RESEÑAS

Un mundo aparte

Marcel Proust y Jacques Rivière
Correspondencia 1914-1922
Segovia, La Uña Rota, 2017
Trad. de Juan de Sola
424 pp. 22,90 €

Pierre Clarac, coeditor de las obras completas de Marcel Proust en la Bibliothèque de la Pléiade, en su introducción al volumen que cierra el conjunto, escribía: «No hemos incluido en nuestro plan su correspondencia, que es un mundo aparte. Entre las palabras que un escritor, en su vida exterior, intercambia con sus conocidos, por escrito o de viva voz, y lo que anota, aunque sea deprisa y corriendo, cuando está solo y cara a cara consigo mismo, obediente a sus voces interiores, hay, según Proust, una diferencia de naturaleza. Esa oposición le parecía esencial». Esa idea fue el germen de la gran suite novelística de Proust: la oposición entre la realidad de la conciencia y la realidad material; entre la inteligencia y la imaginación; entre el yo biográfico y el yo del artista como artista; entre el yo, en fin, que escribe cartas y el yo que sueña novelas y poemas. Proust fue un gran escritor de cartas, como atestiguan los veintiún tremendos tomos de su correspondencia, y sólo en el último tercio de su vida se dedicó a la creación o a la recuperación de su yo principal, el yo novelista, no sin antes establecer la teoría directriz de su obra.

El método de Sainte-Beuve (1804-1869), el laureado crítico del siglo XIX francés, consistía sencillamente en juzgar una obra según la biografía de su autor. Así lo explicaba: «¿Cómo se comportaba [el escritor] con el tema de las mujeres, del dinero? ¿Era rico o pobre? ¿Cuál era su régimen, su manera de vivir diaria? ¿Cuál era su vicio o su debilidad? Ninguna de las respuestas a estas preguntas es baladí para juzgar al autor de un libro y el libro mismo». En otro lugar afirma que, para juzgar la obra de Stendhal, «independientemente de mis impresiones y recuerdos, acudiré siempre a lo que me digan de él quienes lo conocieron en sus buenos tiempos». Todo esto suena muy absurdo, pero recordemos que hoy vuelve a ser la opinión prevalente: basta conocer las ideas políticas de un artista, basta sospechar ofensas en su pasado, para condenar su obra, y lo contrario en el caso de supuestas virtudes.

La idea de Proust, en cambio, es que «un libro es el producto de un yo diferente al que manifestamos en nuestras costumbres, en la sociedad, en nuestros vicios», como dice en Contra Sainte-Beuve. «El hombre mismo ‒dice Proust‒ no es más que un hombre y perfectamente puede ignorar por completo lo que desea el poeta que vive en él». Para él hay, por ejemplo, dos Baudelaire: por un lado, el que escribe los poemas y, por otro, el de su deprimente correspondencia, el que pide dinero a su madre entre reproches, el que se arrastra ante el propio Sainte-Beuve y pondera la ofrenda de pain d’épices con que pretende aplacar al crítico (en cuyos Lundis, donde pone por las nubes a docenas de perfectas mediocridades, no hay ni una línea sobre su amigo, uno de los mayores poetas de la historia de la literatura). Para Sainte-Beuve, es la vida de un autor lo que nos ayuda a iluminar la obra. Para Proust, es justo al revés: la obra enriquece, ilumina y da sentido a la vida.

Desde luego, en las cartas de Proust hay, por así decirlo, más pain d’épices que madeleines. Siempre me asombra su sorpresa (en «A propósito del “estilo” de Flaubert») ante lo que llama la «vulgaridad» de la correspondencia de Flaubert, un escritor por el que sentía devoción. Personalmente, estimo mucho las cartas de Flaubert y, en cambio, casi siempre leo con cierto desagrado las de Proust, a pesar de que pocas obras en la historia de la literatura me han obsesionado tanto como En busca del tiempo perdido. Por supuesto, de los verdaderos clásicos queremos leerlo todo y, en ese sentido, la correspondencia entre Marcel Proust y Jacques Rivière, que ahora publica La Uña Rota ‒en una estupenda y muy bien anotada e introducida traducción de Juan de Sola‒, reviste un interés particular. Entre otras cosas, se trata de una visión interna y detallada de uno de los momentos cruciales de la literatura francesa: la relación entre Proust y la Nouvelle Revue Française.

En 1914, comienzo de estas cartas, Jacques Rivière (1886-1925) se acababa de poner al frente de esta revista y se había labrado una sólida reputación como crítico. En su caso, su yo biográfico pudo mucho más que su yo de escritor: las cartas, las labores al frente de la revista/editorial y sus ensayos ocuparon casi todo el tiempo que él habría querido dedicar a la creación. Es conocido sobre todo por otros dos famosos epistolarios: uno con su cuñado, Alain-Fournier, autor de El gran Meaulnes, y otro con Antonin Artaud.

Proust, dos años antes, con más de cuarenta, había intentado publicar el primer volumen de su novela en la Nouvelle Revue Française, pero André Gide, que lo consideraba sólo el autor de los salones aristocráticos de Le Figaro y de sus Pastiches, hojeó el manuscrito, notó un par de errores sintácticos y no siguió leyendo. A comienzos de 1914, sin embargo, tras la publicación de Por la parte de Swann en la editorial Grasset (a cuenta del autor), le envió la carta que todo escritor despechado sueña con recibir: «El rechazo de este libro quedará para siempre como el más grave error de la NRF, y, como tengo la deshonra de ser en gran parte responsable del mismo, uno de los pesares y los remordimientos más mortificantes de mi vida» (no sería la última vez que se cubriera de gloria: en 1931, rechazó indignado la propuesta de Jean Paulhan de incluir la traducción francesa de Ulysses en la colección de La Pléiade). Es en ese contexto cuando empieza, aquel mismo año del comienzo de la guerra, la correspondencia entre Proust y Rivière. Este, al frente de la revista, vio de inmediato en Proust al más grande escritor de su tiempo y se propuso hacer todo lo que estuviera en su mano por afianzar sus lazos con la Nouvelle Revue Française.

Leer estas cartas es como estar entre un desorden de papeles, a medio camino entre la polvorienta redacción de una revista y la silenciosa casa de un enfermo. Hay continuos malentendidos, cruces de cartas, ofrecimientos, peticiones de dinero, interminables revisiones de galeradas... Los dos, hipocondríacos y verdaderos enfermos, se quejan continuamente de su mala salud. Los dos ejercitan una cortesía versallesca («Sin duda algún día lograré escribir: “Mi querido Marcel”», escribe Rivière tras la propuesta de tuteo de Proust, «pero tiene que darme tiempo para que me acostumbre a la alegría de que me dé usted permiso, tiempo también de vencer eso que, a causa de mi profundísima reverencia, se confunde con mi amistad»). Rivière pide fragmentos y colaboraciones, jura lealtad eterna a Proust de su parte y de parte de toda la redacción, trata de impedir que el otro publique sus fragmentos en revistas de la competencia, pide consejo para encontrar un buen médico. Por su parte, Proust da largas una y otra vez, intercede por amigos, ofrece su ayuda a Rivière para influir sobre el jurado de tal o cual premio, pide más espacio para sus cosas, se queja (quizás en cada carta) de su salud, sugiere que se publiquen elogios a su obra vertidos en publicaciones extranjeras, intriga para entrar en la Academia (como Baudelaire, sin éxito), despotrica contra la Nouvelle Revue Française y contra sus correctores, introduce reproches velados y no tanto («Tu carta es amabilísima a más no poder, tus actos no tanto. Típico de la NRF»), propone escribir él mismo bajo pseudónimo una respuesta a una crítica negativa, hace bromas («Céleste [su criada] está acostada, también yo estoy en la cama, ¡pero no en la misma habitación!»).

Los dos se aprecian sinceramente. Proust a Rivière, con cierta impaciencia y con distancia. Rivière a Proust, con admiración y con irritación ante sus humores y manías. Es curioso que apenas hablen de literatura con verdadera profundidad. Entre las pocas excepciones están los generosos comentarios de Proust sobre la novela inédita de Rivière, Aimée, y, por supuesto, esa primera carta, con la famosa primera línea: «¡Por fin encuentro un lector que intuye que mi libro es una obra dogmática y una construcción!». Ese era el sueño de Proust: encontrar un lector que percibiera que su novela no era una mera ilación de ensoñaciones y de frases inacabables, sino una construcción que debía contemplarse en su totalidad. Mi sospecha es que se dio cuenta enseguida de que su correspondiente no era su lector soñado. Rivière, como si no hubiera leído esa famosa primera frase, habla de «la falta de voluntad» en la obra de Proust, dice que este se limita a extraer cosas de su memoria, que califica de prodigiosa. Parecía percibir sólo la textura inmediata del libro, para disgusto de Proust. «No creo que, a día de hoy ‒le recrimina en una carta‒, sea usted muy sensible a mis planes, a mi “psicología en el Espacio”. Psicología plana, eso es sin duda lo que pensó, a juzgar por la selección de extractos que hizo para la NRF». Es perdonable que se centrara en la filigrana del pórtico de esa gran catedral que es la Recherche y no viera más que hermoso caos donde, en realidad, había sólo forma (sobre todo porque aún no había tenido la oportunidad de leer la última parte, como nosotros), pero, de forma menos perdonable, también parece que no considera la Recherche una obra de la imaginación, es decir, una novela. «En cierto sentido ‒escribe en unas notas incluidas al final del volumen‒, [Proust] está por completo desprovisto de imaginación. Si acumula realidad es porque la ha reconocido. Su invención es su visión, o, más exactamente, su percepción». Justo lo contrario de la intención de Proust.

En nuestros tiempos de autoficción, es predecible que algunos consideren En busca del tiempo perdido una especie de autobiografía. Pero es importante subrayar lo evidente y recordar que no es una autobiografía, que el narrador no es Proust y que los personajes no han existido jamás excepto en la mente del autor (como ha escrito un gran novelista). Es una novela y su valor principal se encuentra precisamente en la organización imaginativa. Como prolongación natural de Contra Sainte-Beuve, toda ella es una refutación del método biográfico y de la importancia de la biografía. El lector cree que Vinteuil, por ejemplo, es un pobre profesor de piano, pero en realidad es un gran compositor: nada de la vida externa del individuo da siquiera una idea de su mundo interior. Y lo mismo ocurre con Swann, con Charlus, etc.: el lector cree conocerlos, pero Proust gira un grado el caleidoscopio y, de pronto, cada rasgo de su personaje, cada incidente de su vida ‒como si cambiáramos de posición al observar una pintura anamórfica‒ ha de leerse de forma diferente, y nuestra imaginación y nuestra memoria tienen que repasar lo anterior para iluminarlo con nuevos colores. Sólo al terminar el último volumen, El tiempo recobrado (gran parte del cual fue escrito al mismo tiempo que Por la parte de Swann), la obra en conjunto cobra el sentido que Proust quería darle desde un principio. Es esa gran visión artística que tuvo al comenzar Contra Sainte-Beuve lo que le dio fuerzas para sobreponerse a los rechazos y a la enfermedad y terminar (o casi) su gran novela. Lo más alejado del propósito de la vida de Proust era escribir una autobiografía.

Creo que el escritor supo pronto que tendría que esperar a terminar su novela o a morir para encontrar lectores que apreciaran el gran diseño de su obra. Jacques Rivière era, desde luego, lo mejor que tenía a mano. Tras su muerte, él fue el encargado, junto con Robert, hermano del escritor, de editar y publicar los tomos restantes de En busca del tiempo perdido. En sus cartas a Proust, a pesar de las incomprensiones mencionadas y del inevitable pain d’épices cotidiano, se ve como en pocas correspondencias el esfuerzo de un hombre inteligente y sensible por dar a conocer, con toda la energía de su mente y de sus poderes terrenales, la obra de un escritor al que consideraba, con razón, el último gran genio de la literatura francesa.

Ismael Belda es crítico literario y escritor. Es autor de La Universidad Blanca (Madrid, La Palma, 2015).

01/10/2018

 
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