DISCUSIÓN

La Revolución de 1917: lecciones de febrero

Oxford, Oxford University Press, 2017
824 pp. £25.00
Nueva York, Penguin, 2017
1.154 pp. $40.00
Barcelona, Taurus, 2017
Trad. de Sandra Chaparro
528 pp. 24,90 €
Barcelona, Debate, 2016
Trad. de Jaime Collyer Canales, Raúl García Campos, Marcos Pérez Sánchez y Horacio Pons
1.552 pp. 42,90 €
Notre Dame, University of Notre Dame Press, 2017
Trad. ing. de Marian Schwarz
688 pp. $39.00
 

Último acto

A la gente de mi edad nos salieron los dientes en el cine, pero no cualquier película estaba a nuestro alcance. Los que, ya creciditos, éramos izquierdistas tuvimos que esperar años –un viaje a París o una sesión clandestina en algún colegio mayor– para ver Octubre, la aclamada versión cinematográfica del golpe de Estado bolchevique en 1917. El calendario ruso de la época aún no se había puesto al paso del gregoriano –el cambio se produjo el 14 de febrero de 1918En este trabajo, las fechas anteriores a ese día siguen al calendario juliano, que era el ruso tradicional.– y la toma del Palacio de Invierno en la noche del 24 al 25 de octubre en Petrogrado cayó en la del 6 al 7 de noviembre en la Europa Occidental. La ciudad que fundara en 1703 Pedro el Grande había estrenado ese nuevo nombre el 1 de septiembre de 1914, porque en el suyo original –Sankt-Petersburg o, en grafía cirílica, Санкт-Петербу́рг– el adjetivo Sankt y la desinencia -burg resultaban incómodamente teutones en el trance de la Primera Guerra Mundial, cuando Rusia y sus aliados, Francia y Gran Bretaña (la Triple Entente), se enfrentaron a los imperios centrales (el Segundo Reich alemán, la Monarquía Dual austrohúngara y la Sublime Puerta otomana).

Aquella guerra atroz se llevó por delante a todos los imperios rivales y, a excepción de la británica, todas las dinastías reinantes dieron los amenesEsa parte de la historia la contó magistralmente Edmond Taylor (The Fall of the Dynasties. The Collapse of the Old Order 1905-1922, Londres, Weidenfeld & Nicholson, 1964 [La caída de las dinastías, El colapso del viejo orden 1905-1922, trad. de J. Ferrer Aleu, Barcelona, Plaza & Janés, 1974).. En Rusia, además, en aquellos ocho azarosos meses de febrero a octubre de 1917, estalló una revolución comunista, la Revolución de Octubre –mayúsculas imprescindibles desde entonces–, que iba a estremecer al mundo. Octubre, sin embargo, no fue lo que nos contó Eisenstein. Su película tiene por protagonistas a grandes masas de revolucionarios anónimos cuya semejanza con los grupos de activistas que, a las órdenes de Vladímir Antónov-Ovséienko, arrestaron en la madrugada de aquel 25 de octubre a los miembros del Gobierno Provisional ruso, es simplemente una ficción propagandística. Dar protagonismo a las sedicentes masas era una forma de anudar la legitimidad del golpe a la Toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789 que poco tenía que ver con la realidad.

Para asaltar el Palacio de Invierno, a los bolcheviques les bastaron unos pocos destacamentos de Guardias Rojos a las órdenes de un Comité Militar Revolucionario (conocido como Milrevkom por sus siglas rusas) que los bolcheviques habían conseguido formar y controlar en el seno del sóviet de Petrogrado. Era este último sóviet, el de la capital rusa, el que se había convertido en el líder, más aún, en el Doppelgänger de un colectivo nacional que, en teoría, agrupaba a todos los consejos (sóviets) de obreros, soldados y campesinos de Rusia y que había celebrado su Primer Congreso entre junio y julio de 1917El Primer Congreso de los Consejos (Sóviets) Representantes de Obreros y Soldados eligió un Comité Ejecutivo (Ispolkom, por sus siglas rusas) que durante los meses anteriores a octubre protagonizó frecuentes enfrentamientos con el sóviet de Petrogrado, donde la influencia bolchevique era muy superior.. La historia oficial posterior al golpe (tanto en su versión estalinista como en la trotskista) atribuye al Milrevkom la movilización de la guarnición de la capital rusa, como si toda ella hubiese estado a su favor. Sin embargo, como recuerda el recientemente fallecido Richard Pipes, la influencia bolchevique en su seno era limitada. De los doscientos cuarenta y cinco mil soldados acuartelados en la ciudad y sus alrededores, una mayoría se había declarado neutral ante una posible confrontación entre los revolucionarios y los seguidores del Gobierno Provisional. En su historia de la Revolución, Nikolái Sujánov, un menchevique internacionalistaAunque la mayoría de los partidos socialistas europeos apoyaron a sus gobiernos nacionales al inicio de la Primera Guerra Mundial, algunas fracciones socialistas se agruparon para oponerse a la guerra y se ganaron así el remoquete de internacionalistas. Los internacionalistas rusos, entre quienes se contaban Lenin (bolchevique), Yuli Mártov y Pavel Axelrod (mencheviques), tenían diferencias tácticas entre sí, pero participaron juntos en las conferencias antibélicas de Zimmerwald, Kiental y Estocolmo. Nikolái Sujánov escribió una larga historia de la Revolución en siete volúmenes (The Russian Revolution. A Personal Record, Princeton, Princeton University Press, 2014) entre 1919 y 1921. En 1937 fue acusado de espionaje a favor de Alemania y ejecutado en 1940 que formó parte del Ejecutivo del sóviet de Petrogrado, estimaba en un exiguo 4% el número de las tropas que apoyaban a los bolcheviques. En esa y otras apreciaciones similares se apoyaban los opositores al golpe, pero Lenin y sus partidarios, que ya habían decidido seguir adelante con él, pensaban con razón, como luego se demostraría, que el Gobierno Provisional no contaba siquiera con una fracción similar.

Esa debilidad militar del Gobierno Provisional, de la que hablaremos más adelante, tenía multitud de causas sociales y políticas. Sea como fuere, la acometida bolchevique concluyó con la prisión de sus miembros en la fortaleza de Pedro y Pablo (construida en el siglo XVIII, sede de la guarnición de Petrogrado y tradicional prisión para perseguidos políticos). Aleksandr Kérenski, su presidente, consiguió escapar del Palacio de Invierno a las nueve de la mañana del 25, disfrazado de oficial del ejército serbio y en el coche de un miembro de la embajada estadounidense que lucía la bandera de su paísRichard Pipes, La revolución rusa, loc.m12626 (se cita a continuación siempre por la edición Kindle)..

El último acto del golpe de Estado bolchevique se había llevado, pues, a cabo con una perfección técnica que imitarían luego en otros países regímenes de diferentes ideologías. Las masas de Eisenstein y los disparos de fogueo del acorazado Aurora fueron mucho menos decisivos que la ocupación por piquetes de Guardias Rojos de los centros de comunicación y de transporte, los bancos y los numerosos puentes que permitían cruzar los brazos del Neva y sus canales subsidiarios: había nacido el golpe de Estado contemporáneo.

A las diez de la mañana del día 25 de octubre, el Milrevkom hacía pública una proclama, salida de la pluma de Lenin, donde anunciaba el último acto de los sucesos habidos entre febrero y noviembre de 1917.

¡A los ciudadanos de Rusia!

El Gobierno Provisional ha sido depuesto. La autoridad gubernamental ha pasado a manos del Comité Revolucionario Militar, órgano del sóviet de Petrogrado que está a la cabeza del proletariado y de la guarnición de Petrogrado.

Las metas por los que ha luchado el pueblo –una paz democrática inmediata; abolición de las propiedades agrarias de los terratenientes; control obrero sobre la producción; creación de un gobierno de los sóviets– están aseguradas.

¡Viva la Revolución de los Obreros, los Soldados y los Campesinos!

El Comité Militar Revolucionario del sóviet de obreros

El centenario recién superado de ese proceso ha sido recordado con la publicación de, entre otras, una traducción de la magistral historia del período revolucionario de Richard Pipes (originalmente publicada en inglés en 1990), otras dos nuevas historias y una flamante secuencia de La rueda rojaLa edición rusa de La rueda roja (Krasnoe koleso. Povestvovanie v otmerennykh srokakh, Moscú, Voenizdat, 1993-1997) cuenta con diez tomos. La edición en inglés, cuando acabe de publicarse, tendrá seis. Además del referenciado al comienzo de este trabajo, se han publicado en inglés dos volúmenes anteriores (August 1914. A Novel. The Red Wheel I, Nueva York Farrar, Straus & Giroux, 1999 [Agosto 1914, trad. de  José Laín Entralgo y Luis Abollado Vargas, Barcelona, Barral, 1972] y November 1916. A Novel. The Red Wheel II, Nueva York, Farrar, Straus & Giroux, 2014)., un documental novelado, un reportaje histórico, una ficción objetiva o como quiera definirse la obra maestra de Aleksandr Solzhenitsyn sobre el derrumbamiento de la autocracia rusa. No es mi ambición en este trabajo adoptar un papel de historiador gremial. Algo habrá de eso, pero la mía es una ambición distinta, centrada en un par de cuestiones capitales que nos han legado los sucesos revolucionarios de 1917. ¿Por qué, de entre los candidatos a una presunta revolución socialista, hubo de ser Rusia quien se elevase a lo más alto del palmarés, pese a su reconocida inadaptación para ese papel? Aún más importante, ¿cómo caracterizar el embeleco del socialismo en un solo país que pasó a servirle de explicación? Los escritos reseñados y el segundo tomo de la admirable biografía de Stalin de Stephen Kotkin  ofrecen material suficiente para atreverse a darles respuesta.

El Estado era él

Cuando pensamos en la Rusia feroz del siglo XX, ése que, por la desaparición imprevista del imperio soviético, le pareció corto a Eric Hobsbawm –a sus lectores nos queda siempre el interrogante de si se lo hubiera parecido tanto de haber vivido en el país de los susurrantes Ése es el título inglés del excelente libro de Orlando Figes, The Whisperers. Private Life in Stalin’s Russia. Nueva York, MacMillan, 2008 (Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin, trad. de Mirta Rosenberg, Barcelona, Edhasa, 2017). Dada la escasez de viviendas, las dimensiones mínimas de los apartamentos para la gente de a pie y la continua posibilidad de que los vecinos fueran delatores al servicio de la Cheka, muchos rusos aprendieron a hablar en susurros en sus relaciones privadas.–, nos viene a las mientes una nación secularmente atrasada, totalitaria y empobrecida, incapaz de salir de su postración. Esa visión de Rusia, derivada del terror estalinista y de la posterior ineptitud de los gobernantes comunistas, en nada se parece a la de muchos europeos del siglo XIX. Para ellos, Rusia vivía, sí, en un feudalismo tardío, pero al tiempo era, junto con Gran Bretaña, la otra gran potencia imperialista en Eurasia. El 31 de marzo de 1814, el zar Alejandro I desfiló al frente de las tropas de la Sexta Coalición por un París ocupado, devolviendo a Napoleón su fracasada visita a Rusia y enviándolo al destierro en la isla de Elba. Karl Nesselrode, uno de los ayudantes del zar, comentaba condescendiente «lo bien que vestía la multitud que llenaba las avenidas. Se diría que asistían a una fiesta y no a un desfile de tropas enemigas».

El imperio zarista había crecido desde el siglo XVII a un ritmo de 143 km2 diarios y, a finales del XIX, ocupaba 22,4 millones, de los cuales la Rusia llamada europea (desde Polonia a los Urales) suponía alrededor de la cuarta parte del territorio. El resto lo formaban regiones que hoy son países independientes en Asia Central y, más al norte, la interminable Siberia, que se extendía hasta el Pacífico. Entre Varsovia, a la sazón parte del imperio ruso, y Vladivostok hay nueve husos horarios. A finales del siglo XIX, la población de Rusia se había cuadruplicado, llegando a ciento cincuenta millones de almas, como se decía en la época. Hasta 1914 se añadieron otros veinticincoSean McMeekin, The Russian Revolution. A New History, Nueva York, Basic Books, 2017, p. 11..

La imagen que mejor refleja cómo era la sociedad rusa en los comienzos del siglo XX es la de una pirámide invertida, apoyada en un solo vértice institucional: la autocracia

Rusia era, pues, un coloso, aunque vacilante e incierto. A mi entender, la imagen que mejor refleja cómo era su sociedad en los comienzos del siglo XX es la de una pirámide invertida, apoyada en un solo vértice institucional –la autocraciaLa definición de la autoridad del zar se recogía en las Reglas Militares de Pedro el Grande: «Su Majestad es un monarca absoluto, que no responde por sus acciones a nadie en el mundo, aunque tiene el poder y la autoridad de gobernar sus propiedades y sus tierras como un soberano cristiano, según sus deseos y su potestad». que, para complicar la trama, se hacía carne mortal en la persona del zar–, una posición proclive al desequilibrio y sujeta a los caprichos de la genética dinástica. Desde 1894, el papel de zar –una adaptación al ruso del césar romano– había recaído sobre Nicolás II, un Romanov gris que ocultaba su perplejidad interior aferrándose inflexiblemente a sus decisiones, por erróneas que fueran, una vez que las había adoptado. Ni siquiera la zarina Alejandra, su única mentora y, al tiempo, su gran amor, conseguía hacérselas variar. «Tan apasionados eran los reproches que Alix le dirigía por sus debilidades y su incompetencia como zar, que la fe de Nicolás en sí mismo se tambaleaba. (Nunca había sido muy sólida, ni aun en su juventud; en su interior se tenía por un fracaso total) [...] Pero, especialmente después del crimen contra Gregori [Rasputín], el emperador no estaba dispuesto a las menores concesiones a sus opositores ni a la sociedad en general. Podrían pensar que las hacía porque se había liberado de su influjo. O, zurra y dale, que hasta tenía miedo de que también lo asesinasen a él»Aleksandr Solzhenitsyn, March 2017, p. 3..

