DISCUSIÓN

Ramón rebobinado

 

Ramón Gómez de la Serna ‒Ramón‒ nació en 1888, pero es el autor más moderno de la literatura española. Este año se ha conmemorado su 130º aniversario de una forma muy discreta, casi inadvertida. Andrés Trapiello, uno de sus mayores defensores y editor de alguno de sus libros, dijo de él que era un lujo para nuestra literatura, aunque apenas fuese leído, pese a ser uno de los escritores que más talento desplegó.

Por fortuna, parece que hay gente empeñada, contracorriente, en que leamos a Ramón. En lo que llevamos andado de siglo se han publicado casi cuarenta libros suyos, trece de los cuales están dedicados a las greguerías, esos fogonazos de ingenio que son su creación más conocida. Además, contamos con dos ediciones de su Quijote abreviado, tres libros con sus dibujos, un libro infantil, dos con compilaciones de su obra periodística, uno de cartas, otro de entrevistas. Y en 2002 el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía le dedicó la exposición Los ismos de Ramón Gómez de la Serna y un apéndice circense. ¿Cuántos ejemplares de estas obras se han vendido? ¿Y de los vendidos, cuántos se han leído? ¿Cuántas personas no saben todavía que una morcilla es un chorizo lúgubre, que el sifón sabe a pie dormido, que los chinos comen tocando el tambor o que la selva virgen es el lugar donde la mano del hombre no ha puesto nunca el pie?

En 1996, la editorial Galaxia Gutenberg inició el proyecto de reunir en veintiún volúmenes la obra completa de Gómez de la Serna: decenas de títulos y miles de artículos. Ramón escribía (y publicaba) con una facilidad asombrosa. Hubo años en que salieron a la venta más de tres libros suyos, que se acumulaban en las reseñas de la prensa de la época. Y tan importante como su obra fue su capacidad de absorber todas las vanguardias que nacieron con el siglo para difundirlas desde su tertulia en el café de Pombo.

Hablar de Ramón se hace complicado, desde un punto de vista melancólico y sentimental, si se sigue la habitual pauta cronológica. El final de su vida, en su exilio bonaerense, es un caminar por la hojarasca de la nostalgia y de la decadencia, injusto para lo que su literatura ofreció siempre de ingenio y buen humor. La política, la guerra y el exilio dio con todo al traste. A Ramón, creo yo, hay que explicarlo rebobinándolo, decapando sus años de ocaso para encontrar al escritor esplendoroso de la primera mitad de siglo XX.

Ramón en Argentina

De la vida de Ramón en Buenos Aires da cuenta un periodista casi olvidado, Carlos Sampelayo, que escribió un libro de retratos lleno de detalles interesantes, Los que no volvieron. El libro, dedicado a numerosas figuras del exilio que no regresaron nunca a España tras la guerra, agrupa en capítulos a los personajes por su profesión: poetas, pintores, autores teatrales, periodistas, políticos, músicos, filósofos, cineastas y científicos (tampoco se olvida de algún que otro criminal). El último capítulo está dedicado enteramente a Gómez de la Serna y lleva por título una sola palabra, porque con una se basta: Ramón. En él, Sampelayo describe a un Ramón crepuscular, religioso, con el deseo acrecentado de «ascensión al cielo», que recibía alborozado las visitas de uno de sus amigos más queridos, Enrique Jardiel Poncela, y que discutía con Jacinto Benavente porque éste no estaba contento de cómo lo había retratado en uno de sus libros. Con el tiempo espació sus cartas e hizo un cambio estético: trocó a verde la habitual tinta roja de su pluma. En Argentina, Ramón vivía a duras penas de sus colaboraciones periodísticas. Su situación no era boyante. Vendió sus artículos a las agencias de prensa, como comentaron Ramón J. Sender y Joaquín Maurín en su correspondencia, y se ofreció a escribir inmediatamente en España alabando a Franco y a lo que fuera menester (en 1948 dedicó un ejemplar de su Automoribundia a Rafael Sánchez Mazas, «con la más invariable devoción desde el primer día hasta el último»). Las cartas que envió a Ernesto Giménez Caballero, inéditas hasta que Andrés Trapiello publicó algunos extractos en Las armas y las letras, son de lo más triste que puede leerse en ese libro magnífico tan lleno de dramas, tristezas y agonías. Su gran amigo Tomás Borrás, por su parte, lo recuerda en Todos y nadas de la villa y corte, y dice que en Argentina se sostuvo, principalmente, por lo que le pagaba el diario Arriba y «por su cristiana aceptación de redactar solapas con destino a libros que hacían allí», en las sucursales de las editoriales españolas que se crearon durante la guerra, especialmente en Espasa-Calpe. En el diario Arriba escribió varias columnas en su sección «De orilla a orilla», reelaboradas con material ya publicado en el diario argentino El Mundo.

