Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Cuando los vascos eran de Marte y los catalanes de Venus

Durante el llamado «procés» (y quizá como parte esencial de él) se puso de moda la idea ciertamente extravagante de que la ausencia de una solución en el horizonte para el secular «problema catalán» era culpa exclusiva del Gobierno del Partido Popular y que, por encima de todo, hacía falta diálogo ante el golpe de Estado perpetrado en Cataluña bajo el repetido eufemismo de «procés». No seré yo quien elogie el talento o la sutileza política del partido en el gobierno; pero todo parece indicar que, muy al contrario, el PP no ha sido culpable de nada, salvo en la medida en que ya haya dialogado demasiado con el nacionalismo catalán a lo largo de décadas de concesiones constitucionalmente inaceptables, y ello con grave perjuicio para la minoría castellanohablante, sistemáticamente preterida en el debate político, y de la que, sorprendentemente, sigue sin hablarse bajo su genuina denominación de minoría segregada.

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Pongamos que hablo de Madrid

Madrid, como toda gran ciudad, y más si es capital y vieja, ha prestado el paisaje y el paisanaje a multitud de obras literarias. Mas la personalidad literaria de Madrid se ha convertido, con el paso del tiempo, en un cúmulo de contradicciones y también de despropósitos que podrían volver loco a cualquier compilador que pretendiera sistematizar las opiniones –literarias o no– que, desde tiempo inmemorial, viajeros o vecinos de esta Villa han venido desgranando sobre ella con aprecio o con desprecio, con amargura o cariño, con una sonrisa o con un látigo. «Ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan caprichosamente edificadas en desiertos, tan lejanas de un mar o de un río, tan ingenuamente contentas de sí mismas al modo de las mozas quinceañeras, tan pobladas de un pueblo achulapado, tan heroicas en ocasiones sin que se sepa a ciencia cierta por qué»: así se expresaba acerca de Madrid el donostiarra Luis Martín-Santos en su madrileñísima novela titulada –y con tanta razón– Tiempo de silencio (1961). Unos años antes (1949), un cronista enamorado de Madrid, Federico Carlos Sáinz de Robles, había escrito: «Destartalada ciudad sin pretensiones por su pasado y sin exigencias para su futuro».

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Cuando las catedrales eran verdes

Milán se jacta de contar con un nuevo icono, el Bosco Verticale, dos altas torres residenciales en el renovado barrio de Porta Nuova que se hallan engalanadas con mil doscientos árboles y arbustos vivos. El arquitecto, Stefano Boeri, diseñó un «gran cartel» verde para la metrópoli, que, en efecto, plantea las buenas intenciones de la sostenibilidad más que las buenas prácticas. A los residentes se les prohíbe por contrato que cuiden de las plantas, que requieren de jardineros para acicalarlas como bonsáis, podando tanto las raíces como las ramas con objeto de impedir que invadan los balcones de las sucesivas alturas. Y aunque se construyeron también algunos edificios cercanos en conjunción con el proyecto, las torres fomentan una oleada de gentrificación en este barrio que tiene un interés sólo superficial por reducir la huella ecológica de la ciudad. A pesar de sus deficiencias ecológicas, le vegetación contribuye a un microclima positivo. En su libro, un tratado para replanificar Milán, preparado cuando Boeri estaba aún a cargo de la EXPO 2015 , el arquitecto afirma que las torres proporcionan un biotopo equivalente a media hectárea de bosque salvaje. A la mayoría de los milaneses les encanta el extraño aspecto del Bosco Verticale, un gesto hacia la creación de una ciudad sostenible, que representa la actitud «verde» que está extendiéndose por la mayor parte de las ciudades europeas.

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El centrismo: un manifiesto moderado

Centrismo. Es decididamente un término debilucho y poco excitante y con frecuencia inspira escarnio, como una suerte de pálido purgatorio para quienes temen actuar con audacia o proponer ideas políticas creativas. O incluso algo peor: lejos de ser una filosofía coherente, es un popurrí de consideraciones, quejas y ansiedades relativas a otras filosofías. El centro es ese lugar donde prefieren aterrizar aquellos que no pueden comprometerse del todo con algo. Y el centrista es ese amigo formal que pide pudin de vainilla por miedo a que algo distinto pueda ofender a su delicado paladar.

Estas quejas comunes contienen más de una pizca de verdad, pero el centrismo no es necesariamente gris o incoherente. Propiamente entendido, el centrismo es un sistema filosófico consistente que pretende guiar a los sistemas políticos y culturales a través del cambio sin los paroxismos de la revolución y la violencia. El centrista, en este sentido, cree que ese progreso político y cultural se logra mejor con cautela, templanza y compromiso, no con extremismo, radicalismo o violencia.

