RESEÑAS

La generación de Enid Blyton

Antonio Orejudo
Los Cinco y yo
Barcelona, Tusquets, 2017
251 pp. 18,50 €

Aunque nací el mismo año que Antonio Orejudo, no sucumbí al indudable hechizo de «Los Cinco», tal vez porque las personas encargadas de mi educación se empeñaron en que leyera a los clásicos de su infancia o sus novelas preferidas, lo cual creó notables distorsiones en mi percepción del hecho literario. Orejudo nació en Madrid en 1963, en un extremo de Sainz de Baranda. Por entonces, esa zona se hallaba en las afueras de la capital. Yo crecí en el barrio de Argüelles, cerca del Parque del Oeste. No eran las afueras de Madrid, pero sí uno de sus límites. En mi entorno nunca hubo lectores voraces de «Los Cinco», y yo mostraba ciertos reparos hacia Enid Blyton, pues mi hermana leía sin descanso las seis novelas de «Torres de Mallory». Después de hojearlas por encima, llegué a la conclusión de que se trataba de una insufrible historia para chicas. Tintín fue mi pasión adolescente. Cada álbum representaba un verdadero acontecimiento que me proporcionaba unas efímeras horas de felicidad. Hasta que a los diecisiete años descubrí a Dostoievski, zambulléndome en Crimen y castigo, no experimenté nada parecido.

Antonio Orejudo ha rescatado su idilio juvenil con «Los Cinco» para escribir una peculiar autobiografía, rebosante de humor y sin un ápice de autocomplacencia. Resulta inevitable citar a Karl Ove Knausgård, pues Orejudo hace literatura con su propia vida, si bien el noruego no se muestra tan despiadado consigo mismo. Cuando narra sus años de estudiante en el Montserrat, un colegio agustiniano, Orejudo admite que sus virtudes como futbolista –empezó de portero y, luego, pasó a jugar en la banda derecha‒ se malograron por un lamentable egocentrismo. Su regate era «rápido y eléctrico», pero carecía de visión de juego y tendía a recrearse en su habilidad, sin pensar en el resto de sus compañeros, ni en la victoria. Buscaba la gloria individual, no el bien del equipo. Con la perspectiva de los años transcurridos, considera que «era un jugador lamentable» y establece un descarnado paralelismo entre sus fintas como improbable astro del balompié y su carrera literaria: «Empezaron a llamarme el Piruetas, un mote doloroso pero justo, con el que algunas veces, años después, pensé firmar mis escritos, que a su manera son también los escritos de un extremo derecho ineficaz: muy veloces, pero intrascendentes». Orejudo señala que su generación irrumpió en el mundo en un momento poco propicio. Durante la Transición, aún no habían cumplido la edad necesaria para implicarse en los acontecimientos, y cuando llegó la Gran Recesión, ya eran demasiado viejos para litigar con la historia: «Somos el furgón de cola, un pelotón muy numeroso de benjamines que ha llegado tarde a todo. Leer las aventuras de Los Cinco es probablemente el único placer de nuestra infancia que nuestros hermanos mayores no experimentaron antes. Ellos leyeron a Salgari, a Julio Verne, las aventuras de Guillermo o de Tintín, pero no pudieron conocer a Enid Blyton porque hasta 1964 no se tradujo al español». Es cierto, pero esta reflexión no se cumple en mi caso. Yo crecí con Salgari, Verne, Tintín y, en menor medida, Guillermo y su banda de proscritos. No creo ser un bicho raro, pues mis compañeros de colegio –yo estudié con jesuitas y padres reparadores‒ desdeñaban a «Los Cinco» por su falta de épica y sus modestos escenarios, incomparablemente menos exóticos que los de Salgari, Verne o Tintín, cuyos personajes se adentraban en peligrosas selvas, recorrían el mundo en globo o viajaban a la Luna.

Orejudo asegura que se ha adaptado razonablemente bien a las innovaciones tecnológicas, si bien no ha conseguido aprender a escribir mensajes en el móvil con los dos pulgares. Su adaptación a los tiempos modernos convive con un distanciamiento preventivo de una actualidad salpicada de atrocidades. Sólo está en guerra con las compañías telefónicas, cuyos abusos le producen una indignación vesánica y casi mística. Admite que ha dejado muchas cosas a medias. Su vida se parece a la bicicleta que le regaló su padre. Mucho más pequeña que las esbeltas BH de sus compañeros, su ligereza le permitía acelerar con brío, pero sus rivales siempre acababan adelantándolo, gracias a que sus pedaladas eran más grandes y les permitían recorrer más metros con menor esfuerzo. Sobreprotegido por una madre que fantaseaba sin descanso con inminentes calamidades, Orejudo desarrolló una personalidad atípica. Sus iniciativas como pequeño inversor nunca han estorbado a su vocación literaria. No le molesta reconocer que se ha convertido en «un burrito, obediente y tenaz», con una personalidad acomodaticia. Piensa que el mundo se parece a la montaña de Sísifo. Hay que subir y bajar una y otra vez. Ya que es un destino ineludible, conviene buscar el camino que mitigue las penalidades. Leer a «Los Cinco», o recordarles con nostalgia, no es una mala alternativa, especialmente a los cincuenta, cuando las expectativas de futuro declinan por culpa de la biología. Tímido en su niñez, Orejudo creció más tarde que sus compañeros, sufriendo las desventajas de un aspecto enclenque y una voz aflautada. El sexo le inspiraba desconfianza. Prefería jugar al rescate y no complicarse la vida. La irrupción de las revistas eróticas (Lib, Interviú, Lesbos) activó sus hormonas, revelándole que la realidad siempre es más estimulante que cualquier juego inocente. Tras los primeros «muerdes», llegaron las «palizas» ocasionales, el noviazgo, el matrimonio, la infidelidad y una promiscuidad insensata, que incluyó encendidos idilios con alguna alumna, cuando ya era profesor universitario y se había resignado a exhibir una barriga sonrosada y peluda.

