RESEÑAS

Retrato del joven Joyce

James Joyce
Escritos críticos y afines
Trad. de Pablo Ingberg
Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2016
476 pp. 21,50 €

«Je n’écrit jamais d’articles», contestó James Joyce en 1916 al Journal de Genève, que le pedía una colaboración sobre los recientes acontecimientos en Irlanda (el Alzamiento de Pascua y la Proclamación de la República). Por supuesto, ese jamás no era del todo preciso. Es cierto que a partir de 1914 se dedicó con exclusividad monacal a la redacción de, primero, Ulysses y, después, Finnegans Wake, pero también lo es que hasta 1914 escribió, en inglés y en italiano, un buen número de artículos y conferencias que, recopiladas y traducidas ahora al español, ocupan casi la totalidad de las 476 páginas del volumen que nos ocupa. Joyce –es importante subrayarlo– es un crítico y ensayista menor y si aún leemos sus escritos críticos de juventud –algunos de los cuales, a pesar de todo, no carecen de interés por sí mismos–, es porque son obra de, seguramente, el mayor novelista del siglo XX y arrojan algo de luz sobre su persona y sobre su obra literaria. Ante nosotros aparece la sombra de un joven orgulloso, seguro de su genio, desmesurado en sus lealtades literarias (como su culto a Ibsen: «Apenas si es posible criticar El pato salvaje, por ejemplo; uno sólo puede cavilar sobre el asunto como sobre una aflicción personal»), firme en su voluntario exilio y lleno de un exacerbado idealismo. El escritor que, en uno de los presentes artículos, escribe una frase como esta: «En esos vastos transcursos que nos envuelven y en esa gran memoria que es mayor y más generosa que nuestra memoria, ninguna vida, ningún instante de exaltación se pierde jamás; y todos los que han escrito con nobleza no han escrito en vano, aunque los desesperados y los cansados no hayan oído jamás la sonrisa de plata de la sabiduría», es el mismo que sería acusado del más obsceno materialismo literario. Las dos visiones, en realidad, se complementan.

Estos Escritos críticos y afines, ordenados de forma cronológica, constituyen una mezcla heterogénea: redacciones escolares, una composición sobre el Renacimiento para pasar un examen de italiano (en la que afirma que la mayor contribución de ese período artístico es el nacimiento de la compasión: «la piedad por todo ser que vive y se esperanza y muere y se ilusiona»), entrevistas a campeones de automovilismo, un buen número de pequeñas reseñas publicadas en el Daily Express, conferencias en italiano sobre Irlanda y sobre literatura inglesa, una conferencia en el centenario de Dickens en la que afirma que William Thackeray era superior al autor de Casa desolada, una carta abierta explicando la torturada historia de la publicación de Dublineses, cartas de fría adhesión a Italo Svevo o Ezra Pound, un texto sobre la glosopeda que remite al artículo glosado en el capítulo «Néstor» de Ulises, unos cuadernos sobre estética de sus meses en París como estudiante, poemas satíricos... La mayoría de los textos son anteriores a 1904, comienzo de su autoimpuesto exilio. A partir de ese año, comienzan a ser más raros, y en italiano, idioma que Joyce dominaba hasta el virtuosismo, pero en el que también cometía errores (como se encarga el traductor y editor de recordarnos). Tras una redacción escolar escrita a los catorce años, los primeros textos importantes se encuentran entre una serie de su época universitaria, conservados porque Stanislaus Joyce –su hermano menor y su eterno admirador y antagonista– utilizó los reversos de las hojas para escribir su diario. A pesar de la falta de madurez y de ciertas banalidades, podemos encontrar en ellos muchas de las ideas que mantendría durante toda su vida.