Si damos la vuelta a aquella imaginaria pirámide, la base de la sociedad rusa eran las masas campesinas. A principios del siglo XX, el campesinado ruso representaba cuatro quintos de la población total y tres cuartos de la trabajadora. Su vida se desenvolvía a la sombra de tres grandes instituciones: sus familias (extensas, patriarcales); sus pueblos (sedes territoriales de varios asentamientos familiares); y sus mir o obshchinaSteven A. Grant, «Obshchina and Mir», Slavic Review, vol. 35, núm. 4 (1976), pp. 636-651. A menudo ambos términos se solapan. (explotaciones comunales de la tierra). Aunque a menudo ambos términos se confundían, mir era el nombre genérico de la institución –un asentamiento rural que decidía los asuntos de interés común–, mientras que obshchina se refería al grupo concreto de campesinos que participaban en un mir. Lo que caracterizaba a la obshchina era la propiedad comunal de las tierras del mir, plasmada en dos aspectos básicos: la comunidad, no sus miembros aislados, era responsable del pago de impuestos; las tierras se repartían por lotes zonales entre sus miembros cada cierto número de años (generalmente doce o quince). La explotación de los lotes que les correspondían en posesión temporal era tarea de cada familia, no del conjunto. Una obshchina no era una comuna (koljós)  como las que se impondrían en la Rusia comunista a partir de la colectivización agraria en 1928.

Desde tiempo inmemorial, la mayoría de los campesinos habían sido siervos que trabajaban para los terratenientes, sin compensación, una media de tres días semanales. Adicionalmente, estaban obligados a prestarles diversos servicios y no podían abandonar sus tierras ni casarse sin su permiso. En sus días de labor en beneficio propio, los siervos trabajaban sus tierras comunales. Ese régimen no era el único en toda la extensión del vasto imperio, pero predominaba en la Rusia central, donde residía la mayoría de la población (a grandes rasgos, la actual Federación Rusa, conocida la sazón como Gran Rusia, más las actuales Ucrania, o Pequeña Rusia, y Bielorrusia, o Rusia Blanca).

En 1861, el zar Alejandro II decretó el fin de la servidumbre en términos muy duros para los campesinos (reservaba en exclusiva a los señores los derechos de uso de bosques y aguas; tenía un período transicional de dos años; las tierras transferidas a los campesinos quedaban hipotecadas por una parte, generalmente grande, de su valor de mercado; los siervos domésticos mantenían su condición). Lejos de debilitar la explotación comunal, el nuevo régimen la reforzó, pues el pago de las tierras hipotecadas recaía sobre la comunidad, no sobre sus miembros individuales. Unida a la escasa educación formal de los campesinos, la comuna no favorecía la transición a formas de vida modernas.

El problema agrario fue agravándose por la falta de tierras de labor, algo difícil de entender en un país tan grande. La Rusia europea y Siberia se extendían a lo largo de quince millones de kilómetros cuadrados, pero sólo dos de ellos eran cultivables y únicamente uno podía usarse como pastizales. Como la población crecía rápidamente –cada año se añadían un millón y medio de campesinos–, el éxito demográfico lastraba el de las explotaciones comunales. En 1861 tenían una extensión media de 5,24 hectáreas por cada hombre en edad de trabajar; en 1900 eran sólo 2,84Richard Pipes, op. cit., loc. 2828 y ss.. En esas condiciones, las propuestas de los opositores a la autocracia para solucionar el problema mediante la expropiación de más tierras –para los liberales, a cambio de compensaciones; para los radicales, implementando su socialización o nacionalización– carecían de base económica.

Podría pensarse que el océano de campesinos estaba llamado a reducirse por el desarrollo de la clase obrera urbana. Sin embargo, a finales del siglo XIX, el número de trabajadores industriales no se correspondía con el de la economía fabril. De hecho, en torno al 70% de los «obreros» rusos trabajaban en pequeñas empresas rurales, compatibilizando sus trabajos artesanos con las tareas del campo. Los trabajadores asalariados en industrias urbanas eran un grupo relativamente pequeño, salvo en zonas de rápido desarrollo como San Petersburgo o Moscú. Así, el campesinado permanecía replegado sobre sí mismo y sus nexos con el mundo exterior eran muy débiles. Para los ideólogos eslavistas y populistas, fueran conservadores o radicales, esa distancia para con la sociedad industrial demostraba la superioridad de sus valores morales y sociales; en la realidad, su enclaustramiento era un pilar decisivo de la autocracia. Para la gente del campo, que los gobiernos fueran buenos o malos contaba poco. Importaba que fueran fuertes: cuanto más, mejorIbídem, capítulo 3..

Eso era precisamente lo que la autocracia les había proporcionado con las instituciones que ejercían de mediadoras en su relación con el pueblo: la burocracia civil, las fuerzas de seguridad y el ejército. Al control de la sociedad campesina contribuían también las clases superiores –el equivalente de la gentry en Gran Bretaña, donde la aristocracia terrateniente se codeaba con la alta burguesía financiera e industrial– y la iglesia ortodoxa. Pero la autocracia zarista siguió concibiendo a toda Rusia como el patrimonio personal del emperador.

Originalmente el aparato burocrático civil estuvo compuesto por siervos de la corona, y el servilismo siguió marcando sus actividades hasta el final del régimen absolutista. Los funcionarios, clasificados por rangos, juraban exclusiva lealtad a la persona del zar. Su reclutamiento dependía de la categoría a que optasen. En general, las más altas se reservaban a la nobleza, aunque con el tiempo se abrieron a plebeyos con estudios y alto estatus. Los nombramientos de los cuatro escalones superiores, que implicaban la obtención de cuarteles de nobleza, los decidía personalmente el zar. Fuera la que fuere su categoría, los funcionarios de todos los rangos estaban por encima de la ley y no podían ser procesados sin autorización de sus superiores. Mientras desempeñaban sus funciones, todos ellos, incluidos los profesores universitarios, tenían que vestir de uniforme. El poder de gobierno correspondía a un Comité de Ministros, cuyos miembros respondían sólo ante el soberano y no podían dimitir sin su consentimiento.

La familia del zar Nicolás II, 1910

Buena parte de la burocracia superior residía en la capital, mientras que al resto del país lo gobernaban funcionarios menores sin gran autonomía funcional. En general, se desempeñaban en medio de una notable penuria. Rusia también tenía dificultades para dotarse de una administración eficaz por sus enormes distancias y sus malas comunicaciones, lo que redundaba en perjuicio del Fisco. Los funcionarios locales estaban mal pagados y eran fácilmente corruptibles. Su devoción a la autocracia era fundamentalmente formal, así que, en su momento, muchos no tuvieron dificultades para transferir su lealtad a los nuevos jerarcas revolucionarios. Los únicos escalones burocráticos que mantenían una orientación ideológica eran los superiores, en su mayoría partidarios de gobernar al país con mano de hierro (Polizeistaat) para evitar la anarquía que suponían ingénita en el pueblo ruso. Había también un ala liberal, más reducida, que dudaba de las ventajas del patrimonialismo y respaldaba una apertura limitada que, como en el Rechtstaat prusiano, abriese un pequeño resquicio al imperio de la ley.

Esta última opción florecía en torno al ministerio de Hacienda, muy influido por los inversores europeos, cuya contribución al desarrollo del país era decisiva. Entre 1892 y 1914 los capitales extranjeros supusieron aproximadamente la mitad del total en minería e industria pesadaIbídem, loc 2207 y ss., al tiempo que sus impuestos contribuían a nutrir las arcas fiscales. El personaje más representativo de esa tendencia fue el conde Serguéi Witte, ministro del ramo durante largos años (1892-1903) e impulsor de la política económica liberal que favoreció el rápido crecimiento económico del cambio de siglo. Más tarde, como primer ministro, Witte diseñó la medrosa reforma constitucional de octubre de 1905, con la que el zarismo frenó las revueltas de ese año. El tímido liberalismo ruso posterior trató de emular sus innovaciones sin gran convicción. Como Witte, sus adeptos temían sus eventuales consecuencias y vacilaban a la hora de defenderlas.

Los partidarios de la intransigencia autocrática, lógicamente, se articulaban en torno al Ministerio del Interior, responsable de los nombramientos de gobernadores provinciales, así como de las operaciones de las dos ramas de la policía: la encargada de mantener el orden local y la de combatir a los adversarios políticos. Esta última, repartida por todo el país, estaba compuesta por la Ojrana, también llamada Ojranka (espionaje político) y la Gendarmería (fuerzas antidisturbios). La Ojrana combinaba la represión de los enemigos del régimen con eficaces tácticas de infiltración en su senoIbídem, loc. 2059 y ss. Tanto Evno Azef, responsable de Organización de Combate (atentados terroristas) de los socialistas revolucionarios como Roman Malinovski, persona de confianza de Lenin entre 1912 y 1914, miembro del Comité Central bolchevique y líder de su fracción parlamentaria en la Duma, trabajaron para ella. Malinovski convenció a Lenin de que pusiese al frente de Pravda a otro agente (Miron Chernomazov) y preparó la captura y destierro a Siberia de Iósif Stalin, Yákov Sverdlov y Sergó Ordzhonikidze. Acusado de espía por la prensa menchevique, Lenin salió en defensa de Malinovski y acusó a sus detractores de traición a la causa.. Por esas actividades, y por el uso incontrolado de la tortura y de medidas represivas sin intervención judicial (violación de correspondencia, destierros a Siberia, prisión y trabajos forzados –katorga–, así como eventuales asesinatos), la Ojrana ha sido tenida por una de las policías políticas más brutales de la historia reciente. Sin duda, no era una asociación de beneficencia, pero los datos conocidos permiten mantener que sus actividades eran limitadas, aunque precisas y muy eficacesEn 1900, la policía rusa en su conjunto contaba con 6.874 agentes y 1.852 sargentos, a los que se sumaban alrededor de un millar de miembros de la Ojrana. La Cheka comunista empleó a cientos de miles de agentes. Por lo que hace a su fama represora, el zarismo ejecutó a 6.321 personas (criminales comunes y presos políticos) entre la revuelta decembrista de 1825 y 1917. Esa cifra –menos de setenta ejecuciones al año– era un entremés en comparación con los asesinatos perpetrados a diario por los chekistas durante la colectivización agraria (1928-1932) y el Gran Terror (1936-1939). Véase Sean McMeekin, op. cit., pp. 17-19..

El anclaje del régimen, en cualquier caso, recaía sobre el ejército, el mayor del mundo en efectivos. Para entender su dimensión, conviene recordar la inmensidad del territorio ruso, pero, también, que una de sus misiones principales era la de sofocar las revueltas populares. Si a la Ojrana le correspondía la represión al por menor, el ejército era el mayorista. La composición y el reclutamiento de sus mandos seguía un patrón parecido al que se ha detallado para la administración civil. En general, la carrera militar ofrecía más prestigio que recompensas económicas. Un subteniente de infantería ganaba poco más que un obrero especializado, con lo que, lógicamente, sólo quienes contaban con medios independientes podían permitirse los gastos extras (uniformes, banquetes, saraos) que allanaban el camino a las alturas. A la oficialidad se llegaba por dos caminos. El más prestigioso eran las Academias Militares de Cadetes, con un plan de estudios basado en las humanidades y que reclutaban a sus miembros entre familias de la nobleza o la alta burguesía. Sus graduados se convertían directamente en oficiales y conformaban la elite militar, especialmente entre aquéllos que seguían estudios en la Escuela de Estado Mayor y pasaban al cuartel general (Stavka). El segundo camino eran las Academias Iunker para estudiantes de origen plebeyo que empezaban de suboficiales.

La mayor parte del ejército mantenía una adhesión indiscutida y ritual al zar y al mando, fueran las que fueren sus contradicciones y limitaciones. Cualquier otra opción, incluso aunque se tratase de opiniones para una mayor eficiencia institucional, suponía el ostracismo, impidiendo a sus autores hacerse oír y, por supuesto, ascenderPese a su reconocida valía, a su valentía personal y a su buen juicio, al coronel Gueorgui Vorotintsev, uno de los principales personajes de ficción en La rueda roja, se le cierran todos los caminos tan pronto como acusa de ineficacia a sus superiores por el desastre de la batalla de Tannenberg en agosto de 1914.. El servilismo que fomentaba entre los militares la exclusión de los críticos acabó, como en el caso de la burocracia civil, por jugar a favor de los bolcheviques tan pronto como consiguieron imponer su golpe de Estado. La despolitización, sin embargo, no era tan profunda entre los graduados de las Iunker, que en octubre de 1917 se contaron entre los más decididos defensores de una imposible salida democrática. A su vez, las relaciones entre la oficialidad y las tropas estaban marcadas por la otra cara del servilismo: el desprecio hacia las clases inferioresLos soldados rasos recibían un estipendio de tres o cuatro rublos anuales, una centésima parte de los ya escasos emolumentos de un oficial recién graduado; tenían que soportar ser tratados de «tú», lo que en la Rusia zarista suponía una humillación; estaban obligados a andar por la sombra (recuérdese que, en la mayor parte de Rusia, el sol se agradece); y no podían sentarse en los transportes públicos aunque hubiera asientos disponibles.. En tiempos de guerra, la pena capital se aplicaba con frecuencia.

Como en todas las burocracias, la aparición de una seria crisis institucional –primero en 1905 y luego en febrero de 1917– se alió con el desconcierto y la impotencia de quienes aparentaban ser los tres pilares inexpugnables de la autocracia. El coloso reveló que reposaba tan solo sobre la frágil persona de Nicolás II y, así que el velo del templo se rasgó, la pirámide invertida de la autocracia se vino abajo en un soplo. Su vértice era humano, demasiado humano.

