RESEÑAS

Apología del historiador

María Jesús González y Javier Ugarte (eds.)
Juan Pablo Fusi. El historiador y su tiempo
Barcelona, Taurus, 2016
520 pp. 21,90 €

En 1975 apareció un libro titulado Política obrera en el País Vasco (1880-1923), firmado por un entonces poco conocido Juan Pablo Fusi Aizpurúa. El texto, producto de su tesis doctoral, llamó muy pronto la atención en los medios académicos. Era un estudio del movimiento obrero, núcleo de la historia social cultivada en esos años por los historiadores más preocupados por la renovación de la historiografía en España, que muchos consideraban la única forma válida de hacer historia. Para general sorpresa, en ese trabajo se daba particular relevancia a los factores políticos. En el prólogo, el autor denunciaba con inusitada valentía y claridad meridiana la interpretación dominante en los estudios sobre el obrerismo español, a su entender desenfocada, debido a la abundancia de «abstracciones lógicas, generalizaciones falaces (la clase obrera, la burguesía, cuando en realidad se alude a sectores de una y otra), esquematismos ideológicos y apriorismos no contrastados empíricamente». Si se tiene en cuenta el ambiente reinante en ese momento en los medios académicos españoles, no cabía mayor atrevimiento en lo que vendría a ser la carta de presentación de un historiador, que bien puede ser considerada, como han hecho algunos de los discípulos de Fusi con la perspectiva del tiempo, un auténtico manifiesto de una tendencia que se generalizaría más tarde.

Al libro mencionado siguieron de inmediato varias publicaciones, no pocas centradas también en la historia del País Vasco (Fusi, de padre italiano y madre vasca, nació en San Sebastián, ciudad a la que siempre confiesa haberse sentido muy vinculado) y su nombre comenzó a sonar con fuerza entre los historiadores españoles. El impulso casi definitivo en este sentido se produjo en 1979, al obtener el premio Espejo de España con el libro España, de la dictadura a la democracia, redactado junto con Raymond Carr. Ese mismo año comenzó Fusi su actividad docente en la Universidad de Cantabria, un lustro después se trasladó a la del País Vasco y luego a la Complutense, siempre como catedrático de Historia Contemporánea. Su intensa actividad universitaria, sus publicaciones científicas y sus libros de síntesis han colocado su nombre en la primera fila de los historiadores españoles. La dirección de la Biblioteca Nacional (1986-1990) y sus artículos en la prensa diaria (en El País y ABC, sobre todo), además de otras actuaciones, como el comisariado de la importante exposición dedicada en 1983 al centenario de Ortega y Gasset y la dirección del Instituto Universitario que lleva el nombre de este filósofo, lo han dado a conocer al gran público. El último dato, por ahora, en su brillante trayectoria es su reciente ingreso en la Academia de la Historia, la cual previamente le había encargado la revisión de ciertas biografías objeto de polémica, aparecidas en el gran Diccionario Biográfico publicado por esta institución.

Un individuo con semejante trayectoria debe ser objeto de atención. Dado, además, el desconocimiento existente en España sobre la personalidad y el trabajo de la inmensa mayoría de nuestros intelectuales, hay que recibir con aplauso que alguien con criterio y competencia se ocupe de uno de ellos. Con la excusa de su jubilación como profesor universitario, María Jesús González y Javier Ugarte han reunido a un grupo de colegas, amigos y discípulos de Fusi –los mencionados reúnen las tres condiciones− con el propósito de analizar su obra y dar a conocer algunos rasgos de su biografía. Nada menos que cincuenta personas de diversos países, todas ellas muy destacadas en su profesión (con predominio, como es lógico, de historiadores), se han prestado a colaborar con textos breves, casi todos enjundiosos y bien pensados, desprovistos de erudición y redactados con lenguaje claro. El resultado es el volumen del que aquí se da noticia, estructurado por los coordinadores en dos partes: la primera, más extensa, agrupa las contribuciones dedicadas al comentario de la obra de Fusi; la segunda es una especie de mosaico de memorias de quienes lo han tratado de cerca. El volumen se completa con una entrevista de los editores al protagonista –las treinta páginas que ocupa son, a mi juicio, las más valiosas del volumen, pues transmiten sinceridad y sabiduría− y se cierra con una compilación de sus publicaciones y tesis dirigidas. Importa no pasar por alto esto último, ilustrativo por sí mismo de la impronta de su magisterio en la renovación de la historiografía española. Las tesis doctorales dirigidas hasta la fecha por Fusi son muchas (nada menos que veintidós) y de gran calidad científica (entre sus doctorandos se encuentran varios de los más reputados historiadores españoles actuales).

En una obra de esta naturaleza, de cuyo contenido no podemos dar cuenta pormenorizada ni tan siquiera mencionar a sus autores, son inevitables las repeticiones de anécdotas, datos e interpretaciones. Tal vez sea esta la mayor objeción que cabría formularle. Sin embargo, es indudable que cumple el objetivo perseguido por los editores: mostrar los rasgos fundamentales de la vida de un individuo, que es un historiador, y analizar y explicar su obra. Una obra –insisten varios de los colaboradores en este volumen− que aguanta bien el tiempo, porque es sólida y porque Fusi sabe abordar de forma clara y sintética problemas importantes, huyendo del lenguaje aparatoso y pedante al que, por desgracia, y a pesar de su indudable formación científica, tan aficionados son algunos de los jóvenes −también otros menos jóvenes− historiadores actuales.

