Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Piketty va a la ópera

Hay escritores de un solo libro, pintores de un solo cuadro, arquitectos de un solo edificio y compositores de una única obra, bien por decisión del destino o de la posteridad, no porque la realidad suela ser tan simplista y unitaria. A Engelbert Humperdinck (1854-1921) hay que encuadrarlo en la última categoría y muy pocos habrán escuchado otra música suya que no sea la contenida en su ópera Hänsel und Gretel, basada en el cuento homónimo de los hermanos Grimm y, como tal, condenada a padecer una segunda condena: la de quedar recluida en el cajón con el rótulo «ópera para niños». Los más pequeños no suelen ir a la ópera, es cierto, y pocos títulos se han ocupado de

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Un tajo y se acabó

A veces pienso que cada tragedia es trágica a su manera, pero que todas las comedias se parecen. No es sólo que Plauto imite a Menandro, la commedia dell’arte apele a Plauto, Molière elabore la commedia dell’arte y así hasta que todo se conecta con todo; es que, en gran medida, llevamos veinte siglos riéndonos de las mismas situaciones. 

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Fuera del tiempo

«El Sr. Bach me enseñó dos libros manuscritos compuestos por su padre, escritos expresamente para él cuando era un niño, que contenían piezas con una fuga, en las veinticuatro tonalidades, extremadamente difíciles, y generalmente a cinco voces, en los que trabajó incansablemente los primeros años de su vida»: la cita procede de la entrada del diario de viaje de Charles Burney correspondiente al 12 de octubre de 1772.

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Tramoyas

Dice un personaje de Ionesco que «todas las obras teatrales que se han escrito desde la antigüedad hasta nuestros días no han sido sino historias policíacas», refiriéndose al mecanismo tradicional de plantear una intriga, complicarla y resolverla al final. Y una noción similar esboza Michel Foucault en su análisis de Edipo rey, cuando señala que la obra siembra pistas dispersas, para luego reunirlas como si él mismo fuese un detective.

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El larguísimo viaje

En sus noventa y un años de vida, a Ernst Krenek le dio tiempo a todo, o casi todo. Nació en «Viena, 1900», un marbete que se ha revestido por sí solo de infinitas connotaciones, donde y cuando –como ha escrito el historiador Norman Stone– «se inventó la mayor parte del mundo intelectual del siglo XX», en medio de una «atmósfera de humanidad y cultura que todo lo invadía» –en palabras ahora de Allan Janik y Stephen Toulmin en su Wittgenstein’s Vienna–, que habría de dar lugar, de resultas de una «revuelta edípica colectiva»

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Interiores

Buena parte del mejor teatro del siglo pasado se escribió o, cuando menos, se montó contra el drama de salón, esa tradición en la que dos o más personajes dirimían diferencias conversando puertas adentro. Abriéndolas literal o figuradamente, Valle-Inclán lanzó a sus personajes a las calles, Beckett concibió localizaciones abstractas, Ionesco y Arrabal fragmentaron el lugar de la representación.

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Bichos raros

Agotadas las discusiones sobre el teatro del absurdo –quién pertenece al club, quién garantiza la pertenencia, hasta qué punto el club siquiera existe–, el dramaturgo franco-rumano Eugène Ionesco perdura como uno de los grandes alegoristas del pasado siglo. Casi todas sus obras, como notó en su momento Martin Esslin, elaboran una única imagen poética, una metáfora dominante. 

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El último refugio

Gustav Mahler es un compositor de extremos. A un lado, sus sinfonías: descomunales, extravagantes, discursivas; a otro, sus canciones: concisas, tersas, esenciales. Entre medias, prácticamente nada. Y cuando, al final de su vida, consiguió por fin tender un puente entre ambos mundos, aparentemente tan disímiles, logró la que es probablemente su mejor obra, Das Lied von der Erde (La canción de la Tierra).

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Bernini y España

En una carta escrita por el rey Carlos I de Inglaterra el 27 de marzo de 1639 y dirigida a Gian Lorenzo Bernini, podemos leer el siguiente exordio: «The fame of your sublime genius and of the illustrious Works that you have so felicitously brought to fruition has extended beyond the frontiers and indeed nigh beyond those of Europe itself and has brought to our England your glorious name»

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La última ofrenda

Thomas Mann escribió Der Tod in Venedig en 1911, cuando tenía tan solo treinta y seis años y parecía estar, por tanto, muy alejado del prototipo del autor consumado y en la recta final de su vida que representa Gustav von Aschenbach. Benjamin Britten compuso, en cambio, Death in Venice en 1973, a tan solo tres años de su propia muerte. 

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En las antípodas

Hace unos veinte años, mi generación descubrió el cine australiano. Naturalmente, Australia había descubierto el cine mucho antes, prodigando estrellas más o menos desde que Errol Flynn (natural de Tasmania) empuñara el florete, de manera que cualquier cinéfilo podrá nombrar varias obras de fuste rodadas en ese país con bastante anterioridad. Pero, en los años noventa, la conciencia de que existía buen cine australiano despuntó gracias a unas pocas películas de directores jóvenes. 

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Originales y copias

En su Dictionnaire de la musique (1767), Jean-Jacques Rousseau ofrecía la siguiente definición de chanson:

Espèce de petit poème lyrique fort court qui roule ordinairement sur des sujets agréables, auquel on ajoute un air pour être chanté dans des occasions familières, comme à table, avec ses amis, avec sa maîtresse ou même seul, pour éloigner quelques instants l’ennui si l’on est riche; et pour supporter plus doucement la misère et le travail si l’on est pauvre.

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