RESEÑAS

Sentido y alcance del neoliberalismo

Fernando Escalante Gonzalbo
Historia mínima del neoliberalismo
Madrid, Turner, 2016
324 pp. 14,90 €

Fernando Escalante persigue en este libro delimitar el sentido y alcance del «neoliberalismo». Como señala el autor, el problema no es tanto la amplitud y variedad de ideas que se agrupan bajo ese rótulo, como que «la palabra ha terminado por perder consistencia, y resulta más ambigua conforme más se usa». Que no sea un programa o conjunto de ideas monolítico y fácilmente identificable no invalida que pueda hablarse con propiedad de «neoliberalismo». Algo semejante puede predicarse del socialismo o el liberalismo, sin que eso signifique que no sea posible referirse a ellos con propiedad y trazar su historia.

A partir de esta premisa, se empieza por definir el neoliberalismo como un programa intelectual y político que surge, fundamentalmente, como reacción a las ideas y tendencias colectivistas que triunfan en el siglo XX. Tras el liberalismo y la reacción socialista, se impone una cierta síntesis que podría llamarse «el momento keynesiano». A éste último le sucede el «neoliberalismo», que se convierte en la ideología más exitosa en el último cuarto del siglo XX y continúa vigente en lo que va del XXI. Mientras que el liberalismo supuso una batalla para acabar con el «Antiguo Régimen» y partía de la existencia de un «orden natural», del que formaba parte el mercado, el neoliberalismo se enfrenta tanto al capitalismo de Estado como al colectivismo estatalista. Requiere no que el Estado se abstenga de intervenir, sino que sea el que sirva para sostener y expandir la lógica del mercado, puesto que éste no es algo natural que surge de manera espontánea y se mantiene por sí solo.

El mercado es lo que permite procesar una amplia información a través del juego de los precios que se ajustan automáticamente cuando hay competencia. Por eso se considera que es la única y mejor opción para resolver los problemas económicos, garantizando el mejor uso posible de los recursos, y para alcanzar el bienestar, asociado a la libertad individual. De ahí también la idea de superioridad técnica, lógica y moral de lo privado sobre lo público. El Estado debe ser fuerte para asegurar el funcionamiento del mercado, pero no debe intervenir en nada que lo interfiera o lo suplante.

Tras plantear la esencia del pensamiento neoliberal en la introducción, se aborda su origen. Este se sitúa en la reacción frente a las consecuencias de la Gran Depresión y el New Deal, que se desarrollan en paralelo al crecimiento del fascismo y el comunismo. El liberalismo clásico había ido perdiendo fuerza e identidad por las cesiones a las críticas socialistas. Eso había dado lugar a lo que se denominó Nuevo Liberalismo o Liberalismo Social. Este admitía la intervención del Estado en la regulación de las condiciones laborales y sociales, lo que implicaba también hacerse cargo de obras y servicios públicos. Además, la Primera Guerra Mundial había obligado a una mayor intervención del Estado que después resultaba difícil de revertir.

En ese contexto surge la iniciativa de tratar de renovar el liberalismo. El primer paso se fecha en la conferencia internacional que se celebra en París en agosto de 1938, conocida como Coloquio Lippmann, nombre del autor del libro The Good Society, cuya publicación motivó dicha reunión. Ahí surge la idea de crear un Centro Internacional de Estudios para la Renovación del Liberalismo, optándose por denominar al movimiento como «neoliberalismo», según propuesta de Alexander Rüstow. Aunque con distintos matices entre los participantes, existe un consenso básico en la necesidad de recuperar el papel del mercado, para lo que el Estado debe establecer un orden legal que vele por mantener las condiciones de la competencia. Un germen importante de estas ideas se encuentra en el libro de Ludwig von Mises, Socialismo, publicado en 1922, en el que trata de demostrar la imposibilidad de que el socialismo se ponga en práctica en la medida que pretende eliminar el sistema de precios. Eso culminaría posteriormente en la publicación en 1944 del libro de Friedrich Hayek, Camino de servidumbre. La idea fundamental del mismo es que cualquier paso hacia el socialismo o la planificación, por moderado que fuera, conduce finalmente al totalitarismo. Descalifica así, de paso, el planteamiento de Keynes, en la medida que éste defiende un cierto equilibrio o compromiso entre mercado o competencia y Estado o planeación.

