RESEÑAS

Industrias y andanzas del Huérfano

Andrés de León
Historia del Huérfano
Madrid, Biblioteca Castro, 2017
444 pp. 42 €

La Historia del Huérfano es una interesante obra que nos ofrece, editada con esmero, Belinda Palacios en Biblioteca Castro, con el cuidado que caracteriza la impresión de estos libros. En tiempos en los que han desaparecido la mayoría de colecciones de clásicos (una de las consecuencias de la incomprensible y dañina relegación de la literatura a un lugar decorativo en todas las etapas de la enseñanza), la labor que sigue realizando Biblioteca Castro es encomiable: es una tabla de salvación para los estudiosos de tales textos y, por tanto, para la divulgación de nuestro patrimonio literario en cuidadas ediciones.

La editora presenta la obra como «curiosa ficción escrita a modo de biografía, firmada bajo seudónimo probablemente por el agustino Martín de León y Cárdenas, que ha permanecido inédita hasta ahora, a pesar de su indudable interés». Es, en efecto, una obra inédita, aunque no desconocida, esta biografía de un personaje sin nombre: el Huérfano. Fue Antonio Rodríguez-Moñino quien señaló como autor de ella al agustino Martín de León y Cárdenas (Archidona, 1584-Palermo, 1655), y lo hizo porque, en su Relación de las exequias que el excelentísimo señor don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, virrey del Pirú, hizo en la muerte de la Reina Nuestra Señora Doña Margarita (1613), el agustino publica como suyos poemas en honor a la reina que aparecen como del Huérfano en la Historia del Huérfano. Belinda Palacios –que aporta estos datos– añade más concordancias y nexos entre ambas obras y concluye que «la suma de dichos elementos nos parece material suficiente como para suscribir la tesis de autoría de Martín de León» (p. XV). No hay noticia alguna sobre ese «Andrés de León», que figura como autor de la obra; pero como se identifica en el texto con el narrador, tiene todo el aspecto de ser una construcción narrativa del autor (y no un seudónimo, porque lo hace granadino), de tal forma que me inclinaría por pensar que el agustino Martín de León hace con ambos, con narrador y personaje, lo que le place: uno le sirve de voz emboscada porque no es él quien habla, y al otro lo convierte en creador de sus propios poemas, muy mediocres, que sitúa compilados casi al final de la obra (ocupan cincuenta folios del manuscrito), y quizá le haga vivir también algunas de sus experiencias, aunque es imposible separar lo leído u oído de lo imaginado o vivido por el escritor. Martín de León, que nació casi veinte años después que el personaje del Huérfano, como subraya la editora, «se ordenó sacerdote entre 1610-1611 y, poco tiempo después partió a las Indias, donde fue recibido en el monasterio agustino de Lima» (p. XVI).

El manuscrito original de la Historia del Huérfano es el códice B2519 de la Hispanic Society of America, el único conservado, y cree la editora «que se trata de una copia en limpio, lista para mandar a la imprenta, preparada por un amanuense profesional» (p. XI); tiene 328 folios, y le faltan los folios 32 y 33, que ella piensa que fueron eliminados voluntariamente. Su cubierta está fechada «En Sevilla, por fulano, año de 1621 años», que se supone iba a ser el de su publicación. La dedicatoria de la obra por Andrés de León a Juan de López de Hernani, tesorero de Su Majestad y juez de su Real Hacienda, de la Ciudad de los Reyes, está fechada en Granada a 28 de agosto de 1621. Palacios ha podido rastrear la trayectoria del manuscrito desde comienzos del siglo XVIII hasta su destino final y justificar que haya de él un resumen en la Real Academia de la Historia hecho por el historiador y cosmógrafo Juan Bautista Muñoz (1745-1799), que es quien aporta el dato de que el dedicatario de la obra estaba en la corte de España en agosto de 1621. También Rodríguez-Moñino hizo otro resumen del texto en su Catálogo de los manuscritos castellanos (siglos XV, XVI y XVII) de la Hispanic Society of America (1965) y en un artículo posterior («Sobre poetas hispanoamericanos de la época virreinal», de 1976).