Geopolítica

Se conoce como Pax Britannica al siglo transcurrido entre el Congreso de Viena (1815) y la Primera Guerra Mundial (1914). La paz lo fue mayormente para los ingleses, que no sufrieron invasiones extranjeras y consiguieron imponer una relativa hegemonía en un escenario multipolar. Sin embargo, en el continente europeo y en el resto del mundo, las rencillas armadas y las guerras locales fueron frecuentes. Aparecieron nuevas naciones independientes (Bélgica, Italia, Grecia, Serbia, Bulgaria) y no siempre fue el suyo un parto fácil. Alemania logró su unidad en 1870 y se convirtió en el Segundo Reich. Los imperios con proyección europea (el Reich recién citado, el austrohúngaro, el otomano y el ruso, a los que hay que sumar la Francia de Napoleón III entre 1852 y 1870) mantuvieron continuas disputas por controlar y ampliar sus áreas de influencia. Casi todos trataron de extender sus colonias, al tiempo que en Asia Oriental aparecía un nuevo actor de grandes ambiciones, el Japón meiji. Ese hervidero geopolítico acabaría por desembocar en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), una guerra a la que, con independencia de las pasiones ideológicas, le cuadra la etiqueta de guerra imperialista. Los grandes imperios europeos (Gran Bretaña, Rusia y Francia) querían mantener su control del sistema internacional ignorando las pretensiones de una Alemania en ascenso y a costa de Austria-Hungría y Turquía, dos sistemas en rápida decadencia.

Durante el siglo XIX, Rusia hizo valer su enorme poderío en el Báltico y en los Balcanes, se llevó un relativo disgusto con la guerra de Crimea (1853-1856) y se dispuso a ampliar su imperio incorporando Manchuria, la vasta región del Nordeste de China justo al sur de Siberia. Allí topó con la decidida obstrucción de Japón. El imperio del Sol Naciente había derrotado en 1895 al chino en una guerra por el control de Corea y ambicionaba controlar Manchuria en perjuicio de las ambiciones de Rusia. En 1904, Tokio inició una guerra (la guerra ruso-japonesa) que acabaría el año siguiente con la derrota del zarismo. La autocracia entró en la guerra con una ilusoria confianza en su superioridad militar sobre los monos amarillos, como los llamaba la prensa rusa. Las derrotas en Port Arthur en 1904; en Mukden –la actual Shenyang– en febrero de 1905; y en el estrecho de Tsushima, en mayo de 1905, donde la flota japonesa prácticamente trituró a la rusa, obligaron a Nicolás II a aceptar una paz oprobiosa.

El 17 de octubre, el zar, incapaz de controlar la revuelta, anunció en un manifiesto la creación de una Duma (parlamento) y el compromiso de aceptar algunas libertades civiles muy tasadas

1905 fue un año infausto para el zar. Había comenzado en San Petersburgo con el llamado Domingo de Sangre (9 de enero), brutal represión de una marcha pacífica de obreros con sus familias que causó decenas de muertos. No pedían la luna, pero para el zarismo sus reivindicaciones –jornada de ocho horas, derechos sindicales y libertades democráticas– eran lo más parecido. El escarmiento a sus inquietos súbditos sobre un trasfondo de derrotas militares, tuvo consecuencias imprevistas: huelgas, ocupaciones de tierras, rebrotes nacionalistas y violencia terrorista. A principios de octubre, el Vikzhel (Unión Panrusa de Ferroviarios) convocó una huelga del transporte que paralizó al país. En San Petersburgo, los mencheviques impulsaron una huelga general y la formación de un consejo (sóviet) de representantes obreros cuyos objetivos sobrepasaron pronto la mera agitación sindical. A falta de instituciones que canalizasen sus reivindicaciones, el sóviet se convirtió en el germen de un poder político autónomo, es decir, un órgano de poder paralelo o dual, y llegó a formar sus propias milicias.

El 17 de octubre, el zar, incapaz de controlar la revuelta, anunció en un manifiesto la creación de una Duma (parlamento) y el compromiso de aceptar algunas libertades civiles muy tasadas (libertad de expresión, partidos políticos). Era, a todas luces, una maniobra para dividir a un movimiento espontáneo e impreciso en sus metasAunque el tiempo se ha encargado de mostrar la falta de objetivos unitarios del movimiento, hacerlo entonces no era una tarea sencilla. Max Weber fue de los primeros en ver su complejidad en dos trabajos aparecidos en 1906: Zum Beurteilung der gegenwärtigen politischen Entwicklung Russlands (Análisis de la situación política actual en Rusia) y Russlands Übergang zum Scheinkonstitutionalismus (La transición de Rusia a un aparente constitucionalismo). que el radicalismo pugnaba por controlar. Poco a poco, las huelgas en la capital fueron perdiendo fuelle, aunque Moscú tomara el relevo con un levantamiento armado en el mes de diciembre, éste sí, sofocado a sangre y fuego por el ejército.

Tan pronto como la insurrección empezó a diluirse, el zar renegó de sus promesas. La Duma, a la que no se había concedido otro poder que el de sancionar las leyes, veía esa escasa capacidad limitada por una segunda cámara (Consejo de Estado) controlada por leales al zar. Antes de que la Duma llegara a constituirse, se publicaron unas llamadas Leyes Fundamentales del Imperio que reducían aún más sus competencias. Nicolás II se arrogaba la posibilidad de dictar leyes cuando la Duma no estuviese en sesión y el derecho de disolverla a su conveniencia. Las reformas para la participación política quedaron sin desarrollo y la Primera Duma fue disuelta a los setenta y ocho días de su constitución. La Segunda duró más: ciento tres días. La Tercera (1907-1912) se mantuvo los cinco años previstos, con cambios en la ley electoral que aseguraron su control por los zaristas. La Cuarta tuvo una vida azarosa, en medio de la Primera Guerra Mundial y con sesiones cada vez más reducidas. El Gobierno Provisional que se formó tras la abdicación del zar la mantuvo paralizada para dar paso a una Asamblea Constituyente que dotase a Rusia de una Constitución democrática.

El abismo

La liberalización nonata de octubre de 1905 tuvo la virtud de no contentar a nadieLa inquina del zar contra la Primera Duma, en la que veía una inaceptable limitación a su poder omnímodo, le impidió sacar partido a una eventual negociación –nunca intentada– con sus sectores más posibilistas. Kadetes (liberales, 179 escaños), trudovikis (sindicalistas cercanos a los socialistas revolucionarios, 97 escaños) y octubristas (monárquicos, 16 escaños) contaban con una mayoría confortable y dispuesta a negociar. Esa oportunidad desapareció en las Dumas posteriores.. La oposición estaba muy dividida, pero ni siquiera sus sectores más posibilistas (Partido Octubrista), pese a su devoción monárquica, podían apoyar abiertamente los renuncios de la corona. A partir de ahí una franca hostilidad era común entre el resto, aunque sus componentes tuvieran metas y métodos de acción muy diferentes. Los liberales del Partido Constitucional Democrático (conocidos como kadetes por sus siglas rusas) apostaban por un sistema parlamentario, a establecer en una Asamblea Constituyente, que no necesariamente mantendría la monarquía como forma de gobierno.

Más allá, había radicales de todo pelaje. La diferencia básica entre ellos estaba en su relación con el marxismo. Aunque fundado en 1902, el Partido Socialista Revolucionario tenía tras sí una larga ideología populista (narodnichestvo) nacida en la década 1860-1870, con un programa centrado en la desaparición de la autocracia y en la expropiación de las tierras de los grandes terratenientes (kulaks). Para los narodniki, el campesinado se identificaba con un pueblo, inconcreto pero ideal, cuyo triunfo daría paso a un socialismo agrario basado en la igualdad y la fraternidad de las comunas. Inicialmente fue la populista una estrategia misionera: acercarse al pueblo para instruirlo en sus verdaderos intereses. Como los campesinos los miraban con recelo y como los poderes establecidos los reprimían duramente, sus dómines viraron hacia la acción directa.

En 1879 apareció Naródnaya Volya (Voluntad Popular), un grupo revolucionario que promovía la revolución mediante acciones terroristas que, según creían, ponían de relieve la debilidad del poder. En los cuarenta años anteriores a 1917, los populistas victimaron a decenas de funcionarios civiles y militares: su acción más famosa fue el asesinato del zar Alejandro II en 1881. Pero a partir de 1906, tras la legalización de los partidos políticos, empezaron a desvencijarse. Un sector del Partido Socialista Revolucionario, los socialistas populares, se escindió por su rechazo al terrorismo, en tanto que, por la izquierda, lo rompieron los maximalistas con un programa de socialización total de la tierra, la industria y los medios de producción. Los maximalistas seguían viendo en el terrorismo el mejor camino para educar a las masas; defendían que su revolución uniese en un solo impulso esas medidas con las reformas políticas; y boicotearon la participación en la DumaPara completar el complejo panorama del populismo ruso, hay que incluir a los miembros del Partido Laborista (trudoviki), otra escisión de los socialistas revolucionarios que defendió participar en la Duma..

La situación de los entonces llamados socialdemócratas resulta más conocida. Inspirados en las teorías de Marx y en la práctica de los socialistas alemanes, pronto conocieron en su seno una división familiar entre mencheviques y bolcheviques: por simplificar, entre reformistas y revolucionarios. Aunque ambas tendencias aceptaban la autoridad intelectual de Gueorgui Plejánov, el primer marxista ruso, pronto divergieron sobre dos puntos fundamentales: el carácter de la futura revolución socialista y la táctica contemporánea para la acción.

Los encontronazos comenzaron por lo segundo tras un análisis de Lenin (¿Qué hacer?, de 1902) del escenario revolucionario en Rusia. Con el título de una novela de Nikolái Chernyshevski (1863), que inspiró a toda una generación de rebeldes, tanto populistas como marxistas, Lenin planteaba la necesidad de construir un partido de revolucionarios profesionales, una propuesta que había salido años antes de la pluma de Piotr TkachovFranco Venturi, El populismo ruso, trad. de Esther Benítez, Madrid, Revista de Occidente, 1975. Pese al tiempo transcurrido desde su publicación, la obra de Venturi es fundamental para familiarizarse con su objeto de estudio.. El protagonismo último en la revolución no correspondía, pues, a la clase obrera, como había propuesto Marx, sino a la acción audaz de un grupo –la vanguardia– que decidía en su nombre cómo y cuándo tomar el poder. A Lenin se le ha cargado una dependencia intelectual de Louis-Auguste Blanqui. No hay tal. Para Blanqui, la revolución era una posibilidad permanente, sólo pendiente de la determinación de un grupo de conjurados. Los revolucionarios profesionales de Lenin, por el contrario, nacían burócratas. No debían soñar, sino prepararse para tomar el poder cuando se presentase la oportunidad por inesperada que fuera, posiblemente un movimiento espontáneo y masivo.

Todas las burocracias, incluidas las revolucionarias, tienen que mantener a sus agentes, lo que le planteaba a Lenin el espinoso problema del pago de las nóminas. Aunque no les prometiese una vida confortable (la suya en el exilio suizo, como la retrata Aleksandr SolzhenitsynVéase Agosto 1914, capítulo 22, y Noviembre 1916, capítulos 44 y 47-50. Había algo sobrenatural en la actitud calvinista de Lenin ante la vida diaria, con los gastos contabilizados al céntimo por Nadezhda Krúpskaya, no dejando el menor espacio al ocio y sin ninguna expansión personal salvo por una larga historia de amor con Inessa Armand., distaba de serlo); aunque la renuncia a un bienestar material inmediato ocultase a menudo la incapacidad de los revolucionarios para ganarse la vida de otra forma; aunque –es justo recordarlo– muchos estuviesen dispuestos a grandes sacrificios por la Causa que daba sentido a sus vidas, Lenin sabía que un revolucionario profesional debe estar liberado de preocupaciones en su vida material y que su supervivencia tenía que garantizarla el Partido.

Dos técnicas le proveían de fondos. La más inmediata eran las expropiaciones, es decir, atracos para los que Stalin y otros mostraron una eficaz industria. La otra, las donaciones provenientes e capitalistas ganados a la Causa como Jakob (Kuba) Ganetski, también llamado Hanecki, un hábil financiero; como Izráil Guelfand, o Helphand, más conocido como Alexander Parvus.

Estatua del emperador Alejandro III

Parvus estudió economía en Suiza, empezó su vida de negocios en Alemania y volvió en 1905 a Rusia, donde tuvo una destacada participación en el sóviet de San Petersburgo. Desterrado a Siberia, consiguió huir y se instaló en Estambul, donde, con actividades poco claras, ganó mucho dinero, parte del cual acabó en las arcas bolcheviques. Allí se ganó durante la guerra la atención de la embajada alemana, a cuyo responsable le insistió en que los intereses de Alemania eran «idénticos a los de los revolucionarios rusos»Sean McMeekin, op. cit., p. 127..

La mayor contribución de Parvus al movimiento revolucionario no fue, empero, la financiera. Había en él una indudable capacidad de anticipación política que le llevó a ser de los primeros en destacar la importancia de la jornada de ocho horas y de la huelga general en las luchas del proletariado. En 1904, Parvus auguró que las potencias imperialistas acabarían por enfrentarse en una guerra. Las ideas de Lenin sobre el imperialismo salieron directamente de la cabeza de Parvus. En 1905, Parvus explicaba a mencheviques y bolcheviques que, en Rusia, la burguesía era débil; que no había tenido la menor experiencia parlamentaria; que temía más a la democracia que a la autocracia; que el campesinado, ignorante y supersticioso, carecía de capacidad organizativa para alentar una revolución; que, en suma, salvo el proletariado, ninguna otra clase contaba con la capacidad y la fuerza necesarias para tomar el poder. No podía, pues, haber sombra entre el fin del antiguo régimen y el parto del socialismo. León Trotski hizo suya esa estrategia y la bautizó como revolución permanente. Más tarde, la alianza revolucionaria de proletarios y campesinos que Lenin y los bolcheviques defenderían dio cuerpo al guion.