Carlos Sampelayo rememora los últimos días de Ramón, un hombre en zapatillas que se negaba a escribir prólogos para nadie, «sin deseos, afanes, proyectos y aspiraciones»

Lo cierto es que Ramón se prodigó en la prensa argentina. Escribió en La Nación y en El Mundo; también en Argentina libre, el periódico antifascista dirigido por el abogado Octavio González Roura, donde dejó varias columnas en una sección que bautizó como «Novicosas»; en Lyra, artículos de temática española; en la revista Columna, dirigida por el intelectual ‒y entonces comunista, aunque terminaría separado del partido‒ César Tiempo; o en las revistas El Hogar, Caras y caretas, Atlántida o Amanecer y en la revista gráfica Páginas de Columba, donde tuvo una sección fija titulada «Aquí». Publicaría también en Clarín a partir de 1953, en La Prensa y otros periódicos peronistas como Cultura, Sexto Continente, Revista de la Universidad de Buenos Aires o PBT. Sus artículos de la revista Saber vivir fueron reunidos en Buenos Aires en 2009 por Martín Greco, en un volumen titulado La penosa manía de escribir, con una introducción muy nutrida de datos escrita por Jerónimo Ledesma, a quien las greguerías que publicó Ramón en PBT le resultaban ya caducas, «como si Apollinaire hubiera pasado de los caligramas a los crucigramas». Ledesma confirma que la pulsión literaria de Ramón no disminuyó en su exilio: «Entre 1937 y 1940 Ramón edita sólo cuatro libros en Argentina; entre 1941 y 1948, un promedio de casi seis libros por año». Entre ellos, hubo dos de temática estrictamente local: Interpretación del tango y Explicación de Buenos Aires. Han sido recogidos en uno de los volúmenes que le ha dedicado la Biblioteca Castro . Siguen siendo libros ramonianos, donde relucen el buen humor y el mecanismo de la metáfora ingeniosa. El primero quizá parezca llamativo en una bibliografía como la de Ramón, pero el interés de este por el tango no debería llamar a sorpresa: el tango no deja de ser algo vanguardista en sus aritméticos jeribeques. Con Explicación de Buenos Aires, el autor sigue cultivando en el artículo ciudadano, que había perfeccionado con los dedicados a Madrid, la ciudad que llenaba toda su obra, porque el madrileñismo fue esencia más que tema en su escritura.

Carlos Sampelayo rememora los últimos días de Ramón, un hombre en zapatillas que se negaba a escribir prólogos para nadie, «sin deseos, afanes, proyectos y aspiraciones». A un amigo que se lo encontró por la calle y le preguntó cómo le iba, le dijo: «¡Pchss! Aquí, esperando mi cáncer». Parece que esa enfermedad había matado a un hermano suyo y, como dice Sampelayo, «no le llegaba la camisa al cuerpo».

Había llegado a Buenos Aires en 1937 huyendo de la Guerra Civil. La crónica más detallada de su arribada a puerto apareció en uno de los boletines Ramón, dedicados en exclusiva a la figura del escritor, concretamente en el número 10. El viaje en el buque «Belle Ille» fue algo accidentado por motivos políticos, y al desembarcar Ramón fue abucheado por algunos falangistas que habían tomado a mal unas declaraciones del escritor hechas en la escala de Montevideo. Ramón se declaraba demócrata.

