RESEÑAS

Cosas inaccesibles

Umberto Eco
Historia de la tierra y los lugares legendarios
Barcelona, Lumen, 2013
480 pp. 34,90 €

Ante nosotros se presenta una sucesión de lugares: un continente, un país, una isla, un jardín, un palacio, una cueva. Al leer esta lista, al ver esos elementos en relación unos con otros, un breve viento nos acaricia. Son lugares inaccesibles. No puede llegarse a esa tierra, a esa isla, nadie sabe dónde está la entrada de la cueva, no puede accederse al palacio. Nuestro deseo siempre tiende a ellos, por razones acaso misteriosas. Hay algunas imágenes secundarias asociadas: una copa, una fuente o un río, un anciano, una reina hermosa y malvada, una habitación, un mapa, un libro, una flor. Las leyendas, los mitos, las historias de viajes, las narraciones religiosas, los poemas, los cuentos de hadas, las novelas, los sueños, son los espacios donde los encontramos una y otra vez. Son lugares –supuestamente– diferentes a todo lo que conocemos. Son lugares ocultos y envueltos en misterio, y también olvidados, destruidos, inundados, aún no descubiertos. Escribe Jung: «En alguna parte, alguna vez, hubo una Flor, una Piedra, un Cristal; una Reina, un Rey, un Palacio; un Amado y una Amada, hace mucho, sobre el Mar, en una Isla, hace cinco mil años...»

Valiéndose de numerosa documentación de muy diversas épocas, Umberto Eco, el autor del Tratado de semiótica general y de El nombre de la rosa, ha escrito otro de sus deleitables «libros de mesita de café», obras de medio o gran formato llenas de fascinantes listas y de espléndidas ilustraciones, como fueron por ejemplo su Historia de la belleza (2005) y su compañera, la Historia de la fealdad (2007), o El vértigo de las listas (2009). Su referencia para esta Historia de la tierra y los lugares legendarios ha sido, según confiesa en el prólogo, la deliciosa Breve guía de lugares imaginarios, de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi (cuya primera entrada, por cierto, ¬al menos en la edición española –Alianza Editorial, 1992–, era precisamente la Abadía de la Rosa, de la famosa novela de Eco), pero, mientras que en el libro de Manguel y Guadalupi se describían lugares imaginarios provenientes de obras literarias de todo tipo y siempre ficticios, Eco ha optado por ceñirse a espacios que «han creado quimeras, utopías e ilusiones, porque mucha gente ha creído realmente que existen o han existido en alguna parte», es decir, lugares que «han originado flujos de creencias», lugares la mayoría inexistentes y sólo algunos históricos pero rodeados de leyenda. El material se organiza de forma cronológica y cada capítulo –un a menudo rápido recorrido por la materia en cuestión– viene seguido de una selección de textos originales de lo más variado, que van desde creaciones literarias (tenemos aquí extensos fragmentos y a veces piezas enteras de Homero, Virgilio, Dante, Tasso, Ariosto, Rabelais, Borges, Tennyson, Poe, Coleridge, Julio Verne, Chrétien de Troyes... ¿Qué más se puede pedir?), hasta textos bíblicos, libros de viajes (Marco Polo y Los viajes de Sir John Mandeville como presencias constantes), textos «ocultistas», fragmentos de obras filosóficas (Platón, Aristóteles, Lucrecio, San Agustín, Nietzsche) o textos científicos.

