RESEÑAS

El Mediterráneo de David Abulafia

David Abulafia
La guerra de los Doscientos Años. Aragón, Anjou y la lucha por el Mediterráneo
Barcelona, Pasado & Presente, 2017
Trad. de David León
345 pp. 25 €

La traducción del título original del libro de David Abulafia, The Western Mediterranean Kingdoms, 1200-1500. The Struggle for Dominion, evoca, de modo sin duda sugestivo, la otra gran guerra europea medieval, la de los Cien Años. Pero queda bastante reducido, en el tiempo y en la actividad, el contenido del estudio, a la vez que se mezclan un reino (Aragón), una familia (Anjou) y un espacio (el Mediterráneo), con dimensiones y condiciones no siempre concurrentes.

El libro se articula en tres partes. La primera, «Los retos del siglo XIII», se desarrolla en cuatro capítulos. En los tres primeros, Abulafia traza un panorama rápido, simplificado, de lo que podría entenderse como la base sobre la que va a construir su relato. Nos asomamos primero al reino de Sicilia («Los orígenes del reino de Sicilia»), al que se adjudica el papel de protagonista principal, y al Mediterráneo, cuya gran magnitud y complejidad el autor limita al cuadrante noroccidental; sigue la Corona de Aragón («El nacimiento de la Corona catalanoaragonesa», con la inexacta y ahistórica denominación de «catalanoaragonesa»), aunque su nacimiento se hubiera producido en la primera mitad del siglo XII; y luego el «Auge y caída de Carlos de Anjou», donde se nos presenta la actividad de un personaje que transita en los decenios centrales del siglo XIII. Un cuarto capítulo, «Política y religión en la era de Ramón Lull», completa esta presentación.

La segunda parte, con el enunciado «La crisis del siglo XIV» (no se especifica qué tipo de crisis, ni quién la padece), consta igualmente de cuatro capítulos, que, lo mismo que en los demás, no dan la sensación de constituir una unidad coherente, sino una especie de collage compuesto por trabajos unidos para la ocasión: «El Mediterráneo en tiempos de Jaime II de Aragón», «Roberto el Prudente de Nápoles (1309-1343)», «Sicilia y el sur de Italia en el período turbulento» y «El ocaso de la casa de Barcelona». Es difícil establecer una relación entre ellos.

En la tercera y última parte, «Las victorias del siglo XV», son tres los capítulos: «Alfonso el Magnánimo y la caída de la casa de Anjou», «Aragón en Italia y España (1458-1494)» y «La invasión francesa de Italia (1494-1495)». Como en la anterior, una serie de pequeñas síntesis de hechos políticos con algún apunte económico o social más o menos tópico, quieren componer un mosaico de problemático encaje.

* * *

Para captar el objetivo perseguido por el autor, sobre todo veinte años después de su primera edición, debemos recurrir a sus propias palabras en el Prólogo a esta traducción española. Nos dice que el libro lo pensó y preparó, en su versión original en inglés (1997), como «susceptible de ser utilizado como manual en estudios universitarios» en Estados Unidos. También explica que formaba parte de una serie que la editorial dedicaba a la historia medieval de Gran Bretaña y el norte de Europa, con planteamientos preferentemente biográficos. Pero el interés de Abulafia por el mundo mediterráneo convenció a los editores de abrir su tradicional campo de observación hacia el ámbito mediterráneo y confiarle la descripción de la vida y hechos de los grandes personajes elegidos. Para finalizar, también confiesa Abulafia que preparó el libro con el objetivo de «presentar a los lectores de habla inglesa las excelentes investigaciones publicadas en catalán, español, italiano, francés y, en menor medida, alemán».

El primero de los condicionantes queda muy explícito por el tono de síntesis que marca todo el texto, concebido para atender las demandas de un público sin una gran cualificación, así como el segundo se justifica con la atención prestada a los grandes protagonistas, cuyos nombres sirven para conducir la exposición (Carlos de Anjou, Jaime II, Carlos II, Enrique VII, Pedro el Ceremonioso, Roberto el Prudente, Juana II, Renato de Anjou, Alfonso V y Ramón Lull, entre otros). Pero sorprende el último argumento presentado en esa introducción, ya que, en la abundante bibliografía recogida, así como en las referencias incluidas en las notas del libro, se mencionan, sobre todo, trabajos en inglés, bastantes en italiano y francés (referidos, sobre todo, a sus ámbitos territoriales), muchos menos en alemán, algunos pocos en catalán y valenciano, y poquísimos en castellano. En la relación bibliográfica, de hecho, Abulafia se limita a recomendar únicamente tres títulos, mientras que en las notas críticas (aproximadamente unas trescientas cincuenta) sólo aparecen citados otros siete trabajos en español, que luego no son incluidos en la relación de obras destacadas.

