RESEÑAS

Jovellanos, político

Manuel Moreno Alonso
Jovellanos. La moderación en política
Madrid, Gota a Gota, 2017
174 pp. 15 €

En 1812, un año después de la muerte de Jovellanos, el geógrafo y político liberal Isidoro de Antillón publicó la que podríamos considerar primera biografía del asturiano. A esta obra siguió dos años más tarde Memorias para la vida del Excmo. Sr. D. Gaspar M. de Jovellanos, del afrancesado Ceán Bermúdez, uno de sus amigos íntimos desde la infancia. No deja de ser significativo que los primeros relatos sobre la vida de Jovellanos se debieran a un liberal, diputado en Cádiz, y a un notorio afrancesado. Sobre el personaje siguió escribiéndose en el siglo XIX, pero el paso decisivo para conocerlo lo dio Julio Somoza a finales de esa centuria. Somoza ofreció abundantes noticias sobre la vida y la obra del ilustre asturiano en varias publicaciones que constituyen hoy la fuente de muchos de los escritos sobre él. De entonces acá, han ido apareciendo paulatinamente biografías y estudios, entre los que destacan, ya en la centuria actual, la obra monumental de Manuel Álvarez-Valdés, llena de informaciones de primera mano sobre la trayectoria de su paisano, y los estudios preliminares a las Obras Completas de Jovellanos, el magno proyecto iniciado en los años ochenta del siglo pasado por José Miguel Caso González y continuado hasta nuestros días por relevantes especialistas en el siglo XVIII.

Se ha tardado mucho tiempo en editar sus obras, como recalca el autor del libro objeto de este comentario, pero no puede decirse que Jovellanos haya sido ignorado en España, al menos por parte de los estudiosos. Es más, su caso contrasta llamativamente con el de muchos otros de sus coetáneos, que integraron con él lo más valioso de la Ilustración española y participaron en la modernización política del país, pero todavía esperan que algún historiador escriba su biografía. Jovellanos es hoy muy bien conocido, y me atrevería a decir que disponemos de información sobre lo más relevante del día a día de su itinerario vital. No obstante, como más adelante se dirá, persisten algunos puntos oscuros sobre su actividad pública.

Manuel Moreno Alonso, autor de este libro que, por ahora, creo es el último relato sobre la vida de Jovellanos, es un reconocido especialista en el estudio de los primeros decenios del siglo XIX. No pretende ofrecer datos nuevos sobre la biografía de Jovellanos. A no ser que hubiera hallado documentación desconocida, lo cual no parece haberse producido, el intento habría sido infructuoso, más aún si se tiene en cuenta que ha debido adaptarse a la reducida extensión de los volúmenes que integran la colección en la que es editado. Este, dedicado a Jovellanos, consta solamente de 174 páginas. En consecuencia, con buen criterio, no ha pretendido tanto informar cuanto interpretar a Jovellanos desde una determinada perspectiva. Su objetivo ha consistido en examinar su vida y su actitud ante los problemas de su tiempo desde la moderación característica del personaje, como expresivamente reza el subtítulo del volumen.

El Jovellanos que presenta Moreno Alonso fue un hombre de gran talento y vastos saberes, que señaló con notable honestidad intelectual los males de España y apuntó vías para su solución con conocimiento de causa y sensatez. Como hace tiempo afirmara Antonio Mestre en un estudio que abrió el camino para un enfoque novedoso del siglo XVIII español (Despotismo e Ilustración en España, Barcelona, Ariel, 1976), el asturiano fue el símbolo de la Ilustración, «el heredero de todos los movimientos reformistas del siglo en el campo económico, político y cultural». Sobre ello no hay dudas. Moreno Alonso lo deja bien sentado al repasar su vida y obra, desde su nacimiento en Gijón en 1744 hasta su muerte en Puerto de Vega, entre Luarca y Navia, el 27 de noviembre de 1811, en pleno desarrollo de la guerra contra Napoleón. Moreno Alonso relaciona en su narración de forma lúcida la circunstancia vital de Jovellanos con sus escritos, procedimiento que ayuda considerablemente a comprender sus ideas reformistas y constituye, a mi juicio, uno de los elementos más sobresalientes del libro.