En «Sobre la fuerza», por ejemplo, escrito a los dieciséis años, hay ya un rechazo de la violencia que el estricto pacifista Joyce mantendría siempre (a pesar de que se cuela alguna fea frase, como que «entre las familias humanas el hombre blanco es el conquistador predestinado», de la que se habría avergonzado más tarde). «Drama y vida», conferencia pronunciada a los dieciocho años ante la Sociedad Literaria e Histórica del University College de Dublín, es uno de los textos más significativos aquí reunidos. Joyce, obsesionado por esa época con el teatro y deslumbrado por Ibsen –aprendió noruego en pocos meses para escribirle una carta, que fue amablemente respondida, para éxtasis del joven dublinés–, usa al autor de Hedda Gabler y a Richard Wagner para ilustrar las características del verdadero drama (término que no limita a la escritura teatral), el cual, según él, sólo ha empezado a escribirse en tiempos modernos (llevado por su entusiasmo, pone a Ibsen –e incluso a Wagner como dramaturgo– por encima de Shakespeare). Tomando al pie de la letra un verso de Verlaine, «Et tout le reste est littérature», establece una diferencia entre drama y literatura: la literatura sólo se preocupa de los efímeros agentes de la historia; el drama, por el contrario, se ocupa de las leyes inmutables de la naturaleza humana. La literatura, hecha de convenciones, caduca; el drama, basado en leyes indestructibles, es eterno. Esta forma de idealismo le lleva, de forma sólo en apariencia paradójica, al realismo: la imaginación del artista debe absorber el mundo físico que le rodea para alcanzar esas leyes inmutables. «Es una estupidez pecaminosa –nos dice el joven Joyce– suspirar por los buenos viejos tiempos, alimentar nuestra hambre con las frías piedras que nos proporcionan». Debemos contemplar en las contingencias temporales de nuestra época la huella de formas intemporales: «La vida debemos aceptarla tal como la vemos ante nuestros ojos, hombres y mujeres tal y como los encontramos en el mundo real, no tal como los aprehendemos en el mundo de las hadas». Esas leyes pueden ser expresadas artísticamente mediantes mitos, como en las óperas de Wagner, o en forma de obras de ficción realistas. Este es quizá el punto en el que Joyce supera el simbolismo –encarnado para él en George William Russell y, sobre todo, en William Butler Yeats, que fue una tremenda influencia temprana– y lo asimila en una síntesis con el realismo literario. Es el comienzo de la valentía, de confianza en su propia visión, que le permitiría escribir su obra. Ciertas palabras de ese temprano ensayo anuncian no sólo Dublineses, sino también Ulises: «Pienso que de la gris monotonía de la existencia puede extraerse cierta medida de vida dramática. Hasta los más ordinarios, los más muertos de los vivos, pueden desempeñar un papel en un gran drama».

Los escuetos cuadernos que escribió en los meses que pasó estudiando Medicina en París, titulados aquí «Estética», nos muestran su clara filiación con el Romanticismo (del cual el simbolismo no es sino una rama). Joyce se explica a sí mismo que cierta conocida frase de la Poética de Aristóteles suele traducirse como «el arte es una imitación de la naturaleza», pero que «sólo dice “el arte imita a la naturaleza” y quiere decir que el proceso artístico se asemeja al proceso natural». Esto es precisamente el centro de la doctrina romántica del arte: en la imaginación humana hay una fuerza que actúa según los mismos principios con que actúa la naturaleza. «La poesía, incluso cuando parece más fantástica, es siempre una rebelión contra el artificio, una rebelión, en cierto sentido, contra la realidad. Habla de lo que les parece fantástico e irreal a quienes han perdido las simples intuiciones que son las pruebas de la realidad», dice en otra parte (las ideas del joven Joyce sobre realismo y literatura fantástica son sofisticadas y fascinantes, y requerirían un espacio más largo que esta reseña).

Es a uno de los grandes poetas del Romanticismo, William Blake, a quien dedica la mitad de una conferencia doble, «Verismo e idealismo en la literatura inglesa (Daniel Defoe y William Blake)». El texto, uno de los más interesantes del libro, es una nueva ilustración de la dualidad realismo-idealismo. Por una parte está Defoe, el realista, «el primer escritor inglés que escribe sin copiar ni adaptar obras extranjeras», en cuya obra «el astro de la poesía brilla, como se suele decir, por su ausencia», a pesar de su estilo «de una claridad admirable», y, por la otra, el gran visionario, William Blake, «el más iluminado de los poetas occidentales». En Robinson Crusoe ve toda el alma anglosajona: «La independencia viril, la crueldad inconsciente, la persistencia, la inteligencia tarda pero eficaz, la apatía sexual, la religiosidad práctica y bien ponderada, la taciturnidad calculadora», por contraposición al alma celta y al otro inglés de la conferencia, Blake, de quien Yeats –cuya edición de las obras completas blakeanas leyó ávidamente el joven Joyce– decía que sin duda tenía ascendencia irlandesa. Joyce reconcilia el realismo de uno y el idealismo del otro con una cita de Blake: «La eternidad está enamorada de las producciones del tiempo» (la traducción ofrece «productos del tiempo», dándole a la frase un aire de verdulería).