La guerra

En su libro Retratos contemporáneos escogidos, cuenta Ramón que decidió huir de Madrid, de la Guerra Civil, el día en que vio al poeta Pedro Luis de Gálvez andar por la calle con mono de miliciano, dos pistolas al cinto y un máuser al hombro: «Aquella noche decidí salir para América, pues al ver a Pedro Luis convertido en hombre de acción, amparado por las circunstancias, me hizo pensar en lo que podría hacer si sentía sed de venganza». En su Automoribundia no nombra a Gálvez cuando explica el terror que sintió una vez iniciada «la revolución». Dice que un par de meses antes de iniciarse la contienda contó a su mujer, Luisa Sofovich, que iba a cerrar su tertulia porque los españoles querían matarse unos a otros. Había tratado de desterrar la política en Pombo, evitando «sobre todo hablar de comunismo». Se atrincheró en su casa: en las ventanas, colchones; en la puerta, la estantería con la enciclopedia Espasa. Dice que pasó dos días rompiendo textos. Él, un hombre que se había ganado el afecto de todos y que nunca pisó los charcos embarrados de las ideologías políticas, salvo, quizás, aquella vez que organizó como secretario del Ateneo una manifestación de protesta por el desastre de Annual, como recuerda Juan Simeón Vidarte en No queríamos al Rey.

Ramón no tardó en arrepentirse de haber destruido parte de sus proyectos literarios, pero ya era imposible recuperarlos. Aprovechó que había sido fundador del PEN Club en España y pidió permiso para acudir al congreso que el club celebraba en Buenos Aires. Dio las llaves a la portera y le dijo que se quedara con todo lo que había en la casa una vez pasados diecisiete días. Era su vivienda en el edificio de la calle Velázquez número 4, el mismo donde llenó de cachivaches su famoso torreón.

Las milicias, que en aquellos días requisaron y saquearon todo lo que quisieron en Madrid, no entraron nunca en la casa de Ramón. Sí que fueron saqueadas las viviendas de dos vecinos suyos. El 16 de septiembre de 1936, una patrulla de la UGT, que había llegado en un coche bautizado como El Rayo, igual que aquel Rolls Royce de la checa del Cine Europa, entró en la casa de Luis Montesinos, marqués de Morella, que había sido diputado y gobernador de Palencia. Ese fue el primer registro, al que siguieron otros tres más. Por esos días también fue registrada y saqueada la casa de María de Zafra, en el segundo piso, de la que los milicianos se llevaron ropas, plata y documentos. Todo esto lo contó al terminar la guerra el portero, Serapio Torres Pérez, a quien cabe imaginar como el marido de aquella mujer a la que Ramón dejó en custodia sus pertenencias. Su declaración puede leerse en los documentos de Causa General.

Un día después del saqueo en casa de Luis Montesinos, aparecía uno de los números de El mono azul, aquella revista de Rafael Alberti, María Teresa León y José Bergamín en la que, en su sección «A paseo», se señalaba a intelectuales desafectos a la República, muchos de los cuales serían posteriormente paseados ‒es decir: asesinados. En aquel número se reproducía, traducido, un artículo que Ilyá Ehrenburg había publicado en Pravda y en el que se señalaba a Ramón como «defensor del pueblo». Ramón, en esos momentos, estaba a miles de millas de allí, embarcado en el «Belle Ille». Tardaría aún una semana en llegar a Buenos Aires.

Mientras tanto, en esas primeras semanas de terror en Madrid, los textos de Ramón continuaban apareciendo en la prensa. El 8 de agosto de 1936 pudo leerse en la revista Estampa su artículo «Viaje alrededor de mi cuarto», en el que hablaba de los miles de cuadros, fotografías y cachivaches con que había combatido el horror vacui en su torreón de la calle Velázquez. «Viaje alrededor de mi cuarto» está recogido en un libro de reciente publicación, Color de diciembre y otras cosas, en el que Ricardo Fernández Romero compila cincuenta y ocho colaboraciones de Ramón en Ahora y Estampa entre 1935 y 1936, que no aparecen en ninguno de los veintiún volúmenes de las obras completas de Ramón Gómez de la Serna publicadas por Galaxia Gutenberg. Fernández Romero señala que en su primer año en la redacción de El Sol, entre 1923 y 1924, Ramón publicó 294 artículos. Desde sus inicios periodísticos hasta 1936, escribió en más de sesenta revistas y periódicos, sin contar lo publicado fuera de España. El artículo era, pues, el medio natural de Ramón y el periódico, su ecosistema. Según Trapiello, Gómez de la Serna escribió más de un centenar de volúmenes y sus artículos se cuentan por miles, aunque muchos de ellos los dejó «perdidos, en fuga o en rebelión». De ahí que este libro de Renacimiento sume al interés cierto valor de rescate editorial que hay que agradecer.

