Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Steven Pinker: el paladín del progreso

Con motivo del fallecimiento de Gustavo Bueno, alguien rescató la contestación que diera el filósofo riojano cuando se le preguntó qué libros, entre los que había escrito, consideraba todavía válidos al final de su vida: «Con fecha, todos; sin fecha, ninguno». Viene a cuento este juicio tan severo por la publicación en España, apenas unos meses después de su aparición en lengua inglesa, del último libro del psicólogo norteamericano Steven Pinker. Y es que este voluminoso manifiesto sobre las bondades de la modernidad ilustrada presenta la peculiaridad de ser simultáneamente un libro con fecha y sin fecha. Es un libro con fecha porque trata de dar respuesta al pesimismo agresivo que caracteriza a nuestra época, pero también porque sitúa en el centro de su argumentación un abrumador conjunto de datos empíricos que exigirán ser actualizados en futuras ediciones. Sin embargo, es también un libro sin fecha, pues aquello que quiere reivindicar no conoce limitaciones temporales: los principios de la Ilustración tienen un origen histórico, pero resulta difícil concebir una sociedad donde no puedan aplicarse o, cuando menos, reivindicarse. Cuestión distinta es que su defensa sea exitosa. Y a esta pregunta sólo puede responderse con los debidos matices.

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Demos gracias a la ley

Hay algo de doblemente paradójico en las fronteras que demarcan las comunidades políticas soberanas, esas unidades a las que comúnmente nos referimos como «Estados»: son contingencias sin pedigrí moral, pero su existencia y eventual modificación no son asuntos moralmente baladíes. Me explico.

El trazado de las fronteras políticas es arbitrario –en el sentido de que no demarcan realidad ontológica o natural alguna, como la membrana plasmática o el pericardio?, si bien su existencia genera consecuencias de relevancia moral indudable a poco que miremos cómo está el mundo, es decir, cuáles son las muy distintas oportunidades de que disfrutan los seres humanos dependiendo de cuál sea el lado de la frontera en el que les haya tocado nacer: una pura lotería, esta sí, natural. Comparen ustedes la esperanza de vida, la renta disponible y cualquier otro indicador socioeconómico de los surcoreanos de Daeseong-dong con los norcoreanos de Kij?ng-dong, distanciados por metros.

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¿Cómo podemos reducir la alta tasa de paro y la dualidad laboral en España?

El mercado de trabajo español genera unos pésimos resultados económicos y sociales, que se traducen en una altísima tasa de paro estructural y unos niveles muy pobres de calidad del empleo. Basta una simple comparación internacional para percatarse de esta realidad. Como muestra el Cuadro 1, referido al último trimestre de 2017, nuestra tasa de paro prácticamente duplica la media de los países del área del euro y cuadruplica la de Estados Unidos, y algo muy similar sucede con la tasa de paro juvenil. Además, nuestra tasa de empleo ?definida como el empleo dividido por la población en edad de trabajar? es significativamente inferior a las tasas de estas dos áreas y nuestra tasa de temporalidad ?definida en términos del empleo asalariado? es también muy superior a la tasa media de los países del área del euro.

Otras dimensiones con malos resultados, que no discutiré aquí, son las desigualdades tanto salariales como de tasas de paro por sexo y a nivel geográfico, la altísima tasa de paro de los trabajadores menos cualificados o la alta proporción de empleo a tiempo parcial involuntario. Finalmente, una importante secuela de la última crisis económica es el paro de larga duración ?es decir, un desempleo de duración superior a un año?, que representa actualmente alrededor de la mitad de los parados, a pesar de los cuatro años largos de recuperación económica transcurridos desde la última crisis.

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La Revolución de 1917: lecciones de febrero

A la gente de mi edad nos salieron los dientes en el cine, pero no cualquier película estaba a nuestro alcance. Los que, ya creciditos, éramos izquierdistas tuvimos que esperar años –un viaje a París o una sesión clandestina en algún colegio mayor– para ver Octubre, la aclamada versión cinematográfica del golpe de Estado bolchevique en 1917. El calendario ruso de la época aún no se había puesto al paso del gregoriano –el cambio se produjo el 14 de febrero de 1918– y la toma del Palacio de Invierno en la noche del 24 al 25 de octubre en Petrogrado cayó en la del 6 al 7 de noviembre en la Europa Occidental. La ciudad que fundara en 1703 Pedro el Grande había estrenado ese nuevo nombre el 1 de septiembre de 1914, porque en el suyo original –Sankt-Petersburg o, en grafía cirílica, ?????-??????????– el adjetivo Sankt y la desinencia –burg resultaban incómodamente teutones en el trance de la Primera Guerra Mundial, cuando Rusia y sus aliados, Francia y Gran Bretaña (la Triple Entente), se enfrentaron a los imperios centrales (el Segundo Reich alemán, la Monarquía Dual austrohúngara y la Sublime Puerta otomana).