Los marxistas ortodoxos estaban horrorizados. En su interpretación canónica de Marx, el camino hacia el socialismo tenía que pasar en todas partes por las mismas etapas. La revolución burguesa –que acarrearía el final del feudalismo, la expansión de la propiedad privada, la libre empresa y las libertades civiles– sólo desembocaría en el socialismo cuando fuera ella misma incapaz de contener sus contradicciones internas; cuando la clase obrera se hubiese convertido en la gran mayoría social; cuando la economía se supeditase a una dirección colectiva orientada al interés general; y cuando las relaciones internacionales se librasen de las aspiraciones hegemónicas de los países imperialistas. La revolución socialista no podía, pues, iniciarse en un país tan atrasado como Rusia, sino sólo allí donde las fuerzas productivas se hubiesen desarrollado más, es decir, en los países capitalistas avanzados. Con diferencias de matiz, de ritmos y de objetivos a corto plazo, ésta era la única estrategia que creían posible los mencheviques.

Todas las fuerzas políticas democráticas, monárquicas o no, burguesas o no, tenían, pues, sus propias razones para oponerse a la autocracia, pero no eran las únicas. Las llamadas Centurias Negras –grupos locales, relativamente autónomos, de mamporreros del orden establecido– habían sido los tradicionales valedores de la Santa Rusia, del poder absoluto, del paneslavismo gran ruso, de la Iglesia ortodoxa, de la misión universal de la Rusia imperial, del antisemitismo, saldando directamente sus cuentas con los enemigos del régimen, muy en especial con numerosos pogromos antisemitas. En 1905 formaron la Unión del Pueblo Ruso, desde donde, pese a definirse como el soporte de la monarquía y del patriotismo, acusaban a Nicolás II de debilidad y veían en el Manifiesto de Octubre una trampa tendida al zar por su primer ministro, el conde Serguéi Witte, y sus padrinos financieros, liberales y judíos.

Al zar le quedaban pocas cartas y las que tenía las jugó mal. Tras la disolución de la Primera Duma nombró primer ministro a Piotr Stolipyn, un tecnócrata de criterio independiente. Stolipyn había confiado a Struve –un marxista desilusionado que se había pasado a los kadetes– que mantener intacta la autocracia era un sueño irrealizable, lo que, lógicamente, provocaba la desconfianza del zar y, más importante aún, de la zarina y de Rasputín, que hubieran preferido alguien más manejable. Estaban deseando librarse de él.

Stolipyn creía firmemente en la posibilidad de algunas reformas para apuntalar durante un tiempo el edificio de la autocracia. Tras el terremoto de 1905, lo inmediato era la restauración del orden público. Entre los maximalistas y sus enemigos jurados de las Centurias Negras no pasaba un día sin un nuevo asesinato de policías, funcionarios, políticos. Stolipyn no dudó en someter a los terroristas a unos consejos de guerra que no eran sino ejecuciones con apariencia legal. Se celebraban a puerta cerrada, sin abogados defensores ni testigos; sus sentencias eran inapelables y se ejecutaban en las veinticuatro horas siguientes. Años más tarde esas prácticas serían rescatadas, corregidas y aumentadas, por la Cheka. Con una diferencia. Se calcula que, en sus ocho meses de existencia, los consejos de guerra impusieron unas mil sentencias de muerteRichard Pipes, op. cit., loc. 4556 y ss., un número que los chekistas de Stalin superaban diariamente. A partir de 1907, una vez que se produjo un reflujo en la oleada de atentados, los terroristas volvieron a ser juzgados por tribunales civiles, pero toda la oposición siguió cargando contra Stolipyn.

Stolipyn propuso también una serie de reformas administrativas que se cumplieron desigualmente: garantías procesales contra detenciones y destierros arbitrarios; despolitización de la policía urbana; ampliación de las competencias de los zemstvos –organismos de gobierno local– ; creación de un ministerio de las nacionalidades; igualdad ante la ley civil; sindicatos; eliminación de las discriminaciones que sufrían los judíos; una elemental red de servicios sociales (pensiones, sanidad, escolarización obligatoria). Medidas, en su mayoría, copiadas de la Alemania de Bismarck, donde habían dado buenos resultados.

Su mayor ambición era una reforma agraria que crease un estrato de pequeños y medianos propietarios liberados de la tenaza de la obschina y capaces de impulsar una agricultura moderna y productiva. En 1906, una ley les permitió abandonarlas sin más requisito que hacer constar su voluntad. Quienes lo hacían podían registrar sus propiedades, obtener hipotecas, comprar nuevas parcelas o venderlas sin trabas. Por vez primera en la historia de Rusia existía la posibilidad de crear un campesinado independiente. Stolipyn había predicho que su reforma trasformaría a Rusia en veinte años; sin embargo, en los diez trascurridos hasta 1917 los resultados fueron magros. En 1905, en la Rusia europea, un 77% de hogares campesinos y el 84% de las tierras participaban en explotaciones comunales. En 1916, tras diez años de reforma, sólo dos millones y medio de hogares y el 14,5% de la superficie comunal habían registrado sus títulos de propiedadIbídem, loc. 4718 y ss.. Los campesinos no querían salir de sus comunas y, de hecho, en 1917 las propiedades independientes fueron las primeras en ser ocupadas.

El zar había nombrado a Stolipyn a regañadientes y la corte lo soportó porque era el menor de los males. Cuando cayó abatido por las balas de un terrorista en 1911 durante una visita del zar a Kiev, el júbilo mal contenido con que se recibió la noticia del crimen en los cenáculos cercanos a la corona hubiera hecho pensar que el asesinato lo habían concebido ellosRetazos de la conversación ficticia que Solzhenitsyn atribuye a la pareja real cuando Nicolás da cuenta del suceso a Alejandra: «Desde la primavera anterior [Nicolás] había estado esperando que Stolipyn le liberara presentando la dimisión [...] “Nunca fue un hombre nuestro, Nicky. Siempre tratando de alentar a esa Duma rebelde [...]. Se negaba a retirar el Manifiesto y sólo quería aguarlo un poco. Nunca mostró respeto hacia Nuestro Amigo [Rasputín] [...]. Tenía un deseo irrefrenable de gloria y no dudaba en mantenerte en la sombra» (Aleksandr Solzhenitsyn, August 1914, loc. 156290 y ss).. Ya no quedaba nadie para colmar el abismo entre el zar y toda la oposición.

Lealtades tornadizas

Tal vez el zar no se daba cuenta de su augusta soledad. Tal vez hubiera podido continuar en ella unos años más. La Gran Guerra, empero, le colocó frente a un espejo despiadado: el ejército –la piedra angular de la autocracia– se vino abajo.

En los diez años que siguieron a la derrota ante Japón, las fuerzas armadas, especialmente la flota, habían recompuesto sus efectivos. En agosto de 1914, Rusia movilizó con rapidez 3,1 millones de soldados que, junto a la dotación de 1,4 millones en tiempos de paz, resultaban una fuerza temible. El estado mayor zarista creía en su capacidad para imponerse en una guerra corta, pero la premisa falló. La guerra pronto se convirtió en una guerra de desgaste para la que Rusia estaba mal preparada. Las comunicaciones ferroviarias, escasas y poco eficientes; una artillería insuficiente; las existencias de munición en mínimos; a menudo, los soldados carentes de fusiles tenían que recoger los de sus compañeros caídos; la caballería, no los vehículos motorizados, seguía siendo el instrumento básico en las ofensivas; la flota se enfrentaba con dos cuellos de botella prácticamente insuperables (el golfo de Finlandia y los Dardanelos); si la aviación estaba en todas partes en su infancia, en Rusia permanecía en la sala de partos; los planes de operaciones se trasmitían en telegramas sin cifrar; la infantería cargaba a la bayoneta. En definitiva, los generales rusos parecían no haberse enterado de que las guerras napoleónicas se habían acabado un siglo antes. A todo ello se sumaba una estructura de mando patrimonial, clasista y, a menudo, caprichosa que perturbó la moral de todo el pueblo ruso.

Hasta 1917 la guerra se saldó con una serie de fracasos y una ofensiva exitosa aunque efímera. 1915 fue especialmente ingrato, más aún porque se añadía a las pesadas derrotas de 1914 en Prusia oriental (Tannenberg y Lagos Masurianos). A finales del verano, las bajas rusas (muertos y heridos) alcanzaban 1,4 millones y los prisioneros, casi un millón. El 5 de agosto, las tropas alemanas ocuparon Varsovia. En la primavera de 1916, la campaña del general Brusilov en la Galitzia centroeuropea (actual Polonia meridional) abrió un resquicio de luz, desbordando a las tropas austríacas, pero acabó sin éxitos tangibles. Alemania reforzó a sus aliados de Austria-Hungría y contuvo la ofensiva rusa a costa de grandes pérdidas por ambas partes.

Desde entonces, todo fue cuesta abajo. En junio de 1917, tras los Idus de Marzo que vieron la abdicación del emperador, el ejército ruso –ya sin su cabeza zarista, pero con idéntica estructura de mando– inició otra ofensiva al mando de Alekséi Brusilov y en la misma Galitzia de 1916 para abrir una brecha en el flanco austríaco. Pero la situación política en el interior de Rusia había cambiado y, a comienzos de julio, el ataque había perdido ya su impulso, entre otras cosas por los motines de tropas que respondían a la agitación antibélica de los bolcheviques. A comienzos de agosto, las fuerzas alemanas del frente septentrional, que habían permanecido inactivas en los meses anteriores, ocuparon Riga, a sólo trescientos kilómetros de Petrogrado.

Es difícil entender la catástrofe militar sin referirse a los acontecimientos que nadie hubiera previsto en 1914, pero se sucedieron vertiginosamente en febrero-marzo de 1917. Si llamativa fue la abdicación del zar el 2 de marzo de 1917, más aún resultó la forma en que se produjo. Todo había comenzado pocos días antes en la Fundición Putilov de Petrogrado. La empresa, fundada en 1789 y privatizada en 1873, se había convertido en una de las mayores del país y, al tiempo, en un símbolo de su limitada aunque rápida industrialización. En 1917 daba empleo a unos treinta mil obreros que mantenían una dilatada tradición huelguística desde 1905. El 18 de febrero convocaron un paro en demanda de subidas salariales que se extendió a otras fábricas y congregaron hasta cien mil huelguistas. El 23, coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer (8 de marzo en Occidente), se iniciaron manifestaciones populares de apoyo con destacada participación femenina y reivindicaciones económicas y políticas (bajada del precio del pan, aparición de algunas banderas rojas, protestas en contra de la guerra, críticas a la alemana, es decir, a la zarina, que había nacido en ese país). El 24, la policía no pudo impedir nuevas manifestaciones y, llamativamente, los cosacos que tantas veces habían cargado sobre la multitud mantuvieron una actitud pasiva.

En Petrogrado se había desatado una revolución con la participación masiva de la población. Quienes la vivieron darían fe de su carácter espontáneo y de la enorme participación

La situación empeoró el 25, con una manifestación por el centro de Petrogrado en la que participaron unas doscientas mil personas. Aquella tarde, un grupo de cosacos mató a golpes a un inspector de policía que les afeaba que no cumpliesen con su deber de restablecer el orden. El 26, el gobierno local empezó a detener a activistas y, esta vez, el ejército –no la policía– disparó contra la multitud en la céntrica plaza Známenskaya y causó decenas de muertos. Esa noche, soldados y suboficiales de varias unidades decidieron negarse a disparar sobre los civiles y en la mañana del 27, en una de las compañías del regimiento Volinski de la guardia de corps que había ejecutado la carnicería, un soldado mató de un disparo a su jefe, el mayor Iván Stepánovich Lashkevich, que les ordenaba salir a la calle para continuar la represión. El motín se extendió de inmediato a otras unidades de elite.

Ese día fue crucial para la capital. Asaltos a comisarías de policía; linchamiento de agentes; toma del Arsenal, seguida de entrega de armas a los manifestantes; de la fortaleza de Pedro y Pablo cuyos prisioneros, políticos y comunes, fueron liberados. Por increíble que parezca, casi sin empleo de fuerza, un grupo de insurrectos penetró en el cuartel general de la Ojrana y quemó sus archivos. Improvisados grupos armados de choque detenían a oficiales de uniforme, entraban en dependencias gubernamentales, comprobaban la identidad de personas sospechosas de ser militares, policías o funcionarios del régimen, los detenían, los apaleaban. Los símbolos del zarismo eran demolidos y pisoteados. Ni el gobierno civil del país ni el militar de la ciudad tuvieron la necesaria presencia de ánimo para hacer frente a la avalancha, mientras que el zar –que intentaba llegar a reunirse con su familia en la residencia real de Tsárskoye Seló, cercana a la capital– decretaba una nueva suspensión de las sesiones de la Duma y daba órdenes que nadie cumplía para sofocar la rebelión. Su irrelevancia era total. En Petrogrado se había desatado una auténtica revolución con la participación masiva de la población. No había sido ajena a su consumación la propaganda radical, pero quienes la vivieron darían fe de su carácter espontáneo, de la enorme participación, del vértigo y del éxtasis que se apoderaron de gente de todas las clases.

En la tarde del 27, grandes masas ocuparon la explanada del Palacio Táuride, la sede de la Duma recién suspendida, y algunos manifestantes accedieron al interior. Allí se encontraban muchos parlamentarios que, pese a la suspensión de sesiones decretada por el zar, impulsaron la formación de un Comité Provisional de Miembros de la Duma para la restauración del orden en la capital y el establecimiento de relaciones con personas e instituciones. Ese equívoco nombre certificaba la confusión de sus fines y las dudas de sus componentes. La mayoría eran miembros del Bloque Progresista (kadetes, octubristas descontentos y nacionalistas progresistas); por resumir: la derecha constitucional y el centro, con la presencia de dos socialistas: Aleksandr Kérenski (Partido Socialista Revolucinario) y Nikolái Chjeidze (menchevique). Lo presidía Mijaíl Rodzianko (octubrista), que era también el presidente de la cámara, y algunas unidades militares anunciaron que aceptaban su autoridad.

