RESEÑAS

El lamento de los necios

Ricardo Moreno Castillo
La conjura de los ignorantes. De cómo los pedagogos han destruido la enseñanza
Madrid, Pasos perdidos, 2016
200 pp. 16,90 €

Desde la publicación de El manifiesto antipedagógico (2006), Ricardo Moreno Castillo se ha propuesto como misión en la tierra una tarea hercúlea, a un paso de lo quijotesco. Pese a ser reconocida como disciplina académica en todo el mundo, para él la pedagogía es una suerte de pseudociencia, vacía de contenido y conjurada en pervertir la educación a nivel global. En este sentido, La conjura de los ignorantes no añade nada nuevo a un discurso que no admite grises. No hay pedagogía buena ni mala, propuestas didácticas convincentes o discutibles, pues la disciplina es, sin excepción, y si atendemos a sus argumentos: un disparate, irrelevante e irresponsable, insensata, un rosario de despropósitos, de patochadas y estupideces, un delirio, una ristra de majaderías, una tontería, algo que sabe cualquiera, que anuncia obviedades, un desatino. El aprendizaje de la profesión docente es, así, imposible; un misterio: «Todas estas cosas que uno puede aprender observando a los buenos profesores, pero que propiamente no se pueden enseñar» (p. 20); lo que no es nada si tenemos en cuenta que se trata de un trabajo ajeno a cualquier la vocación: «Quien tenga vocación dará clases más a gusto que quien no la tenga, pero no por ello será mejor ni peor docente» (p. 179). De esta forma, la enseñanza se convierte en una ciencia infusa o en un don del Espíritu Santo, y no en un saber analizable, digno de estudio y mejorable.

Para sostener tan contundentes argumentos, y como ya le pasaba en ensayos anteriores, el autor, pese a reconocer que vivimos en un mundo cuantificado y ser él mismo matemático, no utiliza ningún dato, y eso que acusa a los pedagogos de resistirse a cotejar los hechos con la realidad (p. 23): ni para el fracaso escolar, ni para la repetición de curso, ni para la violencia en las aulas, ni para comparar el nivel de los alumnos de hoy con los de ayer. Referentes científicos que están dando la vuelta a la educación, como la psicología evolutiva, la neurociencia o el cognitivismo, no existen. Planteamientos novedosos, como el aprendizaje por tareas, la clase invertida o cualquier metodología inductiva, permanecen en el limbo. Por el contrario, el autor anda sobrado de Kant, Descartes, Unamuno, los sumerios, la navaja de Ockham y los clásicos de Grecia y Roma, pero sólo hasta cierto punto, pues cuando no le interesan (enseñar deleitando) se revuelve: «[El maestro], por mucha habilidad didáctica que tenga, no podrá hacer la clase tan amena como un juego […] ni el aprender ni el estudiar es un juego» (p. 130). La gamificación (de «game», juego) de la enseñanza está revolucionando la forma de dar clase en paralelo al uso de Internet, pero la revolución cognitiva que propicia la red es «mínima si se la compara con la imprenta» (p. 106).

Todo queda reducido a mucha pizarra (clara y ordenada), ejercicios de repetición, reivindicación de la tarima, apuntes, dictados o a la gramática como método para aprender a escribir: «No se puede escribir si no sabes distinguir el sujeto del verbo» (p. 63). ¿Sabría gramática Pérez Galdós? Como no podía ser de otro modo, no falta un clásico: la memorización de contenidos como base del sistema (pp. 65 y 157). La repetición memorística de datos es el método de enseñanza más común en España, y uno de los principales causantes de los males que la aquejan, tal y como ha advertido en múltiples ocasiones Luis Garicano, catedrático de Economía en la London School of Economics y coordinador del programa económico de Ciudadanos. En un artículo publicado en El País «Educación: cambiarlo todo para que todo siga igual», firmado junto con Jesús Fernández-Villaverde,  incidía en que dos de los males de la educación en España eran <«el protagonismo de la memorización y la rutina como método educativo». Y señalaba un curioso problema de los alumnos españoles cuando llegaban a las universidades extranjeras, pues «buscan los apuntes y preguntan qué entra y qué no entra en el examen».

El ideal educativo de Moreno Castillo no es otro que una educación verbalista («la palabra viva entre el maestro y el discípulo», p. 108), pasiva y academicista, donde el profesor habla, los alumnos escuchan y repiten lo que él ha dicho en una prueba. Una suerte de tabla rasa (p. 40) en la que la creatividad es reducida al absurdo, y la capacidad de aprender por sí mismo es un imposible: «si se empeña en descubrirlo por sí mismo habrá que decirle que no, que no lo puede aprender por sí mismo, porque allí está la sabiduría acumulada de muchas generaciones de artesanos, de modo que hay que dejarse enseñar y no ser tan fatuo» (p. 63).

