La vocación del Dr. K

por Francisco García Olmedo

Esta es una narración por entregas. El hemisferio doliente es aquel en el que habitan los más desfavorecidos de este planeta. El narrador cuenta como conoció a Sara en Madrid y  quedó prendado de ella, justo antes de que esta se adentrara en el mencionado hemisferio y él se marchara a una universidad americana. En sucesivos episodios el uno y la otra se irán enfrentando a distintos aspectos de la difícil relación de los afortunados con los que no lo son.

En los capítulos anteriores. He relatado el choque inicial de Sara con el hemisferio doliente, su llegada a Calcuta, su instalación y su primer día en la clínica callejera del Dr. K. También cuento cómo conocí a Sara, antes de que ella se fuera a India y yo a la Universidad de Minnesota en Saint Paul, así como mi primera experiencia en los campos experimentales de dicha universidad.

Fue como una claridad marítima surgida después de la lluvia ‒me escribió Sara en una ocasión‒, bastaron apenas unas horas bajo la influencia del Dr. K para que viera con nitidez mi lugar en este otro hemisferio. Caí en él como por una resbaladiza pendiente inadvertida, sin vuelta atrás y sin querencia por lo perdido. Y así de súbita e irreversible debió de ser su mudanza, a juzgar por la firmeza con que mantuvo el rumbo a partir de entonces. Sin embargo, no es obvio en qué pudo consistir la influencia de K., a quien nunca llegó a conocer personalmente.

He indagado sobre K. y no he encontrado escrito suyo alguno. Es un personaje sin rastro, salvo por su obra benefactora y las breves noticias de prensa, aparecidas a lo largo de los años, sobre sus continuos encontronazos legales con el gobierno indio, empeñado en expulsarlo del país. El único documento revelador de que dispongo es una extensa entrevista, realizada por un tal Ashok Mahadevan y al parecer publicada en un semanario indio. En ella emerge con claridad el turbulento trasfondo espiritual del personaje.

Me pregunta cómo surgió en mí la vocación humanitaria, si respondió a una pulsión religiosa, y no estoy seguro de saber contestarle. La primera experiencia del dolor y del consuelo sanador que recuerdo es bien temprana, tendría yo poco más de dos años cuando me corté con un cuchillo. No paré de llorar mientras Sally, mi hermana mayor, trataba de atajar los borbotones de sangre que empezaban a manchar el pulcro suelo blanco de la cocina y seguí llorando en su regazo, que olía a lavanda, cuando la herida era ya sólo memoria y mi nariz necesitaba del repetido alivio de su pañuelo. La primavera, que me ofrecía sus velas desplegadas a través de la ventana, acabó de devolverme a la alegría del mundo.

Yo fui un niño inquieto y rebelde que creció feliz en el seno de una familia judía acomodada que durante generaciones había regentado una farmacia en un pueblecito de Dorset. Me formé en la fe de mis mayores, que fue minuciosamente cincelada en mí desde la más temprana edad, pero su duro mármol se disolvió de repente poco después de cumplir los catorce años. Camino del colegio, pasaba a diario por delante del pub del pueblo, cuya fachada tenía adosado un abrevadero de caballos, y un bochornoso día de verano, volviendo a casa, decidí remojarme la cabeza en su fresco chorro. Al inclinarme sobre el agua del abrevadero, contemplé mi imagen proyectada contra el cielo y, cual Narciso insatisfecho, me desasosegó el tocado que cubría mi cabeza. Me quité el kipá en un súbito impulso. Mi rubia cabellera fue así expuesta para siempre a todos los vientos y mi espíritu quedó libre de creencias heredadas.

Es posible que esto no ocurriera de forma tan brusca como lo recuerdo, pero lo cierto es que, a partir de ese momento, en mi conciencia quedó una página borrada que pedía ser llenada con un nuevo texto. Pocos años después, ya en Oxford, en cuya universidad estudié Economía Aplicada, dicha página fue reescrita en el espíritu del famoso manifiesto del abuelo Marx, cuya sombra acogió mis incansables lecturas.