Pobre bagaje para presentar lo que el autor llama «excelentes investigaciones» recientemente publicadas en español, sobre todo si tenemos en cuenta que la práctica totalidad de ellas corresponden a trabajos con más de veinte años de antigüedad cuando preparó el libro. Es más, incluso las que define como «fuentes primarias» (crónicas, sobre todo) nos son presentadas en traducciones inglesas muy antiguas, lo que no deja de ser paradójico, cuando de todas ellas existen ediciones más modernas con transcripciones de los textos originales, asequibles en cualquiera de las bibliotecas universitarias de Estados Unidos.

Ahora aparece, veinte años después, la traducción española, sin introducir ninguna modificación del texto o actualización de la bibliografía, con la única novedad, por otra parte muy interesante, de una relación comentada de obras sobre el tema publicadas fuera de Italia y España (¿por qué se excluye la información italiana?) con posterioridad a la edición del libro. Son treinta y cinco títulos, en su mayor parte en inglés, ninguno de los cuales está editado en español y sólo dos traducidos al catalán. En conjunto, atestiguan los avances experimentados en la historiografía, sobre todo en el mundo anglosajón.

* * *

En estas circunstancias, resulta comprometido reseñar el libro de David Abulafia, al tenerse que contemplar en dos marcos muy diferentes. En sus orígenes y primeros objetivos, puede considerarse un empeño valioso, en la línea de las síntesis de largo recorrido de una historiografía anglosajona que, sin perder totalmente el rigor histórico, y con visiones integradoras, consigue acercar los grandes acontecimientos del pasado, ocurridos en ámbitos y épocas, si no exóticos, sí al menos no habituales para el público a que van dirigidos. En esa categoría está incluido el Mediterráneo occidental, máxime en los siglos bajomedievales. Ello hizo que el libro de Abulafia fuera un buen referente, un punto de partida, para las nuevas generaciones de estudiantes de Historia norteamericanos, y causa seguramente de que alguno de ellos emprendiera investigaciones sobre ese mundo.

Otra cosa diferente es contemplarlo desde el ámbito español, tanto en su versión original como en esta edición de 2017. Todo lo que en el libro se toca está ya incorporado a los manuales de Historia Medieval de España y Europa; es más, lo estaba ya en los años noventa del siglo pasado, cuando se escribió el libro, por no hablar de las enormes novedades traídas por la investigación subsiguiente. Poco podrá aportar al estudiante español una obra que se limita en la práctica a síntesis en lengua inglesa redactadas hace más de veinte años.

Por ejemplo: el estudioso hispano no comprenderá que Abulafia, al tratar el tema de la Corona de Aragón (o de los reinos de Aragón, Cataluña o Valencia), remita como obras de referencia a las síntesis de Jocelyn N. Hillgarth y J. Lee Shneidman y al breve ensayo de Thomas Bisson, dejando a un lado los trabajos de Jaime Vicens Vives, al que no cita ni una sola vez, lo mismo que al padre Batllori, José María Lacarra, Antonio Ubieto, Martín de Riquer, Juan Reglá o Jesús Lalinde, entre otros. Se ignoran igualmente las grandes obras de síntesis con interpretaciones modernas de la Edad Media española, a saber, las escritas por José Luis Martín Rodriguez, José Ángel García de Cortázar o Julio Valdeón, o colecciones monumentales, como la Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal (Espasa-Calpe), o la que en Alfaguara editó Manuel Tuñón de Lara, o las propias historias de la Corona de Aragón, el reino de Aragón, Cataluña o Valencia. Contar con estas obras habría obligado a Abulafia a corregir o matizar muchas de sus afirmaciones, con frecuencia sesgadas. No me extenderé sobre este punto. Pero sí me gustaría ofrecer algunos ejemplos.