Jovellanos aparece aquí como un hombre de carácter apacible, cuyo comportamiento se caracterizó por la mesura en todos los órdenes. Sobre esta apreciación monta Moreno Alonso su interpretación del personaje como político. «Visto desde hoy –afirma en la introducción‒ el aspecto que mejor caracteriza tanto su vida como su ideario o su compromiso con la política [...] fue su sentido de la ecuanimidad y de la moderación».
Jovellanos ha sido una persona importante y, aunque no le han faltado detractores, podríamos decir que la imagen predominante de él es positiva, de ahí los intentos de apropiación de su figura desde posiciones ideológicas diferentes ya desde su muerte. La importancia de Jovellanos se sustenta en su valía personal y en sus ideas reformistas, pero también, entre los intelectuales influyentes de su época y en diversas ocasiones, fue requerido por la corte, es decir, por el centro del poder, para desarrollar trabajos de índole muy variada. Importaba su opinión y, por tanto, era reconocido, pero si bien él trató de responder a lo que se le demandaba con todo su empeño, no siempre se le tuvo en cuenta, como sucedió a muchos otros, lo cual fue interpretado por el interesado como un desaire a su persona. Por esta razón, en más de una ocasión se sintió preterido, e incluso perseguido, por el mismo poder que le proporcionaba cargos y oportunidades para exponer sus ideas. Este sentimiento de persecución convivió y alguna vez se superpuso a su actitud general de moderación, y en ocasiones le impulsó a lanzar en su epistolario privado alguna queja efectista, sobredimensionada por no pocos de los jovellanistas, que lo presentan como víctima del poder. Sin caer en esta tentación, es patente el esfuerzo de Moreno Alonso por ofrecer la mejor impresión del personaje, aunque, basándose en Domínguez Ortiz, alude a las contradicciones de su pensamiento, que, al estar influido por muchos prejuicios nobiliarios, en determinados asuntos deja ver muy claramente la colisión que se produce entre el fondo, acusadamente conservador, y las aspiraciones reformistas, realmente avanzadas.

Jovellanos no fue un mártir de sus ideas. Tampoco fue el único que cumplió con honestidad intelectual los encargos recibidos desde el poder, pero pocas veces pudo imponer su criterio. Esta, reitero, fue una constante en la Ilustración española. Jovellanos fue uno de los integrantes, tal vez el más caracterizado, de una elite constituida a finales del siglo XVIII que, como ha explicado Antonio Calvo Maturana (Cuando manden los que obedecen, Madrid, Marcial Pons, 2013), consideró la razón de Estado el motivo determinante en última instancia de su acción. Los integrantes de esta elite hablaron en sus numerosos escritos del bien público, ensalzaron el patriotismo ‒entendido como el amor a la patria aplicado al servicio de la sociedad‒ y encomiaron al «ciudadano» útil al bien común por su virtud y sus méritos. Su actuación estuvo orientada a incrementar el poder del rey, por considerarlo el único medio de poner en práctica las reformas necesarias para fortalecer la monarquía, y con ello hacer frente a la revolución, y garantizar la felicidad general, esto es, el bienestar material. Estos individuos se consideraron a sí mismos un grupo de escogidos, caracterizados por su idoneidad («mérito») para desempeñar una actividad compleja que no estaba al alcance de cualquiera y que abarcaba desde la legislación y la toma de decisiones administrativas hasta la publicación de escritos sobre las más diversas materias. Por eso no faltó entre ellos la tentación de minusvalorar a quienes no consideraban a su altura. Jovellanos abundó en ello.

Algunos de los miembros de esta elite ocuparon un ministerio durante el reinado de Carlos IV. Es el caso de Eugenio Llaguno, Francisco Saavedra, Mariano Luis de Urquijo y, naturalmente, Jovellanos, quien, en 1797, coincidió con Saavedra en el gobierno. No fueron escasas las esperanzas de los sectores reformistas en ese gobierno, calificado por algunos estudiosos como el más ilustrado del siglo XVIII español. Sin embargo, la gestión de Jovellanos, como la de los restantes ministros, no fue brillante, al margen de que él no llegó a pasar ni un año en el ministerio. No pudo cumplir los objetivos encomendados por quien lo había llevado a ese puesto, esto es, Manuel Godoy: la ordenación de los estudios universitarios, la reforma de la Inquisición y la introducción de cambios en la Iglesia destinados a fortalecer el poder de los obispos (episcopalismo) y a reformar la religiosidad de acuerdo con los presupuestos del llamado jansenismo. Moreno Alonso subraya, no obstante, una de las tareas desarrolladas por Jovellanos con éxito en el ministerio. Se trata de los informes realizados durante los primeros meses de su mandato a instancias de Francisco Saavedra, titular de Hacienda, sobre la autoridad del rey para ordenar la venta de bienes regidos por instituciones o personas eclesiásticas (memorias y obras pías, hospitales, casas de misericordia). La opinión de Jovellanos contribuyó a poner en práctica la denominada «desamortización de Godoy», decretada finalmente el 19 de septiembre de 1798, casi exactamente un mes después de dejar el asturiano la secretaría.

