RESEÑAS

La transición de nunca acabar

Ignacio Sánchez-Cuenca
Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia
Madrid, Alianza, 2014
368 pp. 19 €

La muerte de Adolfo Suárez hace pocos meses y la muy reciente abdicación de Juan Carlos I han contribuido a prestar renovado interés a la época de la transición hacia la democracia, de la que ambos fueron indiscutibles y positivos protagonistas. Y no es que fuera nunca escasa la atención intelectual, académica y mediática que la época ha venido suscitando. Un enorme caudal de letra impresa, en la que, como en botica, abunda de todo, ha venido salpicando la memoria de los hechos desde ángulos variados y contradictorios, oscilando de la narración periodística hasta la tesis académica, pasando por los no pocos recuerdos autobiográficos de quienes en aquel momento tuvieron algo que decir, hacer o sufrir. Toda una biblioteca dedicada a la historia de la España contemporánea en su momento más creativo: aquel en el que, en contra de la más generalizada y negativa de las opiniones, los españoles acertaron en describir un tránsito pacífico de la dictadura a la democracia. La multiplicación de fuentes concede al momento la trascendencia que merece, y la reflexión que el paso del tiempo y de sus protagonistas suscita, aun en sus infinitos matices, contribuye al sedimento de una experiencia colectiva de la que los ciudadanos españoles de entonces y de ahora pueden sentirse orgullosos. Las vivencias nacionales sobre las que puede llegar a construirse una narración veraz del pasado y un surco compartido e ilusionante de futuro están hechas de momentos heroicos y pobladas por figuras ejemplares. Y aunque, en el detalle, no todo haya sido heroico o ejemplar, cuenta sobre todo la voluntad para resumir el vector resultante. La Transición, a la postre, fue el resultado de factores sociales y políticos en los que había ido creciendo la madurez del pueblo español en su imparable deseo de vivir una democracia «a la europea». Sus protagonistas, y entre ellos naturalmente de manera destacada Juan Carlos I y Adolfo Suárez, no fueron agentes de un lampedusiano y siniestro diseño destinado a garantizar que todo cambiara para que nada cambiara, sino fieles intérpretes de las ansias colectivas de libertad. Y las cosas cambiaron. Y de qué manera.

Ignacio Sánchez-Cuenca centra su aportación al tema transicional en un momento tan breve como poco conocido, cual es el de los frustrados intentos reformistas durante el primer Gobierno de la monarquía, todavía presidido por Carlos Arias Navarro y la complaciente aquiescencia que las Cortes franquistas prestaron a la Ley de Reforma Politica patrocinada por Suárez y sancionada en referéndum en diciembre de 1976, apenas un año después la muerte del general Franco. Es lo que ha venido en llamarse el «harakiri» del Régimen. O, como el autor subtitula su texto, «el suicidio institucional del franquismo». El enfoque, como el mismo Sánchez-Cuenca precisa, es minimalista, casi entomológico en el cuidado con que describe los detalles de la historia y sus protagonistas. «Este libro –dice– está escrito sobre todo con el microscopio» (p. 17). Seguramente en ello radica lo mejor y lo peor de su enfoque multidisciplinar. Cabe preguntarse si era necesario o significativo inquirir sobre la «presencia y ausencia de bigote entre miembros del Movimiento» (pp. 245-247), por ejemplo, en un afán de caracterización que sorprende y distrae de la, por lo demás, sólida estructura narrativa y estilística del libro.

Atado y mal atado contiene en su primera mitad una posiblemente involuntaria reivindicación de los afanes reformistas de Arias Navarro y de la diversidad de leyes que bajo su corto mandato, y con el aliento principal de Manuel Fraga desde el ministerio del Interior, vieron parcialmente la luz en el primer intento de alterar y «democratizar» los Principios Fundamentales del Movimiento. En contra de la versión más generalizada, que hacía estado de una mostrenca voluntad obstruccionista por parte del que había sido el último presidente del Gobierno del franquismo y primero de la monarquía, Sánchez-Cuenca otorga a Arias Navarro una disposición cautelosa pero no abiertamente contraria a las propuestas modernizadoras que le llegaban desde el triángulo que formaban Fraga, Garrigues y Areilza. Según esa versión, que en lo fundamental parece corroborada por los hechos, fue precisamente el «gradualismo» de la Reforma patrocinada por Arias y Fraga, y no tanto la sustancia de sus propuestas, lo que dificultó la reforma en el primer Gobierno de la monarquía (p. 113), al posibilitar la formación de alianzas contrarias entre los miembros de las Cortes franquistas. «Si situamos en enero de 1976 el comienzo de los trabajos del Gobierno […] en junio de ese año el proceso había avanzado notablemente, registrándose un retraso llamativo tan solo en el reglamento electoral, que no llegó a ser aprobado en Consejo de Ministros. Por lo demás, el Gobierno había dado salida a la Ley de Reunión, a la Ley de Asociaciones, a la reforma del Código Penal, a la Ley de Sucesión y a la Ley de Reforma de las Cortes, que incluía entre sus cláusulas la reforma sindical». (p. 157) A renglón seguido, el autor subraya que la reforma de Suárez, mucho más sencilla en su concepción, iba a necesitar prácticamente de los mismos meses para su desarrollo y sentencia, en la misma página, que «no hubo tanta diferencia en los tiempos: el juicio sobre la lentitud de la primera reforma debe ser cuestionado».