El Comité no era el único aspirante al poder. El Grupo Central de Obreros –los dirigentes de la huelga iniciada el día 18 y recién salidos de prisión– llamaba a la elección de un renacido sóviet y, aquella misma tarde del 27, también en Táuride, formó su Comité Provisional. El 28 de febrero llegaban al palacio los primeros representantes elegidos, en su mayoría socialistas moderados. En los días siguientes, el sóviet contaba ya con unos tres mil delegados, dos tercios de los cuales representaban a los soldados, con un peso desproporcionado sobre los obreros. Los campesinos –el ejército ruso no era otra cosa que el campesinado en armas– se radicalizaban a toda prisa.

El sóviet se dotó de un Ispolkom (Comité Ejecutivo, por sus siglas en ruso), cuya composición merece destacarse: no fue elegido por los delegados, sino designado por los partidos de izquierda. «Ese comité ejecutivo de “las masas de obreros y soldados” se convirtió de hecho en un comité de intelectuales radicales en el que no había un solo obrero o soldado [...]. Así, el sóviet de Petrogrado adquirió una doble personalidad: a su cabeza, hablando en nombre de todo el sóviet, un grupo de intelectuales socialistas organizado como Comité Ejecutivo; en la base, una tumultuosa asamblea popular»Richard Pipes, op. cit., capítulo 8.. Chjeidze fue sustituido por Trotski en septiembre, a medida que su base popular se retraía de una participación más activa y el golpe de Estado bolchevique seguía avanzando inexorablemente.

Entretanto, el foco se proyectaba sobre el zar. Nicolás II se negó hasta el final a la menor cesión de poder a los representantes de la Duma. El autócrata de todas las Rusias sólo aceptaría las recomendaciones que emanasen de la columna vertebral de su régimen: el ejército. Entre el 1 y el 2 de marzo, el zar escuchó a sus mandos y, antes que convertirse en un monarca constitucional como ellos le recomendaban, se decidió por abdicar en su hermano MijaílEl Gran Duque Mijaíl sentía escaso interés por la política y poseía una personalidad débil. Cuando se enteró de la decisión de Nicolás II, que no le había consultado, se mostró inquieto y abrumado. Finalmente, tras pedir el parecer de los políticos de la Duma, dio un paso atrás. Sólo aceptaría la corona si la futura Asamblea Constituyente se la ofreciese (Richard Pipes, op. cit., loc. 8305 y ss.).. El manifiesto de abdicación (2 de marzo), sin embargo, no iba dirigido a la Duma, a la que despreciaba. Su destinatario fue el general Mijaíl Alekséyev, jefe del Estado Mayor del ejército.

En la noche del 1 al 2 de marzo, con la abdicación del zar aún no decidida, representantes del Comité de la Duma y del sóviet negociaron un acuerdo sobre las tareas a acometer hasta la elección de una Asamblea Constituyente. El programa de ocho puntos incluía amnistía para los presos políticos (terroristas incluidos); libertad de expresión y asociación; disolución de la policía; e inmunidad para las tropas sublevadas. En la tarde del día 2 se formó un Gobierno Provisional bajo la presidencia del príncipe Gueorgui Lvov, pero efectivamente controlado por Pável Miliukov, un kadete y un liberal, que ocupó la cartera de Asuntos Exteriores, decisiva para el mantenimiento de la alianza con los aliados y la continuidad de la guerra. Aleksandr Kérenski era el nuevo ministro de Justicia y se autoatribuía el papel de coordinador con el sóviet, a cuyo Ispolkom pertenecía. El Ispolkom, sin embargo, decidió en contra de participar en el Gobierno Provisional por su carácter burgués, reservándose el derecho de criticarlo y de controlar su acción de gobierno. Esta aspiración al poder supremo procedía, conviene recordarlo, de una entidad que no era más que una iniciativa privada. La legitimidad, al cabo, estaba en el Gobierno Provisional salido de una Duma elegida por votación, por más restringido que fuera el cuerpo electoral.

Pero el Ispolkom no estaba dispuesto a esperar y en la tarde del 1 de marzo publicó la Orden Número 1, dirigida a la guarnición militar de Petrogrado, pero inmediatamente aplicada a todo el ejército. La Orden preveía elecciones de representantes y la formación de sóviets en todas las unidades militares; disponía también que las acciones políticas de los mandos estuviesen subordinadas al sóviet de Petrogrado, que podía desautorizar al Gobierno Provisional; otorgaba a los soldados que no estuviesen de servicio los mismos derechos que a los civiles; y estipulaba que las órdenes militares de la Duma no eran de obligado cumplimiento si contradecían las del sóviet. En otras palabras, la orden desarbolaba la cadena de mando, liquidaba al ejército zarista y sometía al Gobierno Provisional a sus decisiones. Se restablecía así el doble poder ensayado en 1905 y lo que aún era sólo una revuelta en la capital se convirtió en una revolución nacional.

La administración civil, acostumbrada a imponer la voluntad central desde arriba y sin titubeos, se desvaneció con la destitución de todos los gobernadores provinciales el 5 de marzo. Acompañada de la disolución de las fuerzas represivas (gendarmería y policía local), dejó inerme al gobierno que, sin embargo, confundía el entusiasmo provocado en buena parte de la población por esas medidas con un amplio apoyo a su propia existencia.

Pronto quedaría claro su error. El Ispolkom adoptó por sí y ante sí una creciente serie de medidas que minaban las supuestas competencias del gobierno: jornada de ocho horas, incluso en las industrias de defensa; arresto de todos los miembros de la dinastía imperial; control de la correspondencia y las comunicaciones; censura transitoria de la prensa. Un órgano que no incluía a los campesinos no movilizados y que, en el mejor de los casos, podía hablar tan solo en nombre de un 10-15% de la población, pasó a proclamarse como el intérprete de la voluntad de las masas. En los tres grandes problemas a que se enfrentaba la nueva Rusia –reforma agraria, elecciones para la Asamblea Constituyente y la guerra–, el Gobierno siempre le fue a la zaga.

A finales de marzo, el Ispolkom de Petrogrado se arrogó la representación del recién creado Sóviet Panruso de Representantes de Obreros y Soldados y se dotó de un buró político reducido que concentraba la toma de decisiones. El pleno del sóviet se reunía de forma cada vez más infrecuente y, cuando lo hacía, se limitaba a aprobar por aclamación las decisiones del Ispolkom y su buró. La voluntad de las masas se redujo al fin a la voluntad de unos cuantos dirigentes designados por sus partidos políticos. En un par de meses, la legitimidad se había deslizado desde el autócrata hacia los grupos radicales que tenían su propia versión de la autocracia.

Y en eso llegó Lenin a Petrogrado.

El azote de Dios

En noviembre de 1916, una vez que la primera ofensiva de Alekséi Brusílov en Galitzia había finalizado sin éxitos que anotar, la Duma mantuvo una de sus escasas sesiones. Esta vez fue particularmente tempestuosa. Todos los grupos políticos no zaristas, sin excepción, iniciaron una despiadada ofensiva contra el gobierno imperial en la que todo valía. Las expectativas militares defraudadas no podían deberse a fallos de la máquina bélica y había que buscar las culpas en una supuesta conjura para que Rusia perdiese la guerra. El cenit de aquella sesión fue un discurso de Pável Miliukov, el más distinguido representante del liberalismo kadete, y persona habitualmente de gran moderación, que esta vez dejó a un lado para convertirse en el juez de la horca de la autocracia. Su feroz discurso concluía que, con el gobierno del zar, Rusia no podía ganar la guerra, ya fuera por estupidez, ya por traición. Y apuntaba como lo más probable a lo último: una siniestra facción en la cúspide del poder –un Bloque Negro– tramaba una retirada unilateral de Rusia de la guerra o una derrota en beneficio de Alemania. Y trufaba su discurso con parrafadas en alemán, la lengua materna de la zarinaVéanse los detalles en Aleksandr Solzhenitsyn, August 1914, capítulo 22, y November 1916, capítulo 65.. Quien quisiera entender que entendiera.

Pero, si había intereses rusos coincidentes con los de Alemania, no estaban en el ámbito gubernamental, sino en Suiza, personificados por Lenin. Cuando estalló la guerra, se encontraba en la Galitzia austríaca (hoy Polonia), donde, como súbdito de una potencia enemiga, corría el riesgo ser expulsado a Rusia. Gracias a los buenos oficios de algunos socialistas austriacos, Lenin, junto con Nadezhda Krúpskaya y Grigori Zinóviev, pudo trasladarse a Zúrich, donde se instaló hasta abril de 1917. Fueron años de gran actividad en su oposición a la guerra y en su denuncia de los socialistas que, saltando por encima de las múltiples declaraciones antibelicistas de la Segunda Internacional, habían apoyado los créditos de guerra de sus gobiernos. En dos conferencias (Zimmerwald, en 1915, y Kiental, en 1916), unos pocos socialistas (los internacionalistas) emplazaron a los trabajadores de los países beligerantes a declarar una huelga general para detenerla. Entre esta minoría, la posición de Lenin era aún más minoritaria: con una total desconfianza en la capacidad de la clase obrera para evitar la catástrofe en marcha, defendía un derrotismo revolucionario que convirtiese la guerra imperialista en guerras civiles.

La noticia de la abdicación del zar y la fluida situación en Petrogrado le empujaban a volver a Rusia cuanto antes, pero el camino más seguro pasaba por Alemania. Había, pues, que negociar paso franco con los alemanes y hacerlo sigilosamente, porque ese contacto no resultaría la mejor carta de presentación en la tensa escena rusa. Por su parte, los alemanes también deseaban salvar las apariencias. La solución resulta hoy bien conocida: Lenin, Nadezhda Krúpskaya, Inessa Armand y otros veintiséis revolucionarios, no todos bolcheviques, harían el viaje en un tren sellado, protegido por una extraterritorialidad ficticia. El 23 de marzo de 1917, el gobierno del Káiser aprobó un crédito de cinco millones de marcos oro para desestabilizar la situación en Rusia y, el día 27, Lenin y sus compañeros subían al tren con destino a Petrogrado.

La historiografía favorable a los bolcheviques suele pasar de puntillas por este episodio y los archivos soviéticos fueron expurgados de papeles molestos mientras la Unión Soviética se mantuvo en pieVéanse los detalles en Sean McMeekin, op. cit., pp. 132 y ss., que cita fuentes no accesibles antes de 1991.. Lenin no se veía como un agente a las órdenes de Berlín, pero sus intereses del momento eran idénticos a los de Alemania. Para él, lo fundamental era impulsar su revolución; los alemanes, por su parte, perseguían que Rusia abandonase a sus aliados para firmar una paz separada y acabar así con aquella guerra en dos frentes que no podían ganar. La Wehrmacht y Lenin estaban, pues, en el mismo barco o, más propiamente, en el mismo tren. Sus intereses a corto plazo casaban: evitar la consolidación de un régimen democrático que mantuviese los compromisos bélicos de Rusia.

El Palacio de Invierno después de la Revolución de Octubre

El dinero alemán, pues, financió generosamente la subversión leninista hasta octubre. Tras la llegada de Lenin a Petrogrado en abril, los bolcheviques gastaron doscientos cincuenta mil rublos provenientes de Alemania (alrededor de 12,5 millones de dólares de hoy) en comprar una imprenta en la que editar sus publicaciones: la circulación de Pravda, su órgano central, ascendió a ochenta mil ejemplares diarios. El partido mudó su centro operativo a la anterior mansión de Mathilde Kschessinska –una bailarina famosa y antigua amante del zar–, estratégicamente situada junto a la fortaleza de Pedro y Pablo. Los crecidos gastos corrientes del partido se pagaban en buena medida a través de Evgueniya Sumenson, que regentaba un floreciente negocio farmacéutico apoyado por Alemania. El gobierno alemán financió a los bolcheviques con cincuenta millones de rublos oroEn este punto, Sean McMeekin coincide con las estimaciones de Richard Pipes, op. cit., capítulo 10. Su fuente es Eduard Bernstein, el conocido socialista reformista alemán que tenía buenos contactos con el gobierno alemán posterior a la guerra. (equivalentes a un millardo de dólares actuales), un precio, al cabo, ventajoso en comparación con los beneficios que obtuvo del golpe de Octubre. También les dotó de grandes cantidades de billetes falsos de diez rublos hechos en Alemania. Para Lenin y los bolcheviques, esas infamias eran redimidas por el servicio a la Causa histórica del proletariado.

Suele aducirse con frecuencia que el marxismo es un remedo de la religión, una reflexión que sus partidarios aborrecen porque choca con el proclamado ateísmo de su ideología. Sin embargo, ese movimiento ateo incluye elementos básicos de la experiencia religiosa: una causa para las desventuras de la especie humana (la alienación, que habían mamado de Hegel); una explicación para el origen del mal (la existencia de clases sociales); una estrategia de salvación (la revolución socialista); y una promesa de redención intramundana (el comunismo, una cornucopia de abundancia en una sociedad sin clases). Esa teodicea no se apoya, según los marxistas, en la superstición religiosa; está garantizada por el progreso de las sociedades humanas, cuyas leyes inexorables sólo ellos dominan. Nadie, salvo por mala fe, puede resistirse a esa Verdad desvelada, ya que no revelada. De ahí el fanatismo que rezuman los escritos de Lenin. Quienes no abrazan su intransigencia sólo pueden ser enemigos de la clase obrera –la burguesía– o simplemente traidores: cualquier socialista que se le opusiese.

Pero observar esa proximidad entre marxismo y religión no basta para entender a Lenin y a los comunistas. Lenin no fundó un movimiento político, sino una secta, conocida desde Octubre como Partido Comunista. Si queremos seguir con la analogía religiosa, mientras que los marxistas reformistas mantenían una estrategia respetuosa con lo que veían como una enrevesada marcha de la Historia hacia la tierra prometida que tomaría un tiempo impredecible, Lenin era un milenarista que creía en la capacidad de la acción humana para forzar el desenlace si se presentaba una oportunidad. Y, para él, sin la menor duda, ese kairós estaba al alcance de la mano. En Petrogrado.