Es, como dice la editora, una «biografía ficticia», aunque el personaje esté tan hueco que pueda pensarse a menudo en una construcción literaria con algunos episodios imaginados, o tomados de otros textos, para convertir al Huérfano en testigo de los hechos históricos que le interesa contar al autor. Lo dice el propio narrador –en palabras que destaca, aunque no glosa, la editora– al afirmar que su propósito es «dar noticia al mundo de un hombre general en tanto grado que ninguno de cuantos las historias narran, ni los epítomes y encomios celebran, ni los elogios lamentan, no pueden decir más gracias ni generalidades que el Huérfano tenía» (p. 160), y antes ha dicho de él que Dios le hizo «un epílogo de todo lo que suele dar a muchos» (p. 159). Si es «un hombre general» y es «epílogo de todo», es compendio de muchas cosas, no individuo con perfil preciso.

Dice Palacios: «La Historia del Huérfano narra en tercera persona (por medio de un narrador bastante propenso a la digresión) lo que ocurre con este personaje desde que decide partir de Granada a las Indias a la edad de catorce años» (p. XX). Y no es que el narrador sea «bastante propenso a la digresión», sino que enlaza digresiones una tras otra y deja a un lado el hilo que las une, que es el protagonista de su relato, el Huérfano, ese «hombre general». No hay más que empezar la obra para encontrarse, primero, con la evocación de los que perdieron su vida por el amor a su patria, y todo es para probar que fue su amor el que le llevó a él, el narrador, a escribir esa historia, porque dice que es granadino como el Huérfano, y eso le permite continuar con las alabanzas de la ciudad. En ella sitúa luego al Huérfano: «En esta, pues, nació de padres más nobles que poderosos el Huérfano, aplicándole este nombre por haberse apartado dellos en su tierna puericia, criándose sin su amparo, llamado de sus destinos, en edad de catorce años; y como en ellos su inclinación le tirase a ver nuevas tierras y mundo, habiendo oído decir que a la parte de las Indias llamaban Mundo Nuevo, sin el gusto de sus padres (aunque con su voluntad), le concedieron licencia, y con ella, se partió con unos deudos suyos el año de ochenta, que pasaban a heredar en las Indias, en el Nuevo Reino de Granada, muchas rentas» (p. 22). La larga cita sirve para que pueda verse que el narrador lo llama el Huérfano, pero no lo es; que es un genérico para no darle nombre alguno y que tampoco se lo da ni a padres ni a deudos; y, al mismo tiempo, puede comprobarse que la prosa del relato es esforzada, pero nada más.

El lector puede abrir el libro por donde sea y verá emboscado en todo tipo de historias el trayecto existencial del Huérfano, que tiene un biógrafo dedicado a incluir en su relato todo lo que se le ocurre contar aprovechando el lugar o el asunto, para lo que a menudo recopila datos curiosos e interesantes. Con razón titula Palacios un excelente apartado de su prólogo «La Historia del Huérfano: entre la ficción literaria y el “collage”», y en él enumera alguna de las fuentes utilizadas y copiadas por el autor de la obra sólo para retratar al personaje (dedica nada menos que tres capítulos a describir sus agilidades y destrezas), para lo cual echa mano de pasajes del Tractado del consejo y de los consejeros de los príncipes, de Bartolomeu Filippe (1584), de la Filosofía moral de príncipes, de Juan de Torres (1596), y de la Primera parte de las Postrimerías del hombre, de Pedro de Oña (1608). Esta es la aguja para navegar por el texto: mucho de lo que se lee en él no es del escritor, que es abeja e incluso, a veces, es hormiga que acarrea continuamente material ajeno.

La lástima es que, en esta supuesta biografía, el personaje creado para ensartar los materiales es tan plano que su peripecia no destaca como se esperaría en el relato y a veces se le pierde incluso el rastro. Lo prueba el hecho de que el propio narrador tiene que recordar su propósito: «porque lo que he prometido no es otra cosa que sucesos del Huérfano, me vuelvo a él» (p. 24; ha prometido, pero olvida continuamente tal promesa), «y aunque en esta pequeña historia no prometí más de la vida y sucesos del Huérfano...», y empieza a contar extensamente «la defensa que Puerto Rico hizo a la mayor armada inglesa que ha pasado a las Indias» (p. 75), a la que dedica tres capítulos. Después de ese episodio es cuando el narrador inserta los comentados capítulos con las alabanzas desmesuradas y generales del protagonista, que va a regresar a España; y así podrá luego contar la pérdida de Cádiz tras el ataque de los ingleses, a la que dedica cinco capítulos más. El Huérfano, tras salvarse de pagar rescate a los «herejes» gracias a su ingenio, va a la corte, y de ahí a Italia, y eso dará ocasión al narrador para contar el enfrentamiento del duque de Ferrara con Clemente VIII, y enseguida el gran recibimiento que hizo el papa a Margarita de Austria, a la que iba a casar por poderes con Felipe III. Después seguirá la descripción de la entrada de la reina en Milán, su viaje a España hasta llegar a Valencia, y las fiestas que en la ciudad se hacen con la ocasión de las bodas reales, que allí se celebraron. El Huérfano regresa luego a su patria, Granada, y el narrador aprovecha para continuar con el relato de las muchas excelencias y grandezas de la ciudad. Se embarcará de nuevo a las Indias y así se sucederán las noticias sobre las ciudades y lugares que recorre hasta llegar a Lima, viajar a Guayaquil y, por fin, renunciar a todo en su monasterio limeño.