Desde las primeras páginas, Abulafia centra la atención y el peso de los hechos en Cataluña, cuya formación no estudia seriamente y que presenta como algo ya activo y perfectamente identificado desde antes de Carlomagno. Considera que la lengua y una estructura económica abocada al mar (lo que, según el criterio del autor, es determinante para todo) convierten a Cataluña en una unidad predestinada, que se extendía por lo que es hoy la Francia meridional hasta Provenza, y a la que presidían unánimes objetivos, no sólo culturales, sino también políticos.

Resulta llamativo que, frente a esta elongación de su Cataluña, no aluda, ni haga ninguna reflexión, sobre el papel desempeñado por Lérida y Tortosa, ambas sobre el Ebro, río que no menciona, y que, junto a Zaragoza, configuraban un sistema que sirvió para incorporar el territorio interior de la Corona al mundo mediterráneo e hizo posible tanto la existencia de Barcelona y sus emprendedores mercaderes como las políticas expansivas de la monarquía [aragonesa]. Estas políticas no sólo fueron alentadas e impulsadas por esos tan madrugadores burgueses barceloneses (demasiado madrugadores, como enseña Vicens), sino que no fueron menos decisivos, en contra de lo que Abulafia silencia, los nobles y señores del interior (a quienes se llama en repetidas ocasiones «hidalgos»), forjados en la guerra y deseosos de continuar la expansión peninsular para potenciar sobre todo su función en una sociedad feudal, fundamentalmente rural y agrícola.

Pero todo esto no ha interesado al autor, que concibe un Mediterráneo largo y estrecho, limitado únicamente a su línea litoral y las islas, sin valorar el peso que en la Edad Media tenía el traspaís (ahí debía haber estado también Vicens), ese espacio rural donde se producían las mercancías con que se comerciaba, bien para alimentar a las poblaciones urbanas, marítimas o no, bien como materias primas (lana, por ejemplo) para su transformación en productos reclamados por los mercados y, además, donde se concentraba la gran población que consumía lo que esos mercaderes tan importantes trasladaban por mar, medio de transporte que, por otra parte, no absorbía más que una pequeña porción de los cargamentos movilizados por el gran comercio bajomedieval, siendo las rutas terrestres y fluviales las habituales y de mayor tráfico.

Abulafia, tras bosquejar una Cataluña mítica (bien es cierto que se permite una breve crítica contra la imagen de Guifré el Pilós, como padre fundador del «territorio catalán»), minimiza al reino de Aragón, un espacio pirenaico, al parecer, carente por entero de relevancia. ¿Por qué? En primer lugar, el autor lo pone, en sus orígenes, unido al reino de Navarra (no de Pamplona), que es «vasco en gran medida»; afirma, sin explicar la causa, que «tiene sin duda un nombre poco apropiado»; y desdeña su expansión sobre los territorios islámicos por ser poco heroica, tanto porque el reino moro de Zaragoza era, según su criterio, «menor» como porque fue lograda «por asentamiento» y no por conquista (ahí debería haber consultado a Lacarra y Ubieto). Además, lo considera pobre, en cuanto alejado del mar, sin más; y, finalmente, llega a insinuar que el hecho de que fuera un reino no es importante, aunque su monarquía ya tenía un siglo de antigüedad cuando se produjo la unión con el condado de Barcelona, unión en la que, para él, supuestamente, habrían llevado la voz cantante los catalanes, con su conde al frente.

Este cúmulo de tópicos, impropios, le lleva frecuentemente a utilizar la expresión «corona catalanoaragonesa» y «monarquía catalanoaragonesa», y a aludir a los «condes-reyes», términos todos ellos ahistóricos, llegando a diferenciar la política exterior desplegada por los monarcas como si fueran dos figuras diferentes, como reyes de Aragón y como condes de Barcelona. De hecho, rara vez menciona a la casa real de Aragón y sí a la casa de Barcelona.

En definitiva, la traducción del libro de David Abulafia no aporta gran cosa al rico panorama historiográfico hispano actual, y seguramente contribuye a nublar la visión de la historia del Mediterráneo y la Corona de Aragón que poco a poco ha ido despejándose.

J. Ángel Sesma Muñoz es catedrático emérito de Historia Medieval en la Universidad de Zaragoza y miembro de la Real Academia de la Historia. Sus últimos libros son El Interregno (1410-1412). Concordia y compromiso político en la Corona de Aragón (Caspe, Centro de Estudios Comarcales del Bajo Aragón-Caspe, 2011) y Revolución comercial y cambio social. Aragón y el mundo mediterráneo (siglos XIV-XV) (Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2013).

11/12/2017

 
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