RESEÑAS

El liberalismo es un humanismo

José María Ruiz Soroa
Elogio del liberalismo
Madrid, Los Libros de la Catarata, 2018
128 pp. 14 €

José María Ruiz Soroa (Bilbao, 1947) acaba de dar a la imprenta un libro sobre el liberalismo que es una introducción tan buena a la materia que, paradójicamente, provoca en uno el nada liberal deseo de obligar a su lectura a todo estudiante de primer curso de Ciencias Humanas o Sociales. Pero, compartiendo el reseñista el credo liberal del autor reseñado, debe descartar el paternalista vicio de obligar y preferir el más agradable y congruente deseo de recomendar, de buena gana, la lectura del libro en cuestión. Pues se trata de una obrita (supera en poco el centenar de páginas) que será leída con provecho por todo aquel que desee tener una opinión cabal de qué es el liberalismo, que es tanto como querer saber de qué está hecho el aire político que respiramos los europeos desde hace al menos cuatro siglos.

Ese es el modo, a mi juicio, de entender la clase de libro que nos propone su autor, no tanto como el panfleto que nos promete en la primera línea, sino como un manual básico para quien no sabe nada o sabe poco de la más exitosa corriente política de la modernidad: el liberalismo político. Si digo que como panfleto el libro no convence, es porque, para serlo, tendría que ser, para mi gusto, aún más corto de lo que es, y la prosa, que es incisiva y amena, atreverse a ser algo más gamberra. Al final, el tono magistral se impone y está bien que así sea. Por eso sería tan beneficioso que este libro se convirtiera en sugerencia de lectura de los syllabus universitarios: porque fija a la perfección las coordenadas elementales a partir de las cuales uno puede seguir discutiendo las premisas del programa político liberal. O negarlas, pero con conocimiento de causa.

Dado que vivimos, todavía, en sociedades liberales, a Ruiz Soroa se le plantea el problema de extraer la sustancia del liberalismo de una praxis tan cotidiana y asumida que a muchos les resulta ya invisible. Como todos somos, en cierto sentido, liberales, el término liberalismo queda contraído en la liza pública a su sentido economicista y aun a ciertas escuelas de teoría económica de mala fama. Nada de eso: el liberalismo es «el movimiento o doctrina que ha construido la mayor parte de las instituciones que habitamos» (p. 20). La ideología a la que debemos la práctica de «la democracia posible», porque fuera del diseño liberal del Estado ninguna otra forma de vida democrática ha resultado viable y ninguna otra tiene visos de prosperar, como arguye el autor, desechando convincentemente como palabrería de salón las concepciones de la democracia que se presentan como rivales del formato liberal representativo: «No existe una democracia más plena ni de mayor calidad que la existente [...]. Podemos aspirar a practicar mejor las reglas de la democracia liberal, pero no a tener otra democracia más profunda o auténtica» (p. 101). Estamos de acuerdo: la democracia no está en otra parte.

Comienza el autor, desdiciéndose de ciertos derrotismos cognitivos, señalando el núcleo de la doctrina liberal: individualismo y gobierno acotado. Individualismo que nada tiene que ver con el egoísmo, sino con la idea de que, entre sociedad e individuo, es éste quien tiene la primacía ética. De otro modo: que «lo político está al servicio del individuo, no al revés» (p. 30) y que, al final, y ante la duda, «el agente moral que cuenta es la persona» (p. 29). Si la defensa de la dignidad individual se deriva de la crítica antiestamental del primer liberalismo, la doctrina del gobierno acotado es corolario de la igualmente originaria crítica antiabsolutista; es decir, limitación o división del poder, como recurso infalible para prevenir un abuso que es riesgo congénito a su ejercicio, también cuando su titularidad de la soberanía se transfiere del dinasta al pueblo. De aquí brota la tensión entre liberalismo y democracia, que Ruiz Soroa estudia en detalle, y que se resuelve mediante el triple expediente de la representación, la creación de vigilantes poderes contramayoritarios y la fijación constitucional de áreas de indecidibilidad. Todo ello en el servicio de una concepción en la que la libertad –que por fuerza es la igual libertad– es motor del progreso moral de la sociedad y la ley impersonal el instrumento predilecto para evitar las arbitrariedades de la voluntad, la encarne quien la encarne: «El gobierno de las leyes (rule of law), no el gobierno de los hombres: esa es la consigna liberal por excelencia» (p. 41).

Naturalmente, Ruiz Soroa no desconoce los refinamientos que estas ideas precisan y su libro sirve también para introducirnos en todas las fecundas discusiones que se han originado dentro y fuera de la familia liberal en torno a los pilares centrales del liberalismo. Así, de la libertad le preocupa la cuestión de sus límites (a partir del harm principle, de John Stuart Mill, tan sencillo de exponer, se han llenado barreños de tinta), así como las condiciones de la libertad, lo que nos adentra en el prolijo debate entre la libertad positiva versus negativa, o la entendida como no interferencia frente a la que prefiere hablar, en tono republicanista, de no dominación. Mayor todavía es el volumen de papel dedicado a estudiar el tamaño de la parcela acotada en que no debe intervenir el gobierno: «Unos [liberales] hablarán del Estado social, otros del Estado mínimo. Pero la raya [que separa al gobierno del individuo] debe existir siempre; esa es la aportación esencial de la intuición liberal» (p. 32).