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La crisis del régimen constitucional de 1978

En diciembre de 1978, cuando en el conjunto del territorio español (Cataluña y País Vasco incluidos) se aprobó la Constitución hoy vigente, había muchas dudas sobre la funcionalidad y, aún más, la perdurabilidad de dicho texto legal. Recordemos que su gestación había sido tortuosa, con sonadas rupturas entre sus artífices y también entre los partidos implicados. Era el peaje inevitable que había de pagarse por el camino elegido: una Carta Magna para todos los españoles, sin exclusiones ni banderías ni imposiciones de unos sobre otros. Los redactores del texto en cuestión y aquella clase política en su conjunto habían interiorizado la lección principal de nuestra historia contemporánea: la política coactiva –o simplemente no inclusiva? con los discrepantes y las minorías genera tarde o temprano inestabilidad, crisis y, en última instancia, conflicto violento. La expresión última de ello era la Guerra Civil, tan presente en la memoria histórica del momento –se diga lo que se diga? como el gran fantasma o el trágico error que debía evitarse a todo trance. En suma, para que la Constitución durase tenía que ser la Constitución de todos. Más concretamente, en términos operativos, que resultase un texto válido para cualquier gobierno, fuera del signo que fuese. 

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La derecha iliberal en Polonia: «Un muro a su derecha»

En 1992, Lech Wa??sa, el primer jefe de gobierno democráticamente electo de la Polonia poscomunista, fue durante criticado en el congreso nacional de Solidaridad, el sindicato que él había encabezado durante la década de los ochenta. Curiosamente, los sindicalistas no le criticaron por haber llevado a cabo un plan de privatizaciones (el Plan Balcerowicz) que hizo que la inflación creciese hasta el 175% y el paro al 13%, y que el PIB cayera al 17%. No, le criticaron por ser un «espía de los comunistas», que querían acabar con la comunidad nacional católica polaca, esto es, de estar al servicio de un tipo de régimen que ellos mismos habían contribuido a derrocar en toda Europa del Este apenas unos meses antes. Esta anécdota ilustra a la perfección el ambiente intelectual de Polonia durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI: un país atrapado en los fantasmas del pasado. Como había escrito Cyprian Kamil Norwid en 1867: «Los buenos polacos profesan un patriotismo cósmico, un patriotismo de chucrut adobado con leyendas de bandoleros».

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Raíces y actualidad del problema de la verdad en la política

La novela 1984 se convirtió en un best seller casi setenta años después de su aparición, durante la última campaña presidencial en Estados Unidos, en la que una red social al servicio del candidato que finalmente resultaría vencedor logró que se tomaran como verdades innegables bulos sobre el lugar de nacimiento de Obama, sobre la salida del país de la empresa Ford, sobre el número de homicidios en Nueva York o sobre el cambio climático. La sociedad que describe George Orwell en esta obra vive regida por la figura vigilante del Gran Hermano desde una telepantalla omnisciente, tiene un Ministerio de la Verdad que decreta cuándo alguien incurre en el «crimen del pensamiento» y emplea la «neolengua» para ocultar y eliminar los significados no deseados de las palabras verdaderas. El éxito de la reedición de 1984 fue paralelo al de Donald Trump, quien nada más ser elegido presumió en rueda de prensa de ser el presidente que más votos electorales había conseguido desde Reagan y no se inmutó cuando se le recordó que tanto Bush como Obama lo habían superado, como es fácil de comprobar. Y, después de tomar posesión como presidente, negó que se hubiera reunido mucha menos gente para celebrarlo en la National Mall (la avenida que une el Congreso con la Casa Blanca) que en la de su predecesor, cuando las imágenes así lo mostraban de modo incontestable. Kellyanne Conway, asesora de la nueva Administración, llamó a esas mentiras «hechos alternativos». 

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El Sistema Foral: ¿derecho histórico o privilegio?

Sin duda una de las características del modelo descentralizador español es la complejidad del sistema de financiación autonómica, complejidad que se debe a diversas razones. Por un lado, a que el llamado sistema de financiación común, el aplicable a la mayoría de comunidades Autónomas (todas, excepto Canarias, Navarra y País Vasco), se articula a través de una serie de fondos, subfondos y reglas de financiación especiales que dificultan su comprensión. Por otro, a que para Comunidades Autónomas que tienen esencialmente las mismas competencias de gasto, existen, además del sistema común citado, otros regímenes especiales de financiación, como el Sistema Foral, aplicado en el País Vasco y Navarra, y el Régimen Fiscal de Canarias.

La existencia del Sistema Foral hace que la descentralización en España sea una muestra clara de federalismo asimétrico, es decir, un supuesto de descentralización en el que regiones que gozan de las mismas competencias tienen sistemas de financiación distintos. 

