DISCUSIÓN

El arte de la guerra civil

Londres, Yale University Press, 2017
360 pp. £18,99
 

En 1905, trece años antes de que estallara en Rusia la guerra civil entre rojos y blancos, Lenin exhortaba al proletariado ruso a aprender «el arte de la guerra civil», tan necesario, según él, para afrontar con éxito los retos del nuevo siglo: «La revolución es la guerra», sentenciaba con ese tono inapelable que le haría famosoRevolutionary Days, enero de 1905; Vladímir Ilich Lenin, Collected Works, Moscú, Progress Publishers, 2008-2015, 45 vols.; la cita se encuentra en el volumen 8, p. 107.. No era aquella la primera vez que elogiaba las propiedades históricas de la guerra civil. Un año antes, en su ensayo Un paso adelante, dos pasos atrás, había incluido una extraña referencia a ella al definir al Partido Socialdemócrata ruso, recientemente dividido en dos facciones (bolchevique y menchevique), como el partido de una clase social que se encuentra «casi toda» representada en él. Y sin casi, porque en tiempos de guerra civil, añadía, esa clase está «toda entera» en el partidoLenin, One Step Forward, Two Steps Back, febrero-mayo de 1904; ibídem, vol. 7, p. 258.. Aquí se advierte ya, en fecha muy temprana, una de las razones de su fascinación por un concepto omnipresente en su voluminosa producción doctrinal y política. Por un lado, la guerra civil tiene la virtud de convertir la parte en todo y facilitar así la ejecución de un proyecto que, sin exageración, puede calificarse de «totalitario»: ya en 1919, cuatro años antes de que se acuñara este último término, un periodista alemán se refirió al «totalismo [totalismus] revolucionario de Lenin»Alfons Paquet, Im Kommunistischen Rußland. Briefe aus Moskau, Jena, Eugen Diederichs, 1919, p. 111; citado por Ernst Nolte, La guerre civile européenne. National-socialisme et bolchevisme, 1917-1945, París, Perrin, 2011, p. 831, n. 13.. La guerra civil crea una situación límite que obliga a tomar medidas excepcionales para eliminar al enemigo y reforzar la unidad de quienes lo combaten «bajo la dirección de nuestro partido». La guerra como tal, dirá en otra ocasión, es un «poderoso acelerador» de los acontecimientosLenin, Letters from Afar, marzo de 1917; ibídem, vol. 23, p. 299.. Faltaban pocos meses para que la Primera Guerra Mundial convirtiera a Rusia, que entró en ella como un Estado autocrático y semifeudal, en el primer régimen comunista de la historia. Su llamada en septiembre de 1914 a convertir la guerra imperialista en guerra civil no perseguía otra cosa.

Fueron tan frecuentes sus referencias a la guerra civil antes de que finalmente estallara en Rusia a principios de 1918 que, en rigor, habría que considerarla una profecía autocumplidaSegún mis propios cálculos, la expresión «guerra civil» aparece 342 veces en las obras de Lenin, de ellas 154 antes de la que enfrentó a los ejércitos rojo y blanco tras la llegada de los bolcheviques al poder.. Quien salga vencedor de ella, había escrito en 1906, sólo podrá gobernar mediante una dictaduraThe Victory of the Cadets and the Tasks of the Workers Party, texto redactado en marzo de 1906 (ibídem, vol. 10, pp. 216 y 246).. Así pues, la guerra «imperialista» llevaría a la revolución, y la guerra civil a la dictadura del proletariado. Se entiende que el pensamiento de Lenin se haya definido alguna vez como una combinación de darwinismo social, tan en boga por entonces, y culto a la guerra«His outlook on life was a mixture of Clausewitz and Social Darwinism», Richard Pipes, The Russian Revolution, Nueva York, Vintage, 1990 (Vintage eBooks, p. 1.004). Véase también Jacob W. Kipp, «Lenin and Clausewitz: The Militarization of Marxism, 1914-1921».. Sólo los filisteos, los liberal-burgueses y los socialdemócratas pueden preferir la paz a la guerra, repetirá una y otra vez. Su pasión por ella y la importancia decisiva que le otorgó en su teoría de la revolución, en particular a la guerra civil, hacen del padre de la Rusia soviética el verdadero Clausewitz del siglo XX.