No dejaba de tener buenas razones. A la sociedad rusa de tres años atrás no había quien la reconociera. La suerte de los campesinos no movilizados había cambiado para mejor con la guerra, que les permitió aumentar el precio de sus cosechas entre la escasez en las ciudades. Desde la caída del zar y la disolución de la burocracia civil se había producido, además, una oleada de ocupaciones de tierras. Los bolcheviques carecían de fuerza entre el campesinado, pero su estrategia de alianzas entre sus miembros y la clase obrera aseguraba la consolidación de las expropiaciones. Aunque se sintieran más cómodos con el Partido Socialista Revolucionario, los campesinos no temían a los partidarios de Lenin; lo que les quitaba el sueño era un eventual triunfo de los conservadores que impusiese una vuelta a la situación anterior. Por otra parte, el regreso de los soldados licenciados, o de permiso, la marea de desertores y el flujo de noticias que llegaban de la capital rompieron el tradicional aislamiento del campesinado y liquidaron su pasividad política.

Más favorable aún para los bolcheviques era la indisciplina que la Orden Número 1 había fomentado en el ejército. Inicialmente fue más notable en los centros urbanos donde estaban acuartelados los reservistas. En el frente, la oficialidad monárquica sufrió arrestos o destituciones de mandos, pero pocas veces fue objeto de violencia. La situación, empero, se radicalizó a medida que se formaron sóviets entre las tropas. Los soldados rasos, campesinos en su mayoría, tenían escasa presencia en los sóviets militares, que estaban dominados por oficiales de complemento, suboficiales, estudiantes movilizados y militantes de los diversos partidos socialistas. Cuando sus miembros llegaban al sóviet de Petrogrado, entraban en contacto con las guarniciones amotinadas de la capital y volvían a sus unidades con una simpatía creciente por la posición del Ispolkom: apoyar la guerra, pero con la mirada puesta en la paz y no en la victoria. Las tropas del frente dejaron progresivamente de obedecer órdenes, se negaban a luchar, arrestaban a sus mandos, desertaban en masa y, en ocasiones, confraternizaban con el enemigoLaura Engelstein, Russia in Flames. War, Revolution, Civil War, 1914-1921, pp. 137 y ss..

Cuando, el 18 de abril, Pável Miliukov, el ministro de Asuntos Exteriores, reafirmó la fidelidad de Rusia a los compromisos con sus aliados y recordó que así podría asegurar sus intereses vitales –en plata, ocupar Constantinopla y controlar los Dardanelos tras la derrota del imperio turco–, sus palabras se interpretaron como una traición belicista y fueron rechazadas por el sóviet, que pasó a definir su política como paz sin anexiones ni indemnizaciones. Dos días después, centenares de soldados armados del Regimiento Finlandia rodearon el palacio Mariinski –la sede del Gobierno Provisional–, exigiendo la dimisión de Miliukov. Era una protesta mayormente espontánea a la que los bolcheviques, no sin grandes diferencias en su seno, se sumaron en la medida de sus aún escasas fuerzas. Pero el viento comenzaba a soplar a su favor. Por primera vez se vieron pancartas que reclamaban todo el poder para los sóviets, es decir, el derrocamiento del gobierno de la nación, justamente el golpe de Estado por el que Lenin venía abogando desde su llegada a Petrogrado el 3 de abril. Pero la situación no estaba madura y los manifestantes tuvieron que desistir. La opinión mayoritaria se negaba a aceptar que la guerra acabase en derrota y mantenía distancias con la subversión.

La rebelión nonata acarreó una crisis del Gobierno Provisional y la dimisión de Aleksandr Guchkov (octubrista), el ministro de Defensa, y de Pável Miliukov (kadete). Pero la salida de la burguesía representó un serio golpe también para el sóviet, que corría el peligro de quedar aislado. Por mayoría –bolcheviques y mencheviques internacionalistas votaron en contra–, el Ispolkom decidió permitir a sus miembros participar en el gabinete. Con ese acuerdo, los socialistas colaboracionistas (los socialistas revolucionarios populares y buena parte de los mencheviques) se ataban las manos: dejaban la oposición en manos de los sectarios, al tiempo que no se atrevían a adoptar las medidas necesarias para reprimirlosRichard Pipes, op. cit., loc. 10478 y ss.. La solución, seguramente, hubiera sido convocar, cuanto antes, elecciones a la Asamblea Constituyente que mostrasen la fuerza de las distintas opciones, pero eso les hubiese obligado a contar con la burguesía y abandonar las críticas ideológicas de que la habían hecho objeto durante años.

Tarea imposible. La mayor parte de los componentes de la izquierda rusa procedía de la intelligentsia, una de las palabras que su lengua ha legado al vocabulario universal de la política. Suele llamarse intelligentsia al conjunto de clases medias urbanas que no encontraban espacio en un marco político institucional tan restringido como el de la autocracia zarista y el término se extendió posteriormente a otros regímenes igualmente excluyentes. Formada por profesionales liberales (derecho, medicina, enseñanza), sus miembros no conseguían satisfacer las expectativas a que creían tener derecho por su bagaje cultural. Bien educada y, al tiempo, perpetuamente postergada, la intelligentsia rusa compensaba su impotencia política y la prohibición de asociarse en partidos con el sueño de una sociedad perfecta, en la que sus miembros pudiesen imponer la hegemonía que creían merecerSolzhenitsyn los simboliza en Adalia y Agnessa Martinovna, las tías de Verónika, una de las pocas mujeres jóvenes que aparecen en su relato. Las tías, como un disco rayado, buscan sin gran éxito educar a su sobrina, hija de un hermano –ejecutado, como el de Lenin, por participar en un intento de asesinato del zar–, en el activismo político con los argumentos que constituían el dogma de la intelligentsia (August 1914, capítulos 59-60; November 1916, capítulo 111)..

A la tercera

A Lenin no le convencía la tesis menchevique de una revolución por estadios ni le interesaba el poder dual: por definición, el poder revolucionario no puede compartirse ni subordinarse al de otras clases. De ahí, el clamor inflexible desde su llegada –las famosas Tesis de Abril de las que nunca se apearía– para que todo el poder pasara a los sóviets. Pura lógica: el Gobierno Provisional aún disponía de las fuerzas armadas y contaba con importantes apoyos entre el campesinado y las clases medias urbanas. Había que acabar con él, destruirlo con la violencia que hubiere menester, pues, mientras existiese, podía maniobrar con esos recursos en contra de la revolución. El paso siguiente –convertir al sóviet en la correa de trasmisión de los bolcheviques– resultaría más sencillo. Los mencheviques y los socialistas revolucionarios mantenían un discurso revolucionario, pero en la práctica se mostraban incapaces de ponerlo en práctica. Si, como decían, Rusia tenía un régimen burgués, ¿por qué no acababan con él y ponían en el poder a la alianza de obreros y campesinos?

El fiasco de abril no llevó a Lenin a repensar la validez de su estrategia. Compartía con el Marx posterior a la Comuna de París la convicción de que el Estado, con su monopolio de la violencia, era el elemento fundamental de toda política y el mayor obstáculo para la toma del poder por una minoría. Y como la columna vertebral del Estado era el ejército, Lenin no cejaba: había que empapar a las tropas con su derrotismo revolucionario –una tarea que desempeñaba eficazmente gracias a la ayuda alemana– y, al tiempo, y mucho más importante, dotarse de una organización armada. Pronto estableció una milicia obrera independiente del sóviet para «proteger a las fábricas de eventuales saqueadores». El 28 de abril, la milicia se incorporó a la Guardia Roja bolchevique para «defender la Revolución» y «resistir a las fuerzas reaccionarias».

En 1 de junio, la organización militar bolchevique votó a favor de una nueva manifestación armada –en definitiva, una insurrección– que coincidiera con el Primer Congreso Panruso de los sóviets. Si tenía éxito, acabaría con el derrocamiento del Gobierno Provisional. El 9 de junio, en medio de las reuniones del Congreso, los delegados, que estaban in albis, se enteraron de que los bolcheviques la habían convocado en su nombre y sin su permiso, y votaron inmediatamente su cancelación; pero, al tiempo, esos tigres vegetarianos se negaron a adoptar medidas para desarmar a los sediciosos y desmantelar la milicia bolchevique. El sóviet paró el golpe, sí, pero las espadas quedaron en alto. En su edición del 13 de junio, Pravda advertía de que «incluso aunque la autoridad del Estado pasase enteramente a manos del sóviet –algo que defendemos–, si el sóviet tratara de poner obstáculos a nuestra agitación, no lo aceptaríamos pasivamente»Richard Pipes, op. cit., loc. 10765 y ss..

Fiel a esa declaración, Lenin volvió a la carga con una nueva intentona pocas semanas después y en ese envite a punto estuvo de sepultar a su partido. La ocasión fueron las órdenes de traslado al frente del Regimiento Número 1 de Ametralladoras estacionado en Petrogrado y uno de sus aún escasos bastiones militares. Al tiempo, en Kronstadt, la gran base naval del Báltico, una disputa por la ocupación del palacete de un antiguo ministro zarista acabó con varias detenciones de marineros anarquistas, seguidas de una amenaza de provocar manifestaciones en la capital. Como por coincidencia, los servicios de contraespionaje rusos recibieron de los franceses copias de mensajes entre los bolcheviques y sus delegados en Estocolmo –Suecia se mantuvo neutral en la guerra– que demostraban sus tratos con el enemigo. El 1 de julio, el Gobierno Provisional ordenó la detención de varios dirigentes bolcheviques. Lenin, alertado, se refugió en Finlandia que, aun siendo parte de Rusia, gozaba de un régimen jurídico especial que hacía más difíciles las detenciones en su territorio.

El 2 de julio, en un mitin al que asistían unos cinco mil soldados del regimiento de ametralladoras, Trotski repitió la exigencia de que el poder pasase a los sóviets y, al día siguiente, esas tropas decidieron una nueva manifestación armada contra el Gobierno Provisional, pese a la oposición del Ispolkom. Representantes de la marinería de Kronstadt y trabajadores de la Fundición Putilov se sumaron al movimiento y, en la noche del 3 de julio, los sediciosos llegaban al cuartel general bolchevique en el palacio de Kschessinska esperando instrucciones. Los dirigentes comunistas vacilaban, pero finalmente llamaron a deponer al Gobierno Provisional: los bolcheviques se ponían al frente del golpe de Estado.

La relación Kérenski-Kornílov fue tan breve como tempestuosa. Kérenski hizo cuanto estuvo en su mano para impedir actuar a su rival y así empujarlo a la insubordinación

El Gobierno, por su parte, aprovechó la información sobre la traición de Lenin y la publicó parcialmente pero con efectos fulminantes. Los sediciosos que se habían trasladado al Palacio Táuride, la sede del sóviet, para imponerle su voluntad, se encontraron con unidades militares fieles al gobierno y se dispersaron a toda prisa. Lenin, que se había llegado a Táuride desde su escondite de Finlandia dispuesto a todo, volvió a darse a la fuga. El 6 de julio, el Gobierno ordenaba su detención y las de otros once dirigentes acusados de alta traición y amotinamiento armado.

Pero la fortuna ayuda a los audaces y Lenin lo era. Dos circunstancias –una esperada, la otra no–, aunque ambas igualmente arraigadas en los resabios progresistas de la intelligentsia, le permitieron salir airoso. Kérenski era un socialista revolucionario moderado; defensor de la guerra; con un amplio pedigrí de abogado laboralista; excelente orador; miembro de Ispolkom y del Gobierno Provisional desde la formación de ambos en marzo; ministro de Defensa tras la crisis causada por las declaraciones de Miliukov en abril. Al hacerse cargo del ejército, Kérenski trató de ganarse a los soldados del frente, animándoles a la victoria, y se convirtió en el adalid de la segunda ofensiva de Brusílov en el mes de junio, de cuyo fracaso se le haría responsable. Sin embargo, el miedo al golpe tras la algarada bolchevique de julio lo encumbró como primer ministro.

Como tantos miembros de la intelligentsia, Kérenski no consentía en que hubiera nadie a su izquierda y, al tiempo, evitaba cuidadosamente ser acusado de ceder a la derecha. En los días que siguieron al fallido Putsch de julio, se refugió en legalismosKérenski acusaba a los responsables de haber hecho públicos parte –por cierto, la menos dañina– de los documentos que implicaban a Lenin en la traición a su país y de haber «perdido para siempre la posibilidad de establecer definitivamente la traición de Lenin, apoyada en pruebas documentales» (Richard Pipes, op. cit., loc. 11247 y ss.). y en la diplomacia de las conveniencias para impedir que recayese sobre sus dirigentes todo el peso de la ley. Un Gobierno que había perdido el apoyo de la burguesía con la dimisión de Miliukov no podía darse el lujo, según Kérenski, de convertir en antagonistas a los miembros del Sóviet que eximían de responsabilidad a sus camaradas bolcheviques. A Lenin, que detestaba los dengues de la intelligentsia, este proceder le hubiera parecido no ya incomprensible, sino criminal.

Con similar talante abordó Kérenski sus relaciones con el ejército y, en particular, con el general Lavr Kornílov. La historiografía comunista y buena parte de la progresista lo tiene simplemente por un general golpista y se pone del lado de Kérenski en un asunto que acabaría por causar su ruina y la de Rusia. Con una brillante carrera militar detrás de sí, a Kornílov lo ascendió a comandante del distrito militar de Petrogrado el Comité Provisional de la Duma que precedió al Gobierno Provisional. En ese puesto se mantuvo hasta la primera asonada bolchevique en abril cuando, criticado por Ispolkom por haber tomado decisiones sin su consentimiento, dimitió y se fue al frente. El 10 de julio Kérenski le ofreció el puesto de comandante del ejército y Kornílov puso sus propias condiciones: restauración de la disciplina castrense; desaparición de los comités de soldados; medidas para mantener el orden en los acuartelamientos de retaguardia; reposición de la pena de muerte en el frente. En definitiva, reclamaba la abolición de la Orden Número 1 de Ispolkom y libertad de acción en asuntos militares. Aun a sabiendas de que no encontraría respaldo en el sóviet, Kérenski las aceptó para renegar de ellas tan pronto como pudo. En su mente, restaurar el orden entre las tropas era contrarrevolucionario.

