RESEÑAS

El viaje como signo revelador

César Antonio Molina
Calmas de enero
Barcelona, Tusquets, 2017
168 pp. 15 €

Si tuviese que elegir dos palabras para expresar la esencia de este libro, escogería el término japonés sabi, que significa soledad meditativa y la palabra viaje. Sabi es un ideal, un valor de origen medieval que se asocia con aquello que produce belleza y desolación en la soledad. En su lectura china se escribe con un ideograma que se lee como jaku, término budista que significa calma trascendental, y que en muchos textos se interpreta como muerte o nirvana. Esto nos permite intuir en el título Calmas de enero algo más que su evidente referencia meteorológica. Sabi es una atmósfera, un ambiente, pero también una cualidad de ciertos objetos a los que el paso del tiempo ha cargado de serena melancolía, abandono y desnuda emoción. En Occidente, el artista que se ha manifestado más próximo a este concepto fue un pintor de vida cuasimonástica, el italiano Giorgio Morandi, al que César Antonio Molina dedica uno de los poemas de su libro. Un pintor de bodegones que, sin embargo, fue un pintor metafísico. Un pintor de naturalezas muertas que sacralizaban la realidad. Un pintor de objetos intrascendentes y sin utilidad entre los que podía encontrarse el lapis exillis. En literatura, sabi se enriqueció con un nuevo matiz, dado que también se aplicaba a aquellas obras ricas en asociaciones históricas y referencias literarias. En este terreno, quienes elevaron el sabi a categoría estética fueron, no por casualidad, tres extraordinarios poetas ‒Saigyō, Sōgi, Basho‒ que, además, tampoco por casualidad, fueron tres extraordinarios viajeros cuya existencia estuvo marcada por la pobreza y una vida nómada. Lo que nos permite entrar de lleno en la segunda clave de Calmas de enero: la idea de viaje.

Las dos citas con que se abre el libro parecen orientarnos hacia la siguiente interpretación, que luego se verá corroborada en diversos poemas: partir de viaje significa volver a casa. Así, la alegría de disponer de un hogar en todas partes y que cualquier sitio pueda ser tu patria parece actualizar aquella antigua idea de que somos del lugar donde estamos, aunque el propio Séneca ya nos advirtió en el inicio de su segunda carta a Lucilio de que tal agitación y trasiego son propios de un alma enferma si uno no tiene la facultad de permanecer en sí mismo. Por eso, César Antonio Molina apunta a lo largo del poemario que viajar también supone reconocerse y encontrarse, que es una manera de recuperar en la vida la sensación de misterio y milagro perdidos; en definitiva, una forma de construir nuestro propio témeros. Así lo entendió Ibn Arabi: «Los viajes son acueductos y puentes erigidos para que crucemos por encima de ellos hacia nuestras esencias y estados» (El esplendor de los frutos del viaje). Paradójicamente, el único lugar vedado al poeta, de imposible retorno, el único lugar donde se sentirá realmente extranjero y donde nadie le espera será La Coruña, la ciudad donde nació y vivió su infancia y que sólo existe ya en la memoria. El mexicano José Emilio Pacheco, otro gran autor de poemas de viajes, lo explica así: «Porque no estuve ni estaré. He venido / sólo de paso a esta ciudad, a este mundo. / Soy extranjero en esta tierra. En todas / seré extranjero. Al regresar, mi patria / habrá cambiado. Y no estaré ni estuve» («Old Forest Hill Road»).

Por otro lado, quien viaja aprende a despedirse. Por eso, viajar puede ser un buen modo de aprender a morir. «Nada me ha / ocupado tanto, desde siempre, como la imaginación / de la muerte», dice César Antonio Molina en un momento del libro citando literalmente a Montaigne. Y como no puede vencerse a la muerte, la mejor manera de liberarse de su servidumbre es tenerla constantemente presente, porque quien aprende a morir aprende a no servir, y como dijo el ensayista francés «que me halle la muerte plantando coles, mas indiferente a ella y más aún a mi imperfecto jardín». He aquí un estupendo vínculo entre los modelos clásicos y una madura, moderna y no religiosa aceptación de la muerte. Otro tema importante del libro es el amor. Amor que puede ser plenitud o carencia. Cuando es agápē, puede convertirse en la virtud rectora de una ética y una acción que una a la gente en lo bueno y que ayude a asumir la muerte. Cuando se trata de Eros, es una sed que abrasa y trastorna. Por eso nos recuerda César Antonio Molina en varios momentos del libro que, aunque el viaje es afín al erotismo, es mejor habitar lugares sin deseo y que el amor sea únicamente la reflexión del espíritu a partir de aquello que se ve. Como señala el título de uno de los últimos poemas del libro, «¡Qué más amor que aplazar el deseo!»

Así pues, el lector encontrará en Calmas de enero un cuaderno de viajes con una marcada impronta meditativa escrito por alguien con una enorme experiencia en la vida, en la cultura y en el conocimiento del mundo. Alguien que propone un concepto de poesía como una sensibilidad ampliada sobre las cosas (el famoso «Poetry increases the feeling for reality» de Wallace Stevens), como una presencia indagadora, consciente, activa e inquieta, tal y como señala el autor en una reciente entrevista. Una poesía que es alexipharmacon, antídoto capaz de mitigar el solipsismo y los arrebatos de literalidad de ciertas energías psicológicas. Una poesía abierta especialmente hacia atrás, hacia el pasado, que expresa el deseo de vivir simultáneamente en varias épocas. De ahí el espacio privilegiado que adquiere en muchos poemas la arqueología, la ruina y, en general, el arte y la referencia cultural. Esta vez el viaje empieza en Madrid y termina en un monasterio ortodoxo en el suroeste de Serbia. Y, por el camino, los lugares sancionados por la tradición o por una personal afinidad, siempre en busca del rapto de una revelación: ciudades como Belgrado azotada por el Košava, Milán, París, Alejandría, Berlín o Guarda; puentes como los del Tíber o el otomano del río Drina al que sacó de su letargo Ivo Andrić; islas como las de la bahía de Kotor, la Île Rousseau en el Ródano, las Cícladas o la isla de San Bartolomé, antiguo asiento para un templo dedicado a Asklepeion; castillos como el de Bellver, donde estuvo confinado Jovellanos; casas como las de Tadeusz Kantor y Czesław Miłosz en Cracovia; playas como las de Deauville, cerca de donde escribía Apollinaire antes de la Primera Guerra Mundial; ruinas como las de Pompeya, sepultada entre bloques de basalto, o Herculano, donde las negras lapilli caen sin viento, o las del teatro griego de Taormina. Quisiera puntualizar que, aunque el poemario atesora una especial sensibilidad hacia el pasado, César Antonio Molina también ensaya su investigación poética sobre lo que él denomina «las ruinas de arqueología industrial» o «las ruinas de una civilización futura» a través de dos poemas ‒el segundo bellísimo y epifánico‒ dedicados a la cinematográfica locomotora Baldwin y al transbordador espacial Discovery que, después de 241 millones de kilómetros recorridos, regresaba de su última misión para ser expuesto en un museo cuando él lo vio en el cielo.

Casi todos los poemas que componen Calmas de enero parecen traducciones de una experiencia próxima en el espacio y en el tiempo al momento de la escritura. Son poemas redactados en hoteles y cafés, tras balcones y ventanas, en los que César Antonio Molina se decanta mayoritaria, pero no exclusivamente, por el poema extenso, de verso amplio, con una marcada impronta narrativa y largas descripciones interrumpidas por la gnómica, la reflexión aforística y sentenciosa mediante la cual el sophós ofrece sus pensamientos y su valoración del mundo. Pero también hay poemas de corte más lírico, algunos de ellos muy breves, como los que dedica al rastro dejado por la Shoah en Polonia. Intensamente lírico, pero menos escueto, es el poema «Palmera pétrea», dedicado a la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, antiguo lugar de eremitas y morabitos. Un edificio que por fuera engaña, ya que parece una austera casona, pero por dentro es una maravillosa jaima sostenida por una columna central ‒la misma que escogieron los estilitas como instrumento de su penitencia‒ que tiene forma de palmera, el taquirat sufí que simboliza la unión del cielo y la tierra, la palmera que escoge el ave fénix para morir y renacer y cuya copa se pierde en el aire. El último de estos poemas es el visionario «Por las estepas de la vida», inspirado en el sagrado «Canto nocturno» de los navajos. Al leerlo por primera vez me recordó al viaje del artista huichol Santos de la Torre desde el desierto de San Luis Potosí hasta las costas de Nayarit en busca del espíritu de Tamautz Kauyumari contenido en la cactácea Lophophora williamsii (o peyote), viaje que el lector puede conocer a través del meritorio documental Eco de la montaña, de Nicolás Echevarría.

Una cualidad intrínseca de Calmas de enero es su capacidad para conciliar las fuerzas antitéticas que genera. Por un lado, se trata de un libro solar que marca límites a la hybris. Un libro tendente a la precisión y a la exactitud, atento a todo aquello que la mente percibe como armónico. Un libro intelectual de distancia contemplativa, apolíneo como la primera Pítica de Píndaro. Pero, a la vez, es un libro que tiene algo hermético que ata y encadena, sugiere y encanta para deleite del corazón. Un libro con thélgein, con la magia del hechizo del canto de las sirenas, que contiene poemas que a veces terminan como termina la Novena Sinfonía de Mahler. César Antonio Molina, caminante solitario como los de Jirō Taniguchi, en su melancólica y estoica vejez, con una confianza intacta en el conocimiento y en el poder de la palabra, nos ha regalado un libro tan importante como en su momento lo fueron para mí El Danubio o Los anillos de Saturno.

Iván Gallardo es profesor de Literatura.

26/11/2018

 
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