El periplo americano del Huérfano, al comienzo y al final de su historia, es el que contiene las noticias más interesantes, y digo noticias o datos, no vivencias del personaje. Él toma el hábito de san Agustín a los dieciocho años en Lima y luego, en Santafé, un provincial lo expulsa de la orden (lugar del relato donde faltan los folios, y así no se saben los detalles ni las razones), y él se escapa disfrazado de soldado y ejercerá de tal. Recuperar su condición de fraile justificará su peregrinación final a Roma, donde ya abandona las armas y regresa a su vocación, que lo llevará a vencerse a sí mismo en la etapa narrada al final: «Al fin, Nuestro Señor fue servido que el Huérfano lograse tantas persecuciones y trabajos, cautiverios, caminos, heridas y navegaciones, pues lo volvió a la religión, donde está venciéndose no solo a sí, siendo enemigo de sí mismo, pero a los mayores enemigos que son: mundo, demonio y carne» (p. 383).

La entusiasta y cuidadosa editora exagera al decir que «la riqueza de datos y descripciones que aporta el manuscrito nos permite obtener una visión global y completa de la vida a comienzos del siglo XVII, especialmente de las colonias españolas» (p. XLIII); pero sí tiene razón cuando habla de que el conjunto de la obra puede leerse «como un valioso testimonio histórico» sobre la organización colonial, por ejemplo, o, como antes ha destacado, de la presencia de la conciencia criolla.

Belinda Palacios nos ofrece un texto pulcro y bien editado. En la nota a la edición enumera los criterios seguidos para ello, sólo que podría desconcertar al lector cuando dice que «hemos optado por introducir una serie de cambios» que luego detalla, y al final insiste en ello: «Estos cambios responden a una propuesta de interpretación del texto, pero los consideramos necesarios para acercar el mismo al lector contemporáneo» (pp. XLV-XLVII). No es lo que parece: no cambia el texto ni lo interpreta, sino que sencillamente lo moderniza e indica cómo lo hace; claro está que toda lectura reflejada en una puntuación del texto es una «interpretación», pero en sentido amplio, y no implica infidelidad alguna al códice que transcribe.

En suma, la Historia del Huérfano es un curioso relato que se define por el hibridismo que caracteriza a muchas narraciones de la época: en él se encuentra todo lo que le interesa al escritor, tanto el elogio de Granada como la descripción del asalto y toma de Cádiz por los ingleses, las razones de por qué no llueve en los llanos del Perú, la descripción de la mina de azogue de Guancavelica, las tres clases de mosquitos de Guayaquil (jejenes, bobos y pericotes) y trescientas cosas más. Como dice Belinda Palacios: «La Historia del Huérfano está construida, en realidad, como una especie de collage que ha ido nutriéndose de distintos textos y fuentes diversas (la mayoría escritos entre 1560 y 1590), que luego el autor ha ido superponiendo y modificando para crear algo nuevo» (p. XXXI). La obra no tiene un «enorme valor literario», como ella afirma, porque el escritor no es ni buen poeta ni gran prosista, pero sí recopila o aporta datos sugestivos e interesantes desde el punto de vista histórico.

Rosa Navarro Durán es catedrática de Literatura Española en la Universidad de Barcelona. Es autora de Cervantes (Madrid, Síntesis, 2003), Alfonso de Valdés, autor del Lazarillo de Tormes (Madrid, Gredos, 2003) y Pícaros, ninfas y rufianes. La vida airada en la Edad de oro (Madrid, Edaf, 2012). Recientemente ha editado Segundas Celestinas (Madrid, Biblioteca Castro, 2016).

23/04/2018

 
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