Un brillante ejercicio de historia global

La escasa presencia de Lenin –apenas un par de menciones– constituye uno de los pocos reparos que pueden ponerse al libro que el historiador británico David Armitage acaba de dedicar al concepto de guerra civil desde la antigua Roma hasta la actualidad. Civil Wars es el resultado de un ambicioso proyecto en el que el autor, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Harvard, se embarcó hace once años con el propósito de esclarecer la naturaleza, las causas y la tipología de la guerra civil, desde la aparición del concepto en el siglo I a. C. No se trata propiamente de dibujar su árbol genealógico, con sus ramificaciones a lo largo del tiempo y sus raíces en los lugares y pueblos más diversos. El gran reto del enfoque adoptado por Armitage consiste en tratarla como un fenómeno específico de las convulsiones históricas, dotado de entidad propia, aunque inseparable del rico imaginario que ha producido y de las múltiples interpretaciones a que ha dado lugar. Esta sería la diferencia entre hacer historia de las ideas e historia en las ideas, que es la opción elegida por el autor: la primera, propia de una historia intelectual al uso, consistiría en aislar el concepto de su entorno general y de los acontecimientos que condicionan su desarrollo; la segunda pretende estudiarlo en toda su complejidad, resaltando, en vez de simplificar, sus lazos con realidades históricas muy heterogéneas. Su forma de abordar el concepto de guerra civil constituye, desde este punto de vista, un sugerente ejercicio de historia global, entendiendo por ello una visión integrada de experiencias diseminadas en un marco temporal y geográfico que podría parecer inabarcable.

Discurso de Lenin en la Plaza Roja de Moscú en 1918

No era fácil organizar un tema tan amplio de manera que resultara manejable y coherente. El primer problema entraña una aparente contradicción con el propio planteamiento del libro. Decía Nietzsche, y recuerda el autor, que sólo puede definirse aquello que no tiene historia, lo que no es el caso de un concepto, porque sus cambiantes usos y sentidos a lo largo del tiempo –es decir, su historicidad– impiden atribuirle un significado estable con valor universal. Reducirlo a una definición normativa, válida para todas las épocas y civilizaciones, sería, por tanto, desvirtuarlo. Si esto ocurriera también con el concepto de guerra civil, resultaría imposible abordar su estudio sin perimetrar previamente su significado y determinar lo que debe entrar o quedarse fuera de un libro como este. Para que su empresa sea viable, el autor opta por una solución pragmática –podríamos decir nominalista–, que consiste en hacer de la expresión latina bellum civile el origen del concepto y de sus derivados en otras lenguas –guerra civil, guerre civile, civil war, guerra civile…– el hilo conductor de esta historia. Ello supone descartar la stasis griega como su antecedente más remoto, por más que algunos autores hayan considerado la Guerra del Peloponeso, como dijo Thomas de Quincey en 1844, «la gran guerra civil griega». Por el contrario, Armitage entiende que, pese a la abundante literatura que considera la stasis una forma de guerra civilPor ejemplo, los diversos estudios que le ha dedicado la helenista francesa Nicole Loraux, entre otros, «Corcyre 427, Paris 1871. La “guerre civile grecque” entre deux temps», en Les Temps Modernes, diciembre de 1993, pp. 82-119; «La guerre civile grecque et la représentation anthropologique du monde à l’inverse», Revue d’Histoire des Religions, vol. 212, núm. 3 (1995), pp. 299-326, y «Cratyle à l’épreuve de stásis», Revue de Philosophie Ancienne, núm. 5 (1987), pp. 49-69., no es un fenómeno extrapolable fuera de la polis, pues sólo en su marco cabría esta suerte de escisión o facción que podría degenerar en secesión, pero no necesariamente en guerra. Sería un estado mental de disconformidad más que un conflicto armado entre bandos opuestos. Que el término no fuera nunca acompañado de un adjetivo, a diferencia de lo que ocurre con la voz latina bellum, haría aún más difícil sacarlo de esa ambigüedad. En cuanto a la Guerra del Peloponeso, como afirman los más modernos y solventes especialistas en Tucídides, no se trataría de un enfrentamiento entre ciudadanos de una misma comunidad política, sino de una guerra entre comunidades distintas con leyes propias y territorios diferenciados, unidas si acaso por lazos étnicos y culturales.