De manera que, según Sánchez-Cuenca, el relevo de Arias por Suárez decidido por el rey no se debió tanto a la lentitud en el proceso de reformas cuanto a otros factores políticos y personales, entre los que enumera la «falta de credibilidad de Arias, divisiones internas en el Gobierno, diferencias insalvables entre el monarca y el presidente» (p. 162) En el proceso subsiguiente, en el que el rey, con la ayuda de Torcuato Fernández Miranda, elige a Suárez como presidente del Gobierno, el autor afirma: «El rey conocía bien a Suárez y sabía, por decirlo así, de su “plasticidad” política». (p. 167) En momentos previos, el libro ha descrito con cierto deleite la transformación de Suárez, que pasa de ser un ardiente defensor de las esencias del Movimiento y, como tal, uno de los más firmes opositores a las reformas del tándem Arias-Fraga, a convertirse en un fervoroso reformista. Pero la apuesta del rey por Suárez dotó a las acciones y propuestas del nuevo presidente del Gobierno del «imprimátur» real del que había carecido su antecesor. Fue ese carácter de enviado del rey el que, según Sánchez-Cuenca, convenció a los renuentes miembros de las Cortes tardofranquistas para otorgar su beneplácito a la Ley de Reforma Política, que al establecer la convocatoria de unas elecciones democráticas y pluripartidistas marcaba de hecho el fin del Régimen y de sus propias existencias políticas. Precisamente en ello se encontraría la clave del incruento suicidio practicado por las Cortes franquistas al final de las casi cuatro décadas de dictadura franquista. Es una interpretación plausible y digna de ser tenida en cuenta, aunque en su misma esencia contradice las no declaradas preferencias del autor del libro. Lo cierto es que creo que tuvo razón el monarca en apostar por la «plasticidad» de Suárez frente a la fidelidad franquista de Arias a la hora de emprender el camino hacia la normalización democrática. Por mucho que el proceso de reforma bajo Arias hubiera conocido avances significativos, e incluso descontando la torcida imagen que de él tenía la opinión pública española por su confesada fidelidad al Régimen franquista, tenía razón Arnaud de Borchgrave, el conocido columnista belga-estadounidense, al recoger en Newsweek en abril de 1976 la contundente valoración que Juan Carlos I hacía de Arias Navarro: «Es un desastre sin paliativos». Lo reproduce Sánchez-Cuenca in extenso (p. 160) Cuenta De Borchgrave a sus amigos que el rey le llamó para quejarse de lo que consideraba una grave indiscreción. El periodista procuró calmar la irritación real afirmando que el artículo acabaría por acelerar el proceso de sustitución en la presidencia del Gobierno. Y así fue. No habrían de transcurrir muchos meses antes de que el rey se lo reconociera.

Las ilustradas páginas de Sánchez-Cuenca, que en sus tres cuartas partes se leen con atención no disminuida, destilan aquí y allá aromas que no parecen provenir directamente del microscopio, sino de la particular inclinación del autor. Ya queda recogida la dudosa opinión que Suárez le merece. En diversos lugares del texto expresa su convicción de que la Transición española estuvo cargada de represión y violencia. Y en algunos otros apunta a las «elites» del franquismo como las auténticas inspiradoras y, en última instancia, beneficiarias de la reforma política que inició la transición española hacia la democracia. No constituyen la columna vertebral de su argumentación, pero sí conforman llamadas de atención a las que convendría poner algunos reparos. Fundamentalmente, aquellos dirigidos contra la versión que primó en los medios oficialistas españoles entre 2004 y 2011, según la cual la Transición no habría sido otra cosa que una apenas velada maniobra tardofranquista para quedarse con el santo y la seña: Lampedusa en versión leonesa. Bastaría con remitirse a los hechos del reinado de Juan Carlos I que ahora llega a su fin para mantener vigorosamente lo contrario. Desde ese punto de vista, las lúcidas consideraciones que incluye Sánchez-Cuenca en las primeras treinta y cinco páginas de su libro, las correspondientes a la introducción, ayudan a situar adecuadamente digresiones posteriores.

Y al final de la historia, ¿qué es lo que realmente estaba atado y fue tan fácil de desatar? En algún sentido, se lo contó el mismo Franco al militar y diplomático estadounidense Vernon Walters cuando, en 1972, por encargo específico del presidente Nixon, se entrevistó en El Pardo con el dictador. Walters venía con el delicado encargo de obtener de Franco una visión del futuro de España tras su muerte y, a lo que parece, y según cuanta Walters, el español fue claro: «Yo he creado ciertas instituciones, pero nadie piensa que funcionarán. Pero España tendrá un rey. Lo mejor de mi legado es la nueva clase media española. Y no habrá repetición de la Guerra Civil. Dígale a su presidente –le recomendó a Walters– que confíe en el buen sentido del pueblo español». A lo mejor no estaba todo tan mal atado.

Javier Rupérez es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Sus últimos libros son El espejismo multilateral. La geopolítica entre el idealismo y la realidad (Códoba, Almuzara, 2009) y Memoria de Washington. Embajador de España en la capital del imperio (Madrid, La Esfera de los Libros, 2011).

17/06/2014

 
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