RESEÑAS

Yugoslavia: anatomía de un proceso de destrucción

Carlos Taibo

Madrid, Los Libros de la Catarata, 2018
La desintegración de Yugoslavia
240 pp. 14,50 €

Cuando, en febrero de 2012, fueron detenidos en España los responsables del asesinato de Zoran Đjinđjić –pertenecientes al clan de Zemun de Los Tigres de Arkan e implicados en el asesinato del abogado Dragoslav Ognjanović en Belgrado hace unas semanas–, Yugoslavia había salido del foco de atención y perdido interés geoestratégico. La «segunda Yugoslavia» nacida tras la Segunda Guerra Mundial dejó de existir a principios de los años noventa. A las independencias de primera hora (Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia) se sumarían las de Montenegro y Kosovo, con lo que la extinta República Socialista Federativa ha devenido, con Serbia, en siete unidades políticas. Los entresijos de esa destrucción, mejor que desintegración, constituyen el objeto de este libro, con un encomiable aprovechamiento de sus páginas comparativamente reducidas.

Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid, acreditado especialista en el espacio balcánico, aborda la tarea desde distintos ángulos. Los once capítulos se agrupan en tres grandes bloques. El primero es de carácter general y abarca tres aspectos de contextualización: el espacio balcánico, el Estado Federal de Tito y las vicisitudes de la década de 1980. Un segundo bloque analiza en detalle los cuatro escenarios de tensión principales (Croacia, Bosnia-Herzegovina, Kosovo y Macedonia), a los que añade un capítulo sobre los acuerdos de Dayton, prolongado en cierta medida en otro capítulo dedicado a la «comunidad internacional», expresión que el autor transcribe justificadamente entrecomillada. El tercer bloque incluye un capítulo que se ocupa de la situación desde entonces hasta hoy y otro final con las conclusiones.

En los capítulos del primer bloque se agrupan los elementos que, desde las disfunciones del diseño institucional a las condiciones creadas por la crisis económica y el problema de legitimidad del socialismo tras la caída del Muro, configuran un contexto inquietante que propicia la aparición de programas y líderes dispuestos a movilizar las pasiones tribales. En la secuencia causal, hay un elemento al que se atribuyó con toda razón un papel protagonista: la conformación de un nacionalismo agresivo en Serbia a finales de los años ochenta que presentaba a la «segunda Yugoslavia» como una construcción artificial y, sobre todo, antiserbia. La serbianización del ejército y de otras instituciones federales facilitó los designios de la coalición negativa configurada por comunistas conversos y nacionalistas radicales, apuntalados por la Iglesia y la parte más militante de la Academia. Los proyectos de acomodar la Constitución al programa de la Gran Serbia y la política de hechos consumados de Slobodan Milošević alentaron la opción centrífuga independentista, primero de Eslovenia y Croacia y, luego, tras la desintegración sucesiva del «bloque serbio» (Serbia, Montenegro, Kosovo y Voivodina), del resto de las Repúblicas.

El segundo bloque temático proporciona una visión sintética de los conflictos bélicos principales, junto con el más benigno de Macedonia. Como se sabe, el enfrentamiento inicial serbocroata, o serbo-bosniaco, se multiplicó después con enfrentamientos croato-bosniacos (Herzeg-Bosna) y bosnio-bosniacos (Bihać). En todo caso, el actor principal hasta el verano de 1995, cuando la Operación Tormenta desaloja a los serbios de la región croata de Krajina, provocando el último gran desplazamiento masivo de esta primera fase, es Serbia; gracias, por un lado, a la superioridad militar derivada de contar con el ejército antes federal y, por otro, a un embargo que afectó particularmente a Bosnia-Herzegovina, que había decidido en señal de buena voluntad desmilitarizarse y desmantelar la defensa territorial. El final de la guerra en esta última llegó de la mano de los Acuerdos de Dayton, propiciados por la implicación militar norteamericana tras la masacre/genocidio de Srebrenica: el autor limita la referencia a que «fueron ejecutados varios millares de varones en edad de combatir». Estos acuerdos asignaban un 51% del territorio a la Federación Bosnio-Croata y el resto a la República Srpska, en lo que constituía, de hecho, un aval a la limpieza étnica operada por las fuerzas serbobosnias apoyadas por Serbia. El balance de Dayton es para el autor inequívoco: acabó recompensando a los agresores (Serbia y Croacia) y desautorizando a quien representaba la posición más abierta e integradora (Bosnia-Herzegovina).

