Comienza la era Deng

por Julio Aramberri

El tazón de hierro vacío

Al tiempo de la muerte de Mao Zedong en septiembre de 1976, la inmensa mayoría de los chinos trabajaba en la agricultura o en la industria, pero todos ellos tenían un solo empleador: el sector público, gestionado y estrechamente controlado por el Partido Comunista. No había mercado de trabajo y la burocracia decidía lo que haría cada chino y cada china durante el resto de sus días. Lo quisieran o no, a los chinos de la época no les quedaba otra opción que aferrarse al tazón de hierro.

El tazón es el elemento fundamental del menaje culinario chino. Aparece en todos los banquetes para depositar porciones individuales de alimentos líquidos o semilíquidos (sopas, papillas de arroz, fideos caldosos). Los sólidos, por el contrario, se toman directamente de fuentes dispuestas en un receptáculo giratorio central que los comensales impulsan a voluntad y del que se toman los bocados que apetecen cuando a uno le pasan por delante. Cada comensal tiene también ante sí un pequeño plato, pero sólo suele utilizarse para depositar desperdicios (espinas, huesos, ternillas, raspas, conchas de marisco y demás). Si forma parte del menú, el tazón acoge también el arroz hervido que acompaña a los otros platos. En las casas particulares, el arroz se coloca en el centro, en un recipiente colectivo grande del que los asistentes se sirven las cantidades que desean en sus tazones individuales para poner sobre ellas porciones sucesivas de los alimentos a compartir. Durante siglos, el consumo de arroz, que ha sido la garantía básica de supervivencia en China, ha ido indisolublemente unido al uso de un tazón.

De ahí proviene lo del tazón de hierro que, para los chinos, caracterizaba al sistema maoísta. A todos ellos, con independencia de su función, y salvo aventuras enloquecidas como el Gran Salto Adelante y la Gran Revolución Cultural Proletaria, se les garantizaba la supervivencia como trabajadores y como consumidores. Todos contaban con un empleo y también, de por vida, con comida, cobijo y algunos servicios sociales. No era un sistema placentero, porque los bienes a repartir eran pocos y de escasa calidad; menos aún era flexible, de ahí esa condición ferruginosa que se atribuye al tazón. Quienes se arriesgaban a buscarse la vida al margen, con pequeñas chapuzas, con actividades prohibidas como la prostitución o con el trapicheo de productos que la economía planificada no proveía eran muy pocos y sufrían una represión sañuda. En el sueño de la planificación comunista, la verdadera igualdad comienza por su escalón inferior. Y allí también acaba. A todos los chinos Mao Zedong les ofrecía un único horizonte vital: permanecer firmemente en el mismo sitio en que vieron por primera vez la luz del día. Para siempre.

La única diferencia real entre los chinos de la época, hecha abstracción del amplio sector de capataces comunistas que aseguraban el funcionamiento del sistema, se debía a su ubicación espacial, así fuera urbana o rural. En efecto, la clave de la estrategia soviética de industrialización acelerada que adoptó la China popular bajo el gobierno de Mao residía en la subordinación del campo a las ciudades. Del sector agrario se esperaba la producción abundante y asequible de alimentos y fibras textiles para los residentes urbanos que trabajaban en la industria. Entre 1952 y 1978, la producción industrial creció a una media de 11,5% anual, al tiempo que en ese mismo lapso la participación de la industria en el PIB ascendió del 18 al 44% y la agricultura bajó del 51% al 28%Estos y otros datos que siguen proceden de Barry Naughton, The Chinese Economy. Transitions and Growth, Cambridge y Londres, The MIT Press, 2007, capítulo 4.. Un cambio brusco, debido a un aumento constante de la tasa de inversión que, salvo en los tres años posteriores al Gran Salto Adelante, acabó por estabilizarse entre el 35% y el 40% anual a partir de 1970, y ahí ha seguido hasta hoy.

En resumidas cuentas, este sistema de economía dirigida, planificada o de imposición central (command economy) separaba el sistema de precios de las decisiones del mercado y lo reservaba al mandato estatal. El resultado no era sorprendente. Los precios de productos industriales subían y los de los agrarios bajaban; los términos de intercambio impuestos por el Estado eran favorables a las empresas estatales y, de paso, beneficiaban a los trabajadores urbanos, pues las fábricas se ubicaban en las ciudades. Esta distorsión garantizaba una amplia rentabilidad a las empresas estatales y hacía posible movilizar los enormes recursos necesarios para el desarrollo de la industrialización.

