ENSAYOS
La China real, sin cuentos chinos
por Alicia García Herrero

Si alguien me preguntara cuál es, en lengua española, el libro sobre China más interesante y de mayor actualidad, sin duda diría que La China de Xi Jinping, de Julio Aramberri. Reconozco que mi respuesta puede estar sesgada por mi gran interés hacia ese país, pero, aun así, considero que hay motivos de peso para que una obra de estas características pueda convertirse en un best-seller en los momentos que corren. La razón es simple: China es ya la mayor economía del mundo, o la segunda, según se mida, y por tanto, si extrapolamos linealmente la tendencia actual, está llamada a sustituir a Estados Unidos en su papel hegemónico mundial. No hace falta ser un gran historiador para entender que el traspaso de hegemonía de un país a otro es un evento tan infrecuente como relevante, no sólo para los países involucrados, sino para el mundo en su conjunto. Adicionalmente, dicho traspaso suele ser tortuoso por las reticencias del hegemónico, en este caso Estados Unidos, a ceder su poder, lo que suele ocurrir sólo por la fuerza. Graham Allison, en un influyente libro a propósito del creciente liderazgo de China, nos recuerda que sólo cuatro de los dieciséis traspasos de hegemonía en la historia que conocemos han sido pacíficos.
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Constitución del 78: la luz y las tinieblas
por Francisco Sosa Wagner

Empiezo afirmando lo que suele hacerse al final de las reseñas: este nuevo libro de Roberto Blanco debe leerse, y debe hacerse sin prisas, demorándonos en el trance y disfrutando de las razones y las pasiones que el autor pone en su discurso. Y ello porque en el autor se funden dos perspectivas complementarias: la vindicación de la España constitucional (como reza el subtítulo) con un análisis documentado, sereno y atinado de nuestros pecados políticos. Esa sabia combinación sólo puede llevarla a cabo una pluma experta como es la de Blanco, bien curtido en estas batallas como multíparo que es.
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La genealogía del Homo sapiens
por Carlos López-Fanjul

En 1900, año que marca el inicio de la moderna genética, la antropología al uso seguía recurriendo a los preceptos establecidos en 1735 por Linneo para encasillar a la humanidad en razas, esto es, en poblaciones de distinto origen geográfico caracterizadas por una dotación hereditaria esencial que diferenciaba a unas de otras, determinante tanto de las cualidades físicas, intelectuales y morales de sus miembros como de los rasgos externos utilizados a modo de indicadores de éstas, entre los que el más conspicuo era el color de la piel. Aunque el número de esas razas variaba de acuerdo con las múltiples preferencias taxonómicas de los investigadores en cada momento, todos ellos coincidían en situar a la suya, invariablemente blanca, en la cúspide de la jerarquía racial.
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La lúcida desolación de la izquierda seria
por José María Ruiz Soroa

Este libro de Felix Ovejero trata, desde luego, de lo que anuncia su título, es decir, de la deriva posmoderna de tintes reaccionarios de una parte de la izquierda intelectual y política, pero no trata sólo de ello, ni principalmente de ello. El grueso de su contenido (que en gran parte proviene de trabajos previos ahora reelaborados) está más bien dedicado a describir tanto la evolución histórica como el fracaso final y sin paliativos de unas ideas –las socialistas– acerca de cómo organizar una sociedad decente, es decir, cómo acceder a un Estado en el que el ser humano pudiera gozar de las mejores y mayores posibilidades para una autorrealización personal libre de dominación material. Es por eso que, objetivamente consideradas sus conclusiones, es un libro desolador para la gente de izquierda, que es para quienes está escrito. Pues hay que advertir que Félix Ovejero escribe sólo para su gente, para quien comparte la idea socialista, no para quienes cultivan otras ideas, sean los conservadores o los liberales.
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Danzad, danzad, malditos
por Theodore Dalrymple

Aunque muchas personas podrían sostener que consideran la libertad como el bien supremo, suelen optar en la práctica por la seguridad. Admitir que se prefiere el confort al riesgo, lo conocido a lo desconocido, la rutina a la aventura y la dependencia a la responsabilidad personal tiene algo de vergonzoso, lo cual explica por qué la gente no reconoce sus preferencias en público y se condena en consecuencia a incurrir en la mala fe. Tienen que pretender creer algo en lo que no creen, a saber, que la libertad es su bien supremo.

En la cárcel en que trabajé durante muchos años como médico solía preguntar en un aparte, y en confianza, a los presos que habían sido detenidos y condenados por enésima vez si preferían realmente la vida en la cárcel a la vida en el exterior. Alrededor de un tercio me admitieron que sí, porque en la cárcel se encontraban a salvo: de sus enemigos, de las exigencias intimidantes de las madres de sus hijos, de la necesidad de arreglárselas por sí solos, pero, sobre todo, de ellos mismos. Cuando quedaban a su libre albedrío, no sabían qué hacer y, en consecuencia, hacían las cosas más obviamente autodestructivas. 
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