Los desmanes de Ryōichi Sasakawa

por Francisco García Olmedo

Esta es una narración por entregas. El hemisferio doliente es aquel en el que habitan los más desfavorecidos de este planeta. El narrador cuenta como conoció a Sara en Madrid y  quedó prendado de ella, justo antes de que esta se adentrara en el mencionado hemisferio y él se marchara a una universidad americana. En sucesivos episodios el uno y la otra se irán enfrentando a distintos aspectos de la difícil relación de los afortunados con los que no lo son.

En los capítulos anteriores. He relatado la incorporación de Sara en la clínica callejera del Dr. K. en Calcuta y mi llegada a la Universidad de Minnesota en Saint Paul, así como mi primera experiencia en los campos experimentales de dicha universidad. Me alojo en el apartamento de dos compañeros africanos que se convertirán en mis mentores. Sus biografías y sus personalidades no pueden ser más dispares. Rosa pide a Sara que le ayude un día donde la Madre Teresa. Cárcel y litigios del Dr. K. Conozco a Norman Borlaug y concibo enrolarme en alguno de sus proyectos africanos con la esperanza de que Sara se reúna conmigo. Kaboré pone en entredicho mis planes y me insta a que investigue los antecedentes de Sasakawa, financiador de Borlaug.

Cuando por fin me decidí a hacer caso a Kaboré y traté de averiguar quién era en realidad Ryōichi Sasakawa, no estaba preparado para lo que iba a encontrarme. ¿Cómo iba yo a imaginar que quien Borlaug había presentado como uno de los mayores filántropos del siglo, dispuesto a financiar una segunda Revolución Verde, que esta vez beneficiaría a África, no tenía empacho alguno en describirse a sí mismo en la prensa como «el fascista más rico del mundo»? Lo que inicialmente me había planteado como una breve incursión en la hemeroteca universitaria, enseguida se convirtió en un obsesivo rastreo de las oscuras hazañas de este personaje y sus notorios compinches, entre los que sobresalían Yoshio Kodama, uno de los jefes máximos del crimen organizado en Japón; Sigman Ree, el dictador coreano; el reverendo Moon, quien, con ayuda de la CIA coreana y del propio Sasakawa, fue fundador de la secta que llevó su nombre; el chino Chang Kai-shek o varios jefes sucesivos del gobierno japonés. Ahora me cuesta trabajo ordenar y resumir mis notas. Me cuesta omitir algunos de los aspectos más jugosos, a pesar de que puedan ir más allá de la historia que estoy contándome por prescripción de Silvia, pero, sin entender mi repugnancia por el dinero de este personaje, no se entendería hasta qué punto fue el mayor obstáculo que hube de vencer antes de la propuesta que acabé haciéndole a Sara.

Hijo de un fabricante de saké, Sasakawa hizo su primera fortuna especulando con el arroz, materia prima de dicha bebida. Al final de los años veinte, fue cofundador de un partido fascista y acabó en la cárcel por intentar extorsionar a empresarios y ministros del gobierno. Al salir de la cárcel, en 1931, volvió a las andadas con el Kokusui Taihuto, partido ultranacionalista en cuyo ámbito organizó un ejército de más de quince mil miembros que incluyó una aviación con veintidós aviones de combate y su propio aeropuerto. El uniforme elegido fue copia del de los seguidores de su admirado Benito Mussolini. Es precisamente en 1931 cuando Japón inicia una guerra, la invasión de Manchuria, que no habría de terminar en la práctica sino con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Sasakawa, junto al yakuza Kodama, usó su ejército para saquear Manchuria, extorsionar a los empresarios chinos, controlar los suministros al ejército japonés, aprovechar el contrabando de drogas, platino y diamantes, y amasar una enorme fortuna. En 1937 fue encarcelado bajo la acusación de haber creado un sindicato del crimen en China, pero fue eventualmente liberado. Su fervor por Mussolini lo llevó en 1939 a volar hasta la misma Roma para ser recibido por éste. En la fotografía que certifica el encuentro, Sasakawa aparece de negro, vistiendo ropa tradicional japonesa, con un bigote triste, diminuto junto a un duce agigantado.

Después de Pearl Harbor, integra su tropa y su aviación en el ejército regular y sigue enriqueciéndose con los suministros militares y su colaboración con los servicios secretos. Entra en la obediente Dieta japonesa como independiente, siempre halcón, nunca paloma, y al terminar la guerra es inmediatamente encerrado por el general MacArthur en la cárcel de Sugamo como criminal de guerra de la «clase A». En concreto, es «el hombre que representa un mayor peligro para el futuro del Japón». La noticia de que ha sido clasificado como criminal de guerra de clase A le hace feliz, hasta el punto de que acude a la cárcel con un día de antelación, acompañado por un camión lleno de seguidores que le aclaman y una banda de música que toca una marcha naval.

