RESEÑAS

El ángel del dolor

Edvard Munch
El friso de la vida
Madrid, Nørdica, 2015
Trad. de Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun
192 pp. 25 €

No leeríamos a Edvard Munch si no hubiera pintado, pero su escritura vive por sí misma como la expresión de un carácter que las palabras no alcanzan a articular y sólo en los cuadros constituye un mundo. Es mejor por ello, a mi juicio, que el interesado por ese universo de Munch hecho de amenaza y pérdida, de enfermedad y castigos, lea antes las páginas de El friso de la vida tan bellamente editadas por Nørdica (o también Cuadernos del alma, la más sucinta selección, muy bien hecha por David Tiptree en Casimiro), y luego, sin el libro en las manos, sólo con la memoria o el aroma, un tanto mefítico, de los escritos, recorra la amplia exposición, Edvard Munch. Arquetipos abierta en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid hasta el 17 de enero.

Las pinturas no corresponden a sus relatos mínimos ni a sus apuntes biográficos, que forman la mayor parte del primer libro citado, y de ningún modo productivo deberían contemplarse como la resolución plástica de unas obsesiones que por escrito resultan más palmarias, aunque quizá menos contundentes: el mismo Munich intenta esa operación ilustrativa, estableciendo por escrito correlatos directos de ciertas obras (por ejemplo las que componen el ciclo de El friso de la vida), y los resultados, que ocupan las páginas 59 a 62 del volumen de Nørdica, son muy precarios, por no decir redundantes. Pintura y escritura convergen, o tal vez surjan del mismo manantial turbio del artista, sin ser las unas extensión de las otras, ni siquiera su complemento. De ahí que la primera sección del libro, «Aforismos y reflexiones sobre el arte» sea la más superflua; sus pronunciamientos sobre el oficio de pintar son trillados y en nada iluminan su quehacer. Sólo cuando Munch aborda el misterio que también habita su pintura, la palabra refulge: «Es mejor tener un cuadro bueno con diez agujeros que diez pinturas malas sin agujeros», proclama, en un modo elíptico de renegar del arte de teoría; «Todo programa está sentenciado a muerte a priori Como cadenas en torno a las piernas» (respetamos la peculiar puntuación original, aunque no la estructura versal que tienen todos los textos recogidos, insuficientemente aclarada en el prólogo a la edición española).

De ese primer apartado aforístico y reflexivo, destaca «El arte y el ser humano». Es sintomático que bajo título tan grandioso leamos tan solo un apólogo o fábula moralista, que empieza señalando que Hogarth pintó el vicio, aunque él muriese feliz, rodeado de una familia benévola; que Rafael, el pintor de la belleza y la pureza, pereciese a causa de la sífilis; y que Shakespeare acabase sus días como rentista provinciano, alejado de los teatros y ajeno a la poesía dramática. Y añade Munch: «¿Es el vicio el que anhela la pureza – o la pureza la que necesita de la suciedad? – ¿Es el arte un lirio que se arroja a un vertedero? – ¿Crece mejor allí como el diamante que secreta la almeja? – ».

Vicio y vertedero abundan en lo expuesto en el Museo Thyssen-Bornemisza, que ofrece, siguiendo unos epígrafes temáticos (Melancolía, Muerte, Pánico, Mujer, Melodrama, Amor, Nocturnos, Vitalismo, Desnudos), una excelente selección. Demonios, tipos aviesos, ansiedades, cenizas de incendios que no se ven, o sólo arden en la lejanía, y mujeres, una gran galería de mujeres que son a menudo madonnas fatales, vampiras, sirenas o figuras propicias que en su sonrisa y su boca ofrecida albergan el peligro de su variabilidad: «la sonrisa de la mujer – es tres – primavera verano invierno», escribe Munch (p. 117), para acabar, en uno de los pasajes más reveladores de sus escritos, con una declaración de ribetes antifemeninos y antisemitas: «La sonrisa eterna – la sonrisa eternamente tentadora – la sonrisa de la seducción y la sonrisa de la victoria – la victoria sobre el hombre – que también se parece a la sonrisa del judío – la ejecución de un golpe – la sonrisa sangrienta».

La amenaza que acecha en los cuadros tiene la mejor expresión literaria en las dos secciones finales del libro, la titulada «Diarios íntimos», y el relato que lo cierra, «El gato blanco». En la primera, más que de diarios, se trata de apuntes inconexos que insisten en la lóbrega escena doméstica, las mujeres radiantes, y, como personajes de un reparto en descarnada representación teatral, los componentes de la familia. Sobre la suya escribe Munch el texto más desgarrador de sus escritos, en el que familia y enfermedad parecen sumandos de una misma ecuación: «Recibí en herencia dos de los peores enemigos de la humanidad – Las herencias de la tuberculosis y la enfermedad mental ... Una madre que murió temprano – me dejó la semilla de la tuberculosis – un padre hipernervioso –pietista– religioso hasta rozar la locura – de una antigua estirpe – me dejó las semillas de la locura». Y sigue el pintor, como si quisiera seguir oyendo a su lado, sin temor, una sonata de espectros: «los ángeles del miedo – el dolor – y la muerte estaban a mi lado, salían conmigo a jugar».

De la muestra reunida en Madrid, que incluye, junto a óleos muy conocidos, importantes gouaches, acuarelas y hermosas obras a lápiz litográfico, sobresale, dentro del apartado del «Melodrama», la serie de retratos, todos pintados en 1907, de un individuo de mediana edad avieso y a la vez vulnerable; en los dos mejores, que repiten su título, «Celos», al fondo del salón donde el hombre aterrado ocupa el primer término, una pareja se besa en estrecho abrazo. El libro de Nørdica se cierra con la imagen de un cuadro que no está presente en la exposición, y que data de los años finales de la vida del artista, Autorretrato, con cabeza de bacalao sobre plato. También ese hombre anciano que levanta su tenedor y su cuchillo sobre el plato en que, como una calavera ominosa, yace la cabeza del pez, parece inmerso en una lucha, o una rivalidad. En las páginas 181-185, las inmediatamente anteriores a tal reproducción, se recoge el extraordinario apólogo «El gato blanco», el texto más sustancial del conjunto. Una historia de amor y encono entre el pintor y el hermoso gato blanco que un amigo le regaló y poco a poco ocupa el estudio, invadiéndolo y poniendo sus inmundicias encima de los cuadros, hasta que, cansado de los desmanes del felino, su dueño se deshace de él y se lo da a un niño de la calle, con tal de que se lo lleve lejos del barrio. La relación, como tantos de los apegos triangulados de la obra pictórica de Munch, no acaba bien, pero tiene un punto de crudeza mayor que el de las pinturas más salvajes; en un restaurante al que acude un día después de esa entrega, el pintor-narrador pide conejo asado, y mientras lo come ve en el plato un rostro que le mira fijamente: «¿Quién será? – El chico de ayer ¿Por qué mira así? Y cómo lo miré yo a él – el conejo asado el gato – Me había comido al gato blanco – ».

Vicente Molina Foix es escritor, traductor y cineasta. Sus últimos libros son El abrecartas (Barcelona, Anagrama, 2010), El hombre que vendió su propia cama (Barcelona, Anagrama, 2011), La musa furtiva. Poesía, 1967-2012 (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2013) y, con Luis Cremades, El invitado amargo (Barcelona, Anagrama, 2014).

21/12/2015

 
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