Para los trabajadores urbanos, su enganche a la vida económica dependía de su unidad productiva (danwei). Las unidades productivas, pese al gran tamaño de algunas de ellas, eran como las piezas de un gigantesco Lego en el que, teóricamente, se combinaban todos los recursos industriales del país siguiendo las instrucciones del plan central. A cada una se le asignaban metas precisas de producción, así como el precio que podían cargar por sus productos de acuerdo con las necesidades del sistema, tal y como las definía el Partido Comunista de China: «La Comisión del Plan asignaba a cada empresa estatal los medios necesarios para cumplir los objetivos del programa especificados en el plan de cada empresa. El Plan también determinaba los objetivos de producción de cada una de las empresas»Nicholas Lardy, Markets over Mao. The Rise of Private Business in China, Washington DC, Peterson Institute for International Economics, 2014, edición Kindle, loc. 490..

Además, las unidades productivas tenían asignadas tareas de integración social, tales como proporcionar y garantizar empleo estable; acceso a alimentos y equipamientos básicos mediante cartillas familiares de racionamiento; a la vivienda; a la sanidad; a la educación primaria y media para los hijos de sus miembros. Las unidades productivas decidían y gestionaban las pensiones de sus trabajadores y determinaban las condiciones de su disfrute. Además se ocupaban de las actividades culturales del danwei, así como de asegurar el adoctrinamiento político de sus miembros, de vigilar sus actividades y de controlar sus vidas privadas.

Todos estos servicios estaban subsidiados por el plan sin referencia a sus costes y favorecían abiertamente a los habitantes de las ciudades. Por ejemplo, un 40% de las camas de hospitales se destinaban al uso de las empresas y fábricas estatales, a pesar de que la población urbana estaba muy por debajo de la rural; un 70% de unidades productivas habían establecido escuelas gratuitas, mientras que en los medios rurales eran los campesinos quienes tenían que sufragar su coste, individual o colectivamente.

Habitualmente, los danwei eran empresas estatales, que seguían las normas de producción y distribución a precios establecidos por el plan central, pero también había entre ellos unidades proveedoras de servicios sin ánimo de lucro y organismos burocráticos dependientes del gobierno central o local. Todos los danwei, sin embargo, participaban del mismo sistema de empleo estable e igualdad de beneficios y servicios.

Así funcionaba el tazón de hierro de los trabajadores urbanos que, entre otras consecuencias, reducía al máximo la movilidad profesional y limitaba grandemente su productividad. Una de las reglas fundamentales del catón maoísta era la prohibición de los incentivos materiales, especialmente la desigualdad salarial, lo que, según sus defensores, impedía la formación de antagonismos de clase. En la realidad, desalentaba a los más entusiastas o a los mejor dispuestos. La guerreraMaoLa llamada chaqueta Mao es muy anterior a su conversión en la guerrera de los guardias rojos y, en general, de todos los chinos durante la Gran Revolución Cultural Proletaria. La dinastía Qing (1644-1911) había impuesto a la mayoría Han (es decir, a los chinos autóctonos) una serie de rígidas reglas de apariencia para distinguirlos o, en su caso, asimilarlos a sus nuevos señores manchúes. La mejor recordada será, sin duda, la obligación para los hombres de llevar rapada media cabeza, y el resto del pelo, que no debía cortarse, recogido en una coleta. Pero había otras, como la de vestir un changpao (hombres) o un qipao (mujeres). El changpao era una especie de sotana, abotonada al lado izquierdo, de largas mangas en forma de herradura que, en los modelos de invierno, solía cubrir las manos para resguardarlas del frío atroz de la Manchuria original. Las mujeres tenían que vestir un qipao parecido al changpao. El descontento con esa indumentaria por parte de los hombres chinos de aquella época fue haciéndose cada vez más notable aun antes de la caída de los manchúes y, para distinguirse de sus señores, intelectuales, funcionarios y financieros, empezaron a combinar el changpao con un sombrero occidental. Tras la llegada de la república en 1912, se impuso entre las elites una casaca de origen militar acompañada de unos pantalones de corte igualmente marcial. Uno de los primeros en vestirla fue Sun Yatsen, el fundador del nuevo régimen, que China suele ser conocido como Sun Zhongshan, o Zhongshan a secas. De ahí que el nombre que dan los chinos a la chaqueta que nosotros bautizamos con el de Mao no sea otro que chaqueta Zhongshan. En los años veinte y treinta, su uso se hizo obligatorio para los funcionarios y se adaptó a las peculiaridades del ejército, pasando así a formar parte del vestuario militar. Hasta cierto punto, la chaqueta Zhongshan se convirtió en otro símbolo de la nueva China, deseosa de romper con el pasado colonial y con su pobreza secular. Todos parecían estar de acuerdo con ello. Hay fotografías de la época anterior a la guerra civil (1945-1949) en las que Mao y Chiang Kai-chek, el líder del Kuomintang, aparecen juntos y vestidos ambos con la famosa chaqueta. Otros, por el contrario, mantuvieron sus distancias con lo que podría ser visto como una innecesaria y ridícula concesión a los usos occidentales. Tal vez por eso, o tal vez por el escaso optimismo que le despertaba la nueva China, una interesante biografía en fotos de Lu Xun (A Pictorial Biography of Lu Xun, Zhengzhou, Henan Literature and Art Publishing House, 2007) nos muestra que el escritor prefirió vestir un changpao hasta el final de sus días. , confeccionada por millones con un algodón de escasa calidad y de colores apagados, en la que se enfundaban la mayoría de los chinos, hombres y mujeres, es la mejor sinécdoque de esta igualación por abajo, incapaz de satisfacer los deseos, las energías y los talentos individuales de esos mismos millones.

