Tintín en el Tíbet

por Rafael Narbona

Tintín en el Tíbet brotó de una profunda crisis vital. En 1956, Hergé se enamoró de Fanny Vlamynck, que trabajaba como colorista en sus estudios y tenía veintiocho años menos que él. Casado desde 1932 con Germaine Kieckens, su conciencia católica se rebelaba contra la perspectiva del adulterio o la posibilidad de la ruptura matrimonial. Atormentado por las ideas de pureza y culpabilidad, acudió a la consulta de Franz Riklin, discípulo de Carl Jung, que le animó a dejar temporalmente el cómic para explorar el terreno de la pintura abstracta, donde ya había probado suerte, pero de forma esporádica y con una ambición limitada. «Tiene que destruir el demonio de la pureza», dictaminó Riklin, indicándole que un cambio de rumbo en su creatividad le ayudaría a descubrir quién era realmente y qué deseaba hacer con su vida.

Hergé, que llevaba meses soñando con paisajes e interiