RESEÑAS

La revisita a un clásico contemporáneo

Claudio Rodríguez
Antología poética
Madrid, Alianza, 2017
288 pp. 11,50 €

Claudio Rodríguez (1934-1999) es un poeta al que desde muy pronto se incluyó en el discurso literario de su generación histórica, la llamada Generación del Medio Siglo, cuyos miembros (Ángel González, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines) vivieron de niños la experiencia de la guerra civil española y empezaron a publicar en la década de los cincuenta, dominada por una lírica testimonial y de carácter social que pronto habrían de superar. Como sucede con el resto de compañeros de generación, su obra ha sido ampliamente editada y estudiada. Buena muestra de ello sería la precoz recopilación de sus tres primeros libros por parte de Carlos Bousoño (1971) o la del propio autor bajo el título Desde mis poemas (1983). También existen abundantes antologías de su poesía, entre las que destacaría las elaboradas por Ángel Rupérez (Poesías escogidas, Madrid, Mondadori, 1992, y Antología poética, Madrid, Espasa Calpe, 2004), Vicente Gallego (Alto jornal, Sevilla, Renacimiento, 2005) y Ángel L. Prieto de Paula (Don de la ebriedad y otros poemas, Madrid, Mare Nostrum, 2005). La edición de sus poesías completas apareció en la editorial Tusquets (Poesía completa, 2001) y en Austral (Poesía completa, 2014). Además, contamos con interesantes estudios de su obra, como La llama y la ceniza (Salamanca, Universidad de Selamanca, 1989), de Ángel L. Prieto de Paula; De la ebriedad a la leyenda. La trayectoria poética de Claudio Rodríguez (Salamanca, Universidad de Salamanca, 1999), de Luis García Jambrina; o el muy recomendable libro Rumoroso cauce. Nuevas lecturas sobre Claudio Rodríguez (Madrid, Páginas de Espuma, 2010), editado por Philip W. Silver, una colección de ensayos de diversos especialistas, a los que se suman cartas inéditas y poemas comentados.

Trazado este breve e incompleto panorama, cabe preguntarse qué aporta la antología que aquí reseñamos. Se trata de la segunda edición, ampliada y actualizada, de la Antología poética que el hispanista y profesor emérito de la Universidad de Columbia, Philip W. Silver, preparó en 1981 para Alianza Editorial. La primera novedad de esta segunda edición atañe a la selección de poemas, ya que se incorporan composiciones del último libro de Claudio, Casi una leyenda (1991), que, por razones obvias de fecha, no aparecían en la primera edición de la antología. Como la obra de Claudio no es muy extensa, cada uno de los cinco libros que publicó está ahora perfecta y generosamente representado en esta antología. Pero lo más importante es que aparecen, entre muchos otros, los treinta y cuatro poemas –señalados mediante un asterisco– que, según comunicó el autor a Silver, deberían figurar en toda antología de su poesía. La segunda novedad se refiere al prólogo, totalmente diferente al de la primera edición. Aquel era la versión abreviada de un ensayo, «Claudio Rodríguez o la mirada sin dueño», publicado posteriormente, ya completo, en La casa de Anteo. Estudios de poética hispánica. De Antonio Machado a Claudio Rodríguez (1985). Era un texto influido por la teoría deconstruccionista de Paul de Man, complejo y algo deshilachado, aunque proporcionaba interesantes claves para interpretar la obra de Claudio. Pero claramente no funcionaba como introducción para una antología. Además, intentó adscribir la poesía de Claudio al automatismo psíquico surrealista, lo cual resultaba bastante forzado, llevándole a afirmaciones tan delicuescentes como que mediante el automatismo, «poeta y lector se encaminan hacia el origen de las cosas, hacia las fuentes del Ser». ¡Sapristi! Nada de esto aparece en el prólogo de esta segunda edición, un texto que no se pierde en bagatelas, clarividente y curiosamente sencillo, todo un mérito si tenemos en cuenta la complejidad de la poesía de Claudio.

