RESEÑAS

Tras cuarenta años, España vive un final de ciclo histórico

Tom Burns Marañón
Entre el ruido y la furia. El fracaso del bipartidismo en España
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018
256 pp. 20,90 €

Tras cuarenta años de franquismo, España conquista la democracia. Cuarenta años después, la democracia española parece entumecerse. ¿Qué ha pasado? Este ensayo de Tom Burns es una reflexión subjetiva que trata de «ordenar, entender y enjuiciar hechos y actitudes» para mostrar que España se encuentra ante una crisis constitucional y ante un final de ciclo.

El punto de referencia de la historia de estas cuatro décadas es la Constitución de 1978, fruto del consenso. Es una historia con luces y algunas sombras, porque han quedado temas sin resolver o mal resueltos. La cuestión territorial y las Autonomías, que, al no solucionar adecuadamente su financiación, han generado unas administraciones costosísimas. La Ley Electoral de 1977, nacida para garantizar una inicial estabilidad parlamentaria, sigue vigente, aunque no responde a la representatividad real, originando clientelismo y prácticas corruptas. Tampoco se ha solventado el grave problema del paro estructural, ni se ha creado una cultura política consensuada capaz de respetar el pluralismo y las minorías. Sin olvidar la frustración generada por las expectativas no cumplidas, la mala imagen de la clase política, etc. En este escenario, irrumpe la crisis económica de 2008, golpeando con fuerza a la sociedad española, empobreciéndola y abriendo graves brechas sociales. Los partidos dinásticos no supieron responder a esta grave situación y rechazaron incluso soluciones de urgencia, como la cohabitación. El desencanto, los devastadores efectos de la crisis económica en las familias y la corrupción crearon un campo abonado para la irrupción de partidos antisistema y populistas. Conclusión: el consenso de 1975 ha sido sustituido por el radicalismo en 2015.

Pero, si algo hay que resaltar, es el fracaso del bipartidismo, debido a su mutación en una partitocracia reacia a la renovación política. Opina Burns que el PP abandonó el liberalismo modernizador del período de Aznar y el PSOE renunció a la socialdemocracia moderada de la época de González. Y ambos olvidaron que, en un sistema partidista, cada una de las dos organizaciones que compiten políticamente necesitan la presencia de la otra, como adversario natural, para justificar su existencia.

El autor dedica atención a la crisis socialista. El PSOE, que «contribuyó de manera decisiva a la consolidación de la Monarquía parlamentaria» y es piedra angular de la democracia, fue el primer pilar de la partitocracia en descomponerse. Especialmente con José Luis Rodríguez Zapatero, aunque la llegada de Pedro Sánchez a la Secretaría General no hizo sino complicar y radicalizar la situación, provocando una grave parálisis parlamentaria y un bloqueo institucional. El dilema de los socialistas era: seguir como compañeros de viaje del PP o serlo de un populismo radical y antisistema, presto a acogerlo para luego asfixiarlo. Finalmente, los socialistas facilitarían un segundo mandato a Rajoy –«medida táctica y a la desesperada que respondía a las pautas de la partitocracia»‒, porque «El PP, al fin y al cabo, era la otra cara de la moneda socialista».

Con Podemos en el Parlamento, el PSOE dejaba de ser el partido hegemónico de la izquierda española. La realidad social y las elecciones lanzaban un mensaje al PSOE y al PP: necesitaban renovarse. Entre 2008 y 2015, los españoles menores de cuarenta años (pre-millennials) y los nacidos después de la Constitución de 1978 (millennials) habían dado la espalda a ambos partidos, optando por las nuevas formaciones populistas y antisistema. Conclusión: la monarquía parlamentaria, el sistema nacido en la Transición, había dejado de funcionar.

A la hora de repartir responsabilidades, Burns se muestra contundente con Rodríguez Zapatero, cuyo objetivo fue situarse en el polo opuesto de lo que significaba toda la política a partir de la Transición: «Su rencor hacia la derecha era un asunto poco menos que patológico». Su sectarismo le llevó a excluir al PP del foro político. Buscó «el atajo sentimental, lo inmediato que crea titulares y el aplauso fácil», y puso de moda el relativismo cultural y moral. Su política consistió en lanzar «iniciativas de ingeniería social que cambiarían los valores de la colectividad y en multiplicar prestaciones que asegurarían su popularidad». Populista y cortoplacista, practicó una política «adanista» y «El Movimiento 15-M y luego Podemos y los grupos de soberanismo exaltado en la periferia fueron mecidos y amamantados en sus cunas por el presidente del Gobierno». Su incompetencia como gobernante tuvo dos consecuencias de bulto: el voto socialista se repartiría entre el PSOE y una izquierda enragée, y en Cataluña se hicieron fuertes unos partidos nacionalistas radicales que cuestionaron todos los logros de la Transición. En opinión de Burns, «su legado fue un país crispado y desencantado, revanchista y desconfiado, peligrosamente endeudado y con la cuarta parte de su población desocupada».