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El escudo de la libertad

Desde el principio, los lectores de este libro «quedan advertidos». Sus páginas ?dice el autor? están escritas con descaro y sin miramiento, en un combate moral y político «a vida o muerte» entre la democracia y uno de sus enemigos: el separatismo. Éste pretende romper España al precio de acabar con la democracia. Es «una flecha envenenada que ha hecho diana en el centro mismo de nuestra convivencia nacional».

El último desafuero de la aventura separatista en Cataluña ha significado la mayor agresión en cuarenta años al régimen de derechos y libertades que nos dimos los españoles. El intento de amputar «por las bravas» una parte del territorio de la comunidad política española, el secuestro de la voluntad de todos, el desprecio y la burla de la ley común, han sido perpetrados desde instituciones públicas cuya legitimidad, autoridad y poder dimanan del «Estado social y democrático de Derecho» que es España. La fechoría se ejecuta «sin dejar de dar vivas a la democracia» (p. 73) y de ahí que la maniobra resulte más ofensiva e hiriente. Escandaliza la desvergüenza moral e intelectual, la frivolidad, indulgencia y equidistancia con la que personas solventes en su campo, instituciones respetables y tantas «almas bellas» han abordado este asunto (p. 66).

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Recuerdo de un desconocido

Mis padres, Joaquín y Paquita, que eran ya novios cuando estalló la guerra, se casaron el 28 de noviembre de 1938 en la Iglesia del Carmen de Revilla, en el municipio de Camargo, sin esperar a que la guerra acabara (Santander fue «liberado» en agosto de 1937).

Yo llegué al mundo para tapar el hueco que había dejado mi hermana Maribel al morir de neumonía el 11 de abril de 1940, siendo aún un bebé. Nací en Villanueva de Villaescusa el 5 de mayo de 1941 en la casa de mi abuela Pilar. La vivienda estaba en el camino real, es decir, en la carretera que se había construido en los primeros años del siglo XX para unir la estación ferroviaria de Guarnizo (perteneciente a la línea Santander-Madrid) con el Valle del Pas. Debajo de la vivienda estaba la gran tahona que mi abuelo Alfredo había hecho prosperar. En fin, nacer en una tahona durante el «año del hambre» fue la mejor forma de mostrar que el niño llegaba al mundo con un pan bajo el brazo.

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Cuatro preguntas para un balance político del movimiento 15-M

Siete años después del estallido en las plazas, no puede decirse que el 15-M esté vivo, como aún parecía estarlo en 2016, cuando su energía animaba la ruptura del bipartidismo y su evocación alimentaba las expectativas de un futuro diferente. Y muy lejos quedan los numerosos y vibrantes artículos conmemorativos escritos en el cuarto aniversario de la movilización que sorprendió a España y trascendió nuestras fronteras. El año pasado se había convertido ya sólo en objeto de la nostalgia para los escasos protagonistas del mismo que le dedicaron algún artículo. Probablemente ha llegado la hora de confrontar el análisis de lo que quiso ser este movimiento con la posterior articulación de la política española. Y nos proponemos hacerlo respondiendo a las siguientes preguntas: 1) El 15-M, ¿fue un movimiento social o un movimiento político?; 2) ¿Qué significaba «democratizar la sociedad»?; 3) ¿Cómo ha influido el 15-M en la política española y qué ha quedado de él?; y 4) ¿Qué democracia puede defenderse hoy en sintonía con el espíritu del 15-M?

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Unamuno y sus cartas: defensa de la epistolografía

Vivimos años de esplendor de la epistolografía como fuente de la historia literaria, ahora que esta vuelve a tomar vuelo propio y se distancia de las idolatrías lingüísticas: de la apoteosis de la textualidad y del culto de las estructuras. En las cartas de un autor están a menudo los secretos de las obras más complejas o de los proyectos literarios más ambiciosos y, a menudo, los resortes de la decisión misma de ser escritor. No hay nada que explique una obra literaria mejor que leerla en esa suerte de estereofonía (cierto que equívoca a veces) que nos proporciona la intimidad escrita del autor.

Valgan unos relevantes ejemplos de los ofrecidos por la investigación filológica de los últimos veinte años. El epistolario de Juan Valera (cuya edición definitiva ha sido una proeza de su editor, Leonardo Romero Tobar y su equipo) ha evidenciado su peculiar relación con el romanticismo del que desconfiaba y el mundo clásico que amó, la complejidad de su agnosticismo y la singularidad (y las disidencias) de su trayectoria narrativa. Disponer de las cartas completas de Juan Ramón Jiménez (propósito que está a punto de rematar Alfonso Alegre Heitzmann para la colección Epístola, de la Residencia de Estudiantes) ha desvelado la «política poética» de quien fue el más obstinado de los defensores de la autonomía (y la responsabilidad, a la vez) de la poesía.