El libro es un puro placer de principio a fin y una fiesta de la imaginación y los sentidos. La lectura sucesiva de todos esos fragmentos acumulados produce vértigo y un efecto hipnótico y casi embriagador y, en su desorden y su a menudo arbitrariedad (características que diríamos consustanciales a este tipo de libros-gabinetes de curiosidades), encontramos sin cesar joyas más o menos conocidas que nos sorprenden y nos llevan a otros sitios y a otros libros. En el capítulo dedicado a la tierra plana y las antípodas, leemos a Diógenes Laercio citando a los pitagóricos: «El mundo es animado, intelectual, esférico», y a Lucrecio comparando a los antípodas, esos hombres del otro lado del mundo, con «las imágenes que vemos reflejarse en el agua», y un fragmento del poema Morgante, de Luigi Pulci (1432-1484), que dice: «así que la tierra por divino misterio / suspendida está entre estrellas sublimes, / y allí abajo hay ciudades, castillos e imperio». En el apartado sobre las tierras de la Biblia, el texto de Juan de Hildesheim (sacado de la Historia de gestis et translatione trium regum, de 1477), donde se dice que el Mar Rojo recibe su nombre porque, aunque el agua es tan transparente que se ven allá abajo las piedras y los peces, el fondo es de color rojo, de modo que la superficie «semeja vino tinto», y el relato sobre la tumba de los magos, de Marco Polo, donde se nos cuenta que, a cambio de los tres dones de los magos, el niño Jesús les entregó un cofrecillo en el que había una piedra mágica, pero que éstos, al no saber de sus propiedades, la arrojaron a un pozo, tras lo cual «un fuego ardiente bajó del cielo y penetró en el pozo» y entonces ellos tomaron de ese fuego y lo llevaron a sus países, donde lo mantuvieron eternamente ardiendo en un templo, en el que lo adoraron como a un dios. En la sección sobre las maravillas de Oriente, se recogen la famosa y alucinante Carta del Preste Juan o los relatos sobre los autómatas bizantinos (pájaros dorados, leones, un trono volador) de la Antapodosis de Liutprando de Cremona. En el capítulo dedicado al paraíso terrenal tienen cabida las Islas Afortunadas y el Dorado, la maravillosa «visión de Thurcill», en la Chronica majora de Matthew Paris, el relato del paraíso terrenal de John Mandeville o del pozo de San Patricio en el Tractatus de Purgatorio sancti Patricii, o la descripción, en la navegación de San Brandán, del sol verdadero, del que nuestro sol no es más que un pálido reflejo. Y, más tarde, el increíble relato de la Casa de Salomón en la Nueva Atlántida, de Francis Bacon, ese muestrario futurista de horrores y maravillas (que eran todos maravillas para él), de los cuales la mayoría se han cumplido ya. Y así casi inagotablemente.

El recorrido continúa con la Atlántida, Mu y Lemuria; Última Thule e Hiperbórea; los lugares de búsqueda del Grial; Alamut y el Viejo de la Montaña; Jauja; las islas utópicas; la Tierra Austral; y el interior de la tierra, el mito de la tierra hueca y Agartha, y termina con un capítulo titulado «Los lugares novelescos y su verdad». Quizás el interés de las selecciones decae un poco hacia el final, cuando se hacen más modernos y comienzan a abundar los textos de nazis de variado pelaje, a menudo toscos y poco originales (Eco hace especial hincapié, por cierto, en la siempre curiosa relación entre ciencias ocultas y despistados nazis o pseudonazis a lo largo de la primera mitad del siglo XX), pero en todas las secciones del libro hay hallazgos.

La parte iconográfica de la obra es quizá su más pura fuente de placer y es difícil dar una idea de la enorme variedad del muestrario de ilustraciones y mapas de todas las épocas. Umberto Eco, por su parte, firma unos resúmenes y comentarios claros y eruditos, y posee una gran capacidad para poner en relación elementos diversos de forma sutil y elegante, pero en su pluma se encuentra quizás el único problema del libro: cierto tono irónico y severo del autor, el tono, digámoslo así, del clásico aguafiestas. Eco, obviamente fascinado, y aun obsesionado, con todos estos lugares de la imaginación, parece preocuparse demasiado por aclarar y confirmar en cada ocasión que todo eso de lo que habla no son más que supercherías, extravagancias de locos, de iluminados, de falsos profetas. Se ríe de autores clásicos, sospecha de cada dato. Parece embarcado en una cruzada contra los oscurantistas y los «cazadores de misterios», y esa insistencia acaba por resultar enojosa. Hojeando un muy reciente libro de Massimo Polidoro (Enigmas y misterios de la historia. Mitos, engaños y fraudes, trad. de Lara Cortés, Barcelona, Crítica, 2014), que en gran parte se basa en el mismo material que el de Eco, encontramos un parecido tono rígido y aleccionador: «La ciencia debe contrarrestar desde su seriedad la difusión de creencias irracionales y de teorías pseoudocientíficas y antieducativas». ¡Relájense, señores! Al fin y al cabo, estamos entre adultos presumiblemente ya educados y no parece necesaria tanta prevención racionalista en una obra que no aspira a ser otra cosa que un repertorio de curiosidades o una silva de varia lección, verdaderamente parecida a esos Imagine mundi que menciona el propio Eco y que se escribían en la Edad Media, para, según él, «tratar de satisfacer el gusto por lo maravilloso». Parece innecesario insistir en que, por ejemplo, el planeta Tierra no es realmente hueco. Sin embargo, el valor del mito de la Tierra Hueca se encuentra quizás en otro sitio.

