RESEÑAS

Homo lupus versus Homo beatus

Donald W. Pfaff
El cerebro altruista. Por qué somos naturalmente buenos
Barcelona, Herder, 2017
Trad. de María Tabuyo y Agustín López
368 pp. 32 €

El comportamiento altruista y el destino de los genes que lo promueven ha sido objeto de intensos debates desde que Darwin enunciara su interpretación de la evolución de las especies. El problema reside en que el comportamiento altruista implica una disminución de las probabilidades de reproducirse y, por tanto, de transmitir los genes que lo propician; en consecuencia, dichos genes deberían haber desaparecido a impulsos de la propia selección evolutiva. Los avatares del problema y su solución han sido objeto de un acertado y muy profesional ensayo en estas mismas páginas. Básicamente, la interpretación actual de la selección de comportamientos sociales se resume en la llamada regla de Hamilton, según la cual un gen que promueve una determinada actividad social o comportamiento será seleccionado en función de tres factores: 1) el grado de parentesco entre el actor y el perceptor del comportamiento; 2) el efecto en la probabilidad de tener descendencia por parte del actor; y 3) la probabilidad de tener descendencia por parte del perceptor. Un ejemplo clásico de comportamiento altruista es el del joven que salva a un niño en un incendio al precio de perecer él mismo. Aunque el actor salvador haya perdido su oportunidad de reproducirse y el perceptor salvado la haya ganado (acto verdaderamente altruista), el gen que promovió ese comportamiento será seleccionado si hay una relación de parentesco entre ambos individuos que satisfaga una sencilla fórmulaSegún la regla de Hamilton, el gen promotor de un comportamiento social será seleccionado si los tres factores involucrados responden a la siguiente fórmula: 1 x 3 + 2 > 0. Dependiendo del valor, positivo o negativo, de los factores 2 y 3, un comportamiento se califica como de cooperación (+ +), altruismo (‒ +), egoísmo (+ ‒) o despecho (‒ ‒)..

Las formulaciones genéticas, sin embargo, dan cuenta de la historia de los genes en el contexto de poblaciones. A causa de ello, la calificación de un comportamiento según las cuatro posibles soluciones a la regla de Hamilton ‒cooperación, altruismo, egoísmo o despecho‒, resulta muy dudosa en la práctica, dado que todo comportamiento es el resultado final de un proceso de experiencias previas cuya duración temporal es desconocida y que confluye con el estado funcional del individuo en el momento en que se produce el comportamiento. Los estudios experimentales en el laboratorio tienen aquí su dificultad principal. En términos más especializados, decimos que el genotipo (la dotación de genes) no puede predecir con seguridad absoluta el fenotipo (la expresión final de la dotación de genes) en un individuo. Todavía desconocemos la mayoría de los mecanismos que transforman un genotipo en un fenotipo, especialmente cuando los fenómenos ofrecen un carácter conductual.

Por otro lado, no debe sorprender que el comportamiento, altruista o no, entre humanos, sea objeto de interés permanente para todos, a la vez que materia de estudio para científicos y filósofos. Se atribuye a Plauto (200 a. C.) la idea de que el hombre es, por naturaleza, egoísta, y a Thomas Hobbes (1651) la popularización de ese mismo concepto, de enorme influencia en la filosofía política de OccidentePlauto, en su obra Asinaria, escribe: «Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit» («Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro»). El concepto, sin embargo, suele atribuirse al filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1651), quien, en su obra Leviathan, escribe: «Homo homini lupus» («El hombre es un lobo para el hombre»). Nótese el matiz importante que establece Plauto al puntualizar que el comportamiento perverso del hombre se manifiesta cuando «desconoce» al otro.. Los científicos han investigado en los últimos cien años los mecanismos biológicos que sustentan el comportamiento. Uno de los actuales es Donald W. Pfaff, endocrinólogo de la Universidad de Rockefeller que ha estudiado el papel de las hormonas sexuales en el comportamiento de ratas. Sus trabajos apoyan la idea, compartida por muchos otros estudios, de que hormonas masculinas como la testosterona promueven comportamientos agresivos, mientras que hormonas femeninas como la progesterona y la oxitocina sustentan comportamientos sociales que consolidan los vínculos de grupo. Según declara el propio autor, tras la lectura de un considerable número de libros sobre filosofía y religión llegó al convencimiento de que debe de haber un sustrato neural para la benevolencia, puesto que esta es sistemáticamente propugnada desde ambos territorios del pensamiento.

Tras casi un millar de publicaciones científicas, el autor decidió materializar sus ideas en lo que llama la Teoría del Cerebro Altruista (TCA). La primera parte del libro está dedicada a justificar y formular la TCA. En esencia, la propuesta es que todos los cerebros están capacitados para ejercer el altruismo. Como contraposición a Hobbes, y secundando a Rousseau (1762), cabría decir que el ser humano es naturalmente bueno. Podría matizarse que la TCA dista mucho de ser una teoría, por cuanto no ofrece predicciones que puedan ser sometidas a pruebas experimentales. Entre otras cosas, no está claro que los casos que se estudian manifiesten un carácter inequívocamente altruista. Por ejemplo, los cincuenta voluntarios japoneses que se ofrecieron a realizar los primeros trabajos en la devastada central nuclear de Fukushima eran personas con más de sesenta y cinco años a quienes no podía afectar ya una mengua en su capacidad reproductiva. Igualmente, el bombero fuera de servicio que acudió al atentado de las Torres Gemelas, pereciendo en el suceso, arriesgaba, es verdad, su vida, como cualquier bombero; pero es evidente también que el sujeto en cuestión ignoraba que las torres se vendrían abajo durante su participación en el rescate. En general, los hechos que se abordan en el libro reflejan comportamientos generosos y dignos de admiración, aunque sólo pueden calificarse como altruistas en sentido laxo. Cabe hablar más bien de comportamientos justos, éticos, correctos, etc., conforme a los patrones de la cultura puritana occidental, netamente made in USA. Desde el punto de vista neurobiológico, no hay nada que objetar a la afirmación de que los cerebros humanos tienen la estructura adecuada para hacer el bien tanto como para hacer el mal.

La segunda parte del libro, inspirada por una vocación apostólica, se dedica a difundir consejos para promover el altruismo. Ningún tema ha sido excluido y las recomendaciones satisfacen todos los requisitos de la corrección política. Una de ellas secunda la conveniencia de que la sociedad elimine los obstáculos al liderazgo de las mujeres. ¿Quién podría objetar nada a semejante recomendación? El problema reside en el supuesto fundamento neurocientífico que se utiliza para defender este derecho. Según el texto, debería hacerse porque los estrógenos y la oxitocina promueven en el cerebro femenino actitudes prosociales y buen comportamiento, mientras que la testosterona masculina… bueno, ya saben. Es decir, viene a decírsenos que el cerebro hembra es más altruista que el cerebro macho. Entonces, para conseguir una sociedad plenamente altruista, ¿con quién deberían cruzarse las hembras? No hay peor defensa de una causa justa que utilizar argumentos débiles o falsos. Al parecer, Pfaff sólo contempla la violencia física, no aprecia violencia alguna en la firma de leyes y prácticas comerciales que condenan a la pobreza a países enteros, ni en los hábitos del llamado mercado de valores, donde la codicia de cada mercader supone la ruina para otros muchos individuos que ni siquiera participan en esa locura institucional. Cuando Pfaff se ve obligado a mencionar a muy guerreras jefas de Gobierno como Margaret Thatcher, Golda Meir, Indira Gandhi, etc., pasa de puntillas sobre esos casos, reconociendo que poco pueden aportar las neurociencias a las complejas decisiones que deben tomar Estados altamente organizados. Al parecer, esas organizaciones estatales no las han diseñado cerebros altruistas. Hemerotecas, libros de historia y miles de trabajos científicos atestiguan que existen múltiples formas de violencia y, por tanto, múltiples estados funcionales del cerebro, macho o hembra, que las originan. Es cierto que la testosterona influye en la ejecución de comportamientos físicamente violentos; pero el hambre, la indignación y la opresión también lo hacen. Otro dato: hay que ir más allá de la portada para descubrir que el libro tiene, en realidad, dos autores, Donald W. Pfaff y Sandra Sherman. El tamaño de letra de los respectivos nombres es también diferente. Adivinen quién va en grande.

En la lista de temas de actualidad para los que tiene aplicación la TCA, no podía faltar el cambio climático. Sí, ha leído bien. A rebufo de un estudio de 2013 en el que se informa de que en zonas en las que aumentan las temperaturas y disminuyen las lluvias hay un incremento de la violencia individual o grupal, los autores exponen una interpretación, digamos, intuitiva: cuando hace calor, estalla la ira, como es el caso en Oriente Medio. Alguien debería decir a palestinos e israelíes que su conflicto lo resolverá la lluvia.
Algunas de las recomendaciones específicas del libro rozan lo exasperante. Se propone institucionalizar la práctica del altruismo para promover el buen comportamiento en grupo. Como ejemplo, el espíritu de cuerpo en las fuerzas armadas, donde cada soldado vela por la seguridad de sus compañeros en el desempeño de sus funciones, desarrollando incluso vínculos de cariño entre los miembros de una unidad de combate. Al parecer, el altruismo del grupo se utiliza aquí para hacer mejor su trabajo: matar a otros. Ciertamente, una forma muy peculiar de altruismo. Siguiendo a Plauto, el hombre se comporta como un lobo «cuando desconoce quién es el otro». Por cierto, tras la incorporación de la mujer al ejército, ¿qué efecto tendría fomentar el altruismo sobre la eficacia de la unidad de combate? Dado el origen de los autores, no sé cómo reaccionaría un lector iraquí, afgano, etc., a este texto en el improbable caso de que fuera traducido al árabe.

Tomadas en su conjunto, las recetas derivadas de la TCA o las expuestas en cualquiera de los libros dedicados al mismo fin por otros autoresPeter Singer, Vivir éticamente. Cómo el altruismo eficaz nos hace mejores personas, trad. de Ignacio Villaró, Barcelona, Paidós, 2017., son evidentemente beneficiosas a nivel individual, especialmente para los individuos que disfrutan de las vistas en lo alto de la pirámide. Les reafirmará en su creencia de que el orden social establecido es el correcto y quizá les anime a condescender con los de abajo haciendo alguna donación. Cualquier cosa menos pagar impuestos, respetar la dignidad de cualquier ser humano y demás comportamientos que parecen estar en declive.

Los traductores han hecho una versión tan literal que, a veces, el texto resulta críptico. Así, nos encontramos con «un programa comprensivo de nueve meses», o la «creación de túneles diminutos entre las células nerviosas» o que «al ADN se añade una excrecencia de un átomo de carbono y tres de hidrógeno». Sería deseable que los traductores de libros científicos tuvieran conocimientos sobre la materia. La edición española ha sido prologada por Jorge L. Tizón con un texto en el que da rienda suelta a su vehemente defensa de los estudios psicológicos mediante la contraposición peyorativa de otros estudios a los que tilda de «biologicistas». Parece que estamos ante un ferviente defensor de la dualidad mente-cerebro, y que llega a proponer abiertamente la sustitución del término «neurociencias» por el de «psicociencias». Su cruzada se materializa en esta colección de libros que designa como 3P, acrónimo de Psicopatología y Psicoterapia de las Psicosis. En mi opinión, y referido a este libro, ese acrónimo tiene otra traducción: Prólogo Perfectamente Prescindible.

En resumen, un libro para espíritus beatíficos que vivan en el País de Jauja y, ciertamente, no apto para quienes aguardan en la cola del paro.

Alberto Ferrús es profesor de investigación en el Instituto Cajal de Neurociencias (CSIC) y coautor de Manual de Neurociencia (Madrid, Síntesis, 1998).

25/06/2018

 
COMENTARIOS

Quique 27/06/18 18:56
Gracias Alberto Ferrús por la claridad en la crítica.

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