Del sistema de la economía rural se han ocupado entregas anteriores. En resumidas cuentas, la propiedad privada de la tierra desapareció a mediados de los años cincuenta en contra de las promesas que el Partido Comunista había hecho a los campesinos durante la guerra civil (1945-1949). Poco a poco siguió la colectivización de las explotaciones agrarias, mejor conocidas como comunas. Los residentes de los pueblos incluidos en las nuevas comunas que se impusieron en 1958 como prolegómenos del Gran Salto Adelante se convirtieron en miembros de un colectivo que trabajaba la tierra compartiendo tareas e instrumentos de labranza. Las comunas tenían que vender su producción a los organismos del plan a los precios bajísimos que se les imponían. Esos mermados ingresos sufragaban no sólo las necesidades básicas de sus habitantes, sino también los limitadísimos servicios sociales que les ofrecían. El plan, que sí se ocupaba de asegurar el tazón de hierro de los habitantes de las ciudades, no se hacía responsable de muchas necesidades en la economía agraria. Bajo la ideología de la igualdad, en la realidad se instaló una efectiva y creciente disparidad entre esos dos sectores de la sociedad china. El nivel de vida de la población rural era marcadamente más bajo que el de las ciudades.

Precisamente por el ahorro de recursos fiscales que suponía, conservar un alto porcentaje de población rural constituía un componente básico de la política del régimen: «Para mantener el funcionamiento del sistema, había que atar a los campesinos a la tierra»Barry Naughton, op. cit., p. 115.. Así pues, los obstáculos para que los campesinos pudiesen emigrar legalmente a las ciudades crecían constantemente. En la segunda fase de la Revolución Cultural, la transferencia forzosa de estudiantes a las zonas rurales para «aprender del campesinado» alivió significativamente el crecimiento de la población urbana. Durante los doce años entre 1967 y 1979, el número de «jóvenes con estudios» obligados a reeducarse ascendió a 16.470.000Roderick MacFarquhar y Michael Schoenhals, Mao’s Last Revolution, Cambridge y Londres, Harvard University Press, 2006, loc. 3635 (citado por la edición en Kindle).. En total, algo más del 10% de la población urbana.

De esta forma, el tazón de hierro fue perdiendo atractivo para la población en general y en especial para los campesinos. En 1974, la minería de carbón y la fundición de acero habían caído respectivamente al 9,4% y el 3,07% con respecto a 1973. El racionamiento se extendió a todos los productos básicos, mientras que el desempleo crecía. En el campo, doscientos cincuenta millones de trabajadores rurales pasaban hambre. A todo ello se sumaban enormes problemas en los transportes, con retrasos de los trenes y gran cantidad de accidentes, lo que hacía aún más problemático el suministro a las ciudadesAlexander V. Pantsov y Steven I. Levine, Deng Xiaoping. A Revolutionary Life, Oxford y Nueva York, Oxford University Press, 2015.. El tazón se había quedado vacío.