Era cliente asiduo de una amplia librería en Main Street y fue allí donde un día atrajo mi atención una Biblia católica de buen tamaño, preciosamente impresa y encuadernada. No sé por qué la compré, debí de responder a un típico impulso de bibliófilo, pero lo cierto es que me acompañó durante varios años sin que le prestara mayor atención. Al graduarme, acepté un puesto como administrador de una gran finca en Gales, donde llevaba una vida solitaria con tiempo de sobra para los libros, y un buen día le tocó el turno al precioso volumen, que fui leyendo en breves caladas a lo largo de meses. Por no extenderme, diré que la permanente reflexión sobre la práctica diaria en aquella finca había ido alejándome de las ideas colectivistas y que la lectura bíblica me ofreció una idea más operativa sobre el ser humano y una forma más atractiva de formular mi responsabilidad respecto al prójimo. El caso es que, a los treinta y dos años, me convertí al catolicismo.

Al parecer, K. decidió poner en práctica su nueva fe ayudando a los necesitados, y pensó que la atención a los enfermos desvalidos podría ser el modo más eficaz de hacerlo. Su edad y sus antecedentes académicos no le hicieron fácil la admisión como alumno en una facultad de Medicina, pero en el Royal School of Surgeons de Dublín lo admitieron cuando ya estaba a punto de desistir de sus planes. No cuenta mucho de su experiencia académica y sí refiere que en las vacaciones hizo varios viajes para explorar posibles campos de operaciones y que, después de una prospección frustrante por el Magreb, encontró el destino que buscaba en el recién independizado Bangladesh.

Nada le había preparado para lo que allí encontró; tuvo la inmediata sensación de que entre la medicina académica y lo que allí se necesitaba había un inmenso abismo. Bajo el negro cielo del monzón, miles y miles de cuerpos enfermos y encogidos, cabezas gachas y ojos sin esperanza, deambulaban por la fétida e interminable ciénaga, una muchedumbre que se extendía sin posible consuelo hasta los confines del horizonte. Percibió aquella desoladora situación como contraria a la idea de un Creador benevolente y su tardía fe cristiana sufrió una profunda herida que se convertiría en mortal con los desgraciados incidentes que provocarían su traumática expulsión del país.

Parece que K. encontró finalmente el camino de su vida en un programa secular, despojado de toda creencia o ideología e imbuido únicamente del apremiante deseo de paliar la gran tragedia de la humanidad doliente. Cuando la trayectoria de Sara se cruza con la de K., ésta encuentra un destino que no ha buscado, pero que enseguida reconoce como propio y lo acepta con una naturalidad exenta de drama; el mero azar suple en ella lo que en K. ha sido angustiada búsqueda.

A juzgar por lo que Sara me contó en los días de nuestro encuentro, la fe religiosa había ocupado siempre un segundo plano en su conciencia, como un elemento más del ambiente en que se había desarrollado su vida. A pesar de que había sido educada en un colegio de las Hermanas de la Caridad, la religión había sido siempre una idea que no suscitó en ella sentimiento alguno de aceptación o rechazo, un elemento que fue abandonando sin trauma, de forma gradual, a lo largo del tiempo que hubo de pasar en la mesa de disección anatómica. El cuerpo de una mujer joven, que hubo de disecar meticulosamente, pieza a pieza, como quien desmonta un automóvil, fue una experiencia que la empujó a aceptar una concepción del mundo como fruto del juego ciego del azar, del mismo modo que esa misma experiencia ha llevado a algunos al descubrimiento de la trascendencia.