Sasakawa, quien no recibió educación formal alguna más allá del colegio, recordará con cariño la cárcel de Sugamo como su alma mater, y su estancia en ella como «unas vacaciones ofrecidas por el buen dios». Allí coincidió con figuras como su antiguo compinche Kodama, con Nobusuke Kishi, futuro líder del Partido Demócrata Liberal, o con Shirō Ishii, ejecutor de los nefastos experimentos con seres humanos del Campo 731. El 23 de diciembre de 1948, el general Hideki Tōjō y seis de sus compañeros de prisión fueron ahorcados, y otros dieciocho fueron sentenciados a largas condenas. Al día siguiente, nuestro protagonista y sus compinches fueron misteriosamente liberados, al parecer reclutados para el frente asiático de la lucha anticomunista por el general Charles A. Willoughby, jefe de los servicios secretos de Douglas MacArthur y años después notorio macartista. Fue así cómo los criminales que habían gobernado Japón durante la guerra volvieron a gobernarlo largamente durante la paz que siguió con el Partido Demócrata Liberal. Sasakawa y Kodama fueron los hombres en la sombra que apoyaran como primer ministro a Kishi y más tarde conspiraron para el nombramiento de sus sucesores. Al mismo tiempo, se aliaron para controlar el crimen organizado. Kodama caerá mucho más tarde en desgracia con el escándalo que siguió a los sobornos en la compra por Japón de aviones Lockheed. Luego sobrevivió al intento de asesinato por parte de un rival que estrelló un avión contra su casa.

Al salir en libertad, Sasakawa y Kodama se mueven con provecho propio por las cloacas del frente asiático de la Guerra Fría y entre sus hazañas se cuenta, al parecer, su contribución al derrocamiento de Sukarno en Indonesia en 1956. Pero es en el frente patrio donde Sasakawa da su golpe más afortunado al hacerse con el monopolio de las carreras de lanchas rápidas y de las apuestas asociadas a ellas, una fuente inagotable de ingresos que administra a través de una fundación estatal, la Nippon Foundation, presidida por él mismo y dependiente del Ministerio de Transportes, que estará detrás del exitoso resurgimiento de la industria naval nipona y de la inundación monetaria de las arcas del fascista más rico del mundo. Para conseguir y mantener tal megarregalía no duda en sobornar masivamente a los miembros de la Dieta japonesa y luego en utilizar la fundación como cobijo para altos funcionarios del ministerio que eran afines a sus manejos.

Sasakawa emprende entonces una larga campaña tentacular de influencia a escala global. Dona setenta millones de dólares a la Organización Mundial de la Salud para la lucha contra la lepra. Al parecer, dos informes internos de la ONU ponen en evidencia ciertas irregularidades en la elección del poco escrupuloso Hiroshi Nakajima al frente de dicha organización, y éste, agradecido, manda poner un busto en bronce de Sasakawa a la entrada del edificio de la organización en Ginebra. Algo similar parece que ocurrió con la elección de secretario general de la UNESCO, cuando representantes africanos votaron en contra del candidato egipcio para que saliera elegido el japonés Koïchiro Matsuura. Sasakawa también financia, estimula y aconseja al reverendo Sun Myung Moon y su secta, la Iglesia de la Unificación. Con su ayuda, Moon entra en Norteamérica como toro en cacharrería, financiando y comprando a la ultraderecha republicana, desde el periódico The Washington Times a Bush padre, quien recibe amplia ayuda electoral de los feligreses de la secta y, ya expresidente, millones de dólares por sus giras asiáticas o, por ejemplo, por actuar en la inauguración del periódico que funda Moon en Buenos Aires. Ni siquiera Alberto Fujimori, con sus programas de esterilización de poblaciones nativas y su rocambolesca fuga al Japón, parece escapar a la ominosa sombra de Sasakawa.