El Rastro y el circo

En Buenos Aires, Ramón rehízo su abigarrado gabinete, su universo particular, taxonómico de trastos, bibelots, gadgets, cachivaches y archiperres, aquel despacho lleno de fotografías y recortes pegados a biombos, a manera de collage o fotomontaje que conformaban una obra de arte en sí misma. Cuando murió Ramón, su viuda, Luisa Sofovich, inventarió y embaló todo aquello para que fuera enviado a España. Ese pequeño universo venía a ser lo que, en el fondo, son sus obras, pequeños mundos que albergan no tanto grandes personajes como una sucesión de ambientes de los que surgen imágenes imposibles, greguerías por doquier, anécdotas que, en el caso de sus novelas, nunca se articulan formando un sistema propiamente novelístico. Hoy es posible visitar el despacho de Ramón en la última planta del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, en el Centro Cultural Conde Duque. Es un pequeño universo, la celebración de lo pequeño, de lo volátil, de lo efímero y de lo minúsculo, como un Rastro entero ordenado con la conciencia y el genio de un artista. Durante años, el despacho traído de Buenos Aires se expuso en la antigua Casa de la Carnicería, y para guiar al visitante se ofrecía un discurso grabado de Tomás Borrás. Borrás, uno de los tertulianos de Pombo, hablaba de cómo Ramón trabajaba en aquel laboratorio de «palpitaciones líricas donde se proyectaba la esencia eterna de lo fugaz».

Retrato de Ramón Gómez de la Serna, por Diego Rivera

En Madrid, Ramón había creado el gabinete gracias a todo lo que había comprado en el Rastro, espacio esencialmente madrileño al que dedicó uno de sus mejores libros. El Rastro es un libro fascinante; al fin y al cabo, toda la obra de Ramón viene a ser como un Rastro, aunque ordenado de una manera muy personal. Es uno de sus libros más reeditados, y entre ellos merece especial recuerdo la edición con fotografías de Carlos Saura. El Rastro es la apoteosis del estilo de Ramón, esa forma que ahora podemos ver como un «apocalipsis retro» de culto al objeto cotidiano y a la resurrección del cachivache que reaparece como pecio de un naufragio cuando parecía perdido en el océano del tiempo. Algo parecido podría decirse de El circo y de Senos, libros vanguardistas y atrevidos que se sustentan en algo fundamental en Ramón y en su obra entera: el sentido del humor. Todo lo que nos llega de Ramón tiene algo de desternillante. Las descripciones que se hacen de su sacerdocio en Pombo lo son siempre, como las imágenes que se guardan de él: recordemos su aparición en Esencia de verbena o el monólogo El orador.

Quizás el mejor homenaje que se le haya hecho a Ramón en este año de su aniversario sea la continuidad de su Rastro en el Rastro propio de otro escritor, Andrés Trapiello, que ha publicado el suyo particular tras décadas deambulando por las callejuelas que hay entre las plazas de Cascorro y del Campillo del Mundo Nuevo.

Ramón publicó su libro en 1914, cuando ya se había hecho un nombre en el mundo literario español y los burgueses lo anatematizaban por su vanguardismo, que los desconcertaba e irritaba a partes iguales (en Gracia y justicia, una revista cómica de impronta conservadora, satirizarían sus greguerías en una sección firmada por un Román Gámez de la Sorna). Si el Madrid de entonces nada tiene que ver con el de ahora, cabe imaginar que hoy tampoco sería reconocible aquel espacio para la venta de objetos arrumbados. La pulsión curiosa de quienes recorrían esas calles sería la misma que la curiosidad de quienes las frecuentan ahora, sin duda, pero el escenario no es el mismo. Basta leer el párrafo que dedica Ramón a los niños: «El Rastro está cuajado de niños, como las aguas sucias y estancadas están cuajadas de ranas y renacuajos. Resulta ingrato el espectáculo. Sobrecoge de un sentimiento inquieto y acervo». Son niños enfermos, gibosos, estrábicos y con pústulas, emblema de una España corroída por la pobreza. Nada tienen que ver los niños de entonces con los de hoy, que acuden ufanos a la plaza del Campillo Nuevo a cambiar cromos y completar sus colecciones. Ramón compone su libro con historias del Rastro y con un inventario de los objetos heteróclitos que uno podía y puede encontrar todavía. Como, por ejemplo, una dentadura postiza, que Ramón inventaría en el fragmento «Las cosas del señor Andreu». ¿Sería posible encontrarse hoy con un objeto así? Por supuesto: Trapiello cuenta en uno de sus diarios cómo vio una vez a un hombre, en el Rastro, probándose una que había elegido de entre otros cacharros usados.

