RESEÑAS

Infancia, adolescencia y juventud

Paul Auster
4 3 2 1
Barcelona, Seix Barral, 2017
Trad. de Benito Gómez Ibáñez
960 pp. 23,90 €

La nueva novela de Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 3 de febrero de 1947), 4 3 2 1, se construye en torno a un personaje central, Archibald Isaac Ferguson (Newark, 3 de marzo de 1947), que se multiplicará por cuatro, cuatro Ferguson distintos y uno solo verdadero. No cuenta la infancia y juventud de un individuo, su formación, hasta los primeros años setenta, sino la de cuatro con el mismo nombre, los mismos padres y la misma fecha de nacimiento, cada uno en un mundo posible. Uno de los cuatro morirá pronto, en 1960. La muerte de este Ferguson en un campamento de verano, cuando en plena tormenta un rayo parte una rama, casi coincide con un episodio autobiográfico que Paul Auster recordó en 1989 o 1990 en una entrevista con Larry McCaffery y Sinda Gregory. Los tres Ferguson supervivientes se dedicarán a la literatura, cada uno a su manera. El Ferguson definitivo terminará de escribir en 1975 la novela que estamos leyendo: su vida examinada en cuatro vidas como en un juego de espejos, reveladores en sus distorsiones, repeticiones y variaciones. Los cuatro mundos posibles desembocan al final en un mismo punto: la gran novela del joven escritor.

4 3 2 1 tiene siete capítulos, y en cada uno de los capítulos a cada uno de los posibles Ferguson les corresponde una sección, 1, 2, 3, 4, en la que se desarrolla una de las cuatro posibles vidas: si el público-lector no está avisado, la inmersión en el mundo de 4 3 2 1 puede resultar confusa. La primera sección del primer capítulo, la 1.0, es común a los cuatro Ferguson y narra la historia básica de sus padres, Stanley Ferguson y Rose Adler, descendientes de inmigrantes rusos y polacos de religión o cultura judía. Hay personajes que se repiten en las cuatro vidas posibles, cambiando de papel: por ejemplo, la heroína, Amy Schneiderman, aparece como hermanastra, amiga y novia del héroe cuadruplicado. Pero, aunque surjan nuevos parientes políticos por divorcios y matrimonios (siempre dentro del mundo judío), los padres y los abuelos son inmutables, una fatalidad irredimible, lo que no evita que Rose, la madre de los Ferguson 1, 2, 3 y 4, pueda quedarse viuda, o divorciarse y volverse a casar.

No tienen la misma personalidad los cuatro Ferguson: a distinto pasado, distinta memoria. Son personajes o caracteres diferentes. Distintas vidas posibles hacen a un individuo, en principio el mismo, distintas personas que recuerdan haber estado en situaciones distintas y haber realizado distintas acciones. Un antecedente ligero de esta fantasía de Paul Auster quizá sea la comedia Sliding Doors (1998; en España, Dos vidas en un instante), de Peter Howitt, con Gwyneth Paltrow y John Hannah, que cuenta cómo la historia de una mujer puede bifurcarse en dos posibilidades según consiga, o no, coger un metro. El azar sigue siendo uno de los argumentos preferidos de Auster, asimilado como resorte narrativo: el apellido de la familia Ferguson, por ejemplo, será, fruto del azar, la pieza que introduzca una anécdota lo suficientemente interesante para meter al público-lector en la trama.

En la primera página de 4 3 2 1 se nos cuenta algo que su madre le contará a Ferguson al final: cuando llegó a América en 1900, el abuelo paterno se llamaba Isaac Reznikoff (como el poeta Charles Reznikoff, un signo quizá del talento literario de su futuro nieto o de los gustos líricos de Paul Auster), y un compañero de viaje le aconsejó que dijera llamarse Rockefeller para superar mejor las barreras que recibían a los inmigrantes. Pero, en el momento en el que la autoridad le preguntó su nombre, Reznikoff contestó en yidis: «Ikh hob fargessen» («Se me ha olvidado») y desde entonces fue Ichabod Ferguson, trabajador sin cualificar, fracasado en varios lugares y oficios, que en 1923, por azar, a los cuarenta y tres años, murió a tiros en el atraco a una peletería de Chicago, donde trabajaba como vigilante nocturno. El azar representa lo inesperado, lo imprevisible, dentro de lo posible siempre. Como decía Erich Köhler en Der literarische Zufall, das Mögliche und die Notwendigkeit (El azar literario, lo posible y la necesidad), el azar sólo se da en el dominio de lo posible.