Sin miedo a escandalizar, Orejudo reivindica la «nueva sinceridad», que «consiste precisamente en ser insincero». Por ejemplo, cuando su mujer le recrimina sus engaños, escribe un texto infumable, alegando que su infidelidad sólo es una manera de expresar su amor. Esa estratagema no reprime su necesidad de confesar su inquina hacia quienes consiguen destacar en algo: «Los resentidos somos así: odiamos a los mejores porque su sola presencia nos recuerda por contraste nuestra propia mediocridad». Orejudo reconoce que nunca fue un buen estudiante, que sus bajas calificaciones le causaban cierto complejo de inferioridad y que maquillaba su inseguridad con altivez y arrogancia. Su amistad con Rafael Reig sólo acentuó esa actitud. Le fastidiaba el talento de su amigo y se defendía con un orgullo bastante ridículo. Sin embargo, pronto surgieron una serie de complicidades que los convirtieron en inseparables. Ambos fabulaban sobre su porvenir como escritores, presumiendo que marcarían un hito en la historia de la literatura universal. Bajo el efecto del alcohol, pontificaban sobre autores y estilos, convencidos de su criterio infalible. Se consideraban «cráneos privilegiados», mentes clarividentes que apreciaban con precisión matemática el valor exacto de las cosas. No obstante, avanzaba el tiempo y ninguno era capaz de escribir algo que mereciera la pena. Sus trabajos académicos eran verdaderos disparates, y sus esbozos narrativos, torpes galimatías. El mito del genio romántico y maldito se desplomó en sus narices. Más sensato, Reig descubrió que escribir una novela no dependía de un arrebato de genialidad, sino de una paciencia similar a la que se requería para coleccionar fascículos. Orejudo mezcla ficción y realidad, atribuyendo a Reig una novela inexistente, After Five, que narra la imaginaria madurez de los cinco adolescentes creados por Enid Blyton. Ninguno se libra de los cambios traumáticos asociados al paso de los años. La inocencia se transforma en perversión, el equilibrio se despeña por el caos, y las fantasías idealistas finalizan en crueles desengaños. Al igual que los personajes de En busca del tiempo perdido, la edad se perfila como una derrota, no como una consumación.

Los Cinco y yo se lee sin esfuerzo. El humor y el ingenio chispean en cada página, despertando una sonrisa que a veces se convierte en mueca de perplejidad o espanto. Lo autobiográfico convive con la hipérbole y la mentira. Los límites entre realidad y ficción se difuminan –o desaparecen‒ conforme avanza el libro, quizá porque se intenta crear una alternativa a una realidad decepcionante y un porvenir menguante. El estilo es alegre, desinhibido y deportivo, como la carrera de un futbolista que sube el balón por la banda. Puede hablarse de una ligereza deliberada, que se mofa de la solemnidad del hecho literario. Personalmente, he disfrutado más con la primera parte del libro, cuando Orejudo recrea su infancia y juventud. El resto no es despreciable, pero hay caídas en delirios extravagantes y tediosos, como el prolijo discurso de los ecologistas fundamentalistas, que evidencia la estupidez de cualquier ideología radical. El conjunto es un buen retrato de una generación «pasiva» y «vacía», marcada por el cinismo y la escasez de convicciones. No me cuesta trabajo imaginar a Antonio Orejudo y Rafael Reig como los nuevos amigos de «Los Cinco» en una turbia madurez, con las caras desencajadas por los fracasos acumulados y el miedo a un final sin gloria ni grandeza. Yo continuaré asociando mi adolescencia a Tintín y Verne, pero después de leer Los Cinco y yo intuyo que me toparé con Enid Blyton en mi vejez, cuando el deseo de revertir el tiempo se refugia en la irrealizable fantasía de reinventar el pasado. Si logro convencerme a mí mismo de que leía compulsivamente a «Los Cinco» con catorce años, tal vez llegue a creer que la muerte sólo es un capítulo que podría saltarme sin perderme nada importante.

Rafael Narbona es escritor y crítico literario. Es autor de Miedo de ser dos (Madrid, Minobitia, 2013) y El sueño de Ares (Madrid, Minobitia, 2015).

11/12/2017

 
COMENTARIOS

Transeúnte 14/12/17 06:17
"El estilo es alegre, desinhibido y deportivo, como la carrera de un futbolista que sube el balón por la banda."
¿Gordillo o Carrete? ¿Camacho o Rifé? Qué manía con mezclar el fútbol con la literatura. Patético, qué muermo..

Rafael Narbona Monteagudo 14/12/17 19:39
Estimado Transeúnte:

Antonio Orejudo utiliza el símil del fútbol en varias ocasiones. Por eso he escrito esa frase, más o menos afortunada. Personalmente, nunca me ha gustado el fútbol. Me parece un verdadero muermo. No conozco a los futbolistas que menciona.

Por cierto, debe ser muy duro ser un transeúnte. Le deseo lo mejor en su incierto peregrinar.

Un saludo desde la banda

Manuel Domínguez 20/01/18 13:10
Muy buena critica, como todas las de Rafael Narvona, con el que comparto barrio, edad y muchas de sus convicciones.
Siempre hay algun transeunte con escaso criterio y poco juicio.
Un saludo

Manuel Domínguez 20/01/18 16:06
Disculpen la errata, Narbona.

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