Los trastos y las historias, en fin, se hilvanan en las páginas del libro dejando una pátina triste, porque la descripción de los últimos restos de vidas naufragadas no es sino la descripción de una España aún noventayochista que todavía no se había encontrado a sí misma y que no iba a tardar en caer en el abismo de una contienda civil.

El Rastro no es un libro apresurado, ni en su escritura ni en su concepción. Es un libro madurado, pese a que lo escribió Ramón muy joven, y producto de una experiencia acumulada en visitas constantes a ese rincón madrileño. Es un libro, finalmente, fedatario de lo «pintoresco» (hasta veinticinco veces he contado la palabra en sus páginas) cuyo espíritu taxonómico resulta extraordinariamente matérico y visual. No es de extrañar que el Rastro de Ramón haya sido el centro de atención de muchos pintores españoles. Damián Flores le dedica uno de los cuadros de su serie Los lugares de Ramón Gómez de la Serna. Y, en 1980, un grupo de artistas plásticos hizo un homenaje a Ramón en el mismo Rastro, un espectáculo presentado por Pedro Almodóvar en el que subastaron absurdos cachivaches de todo tipo en una ceremonia de «holocausto artístico» presidida por el pintor Julio Álvarez.

Aquella ceremonia ‒hoy diríamos performance‒ no dejaba de ser un circo ramoniano, sin duda, que remite a otro de los libros reeditados por la Fundación Castro: El circo. Una de las fotos más recordadas del escritor es aquella en que aparece leyendo una cuartilla subido a un trapecio en el Price. Publicado tres años después de El Rastro, este libro también es una acumulación, ahora de historias de animales, malabaristas, magos, payasos, titiriteros y equilibristas. Es un libro sentimental, con un hálito de nostalgia siempre torcido por el humor y la ráfaga ingeniosa. Fue un libro alabado hasta por quienes guardaban ciertas cautelas hacia este «psicólogo de rarezas», como lo llamó el periodista Fernando Herce. Sostenía Herce que Ramón era «excesivamente literario, de un egotismo enfermizo y hosco, [que] no se ha hecho popular porque, además, es abstruso, obscuro y gusta de gastarse en laberínticas entelequias». Pese a todo, alabó este libro en su reseña de La Mañana, del 7 de noviembre de 1917: «Y acontece en este su flamante libro lo que en toda su copiosa producción: que reúne innúmeras observaciones, de una completa simpleza, y de vez en vez atina con una clarividencia pasmosa». En esa misma reseña suma comentarios a otros dos libros: Senos y Greguerías. Porque ambos se publicaron el mismo año, evidentemente prolífico para él.

Pombo, al fin

Pombo (1918) y La sagrada cripta de Pombo (1926) son libros que hacen inventario de los personajes que confluyeron en ese núcleo literario tan disparatado y divertido del Antiguo Café y Botillería de Pombo. Carlos Sampelayo, en Los que no volvieron, cuenta anécdotas curiosas sobre ello. Tenía que ser un espectáculo avasallador, porque hasta dos escritores broncos y retorcidos como los peruanos Alberto Hidalgo y Alberto Guillén se rindieron a la personalidad de Ramón y a la impronta de su tertulia.

Hidalgo conoció a Ramón en el café de la calle Carretas, y le dedica palabras devotas en su Diario de mi sentimiento, de 1937, uno de los libros con las páginas de sátira más violentas y descabelladas que haya leído nunca. A Hidalgo y a Ramón se les unió en Pombo Alberto Guillén. Satírico, faltón, displicente en sus juicios literarios, despreciaba a España y a la mayoría de los escritores españoles. No a Ramón, que le prologó un libro de entrevistas, más bien de juicios literarios, titulado La linterna de Diógenes. En el capítulo dedicado a Ramón, Guillén destaca su valor perpetuo: «[...] es el genio de lo nimio, de lo pequeño, de lo desapercibido. Todos hemos visto lo que ve don Ramón, y, sin embargo, ¿por qué él solo lo ha visto?»

Tomás Borrás cuenta cómo se recreó la tertulia del Café Pombo, tras la marcha de Ramón a Buenos Aires, gracias al empeño de un pombiano entusiasta, el escritor carlista de Peralejos de las Truchas, José Sanz y Díaz. Cada sábado volvían a reunirse los pombianos bajo el mítico cuadro de José Gutiérrez Solana. Se gritaba como antaño, pero faltaba la vitalidad de la juventud, que estaba a otras cosas. La nueva tertulia se fue a pique porque el café se llenó de prostitutas y pendencieros, hubo peleas, «algún cuerpo a cuerpo» y los pombianos terminaron por esfumarse. Borrás, preocupado por la suerte del cuadro de Solana, escribió a Ramón compartiendo sus temores de que fuera maltrecho por el humazo o quizá rasgado en alguna pendencia. La respuesta de Ramón fue tan breve como generosa: «Incáutense del cuadro y entréguenlo, como regalo mío, al Museo de Arte Moderno».

La tertulia del Café Pombo, de Gutiérrez Solana. Ramón Gómez de la Serna aparece de pie

Como ya se ha dicho, Ramón intentó evitar que en Pombo la literatura fuera contaminada por la política. No siempre lo consiguió. Ha de recordarse la famosa anécdota del homenaje a Ernesto Giménez Caballero, el 8 de enero de 1930, en el que se reunieron unos cien comensales en el café. Ramón Espina, que se había desatado en el periódico El Sol con un artículo llamando a los intelectuales a definirse políticamente, parece que esgrimió una pistola –no se sabe si herrumbrosa o de madera– en protesta por la presencia del dramaturgo vanguardista y fascista Anton Giulio Bagaglia; Ramiro Ledesma Ramos, entonces asesor de las secciones de filosofía y matemáticas de La Gaceta Literaria, respondió sacando una pistola de verdad.

Pero, antes de todo aquello, Pombo había sido el epicentro de las vanguardias en España. Trapiello dice que Ramón, en otra época, hubiera sido un desgraciado: «Tuvo suerte. Vivió en la única época de la historia en la que perder el tiempo lo consideraban algunos una de las bellas artes. Todo el día en el café, en el cabaré, con los negros de las jazz bands y las suripantas». Todo aquello no podía sino generar buen humor.

Humor. Fue una palabra que Ramón subrayó en el primer artículo que dedicó a Pombo. Había iniciado la tertulia en 1914, y en febrero del año siguiente escribió «El café recóndito» en la revista Por esos mundos. El artículo incluía unas maravillosas ilustraciones de su buen amigo Salvador Bartolozzi en las que aparecen esbozados, casi difuminados, Ramón, el café y algunos de sus asiduos. Ramón hizo la nómina de aquellas primeras tertulias: «Solemos estar Salvador Bartolozzi, el genial apache de hocico de ratón; José Bergamín, el contemplativo, al que parece que le duelen siempre las muelas, y Rafael Calleja, el suave artista, sonriente y galante siempre, como si una musa florista le estuviese poniendo una flor en el ojal. A veces aparece Tomás Borrás, el joven doncel al que anima un ansia admirable y generosa de matar al dragón; Bagaría, grave cabeza de medusa; Abril, libélula vaga e inaprensible; Bernabeu, el marino; Rafael Bergamín, el cirio lagrimón; Emiliano Ramírez Ángel, tan persuadido y tan persuasivo; Néstor, con su rostro feroz; y otros buenos espíritus que aparecen con una admirable discreción una sola noche».

En la ilustración de la tertulia, evidentemente, Bagaría no incluyó el cuadro de José Gutiérrez-Solana, que es de 1920. Como no siempre se acierta al nombrar a quienes aparecen en él, creo que es necesario dar la nómina completa y la colocación exacta de los tertulianos de acuerdo con el crítico Ángel Vegué y Goldoni (en La Atalaya, 14 de enero de 1921): en medio, de pie, Ramón; a su derecha, José Cabrero, José Bergamín, Manuel Abril (con gafas) y Tomás Borrás; a su izquierda, Mauricio Bacarisse, el propio Gutiérrez-Solana, Pedro Emilio Coll (con bigote) y Salvador Bartolozzi.