A partir de un cierto momento, en los años setenta, este mago del blanqueo de dinero se distancia de los asuntos más dudosos para concentrarse en blanquear su imagen pública, esforzándose por aparecer como el mayor filántropo del siglo XX. Logra entrevistarse con el nieto de Alfred Nobel, de visita en Japón, y, al parecer, llega a la conclusión de que es factible comprarse el premio Nobel de la Paz. Hace donaciones a seis decenas de universidades, con Oxford a la cabeza; la de Chicago es la primera en negarse a recibir su ayuda. Crea la Sasakawa Peace Foundation, la United States-Japan Foundation, la Great Britain Sasakawa Foundation, siempre nombrando a rancios lores e influyentes políticos de los distintos países como miembros de los consejos de estas instituciones.

Da especial prioridad a la subvención de instituciones vinculadas a previos recipiendarios del codiciado premio de la Paz. Así, a Linus Pauling, tal vez el químico más importante del siglo, quien, además del premio Nobel de Química, recibió el de la Paz por sus campañas antinucleares, le construye unos costosos laboratorios para sus seniles investigaciones sobre la vitamina C. En esta misma línea, crea la Sasakawa Africa Foundation, para la que recluta a dos premiados: Jimmy Carter, a cuya fundación ha donado varios millones de dólares para construir una biblioteca, y mi admirado Norman Borlaug, a quien convence para salir de su retiro bajo el señuelo del proyecto Sasakawa Gobal 2000, cuyo objetivo es realizar una Revolución Verde en el continente africano.

Camino del premio que quiso comprar sin llegar a obtenerlo, el llamado Koromaku, «hombre en la sombra», no dejó de cosechar premios importantes, como el Helen Keller International Award, la Medalla de la Paz de las Naciones Unidas o la Linus Pauling Medal for Humanitarism. Cuando Pauling fue advertido de los antecedentes de su benefactor, se limitó a admitir que éste «tal vez sólo había querido lavar su imagen». En numerosas ocasiones se retrató con toda suerte de personas célebres, de Liz Taylor al papa Juan Pablo II, con quien aparece en una fotografía en un apretado abrazo.

Un día, mientras cenamos, vuelvo a hablar con Kaboré sobre mi posible futuro africano:
‒ Ya he visto que el origen del dinero para el proyecto africano es bien oscuro: va directamente del hampa al hambriento, casi sin intermediación...

‒ Al menos en el caso de los trigos mexicanos, los de la Revolución Verde, el dinero del bucanero John D. Rockefeller se había ido adecentando durante algunas generaciones, depositado en las arcas de la famosa fundación que lleva su nombre, antes de ser aplicado a ese buen fin.

‒ La Madre Teresa se inclina por la idea de que todo dinero es sucio o limpio según el fin a que se destina, no por la mano que lo dispensa.

‒ No me extraña su postura, puesto que ella no sólo recibió dinero del hipócrita estafador Keating y de la familia Duvalier, sino que los defendió públicamente cuando fueron acusados de sus respectivos pecados.

‒ ¿Consideras «limpios» los fines de Borlaug en África?

‒ No sé qué ocultas intenciones haya podido tener Sasakawa. No me fío. Creo, sin embargo, que las de tu Borlaug seguramente lo son. Otra cosa son los resultados, que están muy lejos de lo que se prometía.

‒ Pero en África la producción global de maíz se ha multiplicado por tres en cuatro décadas.

‒ No todo ha sido por Borlaug. En Etiopía hubo casos en que la superproducción hundió los precios porque el gobierno no aseguró la distribución de la cosecha, a lo que se había comprometido, y se arruinaron los agricultores locales. En Ghana fui testigo de cómo en el poblado de Fufuo no salían de su asombro cuando todas las plantas de maíz daban mazorcas, algo que jamás habían visto. Fueron autosuficientes por primera vez y les sobró cosecha para vender. Pagaron sus microcréditos y empezaron a pensar en mejorar su escuela, sus caminos, sus pobres viviendas de adobe, hasta que el programa transfirió sus tutelas al gobierno para emprender nuevos objetivos: los precios del abono y del crédito subieron y la operación fue muriendo por inanición. En fin, yo creo firmemente que, salvo milagro, los problemas los tenemos que resolver nosotros mismos: nadie de fuera va a dar con todas las teclas.

10/04/2018

 
COMENTARIOS

M.Martin 12/04/18 08:08
Todo es demasiado complejo y no se sabe hasta donde puede llegar la maldad de las personas por hacerse con el poder o con el dinero.
¡¡Cuantas complicaciones ocultas hay en todo¡¡

Fernando Bolibar Chinchilla 12/04/18 12:54
¡Muy esclarecedor!

Gonzalo Cruz Romero 15/04/18 00:34
Respecto a la filantropía de Sasakaasa podíamos mentar sin salir de la península en la guerra y en la posguerra a March y Gulbenkian

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