Así pues, el punto de partida no puede ser otro que la bellum civile de los romanos. La expresión la utilizó Cicerón por primera vez, que se sepa, en un discurso pronunciado el año 66 a. C., poco antes de que estallara la más famosa de ellas, que habría de enfrentar a Julio César y Pompeyo. Como suele ocurrir en estos casos, la aparición del concepto generó una profusa narración en torno a hechos pretéritos que cobraron de pronto un sentido insospechado, empezando por el propio mito fundacional de Roma y la lucha fratricida entre Rómulo y Remo. El destino de la ciudad quedaba así inseparablemente unido al de sus guerras civiles, a menudo con un carácter social, de clase, para ser exactos, que vendría determinado por los dos bandos en litigio; plebeyos y patricios, por ejemplo, o populares y optimates. A esta dimensión social del fenómeno, que tanto interesó en su día a Marx, Armitage añade la capacidad de la memoria y del relato de las guerras para generar nuevas guerras. El libro tiene aquí un punto de inflexión decisivo, a partir del cual pueden establecerse unas constantes en el desarrollo del concepto que llegarían hasta nuestros días. Una de ellas es la idea de fatalidad que acompaña a las pestifera [malditas] bella civilia, como las llamó CicerónCitado por David Armitage, Civil Wars. A History in Ideas, Londres, Yale University Press, 2017, p. 68.; otra, la existencia de una narración que parece cobrar vida propia y condicionar la práctica de la guerra civil; la tercera, pero no menos importante, podría definirse como un efecto pedagógico de la guerra fruto de una acumulación de experiencias que derivó, por un lado, en una voluntad de codificación y, por otro, en la concepción de las guerras civiles como un círculo vicioso de sufrimiento y desquite. De ahí una moraleja formulada ya por algunos autores romanos: la única forma de romper ese círculo −decía Tito Labieno en el siglo I a. C.− es olvidar los pasados agravios y evitar así que las viejas pasiones enciendan de nuevo el deseo de venganzaIbídem, p. 69..

No sólo la expresión en sí, sino los grandes temas que giran en torno a ella –contar, olvidar, perdonar– aparecen claramente formulados hace dos mil años, por lo que puede afirmarse, como hace el autor, que, en relación con las guerras civiles, todos los caminos llevan a Roma. Su origen marca también, durante largo tiempo, su apogeo. Tras el amplio apartado titulado «Roads from Rome» –sesenta de las doscientas cuarenta páginas del libro, sin contar notas e índices–, el segundo de los tres grandes bloques del libro corresponde a los siglos XVII y XVIII, sobre los que versa la mayor parte de la anterior producción historiográfica del autor. Antes de adentrarse en el pensamiento político moderno e ilustrado, ya había señalado la existencia de una narración cristiana que interpretaba la guerra civil como un mal inherente a la antigua Roma provocado por el pecado original de su paganismo. Y, en efecto, se diría que, aunque el fenómeno siguiera su curso –qué fueron si no la lucha entre Pedro el Cruel y Enrique de Trastámara en la Castilla del siglo XIV o la Guerra de las dos Rosas en Inglaterra–, el concepto quedó eclipsado durante siglos por otras preocupaciones y otra terminología. Parece indudable, por ejemplo, que la Fitna islámica del siglo XI en la península Ibérica fue una guerra civil en toda regla, aunque el término árabe estaría más próximo a la voz griega stasis que a la bellum civile romana.