Una gran sala alargada, destartalada y lóbrega; el olor a formol eclipsa cualquier fetidez: formol en vena, en formol cada componente que se separa del todo, una docena de cadáveres sobre las mesas de disección, varias decenas de estudiantes, las batas mal abrochadas, algunos con un bocadillo o un vaso de refresco en una mano y el bisturí en la otra, humor macabro, obsceno, cada órgano separado en sus elementos constructivos y explicado en una sucia pizarra, el todo menos que la suma de las partes. ¿Dónde el amor? ¿Dónde el yo? ¿Dónde la fe? Nada distinto a como había sido un par de años antes con una rana y un conejo en clase de Biología. El argumento de que por algo será que son mayoría los humanos que inundan templos, iglesias, mezquitas o sinagogas, parece que le resulta tan falaz como el contrario. Sara suscribe el contrario por su mayor parsimonia.

Mi primera impresión de Sara fue la de que era reservada y no exteriorizaba con claridad sus sentimientos, incluso en ocasiones parecía que los administraba con tacañería. Sin embargo, estoy relativamente seguro de que, cuando nos despedimos, su viaje a la India no era sino una aventura menor, de la que esperaba obtener alguna experiencia práctica, pero que no parecía ofrecerle mayores promesas.

No creo que Sara encontrara en K. a un maestro, como parecía pensar, sino a un mediador casual de su destino. Sin embargo, coincidía con él en lo esencial para la acción común, una idea que K. expresa en palabras atribuidas a Buda:

Pero si, después de la observación y el análisis, encuentras que algo casa con la razón y conduce al bien y al beneficio de uno y de todos, entonces acéptalo y vive a su altura.

Para Sara, esta convicción es el necesario y suficiente armazón teórico que orientará sus pasos, mientras que para K. es el último y mínimo destilado de un largo proceso generador que no acaba de bastarle; de su tortuoso peregrinar, parece quedarle residualmente adherida una nebulosa mística sincrética. Esto transpira en lo que responde por escrito cuando le preguntan sobre su relación con la madre Teresa, con quien colabora durante un tiempo al principio de su instalación en Calcuta: 

Si se examina el trabajo de la madre Teresa, se ve a Dios y al Espíritu Santo… Es seguro que el Espíritu la visitó, años atrás, en el tren a Darjeeling, cuando era una joven monja, y la instó a abandonar el convento para vivir entre los más pobres de los pobres… Si cualquier persona se abre al Espíritu Santo, éste la guiará del mismo modo… pero no le revelará por qué debe haber tanto sufrimiento, por qué ocurren tantas cosas terribles, por qué ocurren sin la interferencia de Dios, por qué la humanidad ha de dividirse entre infortunados y afortunados. Nunca lo sabremos en esta vida, pero, a pesar de todo, debemos escuchar el simple mensaje del Espíritu. Cuando la Madre dice que «“Dios está en los pobres y en los sufrientes», es la absoluta verdad. Otra cosa es que yo crea ahora en el nacimiento virginal o en la resurrección, y menos aún en la vía exclusiva, en el pretendido monopolio del camino hacia Dios por la religión católica o por cualquier otra… Tengo el máximo respeto y amor por la labor de la Madre Teresa, pero su organización es básicamente misionera y meditativa, no médica, y la medicina es muy exigente, no admite digresiones. Por eso decidí emprender una opción laica estrictamente asistencial.

Más adelante en la entrevista, K acaba de enredar la descripción de su particular limbo religioso:

Estoy con los hindúes y los budistas respecto a la reencarnación. Como judío circunciso y católico bautizado, no puedo probar que esta última existe, pero es cierto que explicaría muchas cosas que el cristianismo no explica. Tiendo a creer en ella como en el Espíritu Santo. Lo mismo me ocurre respecto al karma y las relaciones de causa y efecto.

Para cuando Sara leyó esta entrevista, las palabras de K. le parecieron confusas, pero no le afectaron en nada, porque su opción vital estaba ya consolidada.

30/01/2018

 
COMENTARIOS

M.Martin 01/02/18 15:49
Interesante descripción desde le punto de vista religioso.

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