RESEÑAS

Juegos de palabras

Max Aub
Campo cerrado. El laberinto mágico (vol. I)
Granada, Cuadernos del Vigía, 2017
272 pp. 22 €

Max Aub
Trampas
Madrid, Reino de Cordelia, 2017
140 pp. 18,95 €

En abril de 2017 pudo verse en la sede madrileña del Instituto Cervantes una exposición que proponía un Retorno a Max Aub, y que, como tal, pretendía ser un repaso no exhaustivo, pero sí completo, de la trayectoria vital y la producción literaria de este singularísimo escritor apátrida. Aquélla fue, pues, una estupenda ocasión para releerlo en profundidad y por orden, metódicamente, y es entonces cuando uno reparó en que Campo cerrado, el título que siempre había preferido entre los suyos, es un libro que no debería haber existido nunca, y no ya por el hecho evidente de que todos hubiéramos deseado que nunca sucediese lo que allí acaba contándose (esto es, las primeras consecuencias en Barcelona del estallido de la Guerra Civil de 1936), sino porque el recorrido literario de Aub hasta ese momento anulaba casi cualquier posibilidad de que acabara convirtiéndose en un cronista, por mucho que la Historia lo obligase a convertirse en un testigo.

Max Aub, nacido en París, se hizo español en 1914, cuando su padre alemán y su madre parisiense pero de estirpe bávara (y ambos de orígenes judíos de los que más o menos se desentendieron) se instalaron en Valencia para driblar las posibles consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Aub tenía once años y en un tiempo asombrosamente breve dominaba el castellano y el catalán tan bien como sus compañeros de la Escuela Moderna de Valencia, y sin duda con mejor vocabulario, pues Aub, curioso siempre, se sumergió con verdadera alegría en los clásicos y modernos de su nueva patria, desde los barrocos hasta los modernistas, con un oído puesto en las fuentes literarias remotas y con el otro en la vanguardia, sin perder de vista lo que en aquellos frenéticos años sucedía en Francia, Italia o Alemania.

Su primer libro, Los poemas cotidianos, de 1925, ya fue una fenomenal primera broma, pues, desde el mismo título (y desde la dedicatoria: «A mi esposa»), hacía pasar por rutinario y por obediente a su título algo que era una mixtificación: ni estaba casado, ni tenía hijos, ni la voz que hablaba en los poemas tenía nada que ver con el yo del autor, que por esas fechas andaba ya de viajante comercial por España, vendiendo artículos y asomándose a las tertulias literarias. Otros de sus primeros intentos narrativos y dramáticos tienen ya el inconfundible aire de los dogmas orteguianos, especialmente Geografía y Fábula verde, y no en vano se publicaron parcialmente en Revista de Occidente o, después, en la colección Cuadernos Literarios, aunque después volvió a juegos más personales e insolentes, y lo hizo con especial brillantez en Luis Álvarez Petreña, de 1934, entregado dichosamente al recurso del álter ego.

Pero entonces llegaron los disparos, y sus propios tiros personales tuvieron que ir por otro sitio. En Campo francés, muchos años más tarde, afirmaría que «mientras no escriba todo lo que he visto no podré escribir todo lo que imagino», y ésa es una declaración central para entender que la guerra obligó a Aub a convertirse en un escritor que no iba a ser de forma natural: lo suyo era la trampa significativa, el juego con sentido, el humor no como objetivo último, sino como medio para obtener resultados sublimes, si no trascendentes. La novela fue escrita en pocas semanas de 1939, en París, cuando Aub había dejado ya los cargos públicos que ocupó durante el conflicto y rumiaba la derrota, antes de sufrir él sus propios sustos en forma de detención por comunista y peregrinaje forzoso por cárceles y campos de Francia y Argelia. Quien en los años de violencia y diplomacia había tenido algo que ver con el Guernica y Sierra de Teruel, es decir, dos de las principales obras maestras producidas por la guerra todavía en curso, escribió otra obra maestra sobre la guerra, probablemente la primera tras el 1 de abril, pero aquel manuscrito, que llegó a México en 1939, no pudo publicarse hasta que el propio autor se encargó personalmente de ello al llegar al país, ya en 1942. A Aub siempre le mortificó un poco esa demora entre la escritura y la difusión, pues sentía que no se apreciaba la rapidez con que había sido tejida, en los primeros tiempos del duelo republicano.

Sea como sea, y releída hoy, la novela es una maravillosa Bildungsroman en tres tiempos de irregular pero proporcionada extensión: los primeros capítulos suponen un magnífico ejemplo de contar una educación sentimental de un modo fugaz pero profundo, vívido, palpable de tan creíble. Casi todas las infancias son iguales y ésta, la del protagonista Rafael Serrador, es una infancia literariamente ejemplar, en parte por lo que tenía de propia experiencia: Aub conocía bien esos pueblos valencianos de los que escribe con libertad y cierta malicia («no tienen más Dios que sus naranjos»; «para ellos la cocina con mantequilla es un insulto personal»). En la segunda parte se produce el traslado juvenil a Barcelona del despistadísimo Rafael y, por tanto, el deslumbramiento, la confusión, la ebriedad, las crecientes broncas ideológicas, y comienza a desfilar por las páginas ese formidable elenco de personajes secundarios, que es, sin duda, el principal atractivo de una novela que tiene muchos, sobre todo por el excepcional oído de Aub para los diálogos callejeros («A mí –dice uno– me gustan muchas cosas en este mundo, y muy pocas personas. Me gustan los gatos y las patatas fritas. Creí que me podría entender con los comunistas, pero no. El comunismo es una cosa seria, pero los comunistas lo echan a perder»). La tercera sección es ya la de la guerra, y la novela apenas cambia de registro, pero sí de celeridad para narrar esas improvisadas escaramuzas entre falangistas y militares y ciudadanos de la demencial madrugada barcelonesa del 19 de julio («Los asaltantes no eran más de cien. Los españoles nunca hemos sabido ser muchos»).

Como en muchos libros de Aub, buena parte de lo que sucede en Campo cerrado sucede en el lenguaje, de una riqueza literalmente deslumbrante (y es simplemente pasmoso que quien escribiera estas páginas no tuviera el castellano como idioma materno), aunque también, desdichadamente, disuasoria para los lectores más perezosos, algo de lo que el autor era consciente: «Si me resto lectores, los que queden que sean buenos», afirma para rematar el prólogo, y esa actitud de insobornable fidelidad a sí mismo se prolongó durante la escritura de todo El laberinto mágico. Al margen de esa hexalogía (y de otras novelas de éxito tardío, como La calle de Valverde), Aub seguía escribiendo poemas inclasificables, mucha crítica, teatro que no se representaba, diarios que no verían la luz hasta décadas después, cientos de cartas y numerosísimos cuentos, algunos verdaderamente geniales, como el que da título al volumen La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco, de 1960, que Aub tuvo la humorada de enviar en esa misma fecha a la censura española. Y perseveró en proyectos tan desconcertantes como Jusep Torres Campalans o Juego de cartas, o tan curiosos como Crímenes ejemplares.

Muy en la línea de este último título, todo un compendio de aforismos y de lo que hoy llamaríamos «microcuentos», está Trampas, un proyecto paralelo de Aub que fue parcialmente adelantado en revistas y que sólo ahora ha aparecido en forma de libro. Ordenados sus textos por el catedrático Pedro Tejada Tello (quien, muy oportunamente, recuerda que Aub viajó por primera vez a Madrid gracias a un premio de la lotería, juego al que se dedica una de las muchas secciones de Trampas), en ellos encontramos a un Aub tal vez menor y, sin embargo, esencial, muy suyo, que se muestra en toda su plenitud y en todas sus características: profundo («No conviene ganar siempre», p. 36), sabio («El que se enoja, pierde», p. 110), ingenioso («Trampa: juego del juego», p. 80), curtido («En el amor no hay trampas. Si las hay ya no es amor», p. 114), poeta («Ganar es una manera de amanecer», p. 53), paradójico («El que no engaña no juega», p. 44) o que, en un apunte que es realmente revelador e impactante en su laconismo, acierta con un consejo determinante en su polisemia: «No te empeñes» (p. 57).

Juan Marqués es poeta y crítico literario. Es autor de los poemarios Un tiempo libre (Granada, Comares, 2008) y Abierto (Valencia, Pre-Textos, 2010).

05/03/2018

 
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