Perverso hukou

Los campesinos que trataban de mejorar su condición emigrando a las ciudades se encontraban con un serio obstáculo: el hukou. Una práctica nacida en los tiempos imperiales y reforzada por los comunistas impone que los chinos sólo puedan residir legalmente en los lugares que les vieron nacer. Ese dato consta obligatoriamente en su hukou, una especie de DNI residencial. Cambiar de residencia legal es posible, pero el proceso es largo, costoso y queda al albur del soborno o del capricho del burócrata de turno. De hecho, se ha convertido en una meta prácticamente imposible de alcanzar para la mayoría de los campesinosAlgunas cifras pueden dar una idea de la magnitud del fenómeno. En la provincia de Guangdong, uno de los bastiones industriales del sur de China, se estima que en 2014 más de veinticuatro millones de personas de entre su población de ciento diez millones provienen de otras regiones, en tanto que otros 10,6 millones han emigrado de zonas rurales de la misma provincia. Es decir, un 38% carece de hukou urbano.. A la dificultad de obtenerlo se añade para la mayoría de los emigrantes otra seria barrera: el hukou se adquiere por vía materna, de forma que, aunque un hombre casado hubiese emigrado a la ciudad y hubiese conseguido cambiar el suyo a un hukou urbano, su mujer y sus hijos no tenían derecho al nuevoEn algunos casos especiales (hijos en exceso de los límites de natalidad cuyos padres no hayan pagado las multas correspondientes; hijos de madres solteras; niños abandonados; personas que lo hayan perdido), el hukou no puede obtenerse, lo que, además de impedir el acceso a los servicios sociales, imposibilita para esas categorías actividades tan esenciales como viajar en tren o acudir a un hospital. El número de personas es esas circunstancias se estima en unos trece millones.. Otra afinidad con la suerte de los siervos de la gleba.

El hukou reproduce y refuerza la dualidad basal de la sociedad china, manteniendo los privilegios –relativos– de los habitantes de las ciudades. Si esa diferencia ha sido siempre odiosa para una mayoría, en determinados momentos significó incluso una distancia cierta entre la vida y la muerte. Durante la hambruna provocada por el Gran Salto Adelante, contar con un hukou urbano garantizaba el acceso a alimentos, reservados mayoritariamente para los habitantes de las ciudades.

Recurro aquí al recuerdo personal para ilustrar los efectos perversos del hukou. En 2011 tuve que pasar varios días en Shenzhen. La población urbana de China, que en 1978 no llegaba al 20%, superó el 50% en 2011. Con los cambios a que aludiré más tarde, las comunas agrarias empezaron a desaparecer y las nuevas explotaciones agrarias vieron aumentar su productividad, reduciendo mano de obra, al tiempo que una rápida industrialización ofrecía nuevas oportunidades a los campesinos en las ciudades, especialmente las del Este del país. Millones de personas decidieron cambiar de domicilio, aunque no pudieran obtener un nuevo hukou en sus destinos. Shenzhen ha sido el buque insignia de este proceso. Desde que en 1980 se convirtiera en la primera Zona Económica Especial, la ciudad pasó de unos trescientos mil habitantes a más de diez millones en 2010. Su crecimiento ha sido el más espectacular dentro de la vertiginosa urbanización del país. No por azar, el gobierno local ha dedicado a Deng Xiaoping, su gran promotor, una plaza presidida por un gigantesco retrato suyo.

Elegí para quedarme en esos días un hotel cercano al transbordador que lleva a la ciudad desde el aeropuerto de Hong Kong, porque llegaba de noche y no quería exponerme a que, aprovechándose del analfabetismo que asalta a los extranjeros así que llegan a China, el taxista me dejase tirado en medio de la nada, como ya me había sucedido una vez. El hotel respondía a lo que el sitio web dejaba ver en sus fotografías. La habitación era amplia y confortable pero, afortunadamente, carecía de esas profusas molduras con lacas y dorados que los chinos parecen identificar con el lujo. A la mañana siguiente, con la luz del día, pude comprobar la incoherencia del lugar con el paisaje circundante.

El hotel estaba dentro de un enclave de edificios altos, modernos, propios de gente acomodada, cuya entrada sólo podía franquear quien contase con la identificación de residente que controlaban unos guardias de seguridad. Estaba yo alojado, pues, dentro de un espacio urbano bien organizado y seguro. Pero, así que el viajero ponía el pie fuera de la verja del recinto y cruzaba la calle, la vieja China, la de la pobreza, la grima y el desaliño estaba esperándole para engullirlo. En los pocos metros que mi acera distaba de la de enfrente, se cambiaba, no ya de lugar, sino también de época. Casas bajas mal cuidadas, tiendas de medio pelo, puestos de comida callejera en cuyas mesas los clientes jugaban con unas cartas grasientas, basuras sin recoger. ¿De dónde surgían estos íncubos en una ciudad sin pasado, repleta de elegantes centros comerciales y supermercados carísimos como los de la torre Kingkey 100 (por el número de sus pisos)?