El libro dedica todo un capítulo a estudiar «la historia y la memoria», centrándose en que «el ruido y la furia» al comienzo del reinado de Felipe VI y el fracaso del bipartidismo tuvieron como marco una ruptura de la concordia. Reparar los daños de las víctimas llevó a Zapatero a repasar, repensar y reorientar la historia. Para eso nació la Ley de Memoria Histórica. Consecuencia de esas políticas es, en opinión de Tom Burns, el revanchismo y guerracivilismo que se instala en la sociedad española.

No olvida enjuiciar al PP. Evalúa su negativo papel en la guerra de Irak y el desempeñado por Aznar. Acusa al partido de haber rehuido cualquier debate sobre ideas y estrategia a largo plazo, así como de no haberse rearmado ideológicamente cuando pasó a la oposición; que ha carecido de propuestas ilusionantes y de carisma para comunicarlas. Y responsabiliza, sobre todo, a Rajoy y su personalísimo liderazgo.

En 2008 llega la crisis económica. En un par de años se pasó de un superávit de veinte mil millones de euros a un déficit cercano a los ciento veinte mil millones. Rodríguez Zapatero se hundió tras hacer recortes en las políticas sociales ‒el tijeretazo de 2010‒ y dejó de herencia al PP (2011) un déficit de casi 103.000 millones de euros (el 9,61% del PIB). Los españoles tuvieron que familiarizarse con conceptos como prima de riesgo, deuda soberana, rescate económico o crisis de la deuda española. Aquella situación originó un desencanto que, sumado a la corrupción y a la falta de ejemplaridad de las elites sociales y políticas, indujo a la radicalización de la sociedad y, finalmente, a la paralización del Parlamento en 2016.

Burns opina que este escenario de crisis y de cuestionamiento de valores y de nuestra historia también ha socavado a la monarquía parlamentaria y ha acabado por cuestionar el sistema de democracia liberal. Las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014 dieron paso al líder de Podemos, Pablo Iglesias, y terminaron provocando la abdicación de Juan Carlos I y la proclamación de Felipe VI. Explica que Juan Carlos I supo ver el fin de ciclo político y que los nuevos retos de la sociedad española requerían un relevo generacional en la jefatura del Estado. Pero ambas monarquías funcionarían en escenarios muy distintos, como se ve, por ejemplo, en la resolución de los golpes de Estado de 1981 y de 2017. Aquel convirtió al juancarlismo en mito de la Transición, pero en el de 2017, calificado por Felipe VI como «deslealtad inadmisible», «el golpismo soberanista y el populismo izquierdista hicieron un pulso» al rey y al sistema. El líder de la sedición se enfrentaría por televisión a Felipe VI para decirle «Así no», cuestionando su neutralidad política. Resultado: una grave crisis constitucional que implica, además de una quiebra territorial, el cuestionamiento del Estado. Iglesias ‒con Podemos‒ no tardó en aprovechar la coyuntura y, en cuanto se aplicó el artículo 155 de la Constitución en Cataluña, hablaría de «conjura monárquica» y de «contrarrevolución por arriba del bloque monárquico». Conclusión: quedó abierto el debate monarquía versus república.

Podemos y los partidos antisistema lograron ocupar un espacio electoral aprovechando el terreno abonado que ofrecía la crisis económica y la mala calidad democrática. Pedían democracia participativa «ya», denunciando todo aquello que procedía de la Transición. Representaron un peligro para la izquierda dinástica. El paralelismo con el caso de Grecia le hace recordar a Tom Burns que los antisistema griegos se llevaron por delante al PASOK, equivalente al PSOE. Antes, Podemos se hace con Izquierda Unida en una «OPA amistosa, en realidad una fusión por absorción», pues «compartía, cual alma gemela con Podemos, el mismo análisis marxista de la crisis del capitalismo e idéntica querencia comunista». Su objetivo es radicalizar la democracia y transformar el sistema. Su referente es La razón populista, de Ernesto Laclau, con su táctica de ir agrupando y dando dirección política a focos de insatisfacción. Acusan al PP de desmontar el Estado del bienestar ‒conquista del pueblo y derecho inalienable‒ y ponen en marcha latiguillos como «la casta», «la trama», «las puertas giratorias» o «el capitalismo de amiguetes». Dicen ser la faz amable y cercana de la política, predicando la horizontalidad y la participación. No hablan ya de la lucha de clases ni de la dictadura del proletariado, sino de una rebelión transversal contra la casta y la trama. Su política, como sus formas externas, incluso en el Parlamento, son diferentes.

