La aventura de Norman Borlaug

por Francisco García Olmedo

Esta es una narración por entregas. El hemisferio doliente es aquel en el que habitan los más desfavorecidos de este planeta. El narrador cuenta como conoció a Sara en Madrid y  quedó prendado de ella, justo antes de que esta se adentrara en el mencionado hemisferio y él se marchara a una universidad americana. En sucesivos episodios el uno y la otra se irán enfrentando a distintos aspectos de la difícil relación de los afortunados con los que no lo son.

En los capítulos anteriores. He relatado la incorporación de Sara a la clínica callejera del Dr. K. en Calcuta y mi llegada a la Universidad de Minnesota en Saint Paul, así como mi primera experiencia en los campos experimentales de dicha universidad. Me alojo en el apartamento de dos compañeros africanos que se convertirán en mis mentores. Sus biografías y sus personalidades no pueden ser más dispares. Rosa pide a Sara que le ayude un día donde la Madre Teresa. Cárcel y litigios del Dr. K.

«Ocupas la misma mesa que en su día tuvo Norman Borlaug», me había dicho Selassie un día que vino a darme la llave del piso que había olvidado en la mesa del desayuno, y desde entonces, cada vez que me sentaba frente a ella, no podía evitar imaginarme a aquel hijo de granjero, de ojos azules, rubio y bien plantado, que todavía debía de conservar las rústicas maneras de un chico educado en una escuela de aula única del último rincón de Iowa. Quién habría imaginado que aquel muchachote, que no había sido admitido en primera instancia en la universidad y cuya mayor distinción hasta el momento había sido que su nombre se inscribiera en el Hall of Fame de la lucha libre americana, acabaría dando fama a la universidad cuando recibió el premio Nobel de la Paz.

Compartía despacho con otros tres estudiantes graduados. Nuestras mesas se alineaban a izquierda y derecha, y la mía tenía la ventana a la izquierda y una estantería colgada de la pared, que enseguida se llenó con mis libros y archivos. Selassie y Kaboré ocupaban otro despacho colectivo en el mismo pasillo.
Me hizo una pueril ilusión ocupar la misma mesa que el protagonista principal de la Revolución Verde, cuyas aportaciones a la mejora vegetal tan bien conocía. Trigos semienanos resistentes a la royas que habían sido seleccionados a ras de mar y a gran altura en cosechas sucesivas; dos cosechas al año que acortaron a la mitad el tiempo necesario para completar la mejora; unas variedades adaptadas a condiciones climáticas muy variadas que dieron al traste con un falso dogma de la mejora vegetal, el de que cada localidad debe disponer de variedades especialmente adaptadas a ella. Las nuevas variedades de Borlaug batían a las locales en todos los terrenos y rendían más alimento que ellas para una misma cantidad de insumos.

Un avance técnico que acabaría aportando las calorías necesarias para más de mil millones de personas, un éxito que no habría alcanzado su plenitud si a la capacidad creativa de Borlaug no hubieran concurrido unas capacidades diplomáticas sorprendentes en quien era en esencia un hombre de campo. Había sido él en persona quien había convencido a los gobiernos de India, Pakistán, Turquía o Afganistán para que importaran cantidades ingentes de las nuevas semillas. ¿Quién podía imaginarse, por ejemplo, que Pakistán, a la sazón primer destinatario mundial de ayuda alimentaria, podría convertirse en exportador de trigo en el corto plazo de tres años? Pero no fueron solamente los países desfavorecidos los que se beneficiaron de estos trigos que llegaron a difundirse por los países más desarrollados. Sin ir más lejos, en España se llegaría a cubrir con ellos más de la mitad de la superficie triguera de Andalucía y representarían más de la mitad de las variedades de trigo duro.

Cuando una mañana se abrió la puerta de mi despacho para dar paso al propio Borlaug, tardé un buen rato en salir de mi asombro. Venía acompañado por mi consejero, el profesor Davies, quien lo había invitado a dar una conferencia en el departamento sobre sus últimos trabajos de cooperación en África. Iban camino de la sala de juntas para reunirse con varios profesores cuando, al pasar por la puerta, el invitado había decidido entrar sin previo aviso en su antiguo despacho. «Se me ha ocurrido de pronto comprobar si sigue existiendo mi refugio de entonces», me dijo sonriente. «No ha cambiado nada, sólo el inquilino», añadió. Me preguntó que de dónde era y, cuando le dije el nombre de mi universidad de origen, se le encendió el semblante mientras se dirigía a Davies para decirle que hacía poco que había recibido el doctorado honoris causa por esa universidad. «Últimamente paso con frecuencia por Madrid, camino de África; es por el proyecto Sasakawa-2000», añadió Borlaug. Me preguntó también por mi trabajo, pero de esa parte de la conversación no queda nada en mi recuerdo salvo el desconcierto que me provocó.

Fue la primera vez que oí ese nombre, Sasakawa, quien, según deduje de lo que contó Borlaug en la conferencia, era un millonario japonés que estaba financiando un gigantesco proyecto de ayuda agroalimentaria en África. Ese tal Ryōichi Sasakawa había reclutado al expresidente Jimmy Carter y había sacado de su retiro a Borlaug para pilotar el ambicioso proyecto Sasakawa-2000. Se trataba de canalizar la ayuda a través de los gobiernos, negociando con ellos las medidas políticas y económicas imprescindibles para el buen fin de ésta. Era este aspecto del proyecto cuya gestión dependería de las habilidades mediadoras y negociadoras de Carter, mientras que los aspectos técnicos serían supervisados por Borlaug, cuya intención era suministrar directamente a los pequeños agricultores tanto el paquete técnico como los microcréditos necesarios.

Todavía guardo el resumen que se distribuyó de la conferencia:

Nos hemos centrado de entrada en el maíz. No es una especie africana, pero en la actualidad es el primer grano alimentario del continente. Llegó a África en el siglo XVI, de la mano de los portugueses, pero a principios del siglo XX no lo sembraba casi nadie. Fue durante la Primera Guerra Mundial, en Kenia, cuando se produjo la primera expansión del cultivo para consumo humano directo. El éxito del maíz se basa en su papel como alimento en la agricultura de subsistencia y en su adecuación como cosecha exportable entre los excolonos blancos.

Entre el norte de Suráfrica y el sur del Sáhara, entre el Atlántico y el Pacífico, está el África más propicia para el cultivo del maíz. Sin embargo, en las pequeñas explotaciones de subsistencia, los rendimientos son mínimos, muy por debajo de los potenciales. Las variedades tradicionales rinden poco, no se aportan los nutrientes necesarios, las técnicas de cultivo no son apropiadas... Nuestra oportunidad para mejorar sustancialmente la situación de los pobres en África es enorme. Se trata de aportar las variedades apropiadas, asegurar la disponibilidad de cantidades muy moderadas de abono e instaurar un sistema de microcréditos. Los gobiernos deberán asegurar determinadas infraestructuras y luego integrar los avances en sus políticas para que sean perdurables. Esto último puede ser, al mismo tiempo, lo más crucial y lo más problemático.

Hemos seleccionado las variedades de maíz mejor adaptadas a las distintas condiciones y zonas de cultivo. Estas variedades son de polinización abierta ‒no son híbridas‒ para que el agricultor tenga siempre disponibles las semillas, y se han sembrado más de medio millón de parcelas de demostración en catorce países. En ellas se comparan las variedades locales, cultivadas según las artes del agricultor tradicional, frente a las nuevas variedades cultivadas según nuevos criterios sencillos de aplicar. Las comparaciones se llevan a cabo por los propios agricultores, bajo nuestra supervisión.

Borlaug se expresa de forma pausada pero sin titubeos y transmite lo que dice con gran convicción. En algún momento de la charla indica que necesitan reclutar a jóvenes graduados para su proyecto y siembra en mi imaginación una semilla que irá germinando sin pausa en las semanas que siguen. Me veo con Sara en Angola o en Zambia, ella enrolada en algún proyecto humanitario y yo como asalariado del magnate japonés. Doy vueltas a la idea de pedirle a Davies una carta de presentación.

20/03/2018

 
COMENTARIOS

M.Martin 21/03/18 17:58
Me ha servido de un recuerdo a Norman Borlaug con el que cene dos veces en sus viajes a Madrid en los que nos contó su interés por mejorar la situación de Africa

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