Tras la Edad Media y, sobre todo, en esa «encrucijada de la modernidad» que fue el siglo XVII, el concepto reaparece en todo su esplendor gracias a la enorme difusión que alcanzaron las obras de sus principales tratadistas romanos, que desplazaron a los autores griegos entre las lecturas favoritas del público lector europeo. Cinco de los diez historiadores clásicos más editados en los siglos XVI y XVII, con Salustio a la cabeza, se habían consagrado al estudio de las guerras civiles, contribuyendo así involuntariamente a conformar una imagen del fenómeno para uso del consumidor moderno. En estas páginas luce de nuevo el dominio que Armitage acreditó en sus obras anteriores de la historia intelectual de los siglos XVII y XVIII, en los que libros e ideas circularon con profusión y rapidez entre uno y otro lado del Atlántico. Tal sería la otra dimensión de esta historia global del concepto, tomado como paradigma de una temprana globalización cultural capaz de traspasar fronteras geográficas y temporales que podrían parecer insalvables. El diálogo entre el pensamiento clásico y la realidad política europea, y muy pronto americana, tuvo una influencia decisiva en la mentalidad de unas elites intelectuales que habrían de protagonizar el largo ciclo revolucionario iniciado a finales del siglo XVII. Aquí empieza a fraguarse esa alianza entre guerra y revolución (o contrarrevolución) que Lenin convertiría mucho después en un atajo histórico hacia el comunismo.

De momento, los grandes pensadores del siglo XVII vieron la guerra civil más como una catástrofe que como una oportunidad: «Cualquier paz es preferible a una guerra civil», escribe Hugo Grotius en 1625. Su epígono y crítico Thomas Hobbes llegará aún más lejos y, en su afán por evitar los horrores de la guerra civil, formulará una concepción unitaria del poder como única forma de superar el estado de naturaleza y garantizar la paz. Por su parte, los autores ingleses que escribieron tras la Gloriosa Revolución de 1688 y sus secuelas bélicas volverán sobre la idea romana del círculo vicioso: el final de una guerra civil es siempre el origen de otra. No hay gobierno capaz de acabar con ella, afirma Algernon SidneyIbídem, p. 119., como si la tradición romana actuara como una enfermedad hereditaria o como si fuera un peaje que Europa tuviera que pagar por disfrutar de una vieja civilización. A esta reflexión melancólica se le añade, a mediados del siglo XVIII, antes incluso de las grandes revoluciones atlánticas, un nuevo relato capaz de ligar pasado y futuro en una idea de emancipación que hacía necesaria la revolución y hará inevitable la guerra.

La idea de fatalidad histórica, el deseo de reparación de viejas injusticias y el dilema recordar/olvidar forman parte desde la Antigüedad de un debate interminable

«Cuando trazamos la genealogía de las revoluciones modernas −leemos al final del capítulo «Civil Wars in an Age of Revolutions»− debemos considerar seriamente la hipótesis de que la guerra civil es el género y la revolución sólo una de sus especies» (p. 158). Que la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert no incluyera la voz guerre civile sería sintomático, en opinión de Armitage, de un optimismo histórico propio de los pensadores ilustrados, convencidos de que la nueva era de razón y progreso que acababa de empezar terminaría para siempre con esa lacra. Ocurrió más bien lo contrario: la conexión histórica entre revolución y guerra civil, que algunos contemporáneos señalaron ya en la independencia norteamericana, hizo que el fenómeno alcanzara a partir de entonces proporciones sin precedentes en la historia moderna. La complementariedad entre ambos conceptos sorprende menos si se recuerda el carácter recurrente de la guerra civil y el sentido etimológico, de origen astronómico, de la voz revolución, no como subversión de lo existente, sino como retorno al punto de partida. Una y otra redundarían, por tanto, en una visión circular de la historia contraria al canon lineal y progresivo característico de los grandes relatos modernos, de la Ilustración en adelante. Se entiende, pues, la continua frustración de quienes, ingenuamente, vieron la historia contemporánea como un proceso de liberación de la especie desmentido una y otra vez por los derroteros que seguía el mundo moderno. Claro que siempre se podría argüir, como hizo Thomas Paine a finales del siglo XVIII, que las guerras demostraban la incapacidad de la monarquía para asegurar la paz civil –tal sería supuestamente su principal cometido– y, por tanto, la necesidad de suprimir el poder hereditario como principal causante del mal que debía prevenir.