El traductor y editor, por último, a pesar de su loable celo por conservar cada peculiaridad de la expresión de Joyce, cae en errores y contradicciones. Por una parte, al respetar la singular puntuación de Joyce (aparte de que en inglés se puntúa de forma diferente), el texto se lee a menudo mal y con extrañeza. Por otra, se empeña en traducir las erratas del texto: así, en una conferencia escrita en italiano, Joyce escribe, por ejemplo, improvista en vez de improvvista –a todas luces un lapsus calami– y la traducción castellana nos da imprebista. ¿Qué aporta esta palabra? Ni siquiera es la errata que comete el autor, es una errata ficticia creada por el traductor. El mismo deseo de transmitir la idiosincrasia del italiano joyceano (no imagino otra razón) produce frases incomprensibles tales como: «Esa lengua era la misma en la que yo esta noche, por cortesía de ustedes, trato, por cuanto pueda, llamar del crepúsculo de la mente universal su espíritu»; o bien: «estudio mediúmnico como nosotros se diría» (traducida en la edición estándar inglesa con normalidad: «A spiritualistic study, as we would put it»). El título de la conferencia «Verismo e idealismo en la literatura inglesa» es otro caso de excentricidad interpretativa: verismo, en italiano, significa sencillamente realismo (y así está traducido en la edición inglesa), pero nuestro traductor no sólo traduce directamente verismo, en el título y a lo largo de todo el texto, sino que en la nota al pie se empeña en relacionar esta palabra con la tradición operística a la que pertenecieron Ruggero Leoncavallo o Giacomo Puccini, algo por completo absurdo, entre otras cosas porque Defoe la precede en dos siglos y Blake al menos en ochenta años.

Ismael Belda es crítico literario y escritor. Es autor de La Universidad Blanca (Madrid, La Palma, 2015).

07/11/2016

 
COMENTARIOS

María Jorgelina Vittori García del Río 08/11/16 01:45
http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/abril_16/08042016.htm

Ismael Belda 10/11/16 14:32
Querida María Jorgelina, el artículo de Pablo Ingberg que tan amablemente compartes es muy interesante. Sus argumentos, sin embargo, no terminan de convencerme. Hay errores y errores, como dice el gran Miguel Sáenz según lo cita el propio Ingberg, hay "errores" de letra y "errores" de espíritu, y un traductor sólo puede ofrecer el espíritu y no la letra, y esa es la tragedia del traductor, el más valiente y abnegado de los artistas (esto a pesar de los esfuerzos de los buenos traductores por trasladar algún eco de los ritmos o los patterns de sonidos del original, en prosa o en verso). De cualquier modo, cuando, como en el caso presente, se trata de indudables lapsus calami (o linguae, o mentis), una letra que falta en una palabra o un tiempo verbal claramente incongruente, y cuando ese lapsus ocurre en textos manuscritos y no corregidos por el autor, algunos de ellos obra de un adolescente o de un adulto que no domina la lengua en cuestión, parece aventurado pensar que hay existe algún significado trascendente, por muy tentador que pueda ser al tratarse de textos del autor de Ulises y de Finnegans Wake. Ingberg se pregunta por qué Ellman y Ellsworth, al editar estos mismos escritos críticos de Joyce, conservaron las erratas originales en el texto inglés y, sin embargo, tradujeron los errores de los textos italianos en perfecto inglés. Es extraño hacerse esa pregunta. La respuesta es sencilla: los errores de letra no pueden traducirse. El texto inglés del adolescente Joyce debe conservar sus faltas de ortografía y su caprichosa puntuación, porque para el lector de inglés todo esto habla y constituye un tono y un contexto importantes, pero el artificio del traductor por emular heterodoxias del original debe corresponder tan sólo de un esfuerzo análogo, y anterior, por parte del autor del original, no de errores inconscientes. La única opción posible en tal caso, a mi entender, es traducir en español correcto e inteligible y explicar en una nota al pie el error en el original, y aun así esto sólo sería de interés (y escaso) para el especialista. Para el lector común (y por lector común entiendo, por ejmplo, alguien que dedica todo su tiempo al estudio de la literatura, como es mi caso, aun cuando su interés en Joyce sea central, como también es mi caso), estas traducciones sólo sirven para molestar y confundir. Traducir, digamos, dogg como perrro no tiene sentido y es una pérdida de tiempo para el traductor y para el lector. Cuando Miguel Sáenz, en el texto de Ingberg, dice que el traductor no debe creerse más listo que el autor, sin duda está pensando en otras cosas: por ejmplo, un traductor nunca debería enmendarle la plana en el espíritu al autor, cosa que Ingberg de hecho hace cuando traduce el italiano verismo por la misma palabra para designar un movimiento operístico que nada tiene que ver con lo que dice Joyce.

Gracias por tu comentario y un saludo.

Pepi 24/11/16 12:47
Hola, me parece muy coherente la explicación de Pablo Ingberg sobre la traducción de "errores" en "Escritos críticos...."
Realmente su profesionalismo y concienzudo trabajo se reafirma en esta elección.