La relación Kérenski-Kornílov fue tan breve como tempestuosaLos detalles, enormemente complicados, de su relación se recogen en Richard Pipes, op. cit., capítulo 11.. Kérenski hizo cuanto estuvo en su mano para impedir actuar a su rival y así empujarlo a la insubordinación. El 27 de agosto, el Gobierno Provisional destituyó al flamante comandante del ejército y otorgó a Kérenski el poder total. Tras esta reunión, todas las decisiones militares quedaron en sus manos. Para la amenaza de una dictadura militar, Kérenski no tenía más respuesta que su dictadura personal. ¿Por qué? A juicio de Richard Pipes, «el Putsch de julio infundió en Kérenski un miedo obsesivo a que la derecha explotara la amenaza bolchevique para organizar un golpe monárquico [...]. Como muchos socialistas, se decía que se había sentido más alarmado que gratificado por el celo con que las tropas leales habían sofocado los disturbios de julio. A sus ojos, los bolcheviques eran una amenaza sólo en la medida en que sus consignas y comportamientos alentaran a los monárquicos»Ibídem, loc. 11271.. La ceguera de Kérenski no era exclusivamente suya: era el resultado de décadas de propaganda populista y marxista que la intelligentsia nunca se atrevió a cuestionar.

Los acontecimientos hasta el 24-25 de octubre se sucedieron también a gran velocidad y son mejor conocidos. Para la elite de izquierdas, las revueltas bolcheviques, más que repulsa, generaban comprensión y hasta simpatía ante la incapacidad de los militares y del gobierno para formular una política coherente; por su parte, la derecha y el centro liberal veían con preocupación creciente los avances de lo que consideraban anarquía y habían gravitado hacia la amenaza autoritaria de Kornílov. Al igual que el zar hacía pocos meses, Kérenski se había tornado irrelevante y la acción se había desplazado hacia otros protagonistas. Que no eran las masas.

Una mayoría de rusos habían participado con entusiasmo en las elecciones habidas hasta entonces, pero, especialmente entre los conservadores, el desencanto y el fatalismo crecían. En las municipales del 20 de agosto en Petrogrado, el porcentaje de votantes cayó del 70% al 50%; en septiembre, Moscú sólo consiguió motivar a trescientos ochenta mil electores en vez de los seiscientos cuarenta mil de junioIbídem, loc. 11948.. En porcentaje, sin embargo, los bolcheviques obtuvieron un 37,8%, una subida apreciable. Entre tanto, Lenin aprovechaba el tiempo para escribir El Estado y la revolución y diseñar qué hacer luego de haber demolido el régimen capitalista.

Pero antes había que completar esta última tarea y la relativa pasividad de las otras fuerzas –monárquicos, liberales, socialistas moderados– prometía el triunfo a quien tuviera la audacia de buscarlo sin vacilar. A finales de septiembre, los bolcheviques se convirtieron en el grupo mayoritario de la sección obrera del sóviet de Petrogrado. Ya lo habían conseguido días antes en Moscú. Entre febriles discusiones en el seno del Comité Central bolchevique, Lenin daba muestras de creciente impaciencia. El 9 de agosto, el Gobierno Provisional había anunciado, por fin, un calendario para la Asamblea Constituyente (elecciones el 12 de noviembre; constitución el 28 de enero). O se pasaba a la acción, o el viento podía virar en contra. Poco a poco, una mayoría del comité se alineó con Lenin. Tan solo quedaba por saldar una diferencia poco baladí: que el golpe tuviera una apariencia de legitimidad.

La solución de Trotski ante la impaciencia de Lenin buscaba hacer coincidir el golpe con la celebración del Segundo Congreso Panruso de los sóviets. Tras muchos forcejeos, los bolcheviques habían conseguido que se celebrase en Petrogrado a finales de octubre. El órgano convocante, Ispolkom, representaba únicamente al sóviet de Petrogrado y la selección de delegados, nuevamente, se convirtió en designación por parte de sus partidos. El Congreso sería, pues, un cuerpo elegido a dedo y rebosante de partidarios bolcheviques dispuestos a legitimar su toma del poder.

¿Cómo conseguir que, finalmente, Ispolkom accediese a que los bolcheviques pusieran en práctica su plan militar? Una vez más, Alemania vino en su ayuda. Tras el fracaso de la ofensiva rusa de junio, las tropas del Reich estaban a dos pasos de Petrogrado y podían tomar la ciudad. La propuesta bolchevique, aceptada por el Ispolkom, consistió en la formación de un Comité de Defensa común (el Milrevcom mencionado al comienzo de este trabajo) contra el enemigo externo (Alemania) e interno (el Gobierno Provisional, al que se acusaba de estar en connivencia con ella). Era la opción perfecta. El sóviet convertía a los bolcheviques que controlaban el Milrevcom en sus representantes, actuando así en nombre de todo el pueblo ruso –obreros, soldados y campesinos. La parte, por fin, se había trasmutado en el todo.

El golpe de Estado bolchevique triunfó y el resto, como suele decirse, es historia.

¿Qué historia?

Lenin podía estar satisfecho: el golpe no encontró resistencia organizada hasta después del tratado de Brest-Litovsk (marzo de 1918), por el que Rusia abandonó a sus aliados de la Entente y cedió buena parte de su territorio a Alemania. Pero seguramente, en su fuero interno, Lenin tenía razones más importantes para sentirse orgulloso. Al cabo, había hecho buenos uno de sus pronósticos más aventurados –Rusia como punto de partida de la revolución mundial– y otro de sus deseos más sanguinarios: que la guerra imperialista se convirtiese en guerra civil.

La guerra civil se prolongó hasta finales de 1920 y generó una catástrofe demográfica, económica y moral sin precedentes. Una estimación reciente ha calculado que, entre la guerra y la hambruna de 1921-1922, se produjeron trece millones de muertes prematuras, en torno al 10% de la población residente en 1913 en lo que luego serían las fronteras de la Unión Soviética. El PIB per cápita de 1913 no se recuperaría hasta 1928. En 1919, la renta media en la Rusia soviética equivalía a 600 dólares/año de 1990, menos de la mitad que en 1913. La caída fue especialmente estrepitosa en los núcleos industriales. Su producción pasó de un índice 100 a 18 entre 1913 y 1920; el de productividad, de 100 a 26; y el de trabajadores industriales bajó de 100 a 49 entre 1918 y 1920Ibídem, loc. 11948.. La dieta promedio de un trabajador industrial en el Petrogrado de 1919 estaba por debajo de 1.600 calorías/día, menos de la mitad que en 1913. Por lo que hace a la producción agraria en la Rusia central, los 78,2 millones de toneladas de cereales de 1913 se habían convertido en 48,2 en 1920. Lenin y los bolcheviques podían creer que su revolución era un don del cielo para los oprimidos y explotados, pero, para la mayoría de los rusos, la construcción socialista, tan elogiada por la prensa progresista internacional y unos compañeros de viaje voluntariamente ciegos, sólo significaba muertes, hambre y privaciones.

Richard Pipes y Sean McMeekin insisten con razón en que la catástrofe no se debió al azar, sino a los experimentos de ingeniería social de los bolcheviques. Desde Marx, el socialismo se había definido, ante todo, por lo que no era (no era capitalismo, no era propiedad privada), no por lo que iba a ser, más allá de algunos mantras gaseosos (sóviets más electricidad, por ejemplo). A partir de 1917, aunque luego la historiografía soviética y/o progresista tratase de difuminarlo, los bolcheviques impusieron su comunismo de guerra, que Trotski resumió como la liquidación del mercado. En síntesis: confiscación de los medios de producción; requisas de la producción agraria; monopolio del comercio exterior; y desaparición del dinero como medida de valor y medio de cambio. Los bienes de consumo se distribuirían mediante cartillas de racionamiento y la vivienda, los transportes, las comunicaciones, la educación y las actividades de ocio serían gratuitas.

Era un programa insostenible. La escasez se generalizó y el mercado no desapareció. Por más que el Gobierno tratase de centralizar y planificar todo, la economía no conseguía subsistir sin el mercado negro, la forma más odiosa, pero también la más eficaz, de satisfacer las necesidades perentorias que el aparato estatal era incapaz de satisfacer. Los comunistas (la sección bolchevique del antiguo Partido Socialdemócrata se convirtió en el Partido Comunista Panruso en 1918), que soñaban con la sustitución de la banca por una mera agencia contable de saldos acreedores y deudores, no podían, por más que lo intentasen, prescindir del dinero. Como de algún sitio tenían que salir los rublos, la primera medida fue un impuesto extraordinario sobre los capitales. Pero no fue bastante para cubrir las necesidades financieras y los comunistas recurrieron al expediente más antiguo de los libros de economía: aumentar la circulación monetaria –la maquinita de los billetes– y generar inflación.

La inflación tuvo los efectos de una deflagración nuclear sobre la vida cotidiana: su índice pasó de 1 en 1913 a 923 en octubre de 1919 y, de ahí, a 648.230.000 en 1923. Junto a los casos de antropofagia desatados por la hambruna, el resto de la vida social también revirtió hacia la economía del Paleolítico. La compraventa se convirtió en trueque, no porque hubiera devenido en obsoleta, como soñaba la izquierda comunista con Nikolái Bujarin de gran trovador, sino porque nadie se fiaba de los papelitos de colores que el Gobierno imprimía sin tregua. El comunismo de guerra partió a la economía en dos y extendió el mercado que se había propuesto suprimir. A un lado, el sector estatal de bienes racionados, con productos de consumo escasos y de baja calidad; al otro, un sector privado ilícito pero floreciente y dócil al vaivén de la oferta y la demanda.

Stalin y Trotsky durante la Revolución Rusa

Lenin y los dirigentes comunistas no ignoraban esa contradicción, aunque confiaban en otra fantasía: que la extensión de la revolución socialista a los países más avanzados, especialmente Alemania, les sacase del atolladero. Frente a los marxistas reformistas que definían al capitalismo internacional como un conjunto disjunto con cada uno de sus componentes en una casilla particular hacia el socialismo, los bolcheviques creían en la globalización. No era éste o aquel país capitalista el que estaba en equilibrio o en crisis, sino el sistema en su conjunto. El estallido se produciría tan pronto saltase lo que Lenin llamaba el eslabón más débil de esa cadena internacional. Una vez roto –y eso es lo que él creía que había sucedido en Rusia– no habría forma de contener la revolución y, tras ella, los proletarios de los países más avanzados ayudarían a los más atrasados a resolver sus problemas. Sin embargo, pese a los motines en los ejércitos de varios países contendientes al final de la Gran Guerra, y pese a algunos fugaces episodios revolucionarios (Hungría, Baviera), el capitalismo europeo mostró tener una mala salud de hierro. La revolución no iba a salir de Rusia.

Cuando se dieron de bruces con la realidad, los bolcheviques cayeron en la cuenta de que la dualidad de que adolecía la presunta economía mejor planificada del mundo se había convertido para el régimen en una amenaza mayor de cuanto lo habían sido los ejércitos blancos durante la guerra civil. No tuvieron, pues, otra alternativa que echar mano de una nueva política económica (NEP), que combinaba cesiones limitadas al funcionamiento de los mercados con una represión feroz. Esa mezcla explosiva de liberalización capitalista limitada y un terror rojo peor que las peores exacciones de la autocracia (militarización del trabajo, prohibición de partidos y sindicatos libres, censura de prensa, persecución por la Cheka de las menores críticas) fue el último invento de Lenin para evitar la crisis de un régimen que necesitaba del mercado, pero estaba doctrinariamente incapacitado para aceptarlo.

La NEP fue un parche inestable y transitorio, nunca bien aceptado por los comunistas más utópicos. Ya en 1923, Trotski, siempre en el ala más radical del Partido, alertó de una crisis de las tijeras. La creciente disparidad entre los precios de la producción industrial y la agraria remedaba unas tijeras abiertas. La infraestructura industrial, devastada por la guerra civil, tenía una productividad muy baja y, en consecuencia, proveía bienes escasos en relación con su demanda, lo que aumentaba sus precios. En la agricultura, los precios bajos resultaban de la intervención gubernamental para asegurar alimentos asequibles a los consumidores urbanos. Al obtener cada vez menos dinero por sus productos, los campesinos, pensaba Trotski, limitarían su producción, la acapararían o la esconderían, poniendo en peligro el suministro a las ciudades. La seria crisis resultante podía provocar la restauración del capitalismo.

El argumento de Trotski y la izquierda del Partido estaba bien fundado en los hechos. Al atraso económico de Rusia bajo la autocracia se habían añadido el caos de la guerra civil y la calentura de una revolución mundial que había quedado en agua de borrajas. Los comunistas estaban ante un dilema cornudo: restaurar el capitalismo –la consecuencia inexorable de la NEP– o hallar una fórmula original de acumulación primitiva que permitiese hacer tabla rasa del capitalismo, según el sueño bolchevique. ¿Cómo conseguirlo en la nueva Rusia, que prometía una sociedad desarrollada y eficiente, pero no capitalista?

Había que aumentar la productividad de su economía; generar un excedente (diferencia entre producción y consumo) que creciese en cada ciclo económico; e invertirlo en industrializar el país. Era un catón urgente también por razones geopolíticas. Sólo un ejército poderoso podía garantizar la independencia de Rusia y, sin industrialización ni tecnología moderna, ésa era una meta inalcanzable. Tras la muerte de Lenin en 1924, y hasta 1928, las discusiones sobre cómo resolver el puzle consumieron al Partido Comunista. En ese último año, la fracción centrista de Stalin rompió con los llamados derechistas –defensores a ultranza de la NEP– e hizo suyas las propuestas de la izquierda: un ambicioso programa de industrialización que convirtiese a Rusia en un país económicamente avanzado y militarmente poderoso. Si la revolución mundial había quedado aplazada, tanto peor para la revolución mundial. Habría que construir el socialismo en un solo país.