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Atkinson y la preocupación por la desigualdad: rigor y utopía

La impronta de Sir Anthony B. Atkinson –fallecido el primer día de 2017– en las últimas cinco décadas de estudio de la desigualdad y la pobreza, en sus facetas teórica, aplicada y política, es incuestionable. Si no hubiese publicado en 1970, en el segundo volumen del Journal of Economic Theory, su artículo «On the Measurement of Inequality», me atrevo a aventurar que la investigación en este campo habría cubierto la mayor parte de los temas tratados hasta ahora, pero se habría hecho seguramente a través de procesos de argumentación y análisis distintos a los seguidos por los investigadores que desde entonces nos hemos ocupado de ellos. Fue un artículo seminal en el más puro sentido, cuya presencia en la vasta literatura sobre desigualdad, pobreza y bienestar social publicada a lo largo de casi medio siglo es impresionante: cerca de siete mil citas académicas en el portal de ciencia Google Scholar  (sobre las cerca de cincuenta y cuatro mil recibidas por toda su producción).

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La violencia de ETA contra los empresarios

La violencia terrorista se manifiesta de muchas maneras. No empieza y acaba en el asesinato, aunque el acto de matar sea la característica fundamental del terror. Las organizaciones terroristas requieren de un entorno que las sostenga material e ideológicamente. Alguien tiene que financiarlas para que puedan llevar a cabo sus propósitos. En el caso de la organización terrorista ETA, es sabido que extorsionó durante años a empresarios vascos, de quienes obtenía el mal llamado «impuesto revolucionario». De esta forma conseguía, además de los recursos económicos, la complicidad y, en definitiva, el apoyo de quienes cedían ante sus amenazas. El tema de la financiación o, por decirlo sin eufemismos, de la extorsión empresarial, es un aspecto del terrorismo etarra que no había sido suficientemente estudiado hasta que se decidieron a hacerlo un grupo de estudiosos de la Universidad de Deusto. El resultado es el libro titulado Misivas del terror, un análisis sociológico, político y ético, riguroso y exhaustivo, que tiene como base empírica las cartas de extorsión enviadas a los empresarios, un conjunto de entrevistas realizadas a los afectados y testimonios diversos, además de toda la documentación académica o mediática que ha podido recogerse relativa al tema.

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Elogio de la mentira: la cuestión catalana

Advertencia: Los acontecimientos que están viviéndose en Cataluña se sustentan en buena parte, como pretende explicar esta Discusión, en palmarias falsedades, muchas de ellas de carácter histórico. Por ello he intentado ofrecer al lector un Apéndice que, con el título «Fechas, hechos y personajes en la historia de Cataluña», recoge esencialmente hechos contrastados y no manipulados. Pido de antemano disculpas por algún posible error, en todo caso no intencionado.

Afirmo, para comenzar, que no me duele –muy al contrario– reconocer la semejanza del título de estas modestas reflexiones con la famosa obra de Erasmo y ello por una doble razón: primero, porque en ocasiones su libro se tradujo como Elogio de la estulticia –y de esto ha habido mucho en el llamado «pleito catalán»– y, segundo, porque su autor se mostró siempre como un firme defensor del libre albedrio frente a la dogmática defensa del sometimiento de este a la voluntad divina. Y en estos meses los gobernantes catalanes no sólo han intentado confundir a propios y extraños con sus mentiras, sino que, además, han impuesto un ambiente inquisitorial sobre quienes osaban contradecir sus falsedades. Pero hecha esta declaración inicial volvamos al asunto que provoca estas reflexiones.

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El Tractatus, irreconocible

No hay modalidad de trabajo en filosofía que no exija una gran seriedad y que no implique una inmensa responsabilidad por parte de quien aspira a participar en la gran labor colectiva que es la actividad filosófica profesional. Ello incluye a quienes vierten un texto clásico a un idioma distinto del original. Hablar de responsabilidades implica enumerar una serie de condiciones. El traductor responsable es quien pasa dichos exámenes, esto es, quien satisface las condiciones de que se trate. ¿Qué condiciones son esas? Desde luego, «conocer» el idioma del cual se traduce. Nadie discutirá este punto. Ahora bien, esta condición, siendo necesaria, dista muchísimo de ser suficiente. ¿Qué otras condiciones han de cumplirse? Una esencial, es que el traductor conozca su propio idioma. Es obvio que la mera fluidez en el lenguaje oral no basta para garantizar elegancia y belleza literarias. Una tercera condición sine qua non, para tener el derecho moral de atreverse a traducir una obra de valor universal, es saber de lo que está traduciéndose. 

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