El pensamiento republicano mantendrá una relación ambivalente con el concepto de guerra civil, que asociará con la pulsión tiránica de la monarquía, en su ansia por dominar a los pueblos propios y ajenos, pero también con las inevitables convulsiones revolucionarias de los nuevos tiempos. «La guerra civil es a veces un gran bien», había declarado el abate Mably en una obra póstuma que vio la luz en 1789. De ahí arrancaría una reivindicación del concepto que marcaría en parte su evolución en los dos siglos siguientes. Pero frente a un belicismo revolucionario y contrarrevolucionario que tendría numerosos seguidores, en el siglo XIX prevaleció un humanitarismo liberal que intentó regular la guerra, ya que no podía acabar con ella, fijando límites y normas de obligado cumplimiento. «Civilizing Civil War» es el título del capítulo que Armitage dedica al siglo XIX y a sus denodados esfuerzos por hacer más llevadera la existencia, aunque, como él mismo recuerda, esos esfuerzos no incluyeron nunca la guerra civil. Se diría que, como pensaron en su día los romanos, era una maldición de la que los pueblos desarrollados parecían incapaces de librarse, como si fuera la sombra de la civilización, tanto mayor cuanto mayores fueran sus logros. Surgió así la idea, muy extendida a partir de 1914, de «la guerra que acabará con todas las guerras» y, de paso, con varios siglos de cainismo europeo. La visión eurocéntrica de las dos guerras mundiales como un conflicto europeo que se extiende al resto del mundo coincide con un notable salto cualitativo hacia la generalización de las guerras civiles como un fenómeno global; en primer lugar, por la internacionalización del modelo en un marco histórico cada vez más cosmopolita e interdependiente; en segundo lugar, por la progresiva implicación de la población civil en los conflictos bélicos como factor de combate y, sobre todo, como víctima propiciatoria, patente en el incremento imparable de la proporción de civiles en el cómputo general de víctimas.

La guerra civil se convirtió de esta forma, paradójicamente, en la guerra global por excelencia. Armitage aporta abundante información sobre la tendencia iniciada en el siglo XIX a la proliferación de estos conflictos como resultado de procesos secesionistas –más de una quinta parte de las guerras de los dos últimos siglos tendría ese origenIbídem, p. 170.–, revoluciones de diversa índole y rebeliones anticoloniales. El empeño de las autoridades norteamericanas en dar nombre y definir su Guerra Civil o de Secesión no resolverá el problema de fijar el sentido de un concepto tan polémico. Podría pensarse que la experiencia bélica del siglo XX contribuyó a establecer sus límites y su significado, al menos por contraste con las dos guerras mundiales. Que se había convertido en el modelo y no en la excepción es algo que parece desprenderse del libro que Ernst Nolte dedicó a lo que él llama «la guerra civil europea» (Der europäische Bürgerkrieg), entendida como el conjunto de crisis y conflagraciones que se desarrollaron entre el estallido de la Primera Guerra Mundial y el final de la Segunda en una Europa desgarrada por el comunismo y el fascismo. Ni siquiera la Guerra Fría quedaría fuera del canon al uso, a tenor de las palabras de John F. Kennedy reproducidas por Armitage: el presidente de Estados Unidos consideraba la Guerra Fría «una guerra civil global (la cursiva es mía) que ha dividido y atormentado a la humanidad» (p. 228). La expresión se ha utilizado recientemente, añade el autor, para definir las características del terrorismo transnacional, aunque se trataría más bien de una definición sensu contrario: tras él no suele haber un Estado, ni un ejército regular, ni soldados, y su actuación no se desarrolla en torno a un frente definido. En la «guerra civil global» sólo hay retaguardia. Todo es home front. El hecho de que tanto los verdugos como las víctimas sean mayoritariamente civiles refuerza ese giro semántico hacia otro tipo de bellum civile consagrado como la gran amenaza global de la pos-Guerra Fría. La buena noticia es la decadencia de las guerras entre Estados –sólo el 5% de las libradas desde 1989 (pp. 7-8)– y un descenso significativo en el número de víctimas respecto a los conflictos anteriores a 1945.