Aquí, en 4 3 2 1, lo posible se cuadruplica. En el tronco común de las peripecias de los cuatro Ferguson, la abuela materna, viuda, sacaría adelante a tres hijos, Lew, Arnold y Stanley, afrontando una vida muy difícil: según la leyenda familiar (todo lo que se cuenta en 4 3 2 1 se cuenta o se calla en familia), un cuarto vástago, una recién nacida, habría sido ahogada en la bañera por necesidades económicas. Quizá este incidente doméstico explique la vocación de Stanley, el padre de los Ferguson 1, 2, 3 y 4: convertirse en millonario. Honrado hombre de negocios, padece una grave miseria sentimental, pero logrará transformar un taller de reparación de aparatos de radio en la gran tienda de muebles y electrodomésticos de Newark (los seguidores de Auster verán más coincidencias entre la vida o vidas de Ferguson hijo y la biografía del autor de 4 3 2 1). Y, a partir de ese punto, la historia del padre se ramificará en cuatro direcciones posibles.

El sistema de fabulación de Auster, consciente o inconsciente, se basa, en lo que se refiere al padre, en sublimaciones o fantasías del Ferguson que imagina a los otros Ferguson: si el Ferguson verdadero tiene como padre a un ambicioso hombre de negocios («Creía en el dinero como otros creían en Dios») que se desprende del lastre económico de sus hermanos para mejorar día a día su posición social mientras se distancia de su hijo, el padre de los Ferguson imaginarios se ve robado y arruinado por sus hermanos, que llegan a quemarle el negocio e incluso a matarlo: esas cosas que pasan en las novelas y las familias épicas. Con variantes, sin embargo, se repiten los rasgos profesionales de los padres y de los demás personajes vinculados por la sangre: el padre, si vive, se dedica siempre a los negocios o al comercio, la madre es siempre fotógrafa (de artesana en uno de esos estudios en los que las familias se retratan, a periodista y artista con exposiciones en París), la tía profesora de universidad es siempre profesora de universidad y guía de lecturas para la madre y el hijo sensibles, y el Ferguson multiplicado por cuatro será siempre escritor si la vida le da tiempo. La familia del comerciante Ferguson crece culturalmente, por decirlo así, a pesar del patriarca, alejándose de él. La madre, viuda o divorciada, se casará con un crítico musical o un artista gráfico.

Pero el telón de fondo ante el que se representan las vidas de los cuatro Ferguson posibles y de los personajes que los rodean es único. La gran historia, la Historia mayúscula, sólo admite una posibilidad, no cuatro: no se especula sobre cómo sería un mundo en el que Kennedy y Jrushchov no hubieran resuelto la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, por ejemplo. El fondo histórico de 4 3 2 1 se despliega en un minucioso trabajo de hemeroteca que abarca la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea, la Guerra Fría, el movimiento de masas contra la segregación racial, los disturbios raciales, la guerra interracial, la carrera entre Kennedy y Nixon hacia la presidencia, el culto a Kennedy (uno de los Ferguson, adolescente, lo venera como a su equipo de béisbol: «una campaña política no era distinta de un acontecimiento deportivo», dice), Fidel Castro, los misiles cubanos, Lee Harvey Oswald y Jack Ruby, Johnson, la conquista de América por los Beatles, el triunfo de Cassius Clay sobre Sonny Liston, el apagón de Nueva York de 1965, Vietnam y los movimientos estudiantiles contra la guerra, la contracultura, el asesinato de Martin Luther King, Nixon y Kissinger. Pero la conciencia de lo histórico apenas afecta a las vicisitudes familiares, con tres excepciones: la muerte de un tío en Corea, la quema en una de las revueltas contra el dominio blanco de la tienda de artículos deportivos en la que acaba trabajando el padre venido a menos de uno de los Ferguson, y la implicación de los miembros jóvenes de la familia en las movilizaciones universitarias contra la guerra de Vietnam, ya sea como participantes o como testigos interesados. La familia Ferguson-Adler, salvo la versión más rapaz del padre, es izquierdista con moderación (bueno, la vehemente Amy Schneiderman tiende más a lo heroico, a lo extremo).

Los hechos de la Historia mayúscula se suceden como páginas de periódico en una pantalla a la que miran los personajes de las diferentes historias domésticas. En 4 3 2 1 se incluyen sinopsis y fragmentos de las obras artístico-literarias de los distintos miembros de la familia Ferguson-Adler, y se nos cuenta, por ejemplo, el corto rodado por el primo Noah Marx, de dieciséis años, el fin de semana del asesinato de Kennedy: imágenes de televisión de las honras fúnebres, del asesinato de Oswald en la comisaria de Dallas, etcétera, alternan con imágenes de la sala de estar y sus compungidos ocupantes, veintiocho minutos, «catástrofe nacional narrada a través de los rostros de cuatro personas mirando la televisión», obra de arte y documento histórico, «una obra maestra», según el Ferguson más verdadero. Lo histórico, lo público, se aprovecha para subrayar o dar contraste a lo privado y lo íntimo: entierran al tío que le dará el nombre de Archibald a los cuatro Ferguson mientras en las calles se celebra multitudinariamente la victoria aliada, o uno de los Ferguson pierde la virginidad con Amy mientras el país llora a Kennedy y matan a Oswald.

