RESEÑAS

Mademoiselle Baudelaire brilla por su ausencia

Jaime Rosal y Jacobo Siruela (sel.)
El lector decadente
Vilaür, Atalanta, 2017
592 pp. 30 €

El lector decadente es un brillante bien tallado por lapidarios expertos, aunque con una mácula que hubiera sido evitable: su título. Un título casi tan solo justificado por el texto editorial de la contraportada, donde al final se nos dice que este libro presenta en nuestra lengua una cuidadosa recopilación de textos «que harán las delicias de todo buen lector “decadente”».

Pero ¿qué es un lector «decadente»? Si la referencia es a las mismas premisas que dieron nacimiento a una literatura decadente, estoy convencido de que los mismos lectores de estos autores compaginaban sus lecturas con las de la trilogía Lourdes Rome Paris de Émile Zola y los prólogos sapientísimos a las comedias de George Bernard Shaw. Es más: en el prefacio a la sección francesa se nos dice que el decadentismo fue un «epíteto peyorativo acuñado por la crítica académica para desautorizar a aquellos escritores dispuestos a romper con la tradición del naturalismo». Pero, ¿de qué tradición del naturalismo puede hablarse si Zola, el padre de la criatura, publica su primer libro en 1864 y lleva a cabo su monumental saga de los Rougon-Macquart entre 1871 y 1893? Las palabras citadas del prefacio se diría que postulan una ruptura con una tradición que todavía está incubándose mientras ya prospera su ruptura. Pues ni modo, como dicen los mexicanos.

De todos modos, el escrutinio detallado del índice permite aventurar la sospecha de que uno, decadente o no, va a pasárselo bien leyéndolo. Lo único que sí extraña es que el libro se limite a la obra de autores franceses e ingleses. ¿Es que no hubo literatura decadente en Alemania, Italia, España? A mucha gente puede parecerle romántico Espronceda, sin ir más lejos, pero si uno relee su «Canto a Teresa» lo encuentra de un decadente rayano en lo sublime. Lo que pasa es que se adelantó medio siglo al decadentismo. Pero sea, hablemos del libro que tenemos entre manos, y no del que pudiéramos haber tenido.

Lo primero que a uno le salta a la vista es lo diferentes que son el decadentismo francés y el inglés. Nuestros vecinos transpirenaicos se diría que saben decaer mejor, y ello no es sorpresa en un pueblo aficionado al foie-gras y a ciertas carnes de caza faisandées. Sin que se refiera a él de manera expresa, Joris-Karl Huysmans eleva el artificio refinado que implican la hipertrofia del hígado de pato y el faisandaje de las piezas cobradas a la categoría de principio rector del Arte: «El tiempo de la Naturaleza ha pasado. [...] Sin el menor género de dudas, esa sempiterna vieja chocha ha agotado en la actualidad la resignada admiración de los verdaderos artistas, y llegó el momento en que se trata de sustituirla, siempre que sea posible, mediante el artificio».

Gran parte de los textos franceses antologizados aquí responden a ese enfoque. Son artificiosos de toda artificiosidad. Algunos incluso huelen al artificio, son los más faisandés. Sin embargo, poco menos que a contrapelo de la intención de los antólogos, los que se leen con mayor agrado æy buen provecho son los que más bien responden a la técnica naturalista, según sucede con los dos relatos magistrales de Jean Richepin, con el poco menos tan genial de Jean Moréas y con el perfecto camafeo de Marcel Schwob. Son cuatro textos que, si nos los quisieran vender como si fueran inéditos de Cortázar, los aceptaríamos como tales.

Lo más curioso es que Jaime Rosal, el antólogo de la sección francesa, no parece estar muy convencido de la bondad del decadentismo. En su breve biografía antepuesta al texto de Moréas, dice de manera textual que «su obra más celebrada será Stances (1899), cuyo lenguaje más clásico recupera con fortuna el de sus primeros poemas». La cursiva es mía, incluso aunque piense que puede tratarse de un lapsus linguæ. Y añadamos a eso que los propios decadentistas tampoco se comportaban como tales si les tocaba ser parientes políticos de un correligionario. En la breve biografía antepuesta, en este caso, a la participación de Auguste Villiers de L’Isle-Adam, se nos dice que «Villiers falleció en París víctima de un cáncer de estómago a la edad de cincuenta y un años. Una vida corta sumida en la pobreza y el desamor, pues sus intentos por conseguir pareja se vieron abocados al fracaso después de la negativa de Théophile Gautier de concederle la mano de su hija Estelle». De lo cual debemos colegir dos cosas: a) que el decadente Villiers se comportó como un pequeño burgués normal y silvestre solicitando al padre la mano de la mujer que amaba; y b) que si el Gautier artista era decadente, el Gautier padre era tan pequeñoburgués como la mayoría de sus conciudadanos: ¿quién de entre ellos concedería la mano de su hija a un pobretón como era Villiers?

Lo segundo, y quizá más importante, de este libro es que en él encontramos agavillados muchos textos que son de difícil acceso, excepto en anticuarios y librerías de lance, aunque a veces a un precio desorbitado. Y es importante porque, cuando uno lee tales textos en relación con el resto, a veces, no pocas veces, nos asalta la sospecha de que hay mucho decadentismo sobrevalorado en este mundo. Sé que por lo que sigue podría lapidárseme (simbólicamente, claro), pero leer los famosos Cantos de Maldoror, de Isidore Ducasse alias Lautréamont, o «La historia de Venus y Tannhäuser», de Aubrey Beardsley, sólo se consigue a base de oponer una resistencia tenaz al bostezo y el sopor. En el caso de Beardsley, además, y a la vista de los fabulosos grabados que ilustran el libro junto con los de Odile Redon, siente uno la tentación –leyendo su texto– de gritarle aquello de «¡Zapatero, a tus zapatos!», que no eran precisamente los de escritor, sino los de artista gráfico.