La Paz de Dayton no fue duradera; el final de la década vino marcado por la guerra en Kosovo. La intervención aérea de la OTAN –sin el amparo de Naciones Unidas–, a resultas de la negativa de Milosević a firmar al acuerdo de Rambouillet, y la expulsión de cientos de miles de albanokosovares por las tropas serbias, supuso la salida de facto de la mayor parte de Kosovo de la jurisdicción serbia y, después, su independencia. Paradójicamente, el motivo movilizador de la Gran Serbia había reducido a Serbia a su mínima expresión.

Macedonia, que había disfrutado de una secesión pacífica, conoció en 2001 enfrentamientos violentos entre eslavomacedonios y la guerrilla albanesa del Ejército de Liberación Nacional. Tras dos centenares de muertos, el acuerdo de Ohrid estableció el desarme de la guerrilla a cambio del reconocimiento de mayores derechos cívicos, pero con la renuncia a la autodeterminación. Un referéndum celebrado a finales del pasado mes de septiembre debía decidir sobre la aceptación del nuevo nombre, dejando así expedito su camino para el acceso a la Unión Europea con otros candidatos balcánicos en lista de espera (Eslovenia y Croacia ya son miembros). El sí se impuso abrumadoramente, aunque la participación no llegó al 37%.

La Unión Europea es una de las instancias comentadas en el capítulo sobre el papel de la «comunidad internacional», una denominación generosa para una cacofonía de actores y una combinación de Realpolitik y oportunismo que dejó en mal lugar los principios fundacionales de Naciones Unidas. La cacofonía se refiere a las distintas orientaciones de los actores. El reconocimiento por parte de Alemania de la independencia de Eslovenia y Croacia no pudo ser causa de la guerra, puesto que fue posterior a esta, pero sí de desintegración. A la vez, fueron las presiones alemanas las que lograron vencer las resistencias de los Doce (Comunidad Económica Europea) y asegurar el reconocimiento en bloque en enero de 1992, dando la puntilla al Estado unitario. Por otra parte, esta iniciativa de Alemania no es ajena al empeño de contrarrestar la impopularidad y el coste de la propia reunificación alemana en curso. Algo parecido observamos con la intervención de la OTAN en Kosovo, donde alcanzó su éxtasis el narcisismo de Tony Blair, a la vez que Bill Clinton conseguía ensordecer los tonos de un escándalo sexual. (Seguir las peripecias de Blair –Tony Blair Associates– en los Balcanes en la actualidad es una tarea iluminadora).

El bloque final traza, en primer lugar, un balance más bien oscuro de la evolución de estos países hasta hoy, con focos conflictivos potenciales y una evolución negativa en los indicadores de calidad de vida. Pero insiste sobre todo en la destrucción civil que ha provocado la dinámica de homogeneización, con la limpieza étnica como expresión más radical, teniendo en cuenta que la violación se inscribía en este registro. Efectivamente, este escenario ha validado la tesis de la ilusión arquitectónica de Rogers Brubaker: «la búsqueda de una solución global arquitectónica de los conflictos nacionales es insensata [misguided]». Principalmente cuando, como ocurre en este espacio, las fronteras entre repúblicas de ninguna manera delimitaban comunidades homogéneas.

La opción étnica fue la opción de los grupos dirigentes, a los que Carlos Taibo atribuye la principal responsabilidad (esta es la primera de sus conclusiones). Pero el conflicto étnico sirve, en primerísimo lugar, para desplazar los conflictos sociales. Los primeros muertos de los conflictos balcánicos fueron muertos civiles: dos personas –y decenas de heridos– en las manifestaciones contra el control de los medios públicos por parte de Slobodan Milosević. Fue en marzo de 1991, antes de los conflictos externos. También los últimos: dos jóvenes reclutas, Dragan Jakovljević y Dražen Milovanović, muertos en extrañas circunstancias porque habían sido testigos de que Ratko Mladić se escondía del Tribunal Penal de La Haya en cuarteles serbios (fue en 2004). Tales detalles no caben, lógicamente, en el foco del ensayo. La depuración ideológica dentro precedió y fue antecedente necesario para la limpieza étnica fuera.

El autor señala otras ocho conclusiones: la reaparición de la historia (una posición que admitiría matizaciones); el papel de unas elites autoritarias que, secundadas por los medios de comunicación, favorecieron un nacionalismo agresivo y xenófobo; la necesidad de distinguir entre pueblos y gobiernos; el trasfondo económico y el despliegue de un capitalismo mafioso fruto a la vez del militarismo bélico (bandas paramilitares) y las presiones privatizadoras; el volumen de las víctimas (muertos, refugiados, desplazados, mujeres violadas); el triste papel de la «comunidad internacional»; la existencia de problemas serios que muestran que el remedio ha sido peor que la enfermedad y que la supuesta artificialidad del Estado no lo era tanto; y, por último, la desautorización de unas cuantas explicaciones mágicas, esos expedientes simplificadores a medio camino entre la conspiración y la posverdad.

Dentro de una línea sólida de argumentación, que incluye la imputación de responsabilidad al nacionalismo agresivo, contrasta la invitación a no «satanizar al nacionalismo”». La invitación va envuelta en tres datos: que hay diferentes tipos de nacionalismo, que este es más un instrumento que una causa y que no fue el único culpable, sino que también influyó la crisis económica. Los tres son discutibles. Efectivamente,, hay varios nacionalismos pero no hay solución de continuidad entre ellos y, con un cambio de contexto, los cívicos se mutan en étnicos (Michael Mann, Walker Connor, Fred Halliday); lo hemos visto con el oasis catalán, pero, sobre todo, con tres casos del escenario balcánico. Por orden cronológico: el propio Carlos Taibo menciona la deriva autoritaria en Bosnia (p. 151); la radicalización de líderes del ejemplar movimiento de desobediencia civil, como Albin Kurti; y, para el final, en el prototipo de sociedad civil abierta, Eslovenia, cabe destacar dos prácticas perversas: el despojo de sus derechos a miles de personas identificadas como yugoslavas y el triunfo de un partido, el SDS de Janez Janša, a imagen y semejanza del etnopopulista húngaro Fidesz de Viktor Orbán –con quien mantiene estrechas relaciones– en las últimas elecciones. Lo que tiene de particular el nacionalismo es que constituye un marco de acción colectiva con una lógica y una dinámica tendencialmente fracturadoras, a poco que las circunstancias ayuden. Lo estamos viendo hoy en Europa con la variante del nacionalismo xenófobo que seduce a los pobres y la del nacionalismo de los ricos (Flandes, Cataluña, Brexit), que fascina a las clases medias. La lógica nacionalista se expresa topográficamente en la construcción del muro identitario en torno al «nosotros» y, sociológicamente, en dinámicas perversas de radicalización en las que los líderes  actúan como aprendices de brujo o jinetes de tigre. Estas dinámicas son favorecidas por discursos mistificados y falsificaciones de la historia. De donde se extraen lo que Kwame Anthony Appiah llama «las mentiras que sueldan»; y sueldan por su capacidad para movilizar emociones negativas: las emociones son siempre «verdaderas». En particular, aquellas que agitan las naciones para destruir al Estado: la explicación más corta de la implosión de Yugoslavia.

Se trata, en conjunto, de un trabajo sólido y bien argumentado. Es muy didáctico el anexo que incluye mapas, topónimos, lista de protagonistas, cronología, datos estadísticos, bibliografía comentada –veinticuatro páginas bien densas– e índices. En este rubro sería deseable completar el índice general con los subapartados de cada capítulo. Igualmente vendría bien una lista de siglas y en la tabla de la página 33 faltan los datos de Croacia. Estamos ante una obra que se leerá con provecho porque cumple holgadamente los cuatro imperativos de la investigación social: empírico, teórico, hermenéutico y normativo. Este último reflejado sobre todo en esos «otros» que en las repúblicas respectivas se enfrentaron a quienes cometían tropelías en su nombre y que tan desatendidos fueron por la «comunidad internacional».

Martín Alonso, doctor en Ciencias Políticas y licenciado en Psicología y Filosofía, es autor de Universales del odio. Creencias, emociones y violencia (Bilbao, Bakeaz, 2004), El catalanismo, del éxito al éxtasis (3 vols.) (Barcelona, El Viejo Topo, 2014-2017) y «No tenemos sueños baratos». Una historia cultural de la crisis (Barcelona, Anthropos, 2015). Ha investigado sobre las retóricas de la identidad, el nacionalismo y la violencia política.

03/12/2018

 
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