La radio

En Pombo, aquellos sábados de tertulia, que nunca se extendían más allá de la una, se gritaba, se alborotaba y se galardonaba o despreciaba a los poetas que iban a leer sus textos, según la calidad de sus obras. Pero también se trabajaba. Carlos Sampelayo recuerda que era en el café donde se pergeñaban las tertulias que emitía la emisora madrileña EAJ 7 Unión Radio y en las que participaban Enrique Jardiel Poncela, José López Rubio, Edgar Neville y José Gutiérrez-Solana, entre otros habituales. En teoría, aquellas tertulias parecían espontáneas, pero estaban perfectamente dirigidas por Ramón, que repartía un número para cada tertuliano, que debía hablar en el momento en que Ramón alzara un cartón con su guarismo: «Una noche ocurrió algo horrible. Ramón sacó el número de Solana y él estaba mirando para otro lado. Todos comenzaron a hacerle señas imperiosas para que se acercara al micrófono, y entonces, buscándose nervioso en los bolsillos lo que llevaba escrito, dijo: ‒ ¡Ay, coño, coño...! Acudieron presurosos a tapar el micro, pero la exclamación ya había surcado las ondas, sin remedio».

A Ramón se lo ha estudiado desde todos los puntos de vista posibles. Libro a libro, greguería a greguería, tema a tema: hasta hay estudios sobre Ramón y el fetichismo y la perversión, o Ramón y la muerte y la violencia en sus obras. Pero quizás uno de los aspectos menos observados de Ramón ha sido el de su relación con la radio. Una de las primeras fotografías de Ramón en Argentina lo muestra sentado ante los micrófonos de LS2 Radio Prieto (Caras y caretas, 10 de octubre de 1936). Debió de ser a partir de 1933 cuando aquellas tertulias radiofónicas de las que hablaba Sampelayo fueron sustituidas por unas charlas de Ramón en solitario. Intervenía los jueves por la tarde y en ocasiones se representó alguna obra radiofónica suya, como Los seres de los espejos. ¿En qué consistían aquellas intervenciones? Es difícil saberlo. Quizás algún trasunto de sus numerosas conferencias, que lo llevaban por todo el país, aquellas «conferencias-maleta» a las que acudía con una maleta de la que sacaba objetos heteróclitos para perorar sobre ellos. En cualquier caso, sabemos de algunos títulos de los reportajes que radió, como una serie dedicada a las calles de Madrid: «La democrática calle Carretas» (24 de julio de 1934) y «De Carretas a Mayor» (31 de julio de 1934); o un «Tapiz literario-musical de las Islas Hawai», con la colaboración del músico hawaiano Keone Manulani (11 de noviembre de 1934); «Media hora en la Residencia de señoritas» (20 de noviembre de 1934), «El músico callejero» (2 de diciembre de 1934), «En el aniversario del nacimiento de Carolina Coronado» (12 de diciembre de 1934) y otras muchas intervenciones que hacen pensar en artículos leídos. Sería fantástico poder recuperar aquellas emisiones de Unión Radio que, cabe imaginar, estarán en su archivo, que custodia la Cadena Ser.

Ramón dejó un estilo particular, una forma de ordenar el caos, una manera de verbalizar lo que era evidente para todo el mundo, pero de lo que nadie se había percatado