En la primera parte, «Vida, recuerdos», Silver traza una breve semblanza de la vida y personalidad del autor, al que conoció y con el que mantuvo una correspondencia que utiliza esporádicamente para apuntalar algunas de sus afirmaciones. También señala sus principales influencias como escritor –sobre todo de los poetas espirituales castellanos del siglo XVI–, y se detiene en las evidentes reminiscencias románticas de su obra, que ciertamente comparte con Cernuda, como son el uso selectivo de la biografía, el ensimismamiento iluminado y una especial compenetración con la naturaleza. Este último aspecto resulta muy importante porque, según Silver, de él deriva la experiencia vertebradora de toda la obra de Claudio, que se reveló en su primer libro, Don de la ebriedad. Una experiencia arrebatadora de la naturaleza, de lo sublime. Sentimiento este que, siguiendo a Kant, puede ser despertado por la naturaleza, antigua morada del espíritu y termómetro para detectar la presencia o ausencia de lo divino en el ser humano, en palabras de Emerson. Y como en Zamora no hay muchos «volcanes en todo su poder devastador, huracanes que van dejando tras de sí desolación, ni océanos sin límites rugiendo de ira» (Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime), supongo que Claudio lo experimentó, por ejemplo, a través de sus paseos nocturnos por sotos, pinares y sembrados, tal y como le sucedió a Rimbaud entre la hierba y el trigo («Sensación»). Y ya se sabe que «cuando el poeta está en ese trance ve en el aire albos corceles piafantes y encabritados» (John Keats a su hermano George en una carta de agosto de 1816). Todo esto me recuerda a la forma de experimentar el mundo como presente eterno, sin escisión ni extrañamiento, de Bogey, el hermano pequeño de la narradora de la película El río, de Jean Renoir, o a la primera escena de la segunda parte del Fausto de Goethe, cuando el protagonista duerme sobre la ladera de una colina tapizada de flores y los espíritus pánicos, incitados por Ariel, le cantan a coro los misterios que habitan en la naturaleza para quien sabe contemplarla.

A continuación, en el epígrafe titulado «Estética, Poética», Silver se embarca en la ardua tarea de resumir y sistematizar las ideas de Claudio sobre la poesía, y es conocido el porfiado recelo del zamorano a hablar de su propia obra. Aquí puede resultar útil para el lector aproximarse a La otra palabra (Barcelona, Tusquets, 2004), libro en el que Fernando Yubero recopila lo más interesante de la exigua obra en prosa de Claudio Rodríguez, entre la que sobresale el discurso con el que tomó posesión de la silla I de la Real Academia Española el 29 de marzo de 1992, Poesía como participación: hacia Miguel Hernández, y la extensa entrevista que concedió a Federico Campbell en 1971. Silver examina en este apartado tres nociones determinantes que aparecen con frecuencia en la poética claudiana. Hablamos de la participación, un anhelo de entrega, de «ser hostia para darse», se dice en un verso de Don de la ebriedad, un deseo de unión con el mundo y con los demás propiciado por la renuncia a la propia personalidad que Silver pone en relación con la capacidad negativa de Keats. Después está la contemplación, concepto de ecos místicos, habilidad que –dicen voces autorizadas (por ejemplo, Cernuda, con elegancia en el ensayo «Palabras antes de una lectura»: «El instinto poético se despertó en mí gracias a la percepción más aguda de la realidad, experimentando, con un eco más hondo, la hermosura y la atracción del mundo circundante»)– han desarrollado algunos poetas para trascender lo fenomenológico y las apariencias, y que, filtrado por la memoria y asistido por la imaginación, posibilita el nacimiento de su poesía. Por último, la materia, que «constituye el tema de toda su poesía» y es «el meollo de una original figura tropológica en Conjuros y en Alianza y condena», afirma el prologuista. Este tropo es la parábola neotestamentaria, aunque de propósito profano, que vertebra muchos de sus poemas, como «A mi ropa tendida», «El baile de Águedas», «La contrata de mozos» o «Lluvia y gracia».

El prólogo se cierra con la sección «De libro en libro», que tiene la virtud de explicar las claves de la trayectoria poética de Claudio a través del análisis de sus poemas más significativos. Para entender la evolución de su obra, conviene detenerse en este aserto de Silver: «sospecho que pasó su vida ansiando mantener el contacto con la experiencia primordial revelada en Don de la ebriedad, y sin perder de vista esos destellos, pero sin lograr nunca recuperarlos del todo», como la falena de Balthus que vuela hacia el halo dorado del quinqué que habrá de calcinarla. La crítica ha señalado esta evolución de muchas maneras, algunas no exentas de cierto tufillo a tópico: del don epifánico al esfuerzo intelectual, de la visión iluminadora, a la complejidad gnoseológica, de la unión extática a la fragmentación poliédrica, de lo dionisíaco a lo prometeico, de la celebración de lo existente a la condena, de la alianza al temor a la separación, del entusiasmo fervoroso al desengaño, la perplejidad y el desconcierto, de la llamada ascensional a la caída. Creo que esto podría explicar por qué el tiempo entre la publicación de cada uno de sus libros fue dilatándose a medida que los temas de sus poemas se distanciaban de aquella experiencia liminar revelada en la adolescencia. Aunque puede que sólo fuese un poeta exigente pero pasajero, un gran poeta no vitalicio que, perdida la inspiración, renunció a publicar libros mediocres.

Estos son los mimbres de la antología. Un antología que contiene uno de los mejores ensayos totalizadores que se han escrito sobre Claudio Rodríguez. Por eso resulta ideal para el lector que desee iniciarse en los arcanos de un poeta que requiere de cierta mediación teórica para su cabal comprensión, no por la complicación formal de su obra, sino debido a lo intrincado de su pensamiento poético, y eso a pesar de los subtítulos-contraseña que a veces ponía a sus composiciones.

Iván Gallardo es profesor de Literatura.

05/02/2018

 
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