Este sustrato alimenta la fundación de la Sociedad Mont Pèlerin, a la que da nombre la localidad en cuyo Hotel du Parc se celebró la primera reunión en abril de 1947, frente al lago Lemán suizo. Dicha sociedad se registra formalmente poco después, en noviembre de ese mismo año, en Illinois. Se busca crear una elite de pensadores que se extienda a través de una red de centros académicos dedicados a difundir las ideas neoliberales con el propósito de influir sobre el electorado, pero evitando un protagonismo político directo. Friedrich Hayek, que será su primer presidente, desarrolla la idea de orden espontáneo como distinto del orden creado, que es producto de un diseño humano, pero también del orden natural, puesto que no es algo preexistente, sino el resultado de la interacción de múltiples sujetos, lo que requiere un orden garantizado por el Estado. Esto no sólo es aplicable al ámbito económico, sino a cualquier decisión colectiva. En este mismo sentido, aunque parezca tener importantes diferencias, se desarrolla en Alemania el denominado «ordoliberalismo». Este defiende una «economía social de mercado», en la que el libre mercado esté sostenido por un Estado de bienestar suficiente para reducir los conflictos y garantizar así el orden necesario para el funcionamiento del mercado.

En el capítulo titulado «Economía: la gran ciencia», se trata de poner de manifiesto las coincidencias entre la escuela o enfoque neoclásico de la economía y el de los austríacos. Sin duda la concepción neoclásica abona la idea de evitar que la intervención del Estado pueda distorsionar el funcionamiento del mercado. El capítulo resulta un poco confuso, porque no deja claras las similitudes y diferencias entre ambos enfoques. Los neoclásicos rechazan no sólo la intervención del Estado, sino cualquier otra interferencia institucional en la medida que implique un obstáculo para que se alcance el equilibrio competitivo. Los austríacos, por el contrario, son los principales críticos de este enfoque al considerar que no hay una tendencia al equilibrio en los mercados, puesto que la esencia de la competencia no reside en los ajustes de precios, sino en la innovación. Es la consecuencia, entre otras cosas, de que la información es parcial y dispersa, nadie sabe todo y todos saben algo, al contrario del supuesto neoclásico de información perfecta asociado a una concepción exógena de la innovación. Así lo pusieron de manifiesto Ludwig von Mises y Friedrich Hayek en su polémica con Oskar Lange y Léon Walras en las décadas de 1920 a 1940, debate al que no se hace referencia, y, más recientemente, distintos autores, entre los que destacan los trabajos de Israel M. Kirzner. Ciertamente, el pensamiento neoclásico sustenta las políticas neoliberales, pero el neoliberalismo, como se reconoce en otros capítulos, va más allá de la economía y reivindica no que el Estado se abstenga, sino que favorezca el buen funcionamiento de los mercados manteniendo un ordenamiento que lo haga posible.

Mayor interés tiene interpretación que se hace de la confluencia del pensamiento académico antikeynesiano y de los movimientos radicales contestatarios. Ambos se gestan en los años sesenta e irrumpen en las políticas de la década de 1970, cuando algunos de los fundamentos del keynesianismo han entrado en una clara crisis. Por encima de sus diferencias, hay una matriz individualista común. El neoliberalismo juega a favor de corriente en la medida en que muchos de los movimientos críticos del sistema, que podrían ser sus mayores adversarios, reivindican más derechos individuales que una defensa de los bienes comunes y de la sociedad civil frente al Estado. Esto tiene su concreción en lo que el autor denomina «La ofensiva», un capítulo en el que describe lo esencial de las políticas de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, así como las que se proponen para los países más pobres tras el fracaso de las políticas desarrollistas y el comienzo de la descolonización, coincidente con la caída de la Unión Soviética. Aunque con importantes diferencias, que quedan bien señaladas, todas comparten una misma visión, que se resume en los diez puntos del denominado «consenso de Washington».