Ramón escribió miles y miles de páginas, pero su capacidad creativa se desbordó también en sus espectáculos y su locuacidad. Lo cierto es que pese a que se prodigó en la radio, lo pasaba mal ante los micrófonos. En abril de 1936, Ilyá Ehrenburg visitó España y se reunió con varios intelectuales. Entre ellos, con Ramón, a quien había conocido en París en 1914. Magda Donato escribió un extenso reportaje para el diario Ahora en el que narra la visita y donde aparecen estupendas fotografías de Ehrenburg con Solana y con Ramón. Magda Donato cuenta la llegada de este al restaurante en que iba a cenar con el escritor soviético y otros amigos; describe a Ramón y a su mujer hambrientos y demudados en conversación con el resto: «RAMÓN (en ese francés suyo tan pintoresco que sería una lástima que Ramón se decidiera algún día [sic.] a aprender el francés de todo el mundo, o al menos el de cualquier extranjero. Pero no hay cuidado que se le ocurra jamás tomar tan extravagante determinación.) ‒ Estamos todavía trastornados, porque venimos de la radio... BARTOLOZZI. ‒ ¿Pero al cabo del tiempo que lleva hablando por radio aún no se ha acostumbrado? RAMÓN. ‒ ¡A eso no puede uno acostumbrarse nunca! ¡Es terrible! Colocarse ante el micrófono es como sentarse en la silla eléctrica. PERIODISTA. ‒ Pues a mí hablar por radio me parece lo más sencillo del mundo. Siempre puede uno hacerse la ilusión de que ha quedado bien. ¡Como no ve la cara de los auditores! RAMÓN (severo). ‒ ¡Eso es lo terrible, precisamente! Hay que ver al público para poder hablarle; sobre todo hay que ver a “uno” del público; yo necesito en mis conferencias ver a “uno”, a ese señor que está indignadísimo conmigo, y prever el instante preciso en que va a levantarse y abandonar la sala. ¡Es terrible pensar que puede desconectar el aparato con rabia sin que el conferenciante se entere!» (Ahora, 30 de abril de 1936).

La bondad de Ramón

Resulta difícil pensar que hubiera quien se irritara con una persona como Ramón. Fuera de quienes no comprendieran en absoluto el nuevo aire que iba a dar a la literatura española, claro. Ya se ha visto que hasta dos escritores pendencieros como Alberto Hidalgo y Alberto Guillén hablaron bien de él. Hidalgo, en su Diario de mi sentimiento, reproduce una carta que le mandó Ramón y en la que habla mal de otro contemporáneo, Eugenio Noel. Pero a esto cabe oponer lo que de Ramón y Noel cuenta Carlos Sampelayo: que la viuda y el hijo de Noel pudieron sobrevivir tras la muerte del pobre escritor indigente gracias a la generosidad de Ramón.

Tras su huida a Argentina, Ramón regresó momentáneamente a España en 1949, pero permaneció apenas unos días, poco amigo de lo que vio en el país cuya vida literaria había presidido desde su mesa de Pombo, que ahora estaba expuesta en el Museo Romántico. Sólo volvió a aparecer por el país por escrito, cuando de vez en cuando se le publicaba algo. En el ABC, nuevas greguerías. Leído o no, la literatura de Ramón sigue palpitando de alguna manera entre nosotros. Dice Andrés Trapiello que fue un autor a quien le restó lectores el hecho de que para encontrar algo precioso en sus páginas haya que leer demasiadas ‒algo similar decía Sender de las greguerías, exagerando bastante: «de diez, sólo una es genial y el resto, escoria»‒, y que eso lo convirtió en un escritor para escritores y poetas y que todos han tenido sucesores menos él. Yo creo que Ramón es algo más que un escritor para escritores. Ramón escribió sobre lo menudo e inadvertido y lo hizo con un sentido del humor inseparable de su ánimo bondadoso. Gonzalo Torrente Ballester, en el prólogo que escribió para el libro Ramón y las vanguardias, de Francisco Umbral, dice que Ramón fue «un tesoro oculto del que se beneficiaron los que estaban clandestinamente en el ajo, un enorme edificio cuyos sillares robó quien pudo hacerlo».

Ramón sigue vivo ‒también en este 2018, ciento treinta años después de su nacimiento‒, aunque nadie se percate de su presencia, o aunque le hagan caso solamente para quitar su nombre del callejero de Madrid, como propugnaba el diario Público. Ramón dejó algo más que la impronta de dos entradas en el diccionario («ramoniano» y «greguería»): dejó un estilo particular, una forma de ordenar el caos, una manera de verbalizar lo que era evidente para todo el mundo, pero de lo que nadie se había percatado. Porque todos sabemos, todos sabían y todos sabrán que los gansos andan en zapatillas o que las espigas son langostinos vegetales. Pero solamente Ramón supo hacerlo verbo.

Sergio Campos Cacho es bibliotecario, coautor de Aly Herscovitz y colaborador de Arcadi Espada en su libro En nombre de Franco. Los héroes de la embajada de España en Budapest (Barcelona, Espasa, 2013). Recientemente ha editado Mi fe se perdió en Moscú, de Enrique Castro Delgado (Sevilla, Renacimiento, 2018).

17/12/2018

 
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