Mención aparte merece una reflexión del antólogo de la sección inglesa, Jacobo Siruela, quien nos dice: «Es obvio que el ideal clásico de simplicidad, serena armonía y perfección formal ya no servía a estos poetas y artistas finiseculares para expresar literariamente el pathos espiritual de las neuróticas sociedades modernas, algo que, mirado con atención, resulta ser, curiosamente, un fiel reflejo de muchas fantasías y pasiones de nuestro tiempo. De ahí que acaso la lección más provechosa que podemos sacar de toda esta literatura sea la de tomar conciencia de que a lo mejor también nosotros estamos inmersos (desde hace varias décadas) en una era decadente, que aún nos resistimos a asumir como tal».

Reflexión que a uno lo deja perplejo, porque empezar a tomar conciencia, recién leída esta literatura, de que estamos inmersos en una era decadente, desde años ha, y no a lo mejor, sino a lo peor, hace evidente que hasta ahora ha estado mirándose el mundo con unas gafas color de rosa. Con lo cual llego a uno de los epigramas de Oscar Wilde, la estrella de la sección inglesa, quien, en el prefacio a El retrato de Dorian Gray, dejó dicho: «Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo». Parafraseando al maestro Wilde, hay que decir en este caso que las antologías están bien o mal hechas, y añadir que El lector decadente, pese a sus lunares y sus altos y sus bajos, y algún que otro ninguneo (vide supra y, sobre todo, vide infra), es una antología bien hecha y que merece la pena de ser leída sin perder ripio.

Porque perder ripio significaría perderse joyitas como la de Théophile Gautier («No lo habría creído, y sin embargo no podía ser más cierto, según la costumbre de las cosas inverosímiles»); o la de Barbey d’Aurevilly («Los dos seres formaron el célebre grupo voluptuoso de Canova que está grabado en la memoria de todos; y esculpidos de este modo, permanecieron boca contra boca tanto tiempo como, a fe mía, se necesita para beber, sin interrupción, por lo menos una botella de besos»); o la de, una vez más, Oscar Wilde: «Sólo hay una forma de tener la esperanza de vivir en la memoria de la clase comerciante: no pagar las facturas». O la imperdible descripción que hace Octave Mirbeau, en las páginas 343 a 346, del suplicio chino de las ratas, unas páginas que con seguridad inspiraron a George Orwell la tortura a que eran sometidos los disidentes en el Estado policía y del Gran Hermano de su Mil novecientos ochenta y cuatro (se titula así y no 1984).

Debo añadir que, durante la lectura de El lector decadente, he tenido presente todo el tiempo (y luego lo repasé en lectura diagonal) Los raros, ese libro precioso de Rubén Darío, aun cuando sea tan distinto de este de ahora. Este de ahora es una antología de textos de autores raros, todos decadentes. En el de Darío no hay textos de ellos, excepto las citas: lo que importa es lo que Darío piensa y cuenta sobre tales autores raros, entre ellos, ¡y eso sí que es una rareza!, Ibsen.

Por lo demás, hay coincidencia entre ambos libros gracias a la común presencia en ellos de cinco autores: conde de Lautréamont, Auguste Villiers de L’Isle-Adam, Léon Bloy, Jean Moréas y Jean Richepin. Pero en Los raros, amén de ello, hay una presencia que echo muchísimo de menos en El lector decadente: la presencia de una mujer, de «la juglaresa decadente, [...] madama la Anticristesa» (¡Darío dixit!), de «mademoiselle Baudelaire» (¡Maurice Barrès dixit!), de aquella incomparable Rachilde que escribió el ensayo «Por qué no soy feminista» y se presentaba con una tarjeta de visita en la que podía leerse: «Rachilde, hombre de letras»; de aquella impagable Rachilde que, gracias a su desempeño editor, fue la persona a quien se debe que conozcamos hoy –incluso los antólogos– la obra de Oscar Wilde.

Fe de erratas: Barbey d’Aurevilly no llegó a ser conocido como «el contestable de las letras» (p. 103), sino como «el Condestable de las letras francesas». En la página 106 se habla de unos «hoteles», que es una pésima traducción de «hôtels», pues en ese contexto significa «casas [señoriales]». En la página 229 quiere vendérsenos el pescado podrido de «un auténtico whisky irlandés», lo cual no sé si es gazapo de Huysmans o del traductor, ya que un auténtico whisky irlandés es imposible que exista: lo auténticamente irlandés es el whiskey. Y hay una leve discrepancia nominal entre el «Felix» de la página 541 y los «Félix» de la página 560. Válganme estas decadentes puntualizaciones como testimonio de una atenta lectura de este libro, por lo demás editado e impreso con una pulcritud que casi me atrevo a calificar como anacrónica.

Ricardo Bada es escritor y periodista. Sus últimos libros son Límeri de Bueno Saire (Río de Janeiro, Caki Books, 2011), La bufanda de Cambridge (Bogotá, El Malpensante, 2018), y El canto XXV (Copenhague, Aurora Boreal, 2018).

11/06/2018

 
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