Para acomodar su crecimiento industrial y residencial, el área urbana de Shenzhen se expandió por su periferia y absorbió a centros de población ya existentes. Esto ha pasado en todas partes. Sin embargo, en China el proceso tiene rasgos peculiares: la aparición de las llamadas aldeas urbanas (chengzhongcun)Sobre este asunto existe una bibliografía creciente. Entre la más cercana, destacan Pu Hao et al., «What Drives the Spatial Development of Urban Villages in China?», Urban Studies, vol. 50, núm. 16 (diciembre de 2013), pp. 3394-3411, y Shenjing He y George CS Lin, «Producing and consuming China’s new urban space: State, market and society», Urban Studies, vol. 52, núm. 15 (noviembre de 2015), pp. 2757-2773.. Las aldeas urbanas son barriadas que escapan al control del ayuntamiento local. Cuando los antiguos terrenos de labor pasan a integrarse en una ciudad, las residencias de sus moradores entran en una nebulosa jurídica. Por un lado, todo el suelo pertenece al Estado y lo gestiona la burocracia local. Por otro, desplazar a los antiguos residentes a otro hábitat, aunque sea posible, ha sido la causa de numerosos conflictos. En la práctica, pues, se buscan soluciones de compromiso. Los residentes se quedan con sus casas, pero tienen que buscarse nuevas fuentes de ingresos, porque se han visto despojados de sus tierras de labor. Una de ellas es la ampliación de sus inmuebles con añadidos de dos o tres pisos, tantos como puedan soportar los cimientos. Esos pisos, como apartamentos o por habitaciones, se alquilan a los recién llegados a la ciudad. Los bajos se convierten en supermercados, tiendas de telefonía, restaurantes, escuelas privadas, y otros centros de servicios baratos para una población de escaso poder adquisitivo. A menudo, como en el caso de mi hotel, las aldeas urbanas lindan sin solución de continuidad con urbanizaciones de calidad muy superior.

El hukou reproduce y refuerza la dualidad basal de la sociedad china, manteniendo los privilegios de los habitantes de las ciudades

El sistema de aldeas urbanas no desaparece porque cuenta con numerosos beneficiarios. Millones de campesinos chinos han dejado atrás el tazón de hierro y han votado con los pies, emigrando a las ciudades para ganarse la vida sin contar con un hukou de su nuevo lugar de residencia. Son ellos quienes forman la demanda principal de vivienda en las aldeas urbanas. Además de ofrecerles alojamiento al alcance de sus escasos ingresos, como aquéllas se encuentran en medio de la gran ciudad o cerca de las fábricas donde trabajan, vivir allí les ahorra tiempo y dinero en trasporte. Y las tiendas de baratillo y los servicios de baja calidad se ajustan a sus posibles. De esta forma, las aldeas rurales y sus habitantes se benefician de las inversiones públicas en las calles circundantes, de la expansión del metro y de otras infraestructuras por las que sus habitantes no pagan.

Pero no son ellos los únicos interesados en mantener el sistema. Sin un hukou local, los inmigrantes no tienen acceso a servicios como la educación o la sanidad. Así que las aldeas urbanas, con su alta población de nuevos residentes, evitan a los ayuntamientos gastar grandes cantidades de recursos en esos servicios que, de otra forma, tendrían que recaudar y gestionar por medio de impuestos inmobiliarios. Los «propietarios» de los edificios no quieren ni oír hablar de ello y los burócratas locales prefieren mantener a sus incómodos huéspedes socialistas en una ciudad cada vez más marcada por las soluciones capitalistas antes que abrir un foco de problemas.

El sistema es inestable, sin duda, porque los terrenos de muchas de esas aldeas urbanas son de primera calidad residencial, lo que atrae el interés de los promotores inmobiliarios. China se ha llenado de millonarios en estos últimos treinta años y uno no tiene más que contemplar el paisaje urbano de Shenzhen para saber de dónde han salido: «¡Es la construcción, estúpido!» Así que el sueño recurrente de los promotores es la sustitución, previo derribo, de las aldeas urbanas por nuevas y flamantes urbanizaciones. A menudo lo consiguen, siempre y cuando la evicción de los moradores pobres no genere protestas o disturbios que impidan la colaboración de las burocracias locales.