Cabe preguntarse, concluye el historiador británico, si todas las guerras futuras, como muchas de las presentes, acabarán siendo guerras civiles. Se haría realidad de esta forma, un siglo después del triunfo de la revolución bolchevique, el gran sueño de Lenin de convertir la guerra imperialista, como llamaba él la que se libró en Europa desde 1914, en un sinfín de guerras civiles: «Sólo ellas liberarán a la humanidad del yugo del capital»Vladímir Ilich Lenin, conferencia sobre la Revolución de 1905 pronunciada en alemán en enero de 1917 en Zúrich; ibídem, vol. 23, p. 253.. La fe en sus propiedades taumatúrgicas era –ya se ha visto– un rasgo esencial del leninismo. Pero la fascinación revolucionaria por la guerra civil tenía lejanos antecedentes, incluso en España.

«La guerra civil es un don del cielo»

Así de rotundo fue el liberal español Juan Romero Alpuente en un discurso pronunciado en 1821, haciendo suya una concepción liberadora de la guerra civil inspirada probablemente por la frase ya citada de Mably («La guerra civil es a veces un gran bien»). Las palabras de Romero Alpuente tuvieron, como dice Armitage, un prolongado eco en la política española, por lo menos hasta la Segunda República, en cuyas Cortes Constituyentes las recordó don Miguel de Unamuno en octubre de 1931: «No estoy muy lejano de aquello que decía el viejo Romero Alpuente de que la guerra civil es un don del cielo. Hay ciertas guerras civiles que son las que hacen la verdadera unidad de los pueblos»Miguel de Unamuno, Obras completas, Madrid, Escelicer, 1966-1971, vol. IX, p. 403..

La lucha fratricida ha funcionado en algunos mitos de origen –el de la antigua Roma, por ejemplo– como una dialéctica macabra, pero fecunda, capaz de fundar imperios y civilizaciones que asombraron al mundo. Ya en la época moderna, el mito fundacional de la guerra civil, con el que puede emparentarse la teoría leninista de la revolución, dejó en España una huella significativa en la producción de nuestras elites intelectuales y políticas, sobre todo en el primer tercio del siglo XX. Algunos de sus miembros entendieron la guerra civil como la forma que tenía el pueblo español de hacer la revolución, a falta de las condiciones históricas requeridas para un empeño semejante: «El liberalismo español −escribió Pío Baroja en 1927− ha necesitado para triunfar que el país estuviera en guerra. […] En la paz, el elemento tradicional vence siempre en España al elemento liberal»Respuesta de Baroja a la encuesta sobre «El porvenir del liberalismo español», El Liberal, 27 de diciembre de 1927.. Un sector de la izquierda obrera llegó a pensar lo mismo, de ahí las sorprendentes palabras publicadas por el periódico socialista Claridad, afín a Largo Caballero, en vísperas de la Guerra Civil: «Desgraciadamente, en España ha habido y hay muy poca guerra civil y muy poca revolución»«Venga un poco de caos», Claridad, 17 de junio de 1936; citado por Santos Juliá, La izquierda del PSOE (1935-1936), Madrid, Siglo XXI, 1977, p. 281, n. 18.. Es difícil saber si esta ligazón entre los dos conceptos como elementos inseparables procedía de la tradición revolucionaria española, tributaria a su vez de un pensamiento foráneo de origen ilustrado, o de la influencia bolchevique entre los seguidores de Largo Caballero, no en vano jaleado por los suyos como el Lenin español. Parece indudable, en todo caso, el efecto explosivo que, en la España de los años treinta, podía tener esa mezcla de historicismo liberal y vanguardismo revolucionario, con la guerra civil como mito regenerador.