El siguiente capítulo, «Otra idea de la humanidad», ofrece una excelente exposición de cómo la idea de mercado, basada en el intercambio interesado, se convierte en un principio filosófico y vital que puede aplicarse a cualquier aspecto de la vida y en cualquier circunstancia. Destaca, en ese sentido, las aportaciones de Gary Becker. A partir de su teoría del «capital humano», extiende el razonamiento mercantil a todo tipo de actividad humana. Esa abstracción identifica el principio de mercado con la libertad y la eficiencia, e incluso derivadamente con la justicia, cuestión esta última en la que destaca la teoría de la justicia de John Rawls. El capítulo finaliza haciendo una referencia a una novelista, Ayn Rand, que, a pesar de su dudosa calidad literaria, se convirtió en un icono de la visión neoliberal que hace del mercado una religión.

Tiene también mucho interés el capítulo dedicado a las que denomina «décadas del auge». Es una sugerente descripción de cómo el optimismo, que acompaña al éxito del programa neoliberal en todo el mundo, impulsa de algún modo cambios de fondo que resultan muy negativos y hace olvidar las crisis y guerras que jalonaron la década de 1990. Apoyándose en las ideas neoliberales, asentadas en las décadas anteriores, se impone una amplia desregulación de los mercados financieros, acompañada de una competencia fiscal a la baja y una precarización laboral que reduce los costes de la fuerza de trabajo. Esto trae, entre otras consecuencias, una progresiva concentración del ingreso, un fuerte debilitamiento de los sindicatos y una deriva de la izquierda, bajo la hegemonía socialdemócrata, hacia las tesis neoliberales. Las reivindicaciones que sobreviven a esa deriva se orientan hacia algunos temas culturales o a la creación de circuitos comerciales paralelos como el «consumo ético» o el «comercio justo», y se deslizan hacia posiciones retóricas y populistas que acaban por reforzar el neoliberalismo que dicen combatir, y que a veces alimentan guerras asociadas a conflictos étnicos, principalmente en el continente africano.

El resultado de todo ello es «una nueva sociedad», título del siguiente capítulo, que se basa en la privatización de lo público, lo que no equivale a pretender que desaparezca el Estado. Lo relevante es que la esfera privada alcance la mayor expansión posible, y a ello puede y debe contribuir el propio Estado. Por eso, tan importante como las privatizaciones en sentido estricto, son las subcontrataciones y la introducción de fórmulas de gestión privada en las instituciones y servicios públicos. Esto tiene también consecuencias para la práctica profesional y el funcionamiento de las corporaciones profesionales. Se produce, en aparente paradoja, un aumento de la burocratización y una modificación de la relación con los usuarios. Estos dejan de ser ciudadanos que ejercen un derecho para pasar a ser contribuyentes que pagan por un servicio. Se hace también especial hincapié en la educación, aquejada igualmente de una mayor burocratización. Con ella intenta compensarse la desactivación de los objetivos no estrictamente económicos y los comportamientos éticos que implicaban asumir que se trataba de un bien público. La ganancia privada o el beneficio individual se convierten en el único objetivo y, por tanto, en el único criterio para evaluar la inversión en educación o la carrera docente de profesores y alumnos.