Estos mitos tienen significados a menudo muy concretos para nuestra percepción psíquica de la realidad y, en su forma esencial, la forma que tiende a agruparlos a todos, que es la del mito del Continente Perdido (en la geografía imaginal de la angelología irania descrita por Henry Corbin recibe el nombre del octavo clima o la tierra de las ciudades de esmeralda), aluden originariamente a una realidad central del ser humano, a un centro espiritual, interior, aunque, como es lógico, todo el mundo psíquico tienda a proyectarse sobre el exterior. Un lugar de esplendor que despareció, o al que ya no se puede acceder. Eco, a pesar de su tono mojigato, y de que a menudo parece tener una mentalidad tan literalista como la de esos nazis buscadores de griales pero a la inversa, acepta aparentemente, aunque sea de forma tácita, el valor imaginal (por usar la nomenclatura de Corbin) de estas narraciones, ya que, entre la avalancha de fragmentos que incluye, hay muchos que apuntan muy claramente en esa dirección, y unos cuantos especialmente significativos sugieren que algunos de estos mitos, si no todos, no actúan sólo como meras alegorías, es decir, como abstracciones intelectuales susceptibles de ser traducidas en términos «racionales», sino como llaves psíquicas que operan directamente sobre nuestra alma, si se me permite la expresión, por medio de imágenes.

El Dalai Lama, en un texto citado en la obra, cuando le preguntan por el mítico reino de Shambhala (para algunos existente bajo la superficie terrestre), lo explica así: «Shambhala es un reino real aunque suprasensible, entre el mundo de los dioses y de los demonios y de muy difícil acceso, que el asceta sólo puede alcanzar [...] a través de complejos ejercicios». Y René Guénon: «Ahora bien, su localización en una región determinada, ¿debe considerarse literalmente efectiva, o sólo simbólica, o es a la vez lo uno y lo otro? A esta cuestión responderemos que, para nosotros, los hechos geográficos mismos y también los hechos históricos tienen, como todos los demás, un valor simbólico que, por lo demás, evidentemente, no les quita nada de su realidad propia en tanto que hechos, sino que les confiere, además de esta realidad inmediata, una significación superior». Y, por último, san Agustín, de su Interpretación literal del Génesis, al hablar sobre el paraíso terrenal: «Tres son las opiniones más comunes sobre este tema. La primera es la de aquellos que quieren entender el “Paraíso” únicamente en sentido literal; la segunda es la de aquellos que lo entienden únicamente en sentido alegórico; la tercera es la de aquellos que entienden el “Paraíso” en ambos sentidos». Agustín prefiere la tercera opción.

Para Jung, el palacio, la isla, la piedra, el amado y la amada, la flor, son «el Amor, la Flor Mística del Alma, el Centro, el Sí-Mismo». Eso podría ser el reino inaccesible, el octavo clima. Años después, en su autobiografía, escribió: «El hombre actual ya no es capaz de crear fábulas. Por ello se le escapan muchas cosas, pero es importante y saludable hablar también de cosas inaccesibles».

Ismael Belda es escritor y crítico literario.

09/12/2014

 
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