La muerte de Julio César, de Vicenzo Camuccini

Aunque la vertiente española de la historia tratada por Armitage podía haber tenido un mayor desarrollo en el libro, el lector español encontrará en él abundantes motivos de reflexión. Tanto el tema central de Civil Wars como sus principales derivadas históricas –la crisis de Europa, memoria y olvido, procesos secesionistas– lo convierten en un verdadero manual de instrucciones para afrontar con conocimiento de causa algunos de los grandes debates nacionales e internacionales. Hay incluso un tema previo −el de la propia denominación de la guerra civil− que, en el caso español, merecería un estudio en profundidad a la luz de este libro y del debate suscitado en Estados Unidos a propósito de la Guerra de Secesión y sus diversos enunciados. El hecho de que la expresión «guerra civil» fuera tan frecuente en la prensa española entre 1931 y 1936 y creciera sólo moderadamente a partir de su estallido indica, por un lado, hasta qué punto el discurso guerracivilista precedió y, en cierta forma, facilitó la guerra misma y sugiere, por otro, la existencia de fórmulas alternativas al concepto de guerra civil, considerado por los contendientes tal vez demasiado equidistante (la expresión «Cruzada de Liberación Nacional», acuñada por la Iglesia en 1937, respondería a esa lógica partidistaLa Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de Madrid registra 3.567 resultados para la expresión «guerra civil» entre la proclamación de la Segunda República y la sublevación militar del 18 de julio de 1936 (un promedio aproximado de 56,6 menciones al mes) y 2.133 durante la propia guerra (65,6 menciones al mes). El periódico ABC, por su parte, utilizó la expresión 818 veces antes de la sublevación y 709 durante la guerra (13 y 21,8 veces al mes, respectivamente).). Un autor citado por Armitage ha enumerado ciento veinte formas distintas de denominar la guerra civil norteamericana. No es fácil que en España se llegara a tanto, pero una investigación sobre el tema podría depararnos alguna sorpresa.

La idea de fatalidad histórica, el deseo de reparación de viejas injusticias y el dilema recordar/olvidar forman parte desde la Antigüedad de un debate interminable, que en los últimos años ha cobrado en España una actualidad inusitada: «Recordar la guerra civil es siempre arriesgado», afirma Armitage al evocar el dramatismo que la cuestión alcanzó en Roma hace dos mil años. El boom literario que provocó tras la muerte de Augusto el año 14 d. C. no hizo más que alimentar el círculo vicioso de las bella civilia y la discusión en torno a sus causas y sus responsables políticos. El dilema sobre su mejor remedio –contar o callar– se prolongó durante siglos sin que fuera posible alcanzar acuerdo alguno. Ya en la segunda mitad del siglo XVIII, al principio de la rebelión contra Inglaterra, iniciada como una guerra fratricida, el Congreso continental de las trece colonias norteamericanas propuso «una reconciliación en términos razonables para evitar al imperio las calamidades de una guerra civil»Citado por David Armitage, op. cit., p. 142.. Es dudoso que propuestas de esta naturaleza, que comportan necesariamente pactos y renuncias, hayan disfrutado del mismo prestigio que las políticas de destrucción del adversario, especialmente cuando el bando enemigo lo componen compatriotas. Pese a ello, hubo intentos tempranos, también en España, de fomentar la reconciliación como única forma de romper la tendencia autodestructiva de los pueblos. Un proyecto de decreto redactado en 1826 por liberales españoles exiliados en Inglaterra, pensado para una próxima restauración de las libertades en España, ordenaba «celebrar el olvido de lo pasado» mediante «regocijos públicos y otras solemnidades que sirvan a recordar a los españoles los deberes de la concordia y la unión»Decreto reproducido por Julio Puyol, La conspiración de Espoz y Mina (1824-1830), Madrid, Tipografía de Archivos, 1932, pp. 148-149.. Habrá quien piense incluso en una reconciliación a gran escala entre los pueblos europeos. En 1839, un liberal asturiano publicará en Madrid una Constitución europea, con cuya observancia se evitaban las guerras civiles, las nacionales y las revolucionesJuan Francisco Siñeriz, Constitución europea, con cuya observancia se evitaban las guerras civiles, las nacionales y las revoluciones, Madrid, Imprenta del Colegio Nacional de Sordomudos, 1939 (ejemplar digitalizado por la Biblioteca Virtual del Principado de Asturias).. Es la misma idea que llevará diez años después a Victor Hugo a proponer la creación de unos «Estados Unidos de Europa» como única solución a los problemas del viejo continente, sacudido por conflictos que eran siempre, en su opinión, guerras civiles entre europeos.