Por su parte, las nuevas clases medias, que han visto dispararse a la estratosfera el precio de la vivienda, también sueñan con esa solución, que aumentaría la oferta de apartamentos y los haría relativamente más asequibles. Vientos todos ellos que impulsan una creciente preferencia de las burocracias locales por soluciones que les permitan mejorar los servicios urbanos y, en muchos casos, forrarse los propios bolsillos. Y hasta muchos de los «propietarios» de viviendas en los islotes del socialismo maoísta, se muestran bien dispuestos a abandonar sus viviendas, dejando en la calle a los emigrantes sin hukou que las pueblan, si consiguen una compensación aceptable de los ayuntamientos o de los promotores. Las campanas tañen, pues, por una creciente desaparición de las aldeas urbanas y su futuro es cada vez más el de encaminarse hacia eso que sociólogos y urbanistas conocen como la gentilización de los espacios ciudadanos más atractivos. A cambio se promete a los emigrantes la obtención de un nuevo hukouEl programa de reformas anunciado en 2012 por el equipo dirigente de Xi Jinping tras su designación en el 18º Congreso del Partido Comunista Chino incluía una eventual desaparición del hukou. A mediados de diciembre de 2015 se anunció que la reforma iba a ponerse en práctica a escala nacional. Al parecer, el nuevo sistema permitiría la conversión en residentes urbanos permanentes de un número indeterminado de emigrantes que puedan demostrar que cuentan con una serie de requisitos: haber vivido en su nueva localidad durante un número de años, haber pagado sus cuotas a la Seguridad Social y tener un empleo estable, así como vivienda fija. Las exigencias para un hukou en las ciudades más grandes serían aún más estrictas. Los resultados de la reforma son difíciles de cuantificar mientras no se hayan establecido definitivamente y lo más probable es que se desarrolle con escasísima velocidad.. Es un equilibrio inestable, pero hasta el momento se ha mantenido incólume en detrimento del campesinado.

La reforma económica: primera fase (1978-1989)

Quiere la convención historiográfica que el final del maoísmo se sitúe en el Tercer Pleno del Undécimo Congreso del Partido Comunista de ChinaContando con su primer Congreso en 1921, el Partido Comunista de China ha celebrado un total de dieciocho, con periodicidad quinquenal desde 1977 (Undécimo Congreso). El máximo órgano de dirección entre congresos es el Comité Central, que se reúne al menos una vez al año. Cada una de esas sesiones plenarias entre Congresos se cuenta ordinalmente (primera, segunda, etc.) desde el final del Congreso correspondiente., celebrado del 18 al 22 de diciembre de 1978. Ese Pleno suele identificarse con el comienzo de la política de apertura y reformas que marcó la era Deng (por el apellido de Deng Xiaoping, su máximo impulsor y dirigente) y que ha continuado hasta el presente. Como de costumbre, la realidad fue bastante más compleja, pero no es el objetivo de estas páginas describir en pormenor los tumultuosos acontecimientos que se sucedieron en China desde la muerte del Gran Timonel hasta la celebración de este Tercer Pleno.

La versión más aceptada del proceso es básicamente teleológica. Tras una larga y penosa etapa de errores y titubeos, China se decidió al fin por la opción más razonable: abrir su economía. Durante la década siguiente, el país fue arrinconando el modelo estalinista rígidamente impuesto por Mao ZedongVéanse las dos entregas anteriores de esta serie, La herencia recibida (I) y La herencia recibida (II). y se embarcó paulatinamente en la adopción de un modelo basado en la competencia y en la libertad empresarial. Su meta final, se sobreentiende, será convertirse en una sociedad no muy distinta de las más avanzadas. A eso suele llamársele proceso de transición [al capitalismo] y la imagen generalmente adoptada para resumirlo ha sido la del círculo virtuoso. Pasado un punto de inflexión inicial, todo concurrió al éxito de la transición.

En un concienzudo análisis de la economía china actual, Barry NaughtonBarry Naughton, op. cit., capítulo 4. lo resume así. A partir de 1978, la economía china comenzó a librarse de la rigidez de la planificación. Al hacer posible la creación de empresas al margen del plan se generó una situación dual y un tanto sorprendente. Los precios de un mismo bien variaban según lo produjese el sector estatal o una empresa privada, es decir, comenzó una seria competencia entre ambos ámbitos. Durante los años ochenta, las empresas estatales siguieron sometidas a los objetivos obligatorios del plan, pero éstos se situaban por debajo de su capacidad productiva real. Cumplido el plan, las empresas contaban, pues, con un excedente de producción que podían colocar libremente en el mercado. Como la economía agregada crecía, el protagonismo del plan decayó inexorablemente y pasó a ser poco más que un plan indicativo: «Incluso en aquellas empresas donde, pongamos, el plan decidía sobre un 90% de su capacidad, se contaba con la posibilidad de que su crecimiento futuro y el desarrollo de nuevas oportunidades de negocio se hiciesen sobre la base de precios de mercado. [Si no cambiaban las reglas de juego,] el plan se tornaría progresivamente irrelevante» . Como, de hecho, sucedió.