El pensamiento neoliberal se completa con una idea del Estado. Las teorías neoliberales del Estado llevan a sus últimas consecuencias el despojamiento de cualquier contexto social o histórico que pueda preceder o servir de condicionante de la acción de los individuos en el ámbito colectivo o de carácter político. Se supone que los actores sociales actúan movidos exclusivamente por la utilidad individual. De ahí que sea necesario un contrato, un acuerdo, que garantice que cada uno pueda lograr sus objetivos, como plantea James Buchanan; o, en la propuesta de Mancur Olson, un autócrata que se autolimita imponiendo unos derechos básicos que posibilitan que él, y en sentido descendente todos los demás, puedan buscar libremente su máxima utilidad. Es lo que de otro modo plantea Friedrich Hayek, y sostienen autores como Michael Oakeshott, Bruno Leoni y Laurent Cohen-Tanugi. Distinguen entre el Derecho, que supone un marco general de convivencia, y nace y se apoya en la autorregulación de la sociedad, y la legislación, que implica normas concretas y es necesariamente arbitraria y coercitiva porque nace de la voluntad de una mayoría coyuntural en un comité de legisladores. Richard Posner supedita el derecho a la economía, puesto que supone que el objetivo del Derecho es contribuir a la generación de riqueza.

Los capítulos finales del libro se dedican a hacer una apretada síntesis de la crisis que se desata a partir de 2008, lo que, aunque conocido, no deja de tener interés. Tras constatar el aparente fracaso del programa neoliberal, el autor analiza las razones por las que sigue vigente. Entre ellas destaca que el núcleo central de la ciencia económica, la hipótesis de los mercados eficientes, por su propia simplicidad, favorece que se convierte en una creencia difícil de desarraigar, pues hay múltiples maneras de justificarla y dejarla a salvo de cualquier contrastación empírica. Esa misma simplicidad −se recalca− es muy funcional para políticos y periodistas, y para el sostenimiento de ciertos intereses económicos y políticos, creando así un bucle difícil de deshacer. Han aparecido incluso teorías nuevas, como la «economía conductual», o se han introducido nuevos factores explicativos de la crisis y sus soluciones, pero que se califican, con razón, como elementos residuales ajenos al modelo económico que, de hecho, se ha consolidado tras la crisis. Se incluye una apostilla sobre las posibilidades de trazar una alternativa y unas sugerencias bibliográficas que ayuden a acabar de asentar una idea propia sobre un asunto tan complejo.

En síntesis, estamos ante un esfuerzo notable por acotar y comprender qué se entiende por neoliberalismo. Es una visión crítica, pero que huye de cualquier descalificación puramente ideológica para tratar de desentrañar la esencia analítica del pensamiento neoliberal. A lo largo de todo el libro subyacen dos cuestiones fundamentales. La primera es que el neoliberalismo parte de una visión contractualista, aunque no sea ésta la expresión que utiliza para definirla; es decir, considera que los vínculos sociales se derivan de la voluntad de individuos aislados que sólo se vinculan socialmente en la búsqueda de su propio interés. La segunda que el poder de las ideas es incluso superior a la de los intereses que pueden estar legitimando, como ya subrayara Keynes; y que el «corporativismo» de los académicos, y muy particularmente de los economistas, que sustentan estos planteamientos son, en ese sentido, el principal baluarte del pensamiento neoliberal.

Esto implica que cualquier alternativa sustancial al neoliberalismo, aunque el autor no lo diga expresamente, pasa por una crítica de su filosofía. Es lo que hace, por ejemplo, Rüdiger Bubner, en especial en su libro Polis y Estado. En él señala que la existencia de una serie de instituciones y presupuestos sociales son los que constituyen al individuo como tal y hacen posible su libertad, y no a la inversa, como defienden los planteamientos individualistas que fundan el espacio público, incluido el Estado, en una pretendida libertad primigenia del individuo que le lleva a buscar exclusivamente su propio interés. Derivadamente, esto lleva, a su vez, a la necesidad de reformular las bases de la ciencia económica asentadas en el concepto neoclásico de competencia, paradigma de esa idea del individuo y de la libertad.

Juan Ignacio Palacio Morena es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Castilla-La Mancha. Sus últimos libros son La construcción del estado social en el centenario del Instituto de Reformas Sociales (Madrid, Consejo Económico y Social, 2004) y, con Carlos Álvarez Aledo, El mercado de trabajo. Análisis y políticas (Madrid, Akal, 2006).

21/11/2016

 
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