La clínica en Nimtallah Ghat

por Francisco García Olmedo

Esta es una narración por entregas. El hemisferio doliente es aquel en el que habitan los más desfavorecidos de este planeta. El narrador cuenta como conoció a Sara en Madrid y  quedó prendado de ella, justo antes de que esta se adentrara en el mencionado hemisferio y él se marchara a una universidad americana. En sucesivos episodios el uno y la otra se irán enfrentando a distintos aspectos de la difícil relación de los afortunados con los que no lo son.

En los capítulos anteriores. He relatado la incorporación de Sara en la clínica callejera del Dr. K. en Calcuta y mi llegada a la Universidad de Minnesota en Saint Paul, así como mi primera experiencia en los campos experimentales de dicha universidad. Me alojo en el apartamento de dos compañeros africanos que se convertirán en mis mentores. Sus biografías y sus personalidades no pueden ser más dispares.

La enfermera Inge ha enviado a Sara de refuerzo a la clínica que el Dr. K ha abierto en Nimtallah Ghat, junto al río. La acompaña Tanweer como ayudante y van en tranvía. Sara viste un sari verde pálido: el sari es ya su indumentaria habitual. Ha adquirido hasta media docena de ellos, su modo de llevarlo no desentona entre los de las mujeres que predominantemente abarrotan el tranvía. No han conseguido ocupar uno de los viejos asientos de madera pulida por el uso y deben colgarse de los asideros que cuelgan del techo para conservar su sitio entre la muchedumbre que comprime al uno contra la otra en la plataforma.

El tranvía desliza su vetusto y despintado armazón de hierro y madera sobre una vía decrépita, llena de baches, desniveles e incluso discontinuidades, especialmente en los cruces de calles. Los sonidos de la campana, que el conductor acciona con el pie, emergen por encima del estruendo metálico que el movimiento genera en una estructura que probablemente no ha sido revisada desde la inauguración de la línea, no se sabe hace cuántas décadas. Cuando frena antes de las paradas, de las ruedas surge un desconsolado quejido.

Sara ha dado a Tanweer un billete para que pague el trayecto y se ve sorprendida al ver que éste le devuelve todo un montón de billetes arrugados y malolientes que en vano trata de alisar antes de guardarlos en la bolsa. Poco a poco, Tanweer se ha convertido para Sara en un atento chevalier servant que revolotea constantemente a su alrededor y trata de adelantarse a sus deseos.

La clínica lleva poco tiempo abierta, pero ya supera a la de Middleton Row en número de pacientes, pues éstos llegan a ser hasta ochocientos por día. Al llegar les cuesta identificar el puesto médico en medio de una caótica muchedumbre, compuesta no sólo por los pacientes que pugnan por hacer cola, sino también por los numerosos bañistas que intentan acceder a la orilla del río y los componentes de los cortejos fúnebres que se dirigen al contiguo crematorio.

Por fin encuentran el tenderete clínico, arrinconado en un sitio notoriamente inadecuado, junto a la orilla. Al parecer, allí ha sido desplazado con malas artes por la mafia ribereña. Empezaron reclamando una «contribución» para erigir el santuario temporal que habría de presidir un próximo festival religioso o puja. El Dr. K. siempre se había negado a pagar cualquier extorsión y, en el caso de Middleton Row, la mafia correspondiente había acabado dejándolo en paz, pero en Nimtallah Ghat habían seguido presionando y no hubo más remedio que dejar temporalmente sitio al santuario, pero lo que se suponía un traslado provisional durante las tres semanas del festival se convirtió en definitivo, al negarse la mafia a devolver el sitio en la explanada.

Sara y Tanweer se acomodan en la sección de farmacia, donde han sido asignados. Ocupan dos banquetas bajas demasiado próximas al río, bajo un toldo de plástico que les protege del sol, pero no del agobiante calor húmedo que les envuelve apenas aliviado por una tenue brisa que sopla de la dirección del crematorio, trayendo consigo un olor penetrante e inconfundible. Por fortuna, la siguiente vez que les envíen de refuerzo, la clínica habrá sido trasladada aguas arriba a Cossipore, donde la mafia local optaría por aprovechar sus servicios en lugar de hostigarla.

Vuelven de nuevo en tranvía, exhaustos después de la interminable e incómoda jornada, sin ganas de hablar, de pie en el atestado vehículo que les lleva hasta Middleton Row. Antes de despedirse, Tanweer invita a Sara a visitar su casa el próximo domingo y ésta acepta un poco sorprendida. Tiene entendido que Tanweer es musulmán y no se hace una idea del significado de la invitación. Cuando llega el momento de la visita, decide ir vestida a la europea, ante el temor de incurrir en algún desajuste indumentario si va de sari, pero luego se da cuenta de que ha sido una precaución innecesaria. Tanweer vive junto al chowk, en una casa de planta cuadrada, con un patio central y dos pisos cuyas habitaciones dan al patio o al corredor del piso de arriba. Son oscuras y húmedas, con ventanas pequeñas, e incluso hay algunas sin ventanas.
Una profusión de tíos y primos de Tanweer la reciben en el patio, rodeándola con timidez, dando la sensación de que se han vestido para la ocasión. Le sorprende que no haya velos ni caras tapadas. Por fin, Tanweer la presenta a su madre, una mujer robusta, prematuramente envejecida, que no habla inglés, y ésta la hace pasar con un expresivo gesto a un dormitorio de la planta baja, en el que hay dos camas, una de matrimonio en el centro y otra muy estrecha en un rincón, ambas cubiertas por colchas de colores muy vistosos. Sobre la cama grande hay una bandeja con tazas y platitos de dulces, la mayoría con forma de bolas blancas y marrones, que resultan ser muy especiadas y empalagosas. Sara, a pesar de estar acostumbrada a que Tanweer actúe como traductor en la clínica, no encuentra la forma de valerse de él para hablar con su madre y sustituye las palabras por sonrisas y reverencias.

La visita ha sido en realidad más breve de lo que le ha parecido y pronto camina de vuelta al edificio del Salvation Army, acompañada por Tanweer. Éste aparece en algunas de las fotos que Sara me envía. Es sin duda fotogénico y parece un galán de Bollywood: pelo muy negro, buena estatura, porte elegante y facciones nobles, con un toque de sensualidad, y una sonrisa pícara que muestra su espléndida dentadura. Tanweer aparece también con frecuencia cuando Sara refiere las peripecias de su estancia en Calcuta.

27/02/2018

 
COMENTARIOS

M.Martin 28/02/18 16:00
Interesante descripción de un lugar tan poco confortable y con tantos problemas

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