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Ajustando cuentas con la pérfida Albión

Los tiempos que corren no son especialmente buenos para el estudio de la Historia de España. O mejor, diríamos, para el conocimiento de la Historia de España. Si alguna vez lo fueron, en la actualidad la fragmentación educativa producto del modelo autonómico lo ha hecho más difícil. Me temo que nuestros niños estudian hoy Historia de Murcia, Aragón, Valencia o Cataluña más que Historia de España, y no acierto a ver el día en que tal situación vaya a corregirse.

El resultado es una ignorancia preocupante. Hace algunos años, en casa de unos amigos en Mallorca, y conversando sobre una próxima excursión a la isla de Cabrera, se me ocurrió comentar que en ella estuvieron internados los prisioneros franceses de la batalla de Bailén. Ante la cara de desconcierto de los hijos de mis anfitriones –jovencitos pijos a los que se les supondría una esmerada educación–, no se me ocurrió cosa mejor que preguntarles con sorna si acaso no sabían qué batalla fue esa. Y, en efecto, no lo sabían. Nunca habían oído hablar de ella. Mi estupor fue tal que no atiné a seguir con el tema. 

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¿Se puede ser todavía comunista?

Cuando tenía veintitrés años, fui un verano a conocer el comunismo y aprender alemán en la ahora extinta República Democrática Alemana. A poco de llegar, paseando por una aldea del Hartz, alguien me gritó desde donde no pude verlo un agresivo «Kommunist!» Que en un país comunista se utilizara como insulto tal adjetivo me sorprendió; que toda la población, incluida la muchachada en camisa azul añil de la Freie Deutsche Jugend, echaran pestes en privado y a veces en público del comunismo, también me dejó perplejo; pero lo que de verdad no había imaginado era la realidad misma del comunismo. Si el periodista norteamericano Lincoln Steffens pudo decir, tras pasar tres semanas en la Unión Soviética en 1917, que había viajado al futuro y funcionaba («I have been over into the future, and it works»), viajar a la República Democrática Alemana en los años ochenta era viajar por un túnel del tiempo que nos retrotraía hasta 1945 y que, evidentemente, no funcionaba. Eso sí, era un viaje al pasado muy peculiar, porque todo estaba deslucido por el envejecimiento y, junto a las ruinas de antaño, se alzaban de vez en cuando los bloques de viviendas prefabricados de hormigón, que algún día se desmontarían, cuando hubiera recursos para restaurar la Alemania cuarenta años antes destruida por la guerra: «Dem Sozialismus gehört die Zukunft!» «¡El socialismo es el futuro!», pregonaba la propaganda con que se adornaban las calles, pero el paisaje no hablaba de futuro, sino de congelación en el tiempo y de degradación física y humana.

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Las pensiones en España: solidaridad y demagogia

Hace no muchos días escuché un programa de radio a la hora del Ángelus en el cual su director, con voz grave y tono magistral, presentaba los dos temas principales que iban a debatirse: la dramática situación de los jóvenes ?acosados por los costes de las hipotecas y obligados a seguir viviendo en casa de los padres, ¡o de los abuelos!? y las indignas pensiones recibidas por la mayoría de nuestros jubilados. Pero lo que llamó mi atención es el silencio respecto a la posible relación entre ambos. O, dicho de otra manera, la posibilidad de que no puedan elevarse las pensiones sin agravar aún más la situación de las generaciones más jóvenes, que ya obtienen una remuneración muy escasa en trabajos generalmente temporales o están en paro y, por añadidura, corren el riesgo de no percibir pensión alguna cuando lleguen a los sesenta y cinco años sin lograr un empleo estable. Y de todo ello se hablaba cuando no habían transcurrido muchos días desde la turbulenta manifestación de los jubilados ante el Congreso de los Diputados y se anunciaba ya otra ante el Ministerio de Hacienda. 

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Sexo sin derecho: las lecciones de Martha Nussbaum

A principios del año 2016, y a propósito de la imputación por agresión sexual del actor Bill Cosby, la conocida filósofa Martha C. Nussbaum, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (2012) y una de las más prolíficas e influyentes pensadoras contemporáneas, se descolgaba con un artículo en The Huffington Post en el que rememoraba un desagradable episodio de su juventud. En los siguientes términos: «En el invierno de 1968, cuando era una emprendedora joven de veinte años, tuve un enorme flechazo con un actor conocido que pronto se convirtió en otro de esos idolatrados papás de la televisión americana. Era verdaderamente un buen actor y en aquella época representaba un papel importante en la escena teatral neoyorquina. Tenía alrededor de cuarenta años. Tras salir un par de veces con él una noche le pedí que me llevara a mi apartamento. Tenía alguna experiencia sexual, pero no mucha; sin embargo, decidí ser lanzada pues nos encontrábamos a finales de los años sesenta y sentía que debía sumarme a la cultura imperante. A diferencia de las mujeres agredidas por Cosby, ciertamente yo quería acostarme con él. A lo que no consentí fue al repugnante, violento y doloroso abuso que él se permitió conmigo. Recuerdo gritar pidiendo ayuda, sin resultado, y a él diciendo: “Es parte del sexo”».

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