Asimismo, Ruiz Soroa dedica espacio a confrontar el liberalismo con la poderosa tosquedad del nacionalismo. Tampoco quedan sin glosa censuras más sutiles a la concepción liberal del individuo: abstracta y desarraigada, según sostienen las críticas desde el comunitarismo o el multiculturalismo. La última sección del libro queda reservada a la dialéctica entre mercado y Estado, polémica engañosa por cuanto, como explica el autor, el mercado no deja de ser una creación del Estado. En fin, temas en los que Ruiz Soroa no puede más que exponer el status quæstionis de manera sucinta y esquemática, pero cabal y educada, y apuntar la solución que le parece más sensata. Tampoco en esta reseña cabe hacerse más que un eco de la vasta madeja de debates que a partir del sencillo cabo de la libertad individual, ha ido hilvanando el liberalismo desde que hace cuatro siglos las degollinas religiosas de los europeos movieron a un puñado de pensadores a poner por escrito las bases de un contrato entre individuo y gobierno, todavía vigentes hoy.

Porque fue eso ‒el espectáculo del tormento causado por el fanatismo religioso‒ lo que sembró en la filosofía política europea la idea perdurable del gobierno limitado y de la igual dignidad de todo individuo como núcleo innegociable de la vida en comunidad. Locke, Montesquieu o Voltaire no llegaron a la conclusión de que la libertad de conciencia era una buena idea mirando las estrellas o tomando un chocolate, sino conmovidos por los gritos de dolor de personas conducidas al cadalso por su fe. Lo que nos recuerda que, en su origen, el liberalismo es un humanismo, o, casi mejor, un humanitarismo, surgido de la compasión por el hereje. Por eso tiene razón Ruiz Soroa al rescatar a la gran pensadora Judith Shklar, teórica del llamado liberalismo del miedo, que piensa el liberalismo menos como un gran experimento teórico que como una práctica modulable que pone en el corazón de su praxis «la experiencia del miedo, el miedo a la crueldad y al sufrimiento que el poder puede arbitrariamente causar al individuo» (p. 23). Así, liberalismo será, dice Shklar en uno de sus escritos, «la doctrina que sostiene que cada persona adulta debe ser capaz de tomar, sin miedo y sin favor, tantas decisiones efectivas sobre su vida como sean compatibles con la libertad de igual tipo de los demás»Judith Shklar, «Liberalism of Fear», en Liberalism and the Moral Life (edición de Nancy L. Rosenblum), Cambridge, Harvard University Press, 1989.. Idea esta, la de escapar del miedo, como recuerda Ruiz Soroa, también presente en uno de los más importantes discursos del siglo XX, el «discurso de las cuatro libertades» de Franklin Delano Roosevelt. Si bien el presidente estadounidense utilizó su expresión freedom from fear (libertad frente al miedo) como reclamo a favor del desarme, nosotros no tenemos por qué contraer el sintagma al ámbito de la seguridad internacional. Porque miedo podemos tenerlo de la persecución religiosa, como supieron los primeros liberales, o del «flagelo de la guerra», como se dice en la Declaración Universal de Derechos Humanos, pero también de la penuria económica que limita nuestras posibilidades: precisamente lo que abre al liberalismo a la cuestión social, de la cual ningún liberal honesto se ha sentido desentendido nunca.

Digamos, en fin, que el único reproche que cabe dirigir a Elogio del liberalismo (además de su abrupto final) es la cantidad de veces que el autor se resigna a señalar el escaso aliento heroico de la doctrina que está elogiando en comparación con sus competidores ideológicos. El liberalismo estaría aquejado, así, de una tristeza congénita: una doctrina hecha de «renuncias, contención y realismo» (p. 12) y, por lo mismo, en desventaja propagandística con el socialismo, el populismo o el nacionalismo. Entiendo bien lo que quiere decirse: al final, entusiasmarnos con el liberalismo es algo así como entusiasmarnos con el oxígeno. Y está también el caso muchas veces observado de quien, después de respirar gases mefíticos en su juventud, acaba en su madurez adicto a una marca adulterada de liberalismo reduccionista y desconocedor de su dimensión social. Con todo, a la vista de cómo está el mundo, asediado por tantas malas ideas, no parece que no nos quede más remedio a los liberales que sacudirnos la tristeza y salir con alegría a defender una forma de pensar la vida y la comunidad que sigue siendo, como dice un Giovanni Sartori citado por el autor, «la única ingeniería de la historia que no nos ha traicionado». Para todos los debates que sin duda seguirán aflorando, José María Ruiz Soroa, uno de los más queridos, valientes y lúcidos maîtres-à-penser que tenemos los españoles, ha escrito una guía que nos cabe en el bolsillo.

Juan Claudio de Ramón es diplomático y escritor. Ha coordinado, con Aurora Nacarino-Brabo, La España de Abel. 40 jóvenes españoles contra el cainismo en el 40º aniversario de la Constitución Española (Barcelona, Deusto, 2018) y acaba de publicar Canadiana (Barcelona, Debate, 2018) y Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña (Barcelona, Deusto, 2018).

26/11/2018

 
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