La nueva situación significaba que los dos partidos dinásticos habían dejado de ser los árbitros de la política nacional. Opina Tom Burns que Rodríguez Zapatero engendró Podemos y el PP se arrinconó y decidió abandonar cualquier debate doctrinal y «Mariano Rajoy no mostró interés alguno por desarrollar la agenda liberal, modernizadora e internacionalista de Aznar». En ese mismo contexto surgiría Ciudadanos para disputar el voto no socialista. En las elecciones del 20 de diciembre de 2015, Podemos hundió a un PSOE liderado por Pedro Sánchez, y Ciudadanos hizo lo propio con el PP.

Pero si desestabilizadora fue, para Burns, la radicalización de los electores de la izquierda, no lo fue menos el nacionalismo catalán. Porque el movimiento soberanista en Cataluña significó el rechazo de los logros consensuados de la Transición y de la Constitución. El fin de ciclo político comienza en 2010 en Cataluña al recortar el Tribunal Constitucional el Estatuto de 2006, que reformaba el de 1979. La respuesta del soberanismo catalán fue una gran manifestación tras la pancarta «Cataluña es una nación». Felipe VI accedió a la jefatura del Estado el 19 de junio de 2014 y las elecciones del 20 de diciembre de 2015 cambiaron por completo el contexto político: «Don Felipe ‒escribe el autor‒ presidió el réquiem de los partidos dinásticos del reinado de su antecesor».

En resumen, el fracaso del bipartidismo se debió a que el partido de centroizquierda perdió la izquierda y el de centroderecha perdió el centro. Tanto Rodríguez Zapatero como Rajoy dilapidaron las herencias de González y Aznar, respectivamente, y los edificios construidos por ellos se vinieron abajo. El éxito de la Transición había consistido en una combinación de continuidad sin continuismo hasta la llegada de Rodríguez Zapatero, que adoptó políticas adanistas y rupturistas, desarrolladas después por Sánchez, que «se quitó la careta “buenista” de Rodríguez Zapatero y no le hizo ascos al revanchismo y al estatismo a ultranza de la izquierda antisistema». Por su parte, el PP, con Rajoy, dejó de ser la «casa común» del centroderecha gracias a su «empecinado inmovilismo» y «su inclinación natural a aplazar decisiones no al día de mañana, sino al próximo».

Quiero destacar que, al hilo de su discurso, el autor deja caer opiniones muy sugerentes. Por ejemplo, afirma que «España es un país disfuncional porque no ha sabido escribir una historia, una narrativa, compartida por todos los españoles», que «Para un amplio estamento del electorado la democracia “pertenece” a la izquierda», o que «La historia enseña que el soberanismo catalán aprovecha indefectiblemente lo que percibe como debilidad en la política central del Estado». ¿No merecen nuestra atención?

Tom Burns nos ofrece en este libro sus reflexiones subjetivas para explicar que estamos en un final de ciclo. Su gran conocimiento de la historia de España de estos cuarenta años, como avalan sus publicaciones, le ha permitido elaborar este ensayo sugerente, serio, comprometido y valiente, de amena lectura, sin concesiones a ningún relativismo o buenismo y al margen de lo políticamente correcto.

Luis Palacios Bañuelos es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Rey Juan Carlos. Sus últimos libros son El franquismo ordinario (Astorga, Akrón, 2012) y ¿Por qué llega la Segunda República y hacia dónde va? (Madrid, Dilex, 2015).

18/06/2018

 
COMENTARIOS

Francisco Muñoz de Escalona 21/06/18 10:26
Magífico comentario que abre el deseo de leer la nueva obra de Turm. En efecto, ha faltado un relato adecuado e ilusionante de lo que es España que sin caer en el torpe nacionalismo de la Dictadura haya sabido poner en valor los pilares de nuestra convivencia de cara la futuro. No se ha destacado que, a pesar de 40 años de democracia, siguen pesando los 40 años de nacionalcatolicismo hasta el punto de que se ha tratado de huir de él tirando al niño junto con el agua de la bañera. Los daños letales del franquismo han obnubilado la sensatez necesaria para superarlo sin caer en un negacionismo suicida.

Pedro 08/07/18 11:39
La constitución del 78 no resuelve el problema territorial. Por qué siguen existiendo las diputaciones?. No se fija un sistema cerrado de competencias entre el estado y las comunidades. Se da la paradoja que de una constitución escrita, racional moderna y progresista se llega a un país anclado en la Edad Media. La profusión normativa de las comunidades ha llevado a normas contradictorias con las del estado y otras comunidades y conducido a la desigualdad entre los españoles dependiendo de donde vivan y ,por tanto, han desvirtuado la constitución. La ley electoral ha contribuido a este poder feudal territorial invalidando la soberanía popular. La división de poderes es superficial, siguen legislando el poder ejecutivo, ya sea del estado o de las comunidades... Y sigue y sigue.....

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