Junto a la flexibilización de objetivos de producción y de precios , se generó también una reducción de las barreras de entrada a distintas actividades y, con ella, creció la competencia entre empresas públicas y entre éstas y las privadas, ya fueran domésticas o joint-ventures con capital extranjero. La competencia, a su vez, generaba precios flexibles que evitaban los cuellos de botella y equilibraban oferta y demanda. Un círculo virtuoso, en suma, que permitió a China sustraerse a los riesgos del big bang  que asolaron a otras economías postsoviéticas . Antes que en la generalización de procesos de privatización, los dirigentes chinos prefirieron confiar el crecimiento industrial a una mejora de la gestión interna del sector estatal. Al tiempo, las reformas se llevaron a cabo con la vista puesta en reducir el volumen de la inversión en industria pesada y dirigirla hacia sectores más intensivos en trabajo que permitiesen la absorción de los emigrantes del campo y de los jóvenes que volvían a las ciudades convenientemente «reeducados».

A este original modelo de transición hacia el mercado le acompañó otra circunstancia también excepcional: el mantenimiento de un alto grado de ahorro e inversión. Un ahorro que, ahora, no provenía directamente de los recursos obtenidos por el sector público. El Gobierno chino redujo el ahorro público en las primeras fases de la reforma para generar confianza entre las economías familiares, pero, «afortunadamente» [el adverbio es de Naughton], el consistente aumento de las rentas familiares y de las oportunidades de los consumidores se vieron acompañados por un incremento del ahorro privado: «Este rápido aumento del ahorro de los hogares respalda que éstos creyeran que sus activos estaban razonablemente seguros» .

Sería difícil discrepar de la secuencia del proceso de transición descrito por Naughton y, más aún, negar sus resultados. La trayectoria que describe, sin embargo, tiene muchos puntos de encuentro con la narración de Justin Lin Yifu  y no resulta especialmente convincente por las mismas razones. A la postre, ambas versiones, ampliamente compartidas por muchos otros observadores y expertos que miran a la transición reformista de China con anteojeras optimistas, lo reducen a las decisiones de un grupo de gestores ilustrados que antepusieron los intereses de la sociedad a los del Partido Comunista y guiaron sabiamente el proceso desde arriba.

No fue exactamente así.

No muchos fuera de China o de los medios especializados han oído hablar de Xiaogang, una aldea perdida en la provincia central de Anhui . El 24 de noviembre de 1978, semanas antes de la celebración del Tercer Pleno, representantes de varias familias del pueblo se reunieron clandestinamente en una de sus casas para ejecutar con todas sus consecuencias el plan que habían forjado. Su comuna iba a dejar de serlo: se dividiría en explotaciones familiares. Por supuesto, tenían que mantener el secreto para evitar las penas de cárcel que castigaban a quienes dificultasen el funcionamiento de las comunas. Para salvar las apariencias, se comprometían a cooperar para reunir el volumen de cosecha que les exigía el plan pero, cubierto ese objetivo, cada campesino podía cultivar su parcela y vender sus excedentes como mejor quisiera. Así que, como los Horacios de la leyenda romana, los Dieciocho de Xiaogang se juramentaron para guardar el secreto y afrontar las eventuales consecuencias en un documento sellado con sus huellas dactilares en rojo. Eran los vagidos de lo que más tarde, una vez aceptado legalmente, se llamaría el «sistema de responsabilidad familiar». En definitiva, el certificado de defunción de las comunas. Aquel documento fundacional se exhibe hoy en el Museo de la Revolución de Pekín.

En 1979, Xiaogang produjo sesenta toneladas de cereales, la misma cantidad que había recolectado su comuna entre 1955 y 1970. El ejemplo cundió. Tres años después, el monstruoso laberinto comunal que Mao tenía por la joya de la corona de su política agraria estaba prácticamente desmantelado y las cosechas no sólo crecían en Xiaogang. Entre 1978 y 1984, el total nacional de producción cerealista pasó de 304,8 a 407,3 millones de toneladas.

Nian Guangjiu, otro de los ídolos de la cultura popular posmaoísta, parece, como Xu Sanguan, el mercader de su propia sangre, o el sacamuelas Yu, o el difunto Yang Fei, un personaje sacado de las novelas de Yu Hua . Nian hizo sus pinitos de vendedor independiente de pescado en 1963. Lo encarcelaron. En 1966 volvió al maco por vender frutos secos. Para 1982 había fundado la compañía El Loco de las Pipas . La marca tuvo un crecimiento viral cuando se acusó a Nian de ser un explotador capitalista por emplear a doce personas en su compañía, lo que generó un gran debate mediático y político sobre los límites del capitalismo. En 1987, cuando Nian empleaba ya a ciento cuarenta trabajadores, fue nuevamente acusado –ahora de soborno– en un proceso que acabó en 1991 con una condena de tres años. Esta vez, Deng Xiaoping en persona le libró de volver a la cárcel.