Hoy conocemos las razones y circunstancias por las que Godoy recurrió en 1797 a Jovellanos para formar gobierno, pero no existe consenso entre los historiadores acerca de la razón de su cese y su prolongada reclusión posterior en el castillo de Bellver. Tradicionalmente todo se ha atribuido a Godoy. Moreno Alonso matiza un tanto esta versión y alude a la ofensiva contra Jovellanos protagonizada por los sectores reaccionarios opuestos al reformismo, sobre todo eclesiásticos, pero en cierto modo termina dándole carta de naturaleza al afirmar: «Probablemente para Jovellanos el principal responsable de su situación como instigador del encono oficial fue Godoy» (p. 129). Tal parece que fue la idea del asturiano. No es este el lugar idóneo para debatir sobre el asunto, pero quizá sea útil tener en cuenta que los enemigos de Jovellanos eran los mismos que los de Godoy, es decir, los opuestos a la política ilustrada que este último pretendió desarrollar sirviéndose de esa elite a la que se ha hecho referencia y de la que Jovellanos fue un destacado representante. En 1798, Jovellanos y Godoy sufrieron la misma desgracia política –ambos se vieron obligados a abandonar el gobierno‒ por idénticas razones, aunque enseguida la suerte de uno y otro fue muy distinta: mientras Jovellanos fue recluido en la isla de Mallorca y desapareció de la vida pública, Godoy recuperó y ejerció el poder en grado muy superior al del tiempo anterior, no ya desde el gobierno, sino gracias al nuevo cargo de generalísimo de los ejércitos con que fue agraciado por el rey en 1801.

¿Por qué Godoy no hizo nada en favor de Jovellanos y por qué este tuvo que esperar a 1808 para salir del castillo de Bellver? No parece que el motivo sean sus ideas reformistas. Desde 1801, Godoy continuó la política ilustrada de su etapa anterior como secretario de Estado basándose en planteamientos muy similares a los del asturiano. Es preciso buscar otras razones, relacionadas con la pugna por el poder, es decir, con la práctica política. Tal vez haya que profundizar en el papel de ciertos personajes, como José Antonio Caballero, el sustituto de Jovellanos en el ministerio de Gracia y Justicia, o averiguar la actuación de algunos jerarcas eclesiásticos, entre otros el entonces canónigo Inguanzo, luego diputado en Cádiz y arzobispo de Toledo, al que alude de pasada Moreno Alonso en este libro. O quizá sea necesario examinar con detenimiento la actitud de la reina María Luisa y, por supuesto, de Carlos IV, pues, en contra de lo que suele afirmarse, el rey no se desentendió de las cuestiones importantes. Por el momento, el asunto queda pendiente de explicación.

En contraste con lo anterior, gracias sobre todo a los estudios de Ignacio Fernández Sarasola, hoy es bien conocida la actividad de Jovellanos en la Junta Central, probablemente su contribución política más relevante. Es en este episodio donde mostró su espíritu de moderación de manera más patente que en cualquier otro, extremo resaltado oportunamente en este libro. Al margen de las interpretaciones partidistas sobre su postura política, es indudable que las aportaciones de Jovellanos fueron decisivas, aunque no lograra que las Cortes reunidas en la Isla de León respondieran a su propuesta. Es absurdo pretender hacer de Jovellanos un liberal, pero es indudable que fue uno de los individuos que contribuyó a la modernización política de España. Su figura, por tanto, no ha perdido interés.

Emilio La Parra López es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alicante. Sus últimos libros son Manuel Godoy. La aventura del poder (Barcelona, Tusquets, 2002) y, con María Ángeles Casado, La Inquisición en España: agonía y abolición (Madrid, Los Libros de la Catarata, 2013). Acaba de ganar el premio Comillas de Historia con Fernando VII. Un rey deseado y detestado, que publicará en breve la editorial Tusquets.

26/02/2018

 
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