María Jorgelina Vittori García del Río 15/11/16 00:31
http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/abril_16/27042016.htm

Pablo Ingberg 18/11/16 16:52
Estimado Belda:
Le agradezco su interés por mi trabajo. Incluso en la parte en que se expresa en contra de ciertas decisiones mías. Lo cual, para mi sorpresa, no había sucedido hasta ahora, porque las reseñas no se habían referido a la traducción, como sucede en general, o la habían elogiado. Todo el tiempo fui muy conciente de que esas decisiones mías iban a contracorriente de la tradición instalada, que usted sustenta con su opinión, y la actitud más habitual de los comentaristas en esos casos es juzgar sobre bases tradicionales. Como, salvando las distancias, bien lo expresa Fernando Pessoa en lo que fue mi primera traducción publicada, allá por el 90:
http://www.pabloingberg.com.ar/pdf/traduccion-breves/Pessoa-Cr%C3%ADticas.pdf
Por eso mismo expuse largos argumentos en el prólogo (que usted habrá leído), en un par de notas en El Trujamán que veo arriba citadas y en un extenso ensayo pendiente de publicación a través de la Universidad de Málaga.
No voy a fatigar a quienes hayan llegado hasta aquí repitiendo mis argumentos. Aunque obviamente no comparto su punto de vista, lo entiendo y lo acepto. No somos usted y yo quienes pueden zanjar la cuestión. Lo dirá el tiempo.
Lo que sí me siento en la necesidad de aclarar son ciertos presuntos errores que me adjudica, porque a nadie le gusta que le atribuyan errores que no cometió.
Si busca en diccionarios, verá que en italiano, como en castellano, existen las palabras “verismo” y “realismo”, que no significan lo mismo, aunque tengan parentescos. ¿Usted cree que Joyce ignoraba la palabra italiana “realismo” y por eso usó “verismo”, o alguna especie de accidente o incidente de tal índole? Por mi parte, creo que no sólo no la ignoraba, sino que hizo allí una operación muy conciente, vagamente afín a la de Borges en “Kafka y sus precursores”. Así como podemos decir borgeanamente que el Bartleby de Melville es kafkiano, Joyce da a entender joyceanamente ante público italohablante que Defoe era verista. No es muy distinto, después de todo, lo que hacen usted (al parecer inconcientemente) y los traductores al inglés cuando califican a Defoe de realista, cuando el realismo literario es también posterior a él. Lamento que usted (al igual que los traductores al inglés, lengua en que también existe la palabra “verism”) no haya captado esta sutileza de Joyce, y además me atribuya un error que en cualquier caso no es tal: en italiano (y en castellano) verismo es verismo y realismo es realismo, y Joyce usa la palabra verismo.
Quien sepa algo de italiano sabrá que el error más común de los extranjeros al escribir en esa lengua es el exceso o defecto de consonantes dobles, su peculiaridad más distintiva. Eso es, ni más ni menos, lo que le sucede a Joyce con la palabra “improvvista”, entre otras varias. Un lapsus calami es un accidente en que puede incurrir cualquiera digamos cada tantas páginas. Los de Joyce en sus primeros escritos italianos son errores, cometidos cada dos o tres renglones. Errores en su mayoría típicos de anglohablante nativo al escribir italiano, y que catalogué extensamente en otra parte.
En más de ochenta libros que llevo traducidos, incluyendo varios de Joyce, nunca me había topado con uno como éste donde los editores de los escritos originales (en inglés y en italiano) los publicaran con todos sus errores. Lo que hice en consecuencia al traducir, con larga y profunda reflexión, se aplica a ese libro y a sus características, no a cualquier traducción en general. Entonces, cuando usted dice que traducir “dogg como perrro no tiene sentido”, yo le preguntaría: ¿en qué libro? Porque si fuera en Finnegans Wake, por ejemplo, lo que no tendría sentido allí es traducir “dogg” como “perro”. Lo que yo hice tiene, desde mi razonado punto de vista, sentido en ESE libro.
Por último, si se toma, como yo, el trabajo de consultarle a un hablante nativo de italiano cómo le suenan en el original esas frases medio estrambóticas que usted cita en mi traducción, verá que le resultan tan chocantes en italiano como esos pasajes de mi traducción a usted. O sea, cumplí con mi objetivo como traductor: produje un efecto similar.
Desde luego, nada de esto pretende invalidar su punto de vista sobre mis decisiones, porque ese punto de vista puede sostenerse sin necesidad de premisas erróneas. La traducción es materia opinable, y respeto su opinión.
Le confieso que a mí el italiano estrambótico de Joyce (uno de los escritores a quien más admiro y a quien más disfruto traducir), con sus mezclas de sofisticaciones y errores, me resultó muy interesante, muy particular y muy divertido. Ojalá haya algunos lectores castellanos a quienes haya podido transmitirles algo de eso en mi traducción, y sepan disculparme la molestia los demás.
Un saludo cordial y nuevamente gracias,
Pablo Ingberg

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