Estos dos ejemplos señeros, a menudo magnificados desmesuradamente por los medios, ayudan a entender mejor la complejidad de la transición de China a la economía abierta. Tras el Tercer Pleno, no sólo se extendió el sistema de responsabilidad familiar entre el campesinado. También se permitió la aparición de pequeñas empresas en medios rurales (township & village enterprises, o TVE por sus siglas en inglés). De esta forma, muchos de los ochocientos millones de campesinos, hartos de que su tazón de hierro siguiera vacío, empezaron a contratar a trabajadores asalariados que les ayudaran a cultivar sus campos, a transportar a las ciudades la producción ajena y a abrir tiendas en ellas para venderla. Muchos pequeños negocios rurales acabaron así por convertirse en empresas, algunas de ellas grandes. Es decir, se disparó el crecimiento del sector privado en la economía de China.

En 1979, la libertad de iniciativa económica se extendió también a las ciudades. Wenzhou, en la provincia de Zhejiang, se convirtió en la enseña de las pymes especializadas en industrias ligeras. Más importante aún fue la creación de las llamadas SEZ (Special Economic Zones), que abrieron las puertas al flujo de capitales extranjeros. Pero el vuelco de China hacia la exportación y la apertura a la financiación exterior no cobró su actual importancia hasta la segunda fase de la reforma, a partir de 1990. Nos ocuparemos de ello en otra entrega.

La necesidad de exponer la lógica interna del proceso de apertura en China, tal y como aparece una vez culminado, lleva a menudo a presentarlo como la ejecución de un guión previamente concebido. Así, hablamos de una primera y una segunda fase reformista o de una secuencia de pasos liberalizadores como si de los eslabones entrelazados de una misma cadena racional se tratase. Es una deriva teleológica inevitable pero peligrosa. En la realidad, la evolución de los acontecimientos obedeció también, a menudo decisivamente, a la aparición de fuerzas y situaciones imprevistas, ajenas a la inventiva burocrática.

La evidencia de que el tazón de hierro estaba vacío no era una genialidad del grupo reformista liderado por Deng Xiaoping, sino un sentimiento compartido por millones de chinos que, de mil maneras, expresaban a las claras sus deseos de cambio. Los Dieciocho de Xiaogang no estaban solos. Si así hubiese sido, hubiera resultado imposible que las comunas agrarias tardasen menos de tres años en pasar a mejor vida. Lo que el Loco de las Pipas expresaba era la determinación de otros tantos millones de personas de organizar libremente sus vidas y, de paso, la economía de un país al que una economía planificada en quiebra y un iluminado del calibre del Gran Timonel habían llevado al desastre. Ni la Banda de los Cuatro ni Hua Guofeng, una trivial réplica de sí mismo impuesta por Mao al Partido Comunista poco antes de su muerte –algo así como Mini-Me lo era del Dr. Evil en la serie de Austin Powers– se hubieran disuelto con tanta facilidad de haber contado con el apoyo social que se autoatribuían. No eran más que tigres de papel. Un mejor conocimiento de los archivos de la época, cuando se abran, nos dirá también hasta qué punto la eficacia de los reformistas de Deng se redujo a dar salida a los deseos de la mayoría. Como resume Yong Zhao, «no fue la previsión ni la inteligencia del Gobierno central lo que desencadenó el ascenso global de China. Antes al contrario, lo que permitió a la gente desplegar su autonomía fue la retirada gradual del plan y de sus exigencias arbitrarias. Como dijo Deng, la sabiduría del Gobierno se redujo a dejar a los chinos a su aire, a permitirles ser ellos mismos» . El despotismo ilustrado que encandila a analistas de tercera fila como Thomas Friedman y tantos otros observadores de su cuerda, llanamente, es incapaz de explicar la complejidad del proceso de apertura.

De nuevo, la evolución de los acontecimientos seguiría un curso también imprevisto. A la postre, ni Deng ni sus sucesores han llegado muy lejos en la ejecución de un programa de apertura que dé satisfacción a ansias de libertad no estrictamente económicas. Es en ese nudo gordiano donde confluyen y se enredan tantas de las palmarias contradicciones que aparecen en la China de Xi Jinping.

02/01/2016

 
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