Fusi es todo lo contrario de ese tipo tan frecuente de académico que realizó con brillantez sus estudios en la universidad española y en ella ha ejercido su profesión sin salir casi al extranjero más que de turismo o, en el mejor de los casos, como asistente a algún congreso. Comenzó su formación como historiador en la Universidad Complutense de Madrid y realizó lo que entonces se denominaban cursos de doctorado en la Universidad de La Jolla, en San Diego (California), pero su trayectoria profesional ha estado determinada por su paso por Oxford, donde, como miembro del St Antony’s College realizó su tesis doctoral bajo la dirección de Raymond Carr, y poco después fue él mismo director del Iberian Center. Estas circunstancias posibilitaron el contacto y la amistad con algunos de los historiadores europeos más relevantes del último tercio del siglo XX: «Oxford, para mí –declara Fusi−, fue el ciclo formativo definitivo, nada más y nada menos. De ahí ni me he movido, ni creo que me vaya a mover». Pero si Oxford ha significado todo eso para Fusi, también él ha sido capaz de transmitir en España lo que allí aprendió, no sólo en ciencia, sino también en actitudes. Los testimonios de sus colegas y amigos recogidos en este volumen abundan en ello.

Elemento muy destacado en los comentarios sobre la obra de Fusi aquí recogidos es su doble deuda con Oxford y con Ortega y Gasset. De Oxford ha tomado el horror a las generalizaciones y el concepto de revisionismo crítico, esto es, la exigencia de rehacer la historia a la luz de las nuevas evidencias empíricas. A contracorriente, y con buena dosis de valentía, ya en su primer libro dejó patente que no concebía la historia como la defensa de una causa, sino como el análisis de problemas desde la multiplicidad de enfoques y desde el empirismo (lo que se diga debe ser verificable a partir de datos rigurosos). Por otra parte, no se declara totalmente orteguiano (no le convencen la teoría de las generaciones ni el juego elite/masas, afirma), pero reivindica el diálogo en profundidad con la obra de Ortega, hasta el punto de que en la entrevista publicada en este volumen llega a decir: «el que en España no haga a fondo esa experiencia –enfrentarse con Ortega− tiene un déficit cultural, intelectual, enorme». De Ortega le ha interesado el perspectivismo –la verdad como parte de una perspectiva y toda perspectiva como forma de verdad−, la crítica de la modernidad, la vida como quehacer y la razón histórica, elemento este último esencial en el pensamiento de Fusi. «No hay más explicación de la vida, de la realidad, del hombre, de la biografía, de lo que ocurre, que la propia historia», afirma en la entrevista mencionada.

Interesado siempre en insertar la historia de España en un contexto comparativo internacional (ni su vida ni su obra se entienden sin esta perspectiva), Fusi ha abordado muchos temas y problemas en trabajos monográficos y en obras de síntesis o, como él prefiere referirse a estas últimas, «de precisión» (el matiz es muy importante). Su punto de partida ha sido el de tantos otros historiadores de su generación: la preocupación por el triple debate en torno a la democracia en España, su reorganización territorial y su fracaso como nación en los siglos XIX y XX. Sus interpretaciones no sólo han enriquecido el conocimiento de estos siglos, sino que también han ejercido notable influencia en la historiografía española. Así se pone repetidamente de relieve en las colaboraciones que forman este libro, algunos de cuyos autores hacen nuevas propuestas a partir de los planteamientos de Fusi.

Como ha quedado dicho, la mayor parte del volumen está dedicada al análisis y comentario de las cuestiones de las que se ha ocupado Fusi como historiador. No es posible detenernos aquí en ello, pero no desearía pasar por alto algunas aportaciones que, a juzgar por el énfasis puesto por los autores de esos textos, son parte sustancial de su quehacer historiográfico, así como elementos de polémica entre historiadores. Primera: Fusi ha objetado con excelentes argumentos la visión catastrofista de la historia de España: si tomamos a Italia, Grecia, Portugal y los países del Este de Europa como término de comparación, ni hay anormalidad en el nacionalismo español, ni el Estado del siglo XIX fue excepcional, a pesar de su debilidad y de su escasa eficacia en la vertebración nacional. España es, en suma, un país normal, no diferente por su naturaleza a otros europeos, aunque, por supuesto, hayan sido y sean muchos los problemas y dificultades. Segunda: Fusi se ha planteado la historia del País Vasco desde el pluralismo, concepto central en su pensamiento. La personalidad vasca sólo puede entenderse a partir de su condición de diversa y múltiple. Por otra parte, la irrupción del País Vasco como gran tema para los historiadores «deshace la tesis de Vicens sobre la dualidad Cataluña-España como clave de la historia contemporánea española». Sin el País Vasco, reitera, no se entiende la historia del siglo XX. Tercera: Fusi ha valorado muy positivamente la Transición española: «El revisionismo de la Transición –de nuevo son sus palabras− no tiene para mí identidad intelectual o historiográfica alguna. Es, repito, pura política, ideología, vino malo».

Este volumen de homenaje deja bien patente la valentía intelectual y la penetración de Fusi, pionero de la nueva historiografía vasca surgida en los años setenta del siglo pasado, cuyos trabajos demuestran que la generación de historiadores de la Transición ha sido capaz de ofrecer una explicación renovada y científica de la historia de España (en el caso de Fusi, especialmente del País Vasco), alejada de ideologías.

Emilio La Parra López es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alicante. Sus últimos libros son Manuel Godoy. La aventura del poder (Barcelona, Tusquets, 2002) y, con María Ángeles Casado, La Inquisición en España: agonía y abolición (Madrid, Los Libros de la Catarata, 2013).

05/12/2016

 

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