ENSAYOS
Izquierda, identidad y nación
por Juan Francisco Fuentes

«Los obreros no tienen patria»: Marx y Engels fueron categóricos, en esto como en todo, al afirmar en el Manifiesto comunista el carácter forzosamente apátrida del proletariado y su vocación internacionalista. La conciencia de clase era incompatible con cualquier sentimiento ligado al país de origen en un momento (1848) en el que la burguesía había hecho del nacionalismo su gran caballo de batalla para consagrarse como clase dominante, utilizando la nación como elemento de cohesión social y antídoto de la lucha de clases, como trasunto sentimental de un mercado blindado a la competencia extranjera o como metrópoli de un imperio colonial en construcción. La clase obrera debía mantenerse firme ante la capacidad de sugestión de los mitos políticos, desde la nación hasta la democracia, creados por la burguesía para desviar a los trabajadores de sus objetivos históricos como clase dotada de su propia cosmovisión y de un proyecto alternativo a la sociedad de clases.
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Cambio tecnológico y progreso social: ¿es posible un futuro mejor?
por Alfonso Novales

Estamos asistiendo a la materialización de unos procesos de innovación tecnológica que a todos nos sorprenden, no sólo por su relevancia, sino porque la velocidad con que se producen y se incorporan a nuestra vida diaria no tiene precedentes en la historia. Apple introdujo el iPhone hace diez años. Cuando todavía una de cada seis personas vive sin electricidad y más de la mitad de la población mundial no tiene acceso a Internet, el número de tarjetas SIM supera ya a dicha población. Resulta difícil mantenerse actualizado respecto a todas las innovaciones que se producen y, en el plazo de una vida, estamos viendo que los usos de las generaciones más jóvenes y las de mayor edad son bien diferentes, en términos de cómo establecen sus relaciones con otras personas, así como del modo en que difunden y reciben información. Los entretenimientos han cambiado drásticamente. Los hábitos de lectura también han cambiado, al igual que los sistemas de aprendizaje, en los que las plataformas online han entrado con fuerza y ofrecen posibilidades de formación antes impensables y llegan a lugares donde apenas existe infraestructura educativa.
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Los últimos utópicos
por Jeremy Adelman

En junio de 1994, Peter Sutherland acudió al estrado para impartir la Tercera Conferencia Anual Conmemorativa Hayek ante el público congregado en el Instituto de Asuntos Económicos en Londres. Un avatar de los líderes de la Posguerra Fría, Sutherland estaba acostumbrado a deslizarse de un lado a otro, pasando de los negocios globales (presidente de Allied Irish Banks, presidente de British Petroleum y, más tarde, presidente del ubicuo Goldman Sachs International) al servicio civil global (comisario europeo de Competencia, representante especial de Naciones Unidas para la Migración Internacional). Ocupó durante su vida profesional suficientes sillones de presidente como para llenar un pequeño auditorio. En Londres anunció las deudas que tenía contraídas con Friedrich Hayek, el gran pensador austríaco, al presentar un modelo de integración global que habría de resolver una búsqueda que se había prolongado durante siglos.
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Sexo, sangre y muerte: un cóctel victoriano
por Guillermo Carnero

La popularidad se apodera en ocasiones de la imagen de personas que estuvieron en su tiempo en primera fila en la feria de las vanidades; unas veces las banaliza, y otras levanta sobre ellas extraños mascarones cuya relación con la verdad apenas trasluce bajo la fantasía o el mito. De lo primero es buen ejemplo Napoleón; de lo segundo, un príncipe balcánico del siglo XV, Vlad III de Valaquia, componente, ni siquiera antecedente propiamente dicho, del mito contemporáneo del conde Drácula.

Ese mito data de la novela de Abraham Stoker publicada en 1897, compuesta por imbricación de ingredientes independientes y distintos en su naturaleza y antigüedad, pero tan bien fundidos que millones de personas los consideran consustancialmente inseparables. En lo esencial, estos tres: la vida y hazañas de Vlad III, la tradición folclórica y literaria acerca del miedo a los muertos y su retorno al mundo de los vivos, y la remodelación en el siglo XIX del personaje literario llamado «villano gótico». 
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Estamos progresando y usted no lo sabe
por Juan Antonio Rivera

Cualquiera de estos cinco libros reúne a buen seguro méritos suficientes para ser reseñado por separado, pero también es cierto que guardan entre sí un parentesco que autoriza y alienta su reseña conjunta. En la práctica me centraré en el libro de Steven Pinker, que es el que tiene un recorrido conceptual más rico y completo, y emplearé los demás para contrastar o prestar apoyo a algunas de las afirmaciones que hace el psicólogo canadiense.

Esto es lo que nos cuenta Giorgio Manganelli sobre cómo era la vida en Londres en el primer tercio del siglo XVIII: «Pero en 1737 Londres no era sólo un lugar de arrebatadora vitalidad, el gran escenario de la vida. Era una ciudad torva y sórdida, increíblemente sucia ‒puesto que aún no existía un servicio municipal de limpieza urbana‒ y mal iluminada; las calles estaban sin pavimentar y desprovistas de aceras; no había alcantarillado ni conductos de desagüe, de modo que toda la inmundicia se acumulaba y fluía hacia el centro de las calles; los informes de la época insisten especialmente en los gatos y perros muertos [...]. Era frecuente la pena de la argolla, que solía recaer en los calumniadores, categoría de la que formaban parte los libelistas, los polemistas temerarios y los periodistas agresivos.
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