Esa meta imponía cambios drásticos y galopantes en la estructura económica y social de Rusia. En Occidente, como lo puso de relieve Marx, el proceso de acumulación primitiva de capital culminó con la conversión de gran parte del campesinado en proletariado, es decir, trabajadores urbanos asalariados y se llevó a cabo a lo largo de dos siglos con grandes costes humanos. En Rusia querían hacerlo en el curso de una o dos generaciones. En Occidente lo había protagonizado una clase de empresarios individuales alentados por el deseo de beneficios. En Rusia, iba a ser el resultado de un plan racional elaborado por científicos e ingenieros bajo el impulso de un Partido que representaba al proletariado. El talismán se conoció como el Plan Quinquenal, que pretendía determinar la actuación de todas las unidades de producción y distribución durante ese período de tiempo.

¿Cómo? Inicialmente con un fuerte aumento de la productividad agraria y manteniendo el consumo total, rural y urbano, en un nivel de subsistencia elemental. Con el excedente creado podrían financiarse inversiones en infraestructuras e industrialización, impulsando un círculo virtuoso de nuevas inversiones en la industria, transferencia de recursos humanos al sector manufacturero y, finalmente, un notable aumento del nivel de vida colectivo. En lenguaje común, las primeras facturas de la nueva Rusia iban a pagarlas los campesinos.

En 1928, más de las tres cuartas partes de la sociedad rusa vivían aún de una agricultura poco productiva. La solución fue brutal pero sencilla. Los campesinos habían apoyado el golpe de Estado comunista porque garantizaba las expropiaciones agrarias que se habían sucedido desde mediados de 1917. Ese reparto de tierras, empero, no había hecho desaparecer las diferencias entre sus nuevos propietarios; el campo seguía desigualmente repartido, lo que constituía, según los comunistas, un freno para aumentar el excedente y sostenía el poder de los propietarios agrarios. La nueva política exigía, pues, expropiar a los kulaki –terratenientes grandes y medianos– y convertir a todos los campesinos, ya fueran hacendados o braceros, en trabajadores rurales asalariados. Con este fin, se impuso la colectivización de todas las tierras que, entre 1928 y 1940, se convirtieron bien en cooperativas (koljozi) –cerca del 80% de todas las explotaciones agrarias– sometidas al plan quinquenal, bien en empresas públicas (sovjozy), en torno al 9% en 1940. La dirección de ambos tipos de comuna quedaba en manos de funcionarios del Partido, que les marcaba objetivos de producción ligados al plan general, generalmente de imposible cumplimiento. Los nuevos asalariados agrarios tenían que trabajar la tierra en común y recibían a cambio un sueldo y carecían de derechos de propiedad sobre sus tierras.

La estimación de bajas en la población rural causadas por la colectivización varía entre cuatro y diez millones de muertes prematuras causadas por la represión y la hambruna

La resistencia a la colectivización de campesinos grandes, medianos y pequeños fue numantina. Pero la respuesta de la dictadura del proletariado no le fue a la zaga. La estimación de bajas en la población rural causadas por la colectivización –un asunto crucial para entender los costes humanos del estalinismo– varía entre cuatro y diez millones de muertes prematuras causadas por la represión y la hambruna. El número puede haber sido aún mayor. Las estadísticas oficiales señalaban en 1928-1933 un descenso de la población campesina de veinticuatro millones, de los cuales sólo 12,6 pasaron al sector industrial o a los servicios. En un país donde los campesinos suponían ciento veinte millones de personas, las bajas reales hubieran supuesto, pues, entre un 8% y un 10% del total, propias de una guerra de exterminio. Sin embargo, el desastre demográfico tuvo un importante envés económico: la productividad agraria aumentó. Salvo por una caída cercana al 10% entre 1931-1932, es decir, similar al descenso de la población rural en esos años, en 1933 la producción de cereal se mantuvo en torno a 65 millones, dos por encima de la de 1928. En 1937, un año climatológicamente excepcional, ascendió a 97 millonesMark Harrison, «Soviet Agriculture and Industrialisation», en John A. Davis and Peter Mathias (eds.), Agriculture and Economic Growth from the Eighteenth Century to the Present, Oxford, Blackwell, 1996, pp. 192-208.. Era una consecuencia lógica. La productividad mide la relación entre producción total y número de trabajadores; cuando, como en este caso, el denominador –el número de trabajadores– disminuye y el numerador –la producción– se mantiene o crece, el resultado es un aumento de productividad.

Había otras formas de allegar excedente. No todas las bajas de población en el campo pueden atribuirse a muertes prematuras. Un gran número de campesinos que, a mediados de los años treinta, ascendió a novecientos mil supuestos kulaki, fueron enviados al exilio forzoso y a trabajos forzados en el Gulag, donde se encontraron con contingentes de trabajadores urbanos también penados. El Gulag fue, ante todo, un instrumento de represión, pero tenía un importante componente económico: grandes obras de infraestructura (Magnitogorsk, canal del mar Blanco al Báltico, nuevas ciudades, minería en Kolima) que contribuyeron de forma importante a la economía planificada. La población del Gulag no sólo era numerosa; también proveía una fuerza de trabajo esclavizada, con costes bajísimos, imposibles de imponer en una economía de mercado. Los esclavos del Gulag consumían una dieta mortífera por escasa, carecían de cuidados médicos y morían rápidamente, lo que compensaba, como en las grandes obras faraónicas, su bajísima productividad. A mediados de los años treinta, el Gulag contaba ya con 1,2 millones de trabajadores forzadosStephen Kotkin, Stalin: Waiting for Hitler, 1929-1941, p. 285. y su número seguiría creciendo hasta la muerte de Stalin.

La colectivización y las infraestructuras promovidas por el Gulag no hubieran podido mantenerse sin el otro gran puntal del régimen comunista: un Terror inigualado en la Rusia moderna, que se extendió selectivamente a todas las capas de la población. La política agraria estalinista impuso a los campesinos una nueva servidumbre y el régimen del Gulag era una reencarnación de la esclavitud. En el ámbito industrial, aunque el poder lo manejase con mayores precauciones, los objetivos del plan quinquenal debían cumplirse a rajatabla por parte de trabajadores y directivos. Si no los alcanzaban, caían sobre ellos acusaciones de sabotaje y terrorismo que contribuían a aumentar la población del Gulag.

El aspecto más llamativo y mejor estudiado del Terror fue la implacable y brutal circulación de elites políticas que, aún hoy, resulta difícil de entender. En 1934 podían contarse ciento ochenta y dos mil antiguos revolucionarios; en 1939 sólo quedaban dos tercios (ciento veinticinco mil)Ibídem, p. 481., y no porque hubiesen caído víctimas de una epidemia. La depuración de la cúpula de los organismos de planificación y de las grandes empresas; la purga de más de la mitad del Comité Central de 1934, conocido como el de los vencedores por estar controlado al completo por partidarios de Stalin; la eliminación de la vieja guardia revolucionaria; un cuerpo diplomático diezmado; la decisión suicida de ejecutar al Estado Mayor del ejército rojo poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial; la persecución frenética de intelectuales y artistas; las purgas incesantes de personal en el seno de la policía política heredada de la Cheka: todas esas medidas no podían por menos de debilitar al régimen.

¿Cómo explicar, pues, que, pese a la colectivización, al Gulag y a la eliminación de las elites, el estalinismo se consolidase? A menudo, el legítimo interés de los analistas por destacar la importancia del Terror impide entender que recabó grandes apoyos, ya fueran activos o pasivos. La realidad de la vida rusa poco tenía que ver con la propaganda de novelas y películas –recuérdese La línea general (1929), de Serguéi Eisenstein, con sus campesinos felices y bien alimentados–, pero tampoco se reducía al espectáculo de los procesos de Moscú.

En su biografía de Stalin, Stephen Kotkin intenta despejar las brumas que envuelven a la totalidad del período estalinista. Durante la primera mitad del siglo XX «los países más poderosos alcanzaron y mantuvieron su estatus de grandes potencias con una serie de atributos de modernidad: producción de masas, consumo de masas, cultura de masas, política de masas [...]. Stalin forzó el parto de una modernidad socialista presidiendo la creación de una economía de producción masiva, una cultura de masas soviética, una sociedad integrada y una política de masas en la que no cabía la propiedad privada» (p. 296). Muchos rusos de la generación revolucionaria, incluyendo a exiliados voluntarios y a ciudadanos sin interés por la política, estuvieron de acuerdo en apoyar o aceptar esa variedad de transición a la modernidad y a la grandeza posimperial. Muchos otros, jóvenes que eran niños en 1917 o no habían nacido aún, veían en la revolución y en el liderazgo de Stalin los instrumentos que habían permitido a su país ocupar el puesto que le correspondía entre las grandes potencias. Era un nacionalismo que les enorgullecía por partida doble: ser precursores de nuevas y mejores formas de vida –el socialismo– y saber que el mundo les respetaba, algo que, imprevisiblemente, iba a reforzarse tras la participación rusa en la derrota del Eje hitleriano: «Stalin había improvisado a su modo el sueño autoritario moderno: incorporar a las masas sin darles poder» (p. 298).

En contra de una creencia generalizada, Kotkin insiste en que Stalin no fue sólo un verdugo paranoico y sádico. Para él, el caos social y el asesinato masivo fueron únicamente medios para establecer un nuevo sistema de poder y relevar al grupo de dirigentes revolucionarios exhaustos con nuevo personal, más joven, más entusiasta y al que, por cierto, no se le dejaba olvidar que su ascenso social dependía exclusivamente de su fidelidad al dictador. Con su fino olfato, Arthur Koestler ya había identificado la trama en El cero y el infinito. Gletkin, el recién promovido victimario de la NKVD, acaba no sólo con Rubashov, un viejo revolucionario cansado, desencantado e irrecuperable, sino también con Ivanov, su superior y colega, cuya edad y los recuerdos compartidos con Rubashov son un obstáculo para el necesario apretón de tuercas.

Son reflexiones importantes, por bien encaminadas, pero el interrogante no acaba de despejarse: ¿por qué tantos rusos y rusas se sintieron cómodos con el estalinismo? El recuento de Kotkin de la purga entre la aterradora policía política (NKVD, por sus siglas de aquellos tiempos) estremece, pero da la pista. En la primavera de 1938, sus filas habían crecido hasta llegar a un millón de miembros. Muchos de ellos, empezando por Guénrij Yagoda y Nikolái Yezhov, los protagonistas de los peores años del Terror, cayeron y fueron declarados convictos, confesos y ejecutados junto con miles de otros chekistas. Pero sus puestos no se amortizaban. Si acaso, generaban otros nuevos cuyos ocupantes, pese a los riesgos, ganaban nivel salarial y estatus. Ese mismo patrón se extendió por todo el enorme aparato burocrático estatal, es decir, por toda la sociedad rusa.

Junto a los centenares de miles de torturados y asesinados, millones de rusos jóvenes iban a gozar de un importante incentivo ideológico: dirigir el flamante mundo socialista. A diferencia de la generación de sus padres, muchos de los nuevos funcionarios tenían estudios secundarios y una minoría cualificada se había graduado en la universidad. No es fácil encontrar estadísticas de conjunto sobre su movilidad social, pero sí pueden citarse algunos ejemplos aleccionadores. En 1929 empezaron a reclutarse voluntarios, «políticamente fiables», para dirigir los koljozi en proyecto. Hubo setenta mil solicitudes para los veinticinco mil puestos anunciados. Estos nuevos dirigentes iban a gozar de un poder de vida y muerte sobre los kulaki y, en general, sobre los miembros de sus comunas. Podían quedarse con los bienes muebles expropiados a los campesinos ricos, incluyendo sus prendas de abrigo; alquilar por veinticinco rublos una casa de setecientos; y hasta acosar sexualmente a sus mujeres e hijas en total impunidad (p. 37). Y, sobre esos veinticinco mil entusiastas de la primera hora, otros muchos millones de funcionarios medios y altos pudieron vivir sin excesivas complicaciones, callando, cumpliendo sus tareas y, cuando era menester, denunciando a sus compañeros o uniéndose al coro de sus acusadores. A algunos les tocaba la china, pero el resto cerraba filas.

Los incentivos no eran sólo ideológicos. Los había de otro orden y eran no menos trascendentes: los privilegios, a los que se accedía desigualmente y según un riguroso orden de picoteo en el seno del Partido, la famosa nomenklatura. Esa era la argamasa que mantenía unidos a los supervivientes de las purgas: «Las elites gozaban de acceso privilegiado a bienes y lujos como restaurantes o prendas de abrigo de moda. La compra de esos objetos de deseo requería contar con un cupón especial además del dinero. Una chaqueta de cuero por la que pagaban trescientos rublos en una tienda para las elites podía revenderse en el mercado negro por tres veces o más» (p. 267). No era una situación envidiable para la mayoría de los consumidores de las sociedades occidentales, pero en Rusia marcaba la enorme distancia existente entre la elite y el perraje.

«Stalin trabajó infatigablemente para mantener a su país agarrotado por el puño del terror; supuestamente por su propio bien», concluye Kotkin (p. 495). Es cierto. Stalin consiguió, justo antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, proyectar una sociedad que invocaba los intereses del pueblo para perpetuar la dominación ilegítima de una minoría. Era una fantasía incapaz de resistir la distancia entre expectativas y realidad, pero tres o cuatro generaciones de rusos tuvieron que soportar su despotismo hasta que, cada vez más obsoleta, acabó por fagocitarse a sí misma y desapareció sin grandes resistencias, en un suspiro. Pero, mientras se mantuvo, aun baqueteada y caprichosamente diezmada, esa elite estuvo dispuesta a defender sus privilegios a costa de mucha sangre derramada.

De los demás, mayormente.

Julio Aramberri es escritor.

30/05/2018

 
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