RESEÑAS

Copartícipes secretos

Javier Calvo
El fantasma en el libro
Barcelona, Seix Barral, 2016
192 pp. 17,50 €

Novelista y cuentista por derecho propio, Javier Calvo (Barcelona, 1973) es también la voz en español de escritores como Zadie Smith, J. M. Coetzee, Don DeLillo, Joan Didion o Chuck Palahniuk, a los que ha traducido con gran energía a lo largo de las últimas dos décadas. Calvo no se ha arredrado ante proyectos de una complejidad intimidante, como La broma infinita, de David Foster Wallace, o La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski; y lo mismo se ha ocupado de autores populares (Terry Pratchett) que de figuras casi desconocidas en España (Iain Sinclair). Me atrevería a decir que ningún otro traductor de su generación ha volcado a nuestra lengua tal cantidad y variedad de autores anglosajones.

En El fantasma en el libro, Calvo habla francamente de su oficio, reivindicando al traductor literario como un copartícipe secreto del autor, una presencia espectral que se encuentra en todas partes de su obra sin asomar en ninguna. «Aspiramos –escribe– a desaparecer. Nuestra escritura es la única que intenta que nadie se fije en ella, que quiere ser literalmente invisible, algo en lo que la mente no se detenga en absoluto». Calvo sabe que no todos sus colegas comparten esa posición, y señala que algunos consideran la invisibilidad un «menoscabo a su tarea». Pero la modestia de la que parte redunda en una argumentación libre de los alegatos y las lamentaciones que suelen oírse en el gremio. En vez de ello, resuena un saludable orgullo profesional, que celebra las particularidades de la traducción.

Lejos de las teorías académicas, aquí se afirma que la «única escuela [de la traducción literaria] es la práctica»: al fin y al cabo, traducir literatura es enfrentarse más o menos continuamente a «situaciones particulares, voces distintas y excepciones a excepciones». Consecuente con esa idea, el libro no ofrece grandes hipótesis, sino un recorrido más o menos histórico por las prácticas de algunos traductores. Cronológicamente, abarca un campo enorme. Los tres primeros capítulos consideran el «pasado de la traducción» –lo que quiere decir remontarse literalmente hasta tiempos bíblicos– y los dos finales, la traducción moderna, a grandes rasgos desde principios del siglo XX hasta nuestros días. Calvo admite, con todo, que no pretende escribir «una historia de la traducción literaria» y que, al menos en la parte inicial, sus notas son «una recopilación un poco arbitraria de folclore» sobre el tema.

Es una definición sincera, aunque también una admisión del rigor que a veces se echa en falta. En el primer capítulo, por ejemplo, quince páginas bastan para despachar las adaptaciones que hizo Cicerón de algunos filósofos griegos, los traductores de la Biblia al griego, la traducción al latín de Jerónimo de Estridón, y así hasta los cambios que anunció la Edad Media en la disciplina. No es que estas generalidades wikipedianas tengan nada de malo; pero ni siquiera la bibliografía hace justicia a las complejidades de cada caso y la escasez de detalles se agrava con las salidas de tono. Tal vez pueda llamarse a Cicerón «un primer espada en las guerras culturales de la época», pero no parece muy adecuado decir que la traducción de san Jerónimo fue «un éxito brutal», como si se tratara de una película de Hollywood.

Calvo encuentra el ritmo en el segundo capítulo, que empieza por el momento iniciático en que John Keats descubre sobre el escritorio de un amigo la traducción de Homero que había hecho George Chapman, un poeta isabelino entonces casi olvidado y casi clandestino para Keats, que sólo tenía conocimiento de las versiones neoclásicas de Dryden y Pope. La anécdota es famosa, pero aquí se recrea vívidamente la revelación de oír a «Chapman hablar con vehemencia» y transmitir el «aire sereno y puro» de Homero. Esa experiencia daría como resultado un famoso soneto, y tan conmovedor le resulta a Calvo que lo llama «el poema más grandioso que se ha escrito nunca sobre la traducción».

A Calvo le seducen los momentos de grandeza de su tema, por más que sean pocos en la labor diaria de cualquier traductor. Es comprensible. Describir cómo Juan Pérez se sienta ante su ordenador y traduce sistemática y correctamente de nueve a cinco poco tiene de atractivo. (El escritor y traductor Marcelo Cohen plasmó con éxito algo así en un ensayo titulado «Pormenores de la mañana de un traductor», pero el ensayo era, en esencia, una especulación de alto vuelo disfrazada de dietario terrenal.) En cambio, puede ser fascinante adentrarse en las idiosincrasias que manifiestan algunos grandes escritores al traducir. Aquí seguimos los cautos experimentos de Cernuda con Hölderlin, las traducciones en prosa y verso de Jorge Guillén y las alegres licencias de Borges, que no tenía problemas en retocar o suprimir cosas, y que al volcar Las palmeras salvajes al español casi llevó a cabo un combate textual con Faulkner, cuyo estilo era lo más antiborgiano que quepa imaginar.

A la soltura de Borges se opone la fidelidad fanática de Nabokov. En su versión de la novela en verso Eugene Onegin, de Pushkin, Nabokov sacrificó absolutamente todo en pos de la literalidad, y hasta agregó dos tomos para exponer todos los detalles imaginables (y hasta imaginarios) del original. Contraponer a Nabokov y Borges, como señala Calvo, es muy habitual en el mundo de habla inglesa, donde realmente pueden apreciarse las peculiaridades verbales del autor, pero vale la pena traer el caso al español, porque enseña un par de cosas sobre los motivos ocultos de algunos traductores. Nabokov, más que «un primer espada», era un batallón unipersonal en las guerras culturales de su época. Y hasta puede decirse, aunque Calvo no lo haga, que a través de la traducción buscó imponer su propia visión de la literatura rusa. En nombre de sus ideales, además, Nabokov vilipendió a Constance Garnett, provocó un colapso nervioso a su traductor francés y se negó a entender por dónde iban los tiros cuando algunos críticos reprobaron su desproporcionada versión de Pushkin. No es de sorprender que aquí se lo incluya en el capítulo «El fantasma maleducado».

La polaridad que va de la creación a la fidelidad ilustra también los modos en que se ha traducido a lo largo de la historia. El fantasma en el libro nos recuerda que la traducción fue fuertemente adaptativa desde la Antigüedad hasta la Edad Media, el Renacimiento y más allá. (Borges, en este sentido, era un traductor anacrónico.) Parte del fenómeno se explica por modas intelectuales, pero tal vez hubiera motivos de orden formal. Dado que hasta bien entrado el siglo XVIII la literatura fue, principalmente, poesía, la traducción literaria estaba obligada a adaptar contenidos para conservar las formas. No parece casual que la fidelidad a la letra literaria empiece a apreciarse como un verdadero valor en el siglo XIX, cuando por primera vez la literatura se homologa mayormente con la novela en prosa.

Por ahí llegamos al terreno natural de Calvo, y las mejores páginas de El fantasma en el libro repasan la historia de la traducción moderna en España y en Latinoamérica. Es una historia, cuando menos, problemática. Con cierta resignación, Calvo registra el hecho de que el debate entre traductores, editores y lectores de ambos lados del Atlántico ha sido sumamente árido. Parafraseando un epigrama de Oscar Wilde, se diría que en los últimos cien años han tenido mucho en común, salvo el idioma. En el lado español, las traducciones latinoamericanas siguen sonando raras; y en el latinoamericano, en especial cuando nos acercamos al Cono Sur, los lectores sufren poco menos que un ataque de psoriasis psicosomática cada vez que leen palabras como «chaval» o «chubasquero». En términos lingüísticos, la solución es escurridiza. Como dice Calvo, «traducir en español neutro es imposible», sencillamente porque «no existe nada parecido a un español neutro». Pero el problema va más allá de la lengua.

A lo largo del siglo XX, Barcelona, Buenos Aires y Ciudad de México se repartieron el monopolio del mercado editorial de acuerdo con los infortunios políticos del vecino. Buenos Aires fue una potencia traductora de los años cuarenta y cincuenta, aunque no debe olvidarse que los editores que montaron firmas como Losada o Centro Editor de América Latina eran exiliados del franquismo que aportaron mucha experiencia. Entre finales de los años sesena y la Transición, le llegó el turno a Barcelona de traducir a los autores más importante y renovadores, aunque en ese caso contó con la aportación de excelentes traductores argentinos emigrados, como Juana Bignozzi o Marcelo Cohen. Dicho así, parece una situación simétrica de enriquecimiento, pero la triste consecuencia ha sido un recelo histórico agravado por la competencia económica. La solución para este aspecto tampoco se vislumbra muy cercana.
Hay que felicitar a Calvo por la ecuanimidad con que expone el panorama. No se empantana en discusiones sobre la neutralidad o el supuesto ecumenismo lingüístico que deberíamos adoptar españoles y latinoamericanos por igual para no herir los tiernos oídos de los demás hispanoparlantes: «El español peninsular no debe de ninguna forma ser propuesto como norma, por supuesto. Pero es que tampoco hay ninguna otra forma de español que sea “normal”». Lo que es normal en Chile no lo es en Honduras, y así sucesivamente. Calvo tampoco acepta ideas que son muy de recibo donde más convienen, como que los españoles nunca han aprendido a traducir, algo que no ha tenido escrúpulos en dejar por escrito alguien como el traductor y escritor argentino Guillermo Piro: «Es fácil argumentar –apunta Calvo– que en los años treinta la traducción literaria argentina estaba a un nivel superior respecto a la del español peninsular. Sin embargo, no es cierto que hoy en día los traductores españoles sigamos traduciendo como burócratas de la época de Primo de Rivera ni como rústicos castizos».

Claro que no es cierto. Y si alguien siente el reflejo de contestar que eso lo dice un español, lo repito ya mismo yo también, que soy argentino. Parte de la animadversión que subsiste entre peninsulares y latinoamericanos tiene que ver con la imagen residual que señala Calvo. Hubo una época en la que las traducciones que se originaban en Madrid o en Barcelona eran no sólo de un casticismo insoportable, sino pródigas en errores. Incluso un portento como Rafael Cansinos Assens, que tradujo de media docena de lenguas, los cometía a menudo, sin que existiera una estructura editorial capacitada para rectificarlo. Pero las cosas han cambiado. Las traducciones de un Miguel Sáenz se han convertido de los años ochenta a esta parte en modelos para muchos escritores. La generación de sus contemporáneos, que Calvo llama «los traductores de la Transición», rebosa de profesionales excelentes, como María Teresa Gallego, Mariano Antolín Rato o Ramón Buenaventura. En los últimos quince años se ha dado incluso el caso antes insólito de un grupo de especialistas abocados el húngaro. Y otras filologías extranjeras y másteres en traducción han subido mucho el nivel de base.

Lo que nos lleva, más o menos, a la generación de Calvo, quizá la más dotada en mucho tiempo. Uno puede abrir cualquier libro traducido por él, por Daniel Gascón, por Andrés Barba o por Marta Rebón, y sentirse automáticamente en buenas manos; cruzando el océano, nos esperan otros tantos traductores de primer nivel, como Laura Wittner, Ariel Dillon o Patricia Wilson. Se mire donde se mire, no falta talento. Si algo falta –y este libro también habla de ello–, son mejores condiciones de trabajo, y mayor diversidad lingüística en una industria editorial que tiende a la chatura. Pero como indica este libro apasionado y apasionante, los traductores de habla hispana deberían hacer causa común contra esas penas, no seguir recelando unos de otros. En la casa embrujada de la literatura hay sitio para todos.

Martín Schifino es traductor y crítico literario.

20/06/2016

 
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