Pero la historia traumática, imperial, racista y homófoba (uno de los Ferguson es bisexual) de los Estados Unidos de América deja pocos traumas en los protagonistas de 4 3 2 1: forma parte del tiempo perdido que Paul Auster busca en su novela de casi mil páginas, interrumpidas en el momento en que, casi como el narrador de El tiempo recobrado de Marcel Proust, el Ferguson definitivo va a escribir y terminar el libro que estamos leyendo. En 4 3 2 1, Auster parece contar vidas ajenas (ramificándolas, imaginando variaciones) para ver mejor retrospectivamente su propia historia a través del tipo de recordatorios que dan aura a una época: películas, estrellas de cine, músicas, marcas de máquinas de escribir, de tabaco, de coches, el béisbol y el baloncesto, etiquetas de botellas de agua y paquetes de mantequilla, las costumbres sexuales y familiares, los libros y escritores preferidos de los distintos personajes de la novela. Incluso irrumpen en el mundo recordado habitantes de los viejos mundos de Paul Auster: Daniel Quinn (Ciudad de cristal), David Zimmer (El libro de las ilusiones) y Marco Fogg (El palacio de la luna) escriben y beben con uno de los Ferguson en la Universidad de Columbia.

El Ferguson verdadero nos cuenta su vida y sus vidas imaginarias hasta 1975. 4 3 2 1 es una novela de infancia, adolescencia y juventud. Es de una sexualidad muy viva, adolescente, impaciente, juvenil. La familia está en el centro, con sus aceptaciones y rechazos, sus herencias, generosidades y mezquindades. Laten inquietudes adolescentes y juveniles, como cuando, fracasando a conciencia en un colegio de niños ricos donde no ser de cultura cristiana es una excentricidad, uno de los Ferguson posibles emprende a sus ocho años, huérfano, una «investigación secreta sobre las cuestiones fundamentales de la vida y la muerte [...]. ¿Por qué había dejado de hablarle Dios?» Dostoievskiano precoz, concluye: «Nada de lo que hiciera podía tener la menor importancia si no había una fuerza divina que velara por él». Otro Ferguson, de seis años, se rompe una pierna al caerse de un roble y medita: si no se hubieran dado una serie de circunstancias, no se habría caído. Por ejemplo, si sus padres no hubieran elegido aquella casa para vivir o no hubiera salido a jugar al jardín. «Qué idea tan interesante, se dijo Ferguson: imaginar lo diferentes que podían ser las cosas mientras él seguía siendo el mismo. El mismo niño en una casa diferente». Está resumiendo 4 3 2 1, una novela con un problema de partida: Paul Auster ha asumido el riesgo temerario de someter la atmósfera de irrealidad que respiran sus mejores obras a un tratamiento disolvente de puro aire real. La traducción de Benito Gómez Ibáñez es muy buena, fuera de lo común.

(Se repite en la traducción, sin embargo, una manía española a la que no me acostumbro: ¿por qué hablar de Norteamérica cuando no se habla ni de Canadá, ni de México, ni de Norteamérica? Sé que decir América cuando se habla de los Estados Unidos de América molesta a americanos que no son de ese país. Pero ese país se llama Estados Unidos de América como México se llama Estados Unidos Mexicanos, y sus ciudadanos lo llaman América y se llaman a sí mismos americanos desde hace mucho tiempo, y, teniendo en cuenta que negarle a la gente el nombre que se da a sí misma es una falta, como mínimo, de atención, no entiendo por qué no se respetan «América» y «americanos», sobre todo cuando en el mundo que se representa en la novela los habitantes siguen la costumbre de llamarse a sí mismos americanos y decir América.)

Justo Navarro ha traducido a autores como F. Scott Fitzgerald, Paul Auster, Jorge Luis Borges, T. S. Eliot, Michael Ondatjee, Ben Rice, Virginia Woolf, Pere Gimferrer y Joan Perucho. Sus últimos libros son Finalmusik (Barcelona, Anagrama, 2007), El espía (Barcelona, Anagrama, 2011), El país perdido. La Alpujarra en la guerra morisca (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2013), Gran Granada (Barcelona, Anagrama, 2015) y El videojugador. A propósito de la máquina recreativa (Barcelona, Anagrama, 2017).

19/02/2018

 
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