Si el proyecto de los Estados Unidos de Europa emerge ya en el siglo XIX como antídoto contra la guerra, la secesión aparece reiteradamente en Civil Wars entre las causas más comunes de las guerras civiles: «Desde la Revuelta holandesa de los años ochenta del siglo XVI a la Revolución americana y desde Estados Unidos en 1861 a Yugoslavia en 1991, la secesión ha llevado una y otra vez a la guerra civil» (p. 170). El caso norteamericano sigue siendo un filón inagotable de lecciones históricas, muchas de ellas vigentes un siglo y medio después. Tanto el término secesión como el acto en sí, recuerda el autor, fueron considerados por Lincoln «incompatibles con un orden constitucional» (p. 177). Su difícil encaje en cualquier Estado legalmente constituido explica que la secesión haya conducido casi siempre a la guerra. No es de extrañar por ello que Lenin incluyera el derecho de autodeterminación en su proyecto revolucionario, con la guerra civil como principal artífice de un cambio histórico sin precedentes.

«Civil Wars of Words» titula el profesor de Harvard el capítulo que cierra la obra. En él se reconoce de nuevo uno de los grandes méritos del libro: su capacidad para ligar experiencia y lenguaje en un recorrido trepidante por dos mil años de historia libre de toda tentación presentista. Un enfoque tan ambicioso en un libro de estas dimensiones tenía forzosamente que dejar lagunas y cabos sueltos. Hay temas, personajes y casos que hubieran merecido sin duda un tratamiento más amplio. Pero el autor ha trazado un marco general que da sentido incluso a experiencias nacionales, como la española, apenas esbozadas en el libro. A partir de él se abre un horizonte nuevo en el estudio de la historia de los conceptos, más allá del caso concreto abordado en estas páginas, y del papel ambivalente de la memoria, unas (pocas) veces como catarsis y otras (muchas) como elemento autodestructivo.

El pasado es impredecible, afirma David Armitage al final del libro, invocando un proverbio ruso que nos recuerda hasta qué punto la imagen que nos llega de los hechos pretéritos está condicionada por nuestra propia mirada, que cambia siempre a medida que lo hacen nuestros intereses y nuestras preocupaciones. Este experimento historiográfico que es Civil Wars consigue resolver con notable elegancia una parte crucial del gran rompecabezas que es el pasado, compuesto de ideas, acontecimientos, épocas, culturas y protagonistas individuales y colectivos a menudo difíciles de ubicar en el lugar que les corresponde. Eso, y no otra cosa, es la nueva historia global cultivada magistralmente por Armitage: la aspiración a dar una visión de conjunto de un pasado «cambiante», aunque falten algunas piezas del puzle, y conseguir de esta forma una imagen final sugerente y creíble que nos enseñe algo también sobre nosotros mismos.

Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense. Es autor de Adolfo Suárez. Biografía política (Barcelona, Planeta, 2011) y, con Pilar Garí, Amazonas de la libertad. Mujeres liberales contra Fernando VII (Madrid, Marcial Pons, 2014). Es coeditor, con Javier Fernández Sebastián, del Diccionario político y social del siglo XIX español (Madrid, Alianza, 2002) y del Diccionario político y social del siglo XX español (Madrid, Alianza, 2008). Su último libro es Con el Rey y contra el Rey. Los socialistas y la Monarquía. De la Restauración canovista a la abdicación de Juan Carlos I (1879-2014) (Madrid, La Esfera de los Libros, 2016).

03/05/2017

 
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