El marco que da cauce a su discurso es una miscelánea de textos firmados por reconocidos pedagogos –a los que se hace pasar como representativos de toda una disciplina– que el autor comenta en una glosa, tan ayuna de ideas como cuajada de ideología. La base es una gigantesca impostura: si, como el propio autor reconoce (pp. 21 y 168), el discurso pedagógico no ha calado en los institutos, ¿cómo es posible que en los últimos treinta años, los pedagogos hayan despojado a varias generaciones de las herramientas intelectuales para comprender el mundo, si no son los que dan clase en secundaria y su disciplina es ignorada por los docentes? Incluso dando por válida la premisa anterior (tomada de la cita de Antonio Muñoz Molina que preside el ensayo), ¿cómo se entiende, ante tal apocalipsis, que la universidad española no se haya paralizado? Los médicos, abogados e ingenieros que han terminado sus carreras en los últimos treinta años, ¿carecen del nivel profesional de sus predecesores o, por el contrario, su competencia profesional es más alta?

En la página 158 se produce un giro y el acento se traslada de los pedagogos a una trinidad malvada (inspirada por ellos): la promoción de curso, el retraso de la formación profesional de los catorce a los dieciséis años y la integración de todos los alumnos durante la etapa obligatoria. Lo primero, directamente, es mentira: un alumno puede repetir todos los cursos de secundaria una vez, y otra vez más en primaria. Si así fuera, saldría del sistema con veintiún años. ¿Demasiado pronto, quizá? Tan arraigada está la repetición en el imaginario educativo español (solo Francia está a nuestra altura), que el autor echa mano de la aberrante expresión «por imperativo legal», popularizada por Herri Batasuna para prometer la Constitución (y de gran éxito en los institutos), con la que se refiere a aquel alumno que no es condenado a una repetición perpetua. En relación con lo segundo, son bastantes los sistemas educativos que retrasan a la edad de dieciséis años la opción por la formación profesional: es el caso de Alemania, Finlandia, Holanda, Suecia, Noruega, Reino Unido y Francia (fuente: EACEA, noviembre de 2014). En cuanto a la unificación de los alumnos durante la etapa escolar obligatoria, es lo común en toda Europa, con la excepción de Alemania, Holanda y Austria, donde se segrega a los doce años, y es nuestra tradición desde la Educación General Básica (EGB). Si la pedagogía no cala en el profesorado, y el sistema educativo español es, con sus peculiaridades, homologable al europeo en todas su maldades, ¿quiénes son los responsables del desaguisado?

El nivel argumentativo de todo ello se reduce a una cuestión de ignorancia en quien no opina como él, y de una profunda mala fe por parte del autor. Moreno Castillo está convencido de que una camarilla de pedagogos a los que apoya un siniestro grupo de politicastros tienen como misión destrozar la enseñanza. Si mantener un debate sobre esas premisas es difícil, cuando el autor entra en el terreno de las descalificaciones, resulta imposible. Se queja en reiteradas ocasiones de que sus críticos utilizan el argumento ad hominem para rebatirlo, pero él no duda en hacer lo mismo con Álvaro Marchesi, catedrático de Psicología Evolutiva y uno de los padres de la LOGSE (p. 31). Cuando de los argumentos pasamos a su propia práctica docente, para alguien que acusa a toda una disciplina de decir obviedades, la cosa sube de nivel: «Nunca avergonzar a un alumno porque no sepa algo. Cualquier cosa que pregunte, por muy elemental que sea, contestarla sin escandalizarse de su ignorancia» (p. 57). Y ya puestos con las obviedades, hay una reflexión en la que seguramente no ha caído nadie que se dedique a la educación: «Un alumno ha de llegar a la escuela bien despierto y bien desayunado» (p. 13) O esta otra llena de sabor: «Quien ha estudiado y se ha preparado bien un examen no tiene en principio razones para sentirse nervioso o ansioso» (p. 112). Consuela que Arcadi Espada nos advierta en el prólogo que el libro es muy divertido, «malignamente divertido» (p. 11).

Es, sin embargo, en la glosa a un texto de Miguel Ángel Santos Guerra (catedrático de Didáctica y Organización Escolar) donde el discurso deja ver sus límites. Este último pone de relieve las contradicciones que se dan en la enseñanza, y para ello incide en la distancia que media entre la vida real y la escuela mediante dos ejemplos: «1. Dejar en el patio un caracol para entrar en clase y estudiar en el libro uno dibujado. […] 8. Pedir que el niño no se distraiga viendo volar una mariposa por la ventana y pretender que fije la atención sobre una dibujada en el encerado» (p. 73). En relación con lo primero, Moreno Castillo responde que «En cuanto se ve rodeado de niños, un caracol se oculta en su concha y es imposible observarlo» (p. 74). Sobre lo segundo argumenta que «las mariposas no deben ser capturadas, porque la polución las ha hecho escasear un nuestros parques y bosques. Si una mariposa entra en clase, lo primero que se ha de hacer es abrir todas las ventanas para que recupere la libertad» (p. 79). No contento con una lección argumentativa de semejante calibre, pongo por testigos a las páginas 176 y 177 de lo que sigue. A propósito de la glosa a uno de los puntos del manifiesto No es verdad, en el que se pide una evaluación participativa que incluya a todos los sectores implicados en la educación, «estudiantes, docentes, centros, familias y administración», Moreno Castillo entiende que «A quien esto escribió se le ha pasado por alto algo muy esencial: que lo que un profesor sabe de sus alumnos a través de los exámenes o de su trato con ellos en el aula es secreto profesional [la cursiva es suya] […]. Si todo el mundo (estudiantes, docentes, centros, familias y administración) ha de estar en medio de la evaluación metiendo la cuchara, mantener el secreto profesional es muy difícil». Juzgue el lector si se trata de un sesgo cognitivo mío o si es que el autor no entiende lo que lee.

Se queja de que lo tachen de reaccionario, pero reaccionario sólo es quien se opone a cualquier innovación. Como actitud ideológica, es atribuible tanto a derecha como a izquierda, sólo basta con negarse al progreso, y para Moreno Castillo cualquier innovación resulta perjudicial para la enseñanza. Se configura así una suerte de irracionalismo educativo que va contra la realidad, la verdad y la ciencia.

Juan José Romera López es licenciado en Filología Hispánica y profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES Valle del Azahar, de Cártama Estación. Es autor de Retrato canalla del malestar docente (Córdoba, Toromítico, 2010).

19/09/2016

 
COMENTARIOS

Manuel del Río 24/09/16 11:14
EL REBUZNO DE LOS SECTARIOS

(Una réplica a la reseña de Juan José Romera López al libro ‘La conjura de los ignorantes’, de Ricardo Moreno Castillo)

Aunque pregonen reiteradamente su progresía y modernidad, es muy habitual encontrar en la tropa de los autoproclamados expertos educativos un hábito medieval de lo más curioso: en efecto, en las universidades del pasado era habitual que disertasen desde su cátedra doctores en medicina que se conocían al dedillo a Hipócrates y Galeno, pero que contemplaban con abierto desprecio a aquellos ‘cirujanos’ que en vez de predicar desde el púlpito se dedicaban a la degradante tarea de... curar y operar enfermos. La misma distinción entre el artifex theoricus y el artifex practicus florece en su esplendor en las escuelas de magisterio y en las facultades de educación y pedagogía: gentes que no conocen un aula no universitaria desde sus años mozos predican ufanamente sus Verdades Reveladas, aprovechado para atacar, con notable cinismo e hipocresía, a los profesores ‘a pié de aula’ y acusarlos de sus propios vicios clasistas y dogmáticos.

Dentro de esta tónica general, el señor Romera parece, a tenor de la información biográfica adjunta, constituír una rara avis, y es de agradecer el poder debatir las cuestiones que plantea con alguien que conozca, y no de oídas, la realidad de las aulas. Desafortunadamente, es de lo poco que hay que agradecer: su reseña de ‘La conjura de los ignorantes’ destila todos los prejuicios, toda la doxa bien aprendida, memorizada y repetida de los defensores de la ‘nueva educación’, en un ejercicio casi deliciosamente paradójico de aquellas virtudes (aprender contenidos, memoria repetición) que tanto denosta la secta educativa en la que milita.

Comienza la reseña el señor Romera denostado la que considera labor quijotesca del profesor Moreno y su oposición a una pedagogía que en su opinión es “reconocida como disciplina académica en todo el mundo”. Dejando al margen las mayores o menores dificultades de la lucha del profesor Moreno (dificultades que de ser quijotescas en su amplitud e irralismo sólo contribuirían a dignificar aún más su valor ético y moral) , me permito cuestionar la confianza dogmática que deposita Romera en la pedagogía. El hecho de que esta disciplina siente sus reales en la enseñanza universitaria no la convierte en científica (a menos que el señor Romera, con el mismo criterio, acepte que los másters en homeopatía que han creados algunas universidades tengan también ese estatus envidiable). No: la ciencia emplea unos criterios bastantes rígidos a los que pocos campos del saber se pueden apuntar: cosas como la falsabilidad de las hipótesis, el método experimental, con elaboración y experimentación de las hipótesis, elaboración de predicciones que descartan hipótesis...). Y el caso es que el saber ‘pedagógico’ no ha sido capaz, o no ha querido, encajar en este perfil. Parte de la culpa no es sólo de la disciplina: es notoriamente difícil emplear el método científico en las áreas del conocimiento humano; sí es culpable, sin enbargo, en autoarrogarse presuntuosamente etiquetas de ciencia y de verdad; eu ausencia de un paradigma fortalecido por su solidez predictiva tendremos un paradigma (o varios) sustentados tan sólo por las lentas oscuras de la ideología de los que lo proponem y falsos simulacros de experimentación sesgada , junto a formulaciones teóricas para justificar cualquier aparente desviación de la teoría. Estudiar casos concretos nos llevaría muchas páginas, pero pongamos un par de ejemplos de ‘popes’ santificados por la pedagogía, y no simplemente líderes de minisectas educativas: Rousseau, el padre de todos los prejuícios pedagógicos ‘modernos’ –¿aún 200 años después?-, con el niño como buen salvaje que aprenderá solo, y el profesor como malvado corruptor/deformador; el gran Piaget, santo patrón del constructivismo, que le preguntaba a sus hijos las mismas preguntas hasta que daban las respuestas que quería (la literatura académica ha desmontado totalmente sus ‘hipótesis’ sobre los cuatro estadios, etc...), Steiner, educando en el misticismo y la ‘eurítmica’, etc...

Por otro lado, los sueños dogmáticos de la pedagogía resultan evidentes al analizar la esencia misma de su proyecto: elaborar una meta-reflexión sobre la educación, y una ciencia abstracta del enseñar. Aquí yo (y gente mucho más autorizada que yo) negamos la mayor: es imposible abstraer la quintaesencia de un “aprender a aprender”. La ensañanza no se aprende ‘por ciencia infusa’, como burlonamente se acusa al profesor Moreno, sino en la praxis cotidiana: es en el contraste con cada alumno específico, con sus características únicas y sus necesidades específicas, es en el día a día, y no desde las cátedras universitarias y sus espejos deformes del callejón del Gato, donde se puede llegar a un conocimiento y aprendizaje de la didáctica que funciona más allá de los papeles.

En resumen: la pedagogía actual y dominante no es una ciencia; sus paradigmas son ideológicos y carecen de demostración constatable; su práctica, más allá de generalidades, acaba concretándose en sectas pedagógicas que añaden nuevas elecubraciones pseudocientíficas sin ninguna demostración pero con gran marketing (Inteligencias múltiples de Gardner, por ejemplo) al conectar con el ‘espíritu de los tiempos’: una posmodernidad líquida de consumidores y reducción de todos los valores al dinero donde se adula y halaga al estudiante-padre-consumidor con falsedades gratas (todos somos listos, sabios, únicos) para mejor someterlos a esclavitud e ignorancia. Sus paradigmas y prejuicios básicos son desmontados periódicamente con datos, y no sólo con diatribas; en este sentido, me permito recomendarle al señor Romera un libro de carácter muy diferente al que reseña pero de hipótesis muy similares, y con documentación académica y experimental detrás con la que desmonta los tópicos de la pedagogía: 7 myths about education, de Daisy Christodolou.

Pasando a un segundo argumento, lugar común de los defensores de la LOGSE y sus derivados, el señor Romera apela a la ‘falta de la penetración’ de la reforma educativa en las aulas por culpa, precisamente, de las resistencias de profesores como Moreno. Tal afirmación obvia las enormes y totalitarias presiones que, haciendo chanza de la pretendida libertad de cátedra, acechan constantemente al docente que se resiste a cambios que considera perniciosos para sus alumnos; desde el día de la oposición en que el docente, tenga las opiniones que tenga, debe cantar hipócritamente y como un papagayo las virtudes de César Coll, Marchesi y en constructivismo en el aula, hasta el día a día del ‘poder blando’ de las autoridades educativas (inspección-dirección-evaluación-orientación), el docente que apuesta por el conocimiento, el esfuerzo y la superación como herramientas principales para crear un alumnado sabio, autónomo y con posibilidades de ascenso social se encuentra con presiones constantes para ‘suavizar’ su discurso y (lo que más interesa), para que baje toda exigencia y aumente el número de aprobados. El docente se encuentra con un marco legislativo y un contexto escolar en que su alumnado y el fín de la escula se han reducido a la estabulación y entretenimiento de adolescentes, y contra todo este mar de adversidades se tiene que enfrentar en su aula como buenamente puede. De momento, la inquisición pedagógica (y no por no desearlo) no ha conseguido entrar regularmente en el aula para fiscalizar al docente: todo se andará, y seguramente personas como el señor Romera aplaudirán ese día hasta con las orejas. Más aún quizás cuando, recatando viejos ideales de cómic futurista, los docentes sean sustituídos por robots que reciten y apliquen, en metálica y monocorde voz, la cantinela pedagógica.

El deterioro de la educación española es evidente, y no lo espantan fantasas como los que agita el señor Romera aludiendo al caracter más selectivo de la educación anterior; si de verdad queremos una escuela que funcione, que enseñe, que sea palanca para reducir las desigualdades de origen y fomentar el ascenso social, la práctica de la LOGSE y sus derivados atestiguan lo contrario, mal que le pese a Romera, y varios estudiosos del tema han constantado; la bajada de niveles es algo que el mismo no podrá negar, contrastando libros de texto; la generalización de la enseñanza que pregona se ha convertido en mera estabulación de alumnos desmotivados; la diversidad real del alumnado no se atiende ni hay herramientas suficientes para ello, más allá de la buena voluntad docente; y se ha creado un dualismo que no existía con la escuela concertada, que absorve a los alumnos de familias medias y acomodadas (el factor que todos los estudios internacionales suelen dar como clave del éxito o fracaso escolar), dejando la escuela pública en un papel asistencial y negando toda movilidad social a los alumnos de entornos desfavorecidos. Y es que el infierno, señor Romera, está pavimentado de buenas intenciones.

Para concluír: la acusación de reaccionario sobre el profesor Moreno no es nueva, y de nuevo rima con la doxa de los tiempos modernos (en este caso, desde la Ilustración) censurando lo viejo por ser viejo y alabando lo nuevo por ser nuevo, sin necesidad de demostrar su valía. En este juego, sin embargo, permítame el señor Romera concluír dudando en quién es el reaccionario: la ‘moderna’ pedagogía se ha limitado a refritos ideológicos de Rousseau (¿que ya han pasado 300 años, eh?) y a puestas en práctica que han fracasado estrepitosamente (Dewey en los años treinta del siglo pasado; la escuela comprehensiva británica a finales del siglo pasado). Jugando a la modernidad y a la última moda, quizás tendríamos que plegarnos los educadores a los ganadores de las pruebas PISA que ya no incluye a Finlandia en el puesto más alto, sino a escuelas asiáticas (Singapur, Shanghai, Japón, Corea del Sur) con modelos educativos basados en cosas tan ‘carcas’ como la disciplina, el respecto, el esfuerzo y la autoridad docente.

Clara 22/09/16 21:41
Me ha encantadoooo

Rafa Cerrillo 28/09/16 19:17
Reconforta leer una réplica como la de Manuel del Río, aunque me ha parecido muy moderada...Será porque soy absolutamente partidario de que a todos estos pinchaúvas de la pedagogía progre habría que someterlos a un Núremberg educativo.

José Ruiz 29/09/16 17:24
Que lo viejuno es manifiestísimamente mejorable no solo está demostrado, es autoevidente para cualquier persona más preocupada por la sencilla verdad de las cosas que por la jerarquización estalinista de la sociedad a golpe de oposiciones. Lo que hace falta es ver con buen criterio qué de lo nuevo lo mejora, y deplorar lo que no. No he leído el libro, pero conozco el talante, la inteligencia y la honestidad intelectual de Romera y por lo que leo parece que la obra trata sobre todo de la añoranza de tiempos más absurdos y totalitarios, o de espacios situados más allá de algún telón de acero. Del Río subraya religiosamente, y Cerrillo paramilitarmente, este dogmatismo reaccionario de la uniformidad, el odio por la inteligencia y la libertad individual, y el cultivo de la ignorancia del saber hacer que lleva aparejados, pero también pone en evidencia que los decrépitos métodos de la autoridad impostada, la humillación personal y la castración de la creatividad del estudiante no son los mejores para conseguir personas mejor educadas, como se puede ver en el propio comentario de Del Río: por su manera de expresarse sospecho que debe ser él mismo uno de esos jóvenes víctima de la modernidad. Porque una persona que no sabe dónde colocar un signo de interrogación (donde dice "¿que ya han pasado 300 años, eh?" diga "que ya han pasado 300 años, ¿eh?") no puede ser más que uno de esos desafortunados estudiantes actuales a los que se les ha privado de las ventajas de un profesor investido por el Ministerio correspondiente de la autoridad de aplicarles el tercer grado memorístico de los signos de puntuación. Aunque, pensándolo bien, la verdad es que usar bien los signos de puntuación no es cuestión de memoria, sino de cabeza. Los buenos profesores lo saben. Los malos no saben, solo recuerdan.

Hipias 29/09/16 19:02
La culpa es de los pedagogos. Siempre. De la pedagogía. Siempre. Porque el oficio de enseñar es algo que se aprende en la praxis, dice... Total, que hasta que alguien aprende a enseñar (o no) resulta que puede pasar ¿cuánto tiempo? sin necesidad de recurrir a lo que le puedan aportar los estudios, las investigaciones o las experiencias ajenas. No, se aprende ejerciendo. ¿Y el que no aprende?
Lo que dice mi praxis diaria es que el profesorado es criatura delicada que sabe porque sí y que se preocupa bastante poco de evaluar sus métodos y cuestionar sus estrategias, y que hace lo que sabe o lo que puede sin que medie búsqueda alguna de formación o información que le ayude a mejorar la calidad de su trabajo. ¿Recurrir a la Pedagogía para ver si me sirve de algo? No, yo ya sé...
He de añadir que, como norma general, el común del profesorado se siente víctima de un sistema en el que no ha entrado (Logse, Loe) y en el que ha seguido haciendo lo que piensa que funciona porque es lo que ha aprendido (o no) a hacer. Como esta impresión es fruto de mi praxis diaria, columna del argumento de Manuel, es incuestionable.

peter 09/10/16 20:15
Castillo apunta muchas evidencias que cualquiera que haya estado en un aula sabe. Pone el dedo en la llaga sobre muchos de los problemas que trajo la LOGSE y que la resistencia del profesorado acabó bloqueando por dejación, afortunadamente. Dar un paseo de algunos de los libros que sí se tomaron la LOGSE en serio produce sonrojo. Pocos talibanes lo siguieron. Pero Castillo se excede muchas veces y se convierte en aquello que denuncia.
El constructivismo y el "aprender a aprender" se convirtieron en mitos por parte de catedráticos que no habían pisado un aula. Se pasó de una enseñanza autoritaria y bastante pasiva que, sin embargo, ya estaba cambiando, al otro extremo, a la denuncia de la memoria, del esfuerzo y al cuidado de ese ser que tenía unas ganas enormes de aprender siempre, y al que había que proteger.
Tras la LOGSE se trataron de ir parcheando sus excesos ridículos, por ejemplo insertando vías para los alumnos que no querían, esa FP que se separó del camino. La resistencia pasiva y sensata del profesorado nos salvó de la locura que hubiera resultado de su aplicación al 100%.

No soy tan negativo sobre el deterioro general de la educación, creo que la dinámica en el aula ha mejorado muchísimo, pero es evidente que al meter tantas "cosas" diferentes en la clase aquello se tiene que resentir, y genera una dinámica perversa en donde se van suavizando niveles hasta llegar arriba.

No me parece tan complicado adoptar estrategias más activas, con más implicación del alumno (y ahí la LOGSE fue positiva, ¡ay, el exceso!), que no signifiquen tampoco la eliminación de la clase "tradicional", elemento a extinguir según algunos talibanes que miran por encima del hombro y están todo el día con las charlas TED, cualquier cosa menos ciencia, y que se basan en la clase tradicional curiosamente.

El mito finlandés cae, según algunos precisamente porque ha perdido parte de su sesgo tradicional, de esa incidencia en el esfuerzo y el trabajo que los orientales mantienen.

Un término medio, si esos terribles estándares que banalizan la educación y la simplifican no nos acaban burocratizando aún más.

Mariano del Mazo Unamuno 23/10/16 11:17
Los defensores de la doctrina oficial y pedagógicamente correcta que ha inspirado las no muy exitosas reformas educativas de las últimas décadas han sido poco permeables a la crítica y se han mostrado reacios a un debate democrático en el que respetaran a quienes no pensaban como ellos. Más bien han sustituido dicho debate por la simple descalificación de los discrepantes, mediante anatemas y epítetos gruesos que suplían su falta de argumentos sólidos.
Los análisis de Ricardo Moreno Castillo sobre la deriva de la pedagogía en la que se han basado tanto la LOGSE como sus afluentes constituyen una lúcida y al mismo tiempo demoledora radiografía de la degradación real de nuestro sistema educativo.
La conjura de los ignorantes, última entrega hasta ahora de esa crítica de la sinrazón pedagógica, continúa la línea de otros ensayos de su autor sobre la materia. En este caso, aportando en cada capítulo citas de “autoridades” de la pedagogía académicamente consagrada, que sirven como prueba del nueve de adónde ha llegado el disparate educativo en nuestro país.
En España no ha habido un verdadero debate educativo de fondo en los ámbitos oficiales. Solo hay que ver la pobreza con la que en general partidos políticos, sindicatos y medios de comunicación abordan las cuestiones educativas de fondo. Desde que se perpetró la LOGSE hemos vivido una especie de “pensamiento único” y “pedagógicamente correcto” que daba por verdades absolutas las premisas de esa reforma educativa. Y a los reticentes o detractores de todo lo que nos ha traído esa línea educativa se les ha combatido calificándolos de “carcas”, “reaccionarios”, “nostálgicos”, “elitistas” y en el paroxismo de la demagogia y del exceso verbal hasta se les ha llegado a tildar de “fascistas”.
En el mundo educativo de los últimos veinticinco años han sido muchos los profesores de bachillerato que veían con escepticismo o abierto rechazo la pedagogía logsiana. Pero sus defensores, además de haber disfrutado del poder político, administrativo y sindical, han estado muy bien organizados, han actuado más coordinadamente y han lanzado sus consignas con más eficacia que sus adversarios en esta lid. En suma, han sido más militantes, frente a los opuestos, que si no cautivos y desarmados, más bien se han caracterizado por su individualismo, han estado más desanimados y desunidos y se han encontrado fuera de los círculos del poder. Por eso, cuando se empezaron a oír voces discordantes, como el Panfleto antipedagógico escrito también por Moreno Castillo y otras obras de Javier Orrico (La enseñanza destruida), Gregorio Salvador (El destrozo educativo), Xabier Pericay (Progresa adecuadamente), María Ruiz Trapero (La secta pedagógica), o más recientemente, Alberto Royo (Contra la nueva educación) empezó a cundir el malestar y una cierta alarma entre los pedagogos instalados ante la constatación de que ese monólogo triunfalista de los grandes éxitos educativos como gran triunfo de la izquierda española es muy difícil de creer para cualquier mente crítica y medianamente informada. Y así surgió el manifiesto negacionista “No es verdad”, auténtico retrato del búnker pedagógico, al que el propio Moreno Castillo respondió con “No es verdad que no sea verdad”.
En este ambiente uno de los personajes que no puede faltar cada vez que alguien pone en evidencia la lamentable realidad de nuestra educación es la del pedagogo de guardia. Y hete aquí que frente al último libro de Ricardo Moreno aparece un representante de ese gremio militante. Juan José Romera López, tratando torpemente de caricaturizar el título de “La conjura de los ignorantes”, nos lanza este “lamento de los necios” con todos los ingredientes bien aprendidos en las catequesis didactológicas difundidas ya no en cursillos, sino en grados, másteres y demás estudios universitarios de esa pretendida ciencia que es la pedagogía.
La reseña de Romera forma parte del discurso “agit-prop”, con muchos de los tópicos de la pedagogía oficial que nos han dado un sistema educativo presuntamente innovador y progresista, pero que se caracteriza por dos rasgos: mayor ignorancia entre los estudiantes y menores posibilidades de movilidad social.
Ya que este pedagogo de guardia rebate con ardor guerrero la crítica a la falta de entidad científica de esa asignatura universitaria llamada “Pedagogía”, es preciso hacer algunas aclaraciones previas.
En primer lugar, conviene aclarar qué entendemos por “pedagogía” y “pedagógico”, porque podemos encontrarnos ante una confusión terminológica. El adjetivo pedagógico puede ser utilizado para referirse a que una explicación es más clara y llana o simplemente que se refiere al mundo educativo. Así, el término pedagogía fue durante siglos sinónimo de enseñanza, hasta que se instauró la casta, secta o lobby de los pedagogos profesionales, expertos en enseñar a enseñar sin haber enseñado nada en concreto. Expertos en educación sin ser profesores especialistas de ningún área de conocimiento. Hoy el pedagogo o es el profesor de la nada o es simplemente un burócrata que mangonea en la educación sin pisar un aula. No deja de ser curioso y hasta perverso que en estas últimas décadas el título de pedagogía o la adhesión a la secta pedagógica haya servido a muchos maestros y profesores para dejar de dar clase.
El pedagogo de guardia ignora que Ricardo Moreno, quizá hoy el más conocido denostador de la pedagogía orgánica, no es un quijote enloquecido ni un llanero solitario. La bibliografía antipedagógica empieza a ser ya importante en nuestro país, aunque no ha alcanzado el mismo status como “pedagogía alternativa” al diseño curricular, la enseñanza lúdica, el fracaso escolar, la educación por competencias, la enseñanza por proyectos, la enseñanza por tareas, la lección magistral, la redacción cooperativa, o cualquier otro presunto “saber pedagógico” consagrado oficialmente en las Facultades de Educación al mismo nivel que la Biología o la Historia del Arte.
En este momento la pedagogía es una jerga, una lengua de grupo, no reúne ninguno de los requisitos para ser una ciencia porque no se basa ni en un método científico ni es un saber riguroso y sistemático. Y este hecho lo explica muy bien Moreno Castillo en su libro. En un manual de pedagogía podemos navegar por sus vaciedades y sus necedades sin fin. Sus tecnicismos no son tales. O ponen un nombre ridículo a lo que ya está nombrado por la lengua común sin aportar ningún concepto (recordemos el segmento de ocio o el panel vertical para no decir recreo o pizarra) o inventan un circunloquio presuntuoso para no decir nada (el diseño curricular, la institución escolar, etc..). Es como la “langue de bois” de los políticos, una coraza para proteger a una casta y a fin de que todos incorporemos su jerga para reconocer su autoridad.
Es verdad, no obstante, que la pedagogía, como pseudociencia, está extendida en diversos países, como señala Romera, hecho que no prueba que sea una ciencia. Pero también están extendidos el tráfico de armas, la evasión fiscal, la pederastia y la adulteración de alimentos. El mal no es solo español, como casi ninguno de los males. También es cierto, por el contrario, que la crítica antipedagógica es muy sólida y no se limita a las obras de Moreno Castillo, quien, basándose en su experiencia y conocimientos, formula una crítica sobre postulados falaces, datos y resultados. En Francia, obras como “L´enseignement de l´ignorance” , de Jean Claude Michéa, coincide en mucho con los puntos de vista de Moreno Castillo. Al igual que la hispanista sueca Inger Enkvist.
A estas alturas de la película, un pedagogo de guardia como Juan José Romera, debe de ser de los pocos que no se han enterado de que la LOGSE ha supuesto un retroceso para le educación en España. Por mucho discurso oficial monocorde, hoy es vox populi. Recuerdo hace unos diez años una anécdota en la universidad, en la optativa de Lingüística de la Universidad Carlos III. El primer día de clase hice una presentación de la asignatura y del programa y sondeé oralmente los conocimientos previos de los epígrafes del mismo. Al recibir como respuesta un silencio absoluto sobre todos los conceptos del programa oficial, que, por cierto, se estudiaban antes en el bachillerato, el comentario de un alumno fue muy elocuente: “Profe, profe, tenga usted en cuenta que nosotros somos de la LOGSE.” Sin comentarios.
Romera maneja en su crítica al libro de Ricardo Moreno todos los estereotipos de descalificación del discurso del búnker pedagógico, que niega la posibilidad de que alguien ose no ya derogar parcial o totalmente las reformas educativas, sino simplemente ponerlas en cuestión.
Entre otras cosas, critica que siendo Moreno un científico que niega que la pedagogía sea una ciencia, no aporte ningún dato. Pero es absolutamente falso. Tanto en esta obra como en las demás de su autor sobre la pedagogía, no hace más que referirse a realidades, frente a la ficción y el delirio del discurso didactológico. Por otro lado, el señor Romera ignora que tanto los informes y evaluaciones oficiales sobre conocimientos (tan detestados por los logsianos), como los resultados de la selectividad, el nivel medio de los alumnos universitarios y cualquier observación diaria ponen de manifiesto que los efectos de las reformas educativas han sido un auténtico fracaso que no se puede seguir negando a estas alturas. Quienes van contra la realidad, la verdad y la ciencia son los que se empecinan en blindar las reformas educativas de las últimas décadas.
Es cierto que hoy los militantes de la pedagogía oficial han suavizado el lenguaje combativo y talibán con el que al principio intimidaban al disidente. Hoy ya no suelen llamar fascista al que critica las LOGSES, pero siguen recurriendo a tópicos necios como el memorismo, la tarima o la enseñanza tradicional, que han tenido su eficacia en la desfiguración del adversario, pero que no resisten ningún análisis. El profesor no es un mediador, el profesor tiene que llevar la clase y eso nada tiene que ver ni con el fascismo ni con el autoritarismo, sino con una realidad disimétrica obvia, que ya es cansino tener que argumentar. La memoria es un instrumento esencial del conocimiento. La repetición irreflexiva de datos o frases es inane, por supuesto. Y, por cierto, es una característica del lenguaje pedagógico. Pero la ignorancia de datos y conceptos fundamentales no es una muestra de avance, sino todo lo contrario.
Sostener hoy que la pedagogía oficial es progresista es bastante ridículo, pues la ignorancia que provoca y el desequilibrio pública-privada derivado de la enseñanza comprensiva nada tiene ni de progreso ni de equidad social. Por mucho que los aparatos políticos y sindicales de la izquierda hayan sancionado su carácter progre, como han hecho con otra idea reaccionaria, el nacionalismo. Dice Romera que “reaccionario es el que se opone a cualquier innovación”. No es verdad que en el libro de Moreno Castillo, como en el discurso de los detractores de la pedagogía, no se opone a cualquier innovación. Se opone a la estupidez, sea nueva o no nueva. Primero, porque lo nuevo no es siempre sinónimo de bueno; y segundo, porque la pedagogía, como los viejos rockeros, ha dejado de ser innovadora hace mucho tiempo. Y repite las mismas falacias de hace muchas décadas, aggiornando la forma del mensaje como hacen los vendedores de detergentes.
Desde mi experiencia primero como catedrático de Bachillerato y luego como profesor asociado de universidad en el Máster de Formación de Profesorado lo que he visto ha sido lo contrario de lo que dice Romera: cómo se ha degradado la enseñanza, desde un bajón en el nivel de conocimientos, hábitos lectores, disciplina, interés intelectual, desvalorización de la cultura, interdisciplinariedad, trivialización del conocimiento, etc. Por no hablar de la pedagogía y psicopedagogía que se explica en dichos másteres, que es para analizarla en sus textos, como hace Moreno Castillo en La conjura de los ignorantes. Y que es sencillamente una estafa cobrar lo que se cobra en un Máster para que se llene la mente de los futuros profesores de todos los dogmas y consignas que desenfocan los problemas educativos y claramente desorientan a los que no tienen experiencia docente.
Cualquier persona que tenga experiencia docente tiene que saber, si no está ciego, que los pedagogos oficiales, aquellos que o nunca han dado clase o han huido de ella, han hecho un daño inmenso al sistema educativo, con sus falacias y sus perogrulladas, hasta convertirse en un grupo de presión autorreferencial que sobrevive por su propio interés.
Romera se presenta como profesor de Lengua y Literatura en Secundaria. No sé cuánto tiempo llevará dando clase de esta asignatura. Pero me extraña que un profesor de lengua y literatura no lamente la jibarización sufrida por esta materia con el diseño curricular de la sacrosanta LOGSE, que redujo la enseñanza de lo literario a un mero apéndice de la Lengua. Si en un COU se daban cuatro horas de Lengua y cuatro de Literatura para los alumnos de Letras o Humanidades (la mayoría), se pasó a solo 3 horas de Lengua y Literatura, que luego aumentaron a cuatro en total. No sé si será innovador o progresista. Lo que pone de manifiesto es el desprecio por la cultura en el que se basan todas las falacias pedagógicas de raíz anglosajona de “educación para la vida”, otro de los pseudoconceptos de esa mercancía averiada y tóxica que se nos vende no ya como ciencia, sino como una verdad sagrada e intangible que solo los sumos sacerdotes ungidos por la secta pedagógica pueden juzgar e interpretar.

El guachimán 23/10/16 14:03
Para no ocupar mucho espacio, dejo aquí el enlace al artículo de mi blog sobre lo que dice el señor Romera:
http://papabloblog.blogspot.com.es/2016/09/en-defensa-de-moreno-castillo.html

manuel del río 24/10/16 11:09
¡Réplica habemus! Discutamos, pues.

El señor Ruiz comienza con un ataque gratuito a lo viejo, muy propio de nuestros tiempos posmodernos. Me permito recordarle que lo viejo, por serlo, no ha demostrado ser malo, ni lo nuevo (la moda, la ocurrencia) , por ser nuevo, ha justificado sus virtudes. Predicar tamaña simpleza sólo demuestra un dogmatismo digno de mejor causa y una mala aplicación, además, del concepto ilustrado (¿viejo también?) de progreso. Por otro lado, si hay algún sistema educativo que preconize el "odio por la inteligencia y la libertad individual, y el cultivo de la ignorancia", se trata precisamente de la pedagogía constructivista, que desprecia los conocimientos y pone en el pedestal el aprendizaje y descubrimiento autónomo (¿por ciencia infusa?). Curiosamente, defienden ustedes para los alumnos lo contrario que para los docentes: ellos pueden aprender sólos, a su ritmo, todos los saberes; en cambio los docentes, sin la teoría pedagógica de turno bien memorizada no podemos aprender (a enseñar, en este caso).
Por otro lado, me congratulo que la crítica más severa que me hace el señor Ruiz se centre en unos cuantos errores de ortografía fruto del tecleado rápido y del contexto informal de escribir un comentario en un blog. Si busca un poco más encontrará algún otro error, aunque seguramiente emplearía mejor su tiempo buscando argumentos. Usted no duda de la inteligencia y honestidad del señor Romera (cosa que yo tampoco he hecho). En cambio, se permite verter todos sus prejuícios sobre el señor Moreno, y sin ni siquiera haberse leído su libro. En fín...

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