con un sugestivo prólogo del profesor José Luis García Delgado. El libro se cierra en sus últimas páginas con una relación bibliográfica de los libros citados en el texto y con un siempre útil índice de nombres.

Rafael Sánchez Mantero es catedrático emérito de Historia Contemporánea en la Universidad de Sevilla. Sus últimos libros son La Andalucía de Fernando VII. Del antiguo al nuevo Régimen (Granada, Caja Granada, 2008), Miradas sobre España. Estudios de historia contemporánea (Sevilla, Universidad de Sevilla, 2013), España en Europa. Una perspectiva histórica (Sevilla, Universidad de Sevilla, 2015) e Historia breve de Sevilla (2º ed. corr., Madrid, Sílex, 2015).

27/02/2017

 
COMENTARIOS

Javier Ruiz Martín 10/08/18 12:19
Estimado profesor Sánchez Mantero. La razón de realizar el comentario que expongo a continuación, a través del blog de esta revista, se debe a que no he encontrado otro canal para contactar con usted. Le pido disculpas por mi atrevimiento.
Leyendo su interesantísimo y sabroso artículo titulado “Gibraltar, refugio de liberales exiliados”, me topo con esta afirmación: “Algunos refugiados encontraron en Gibraltar el fin de sus días. Tal fue el caso de Ayllón y Soberón, falsos diputados, quienes en 1823, después de haber tomado té con leche en un café de la plaza, se sintieron indispuestos, muriendo el primero de ellos y cayendo muy enfermo el segundo, sin que pudieran averiguarse las verdaderas causas del mal.”
Debo decirle que ni Ayllón ni Soberón eran falsos diputados, sino diputados auténticos y reales. Ayllón era diputado por Sevilla durante el Trienio Liberal, y fue condenado a la pena de garrote tras la entrada en España de los Cien mil hijos de San Luis, de ahí que se largara Gibraltar (después a Inglaterra, Jersey… regresaría a España en 1834), como la inmensa mayoría de los diputados (20 000 exiliados si contamos todos los que se fueron). Por lo demás, Ayllón no murió ni en Gibraltar ni envenenado (desconozco la suerte de Soberón), ni, mucho menos, en aquella fecha. Mateo Miguel Ayllón falleció en Madrid muchos años después tras haber sido diputado varias veces y ministro de Hacienda en dos ocasiones durante la regencia de Espartero. Mateo Miguel Ayllón tuvo varios hijos, entre ellos Miguel Ayllón Altolaguirre, fundador del Ateneo de Cádiz, y Emilio Ayllón Altolaguirre, mi tatarabuelo, de quien conservo bonitas fotografías.
Un afectuoso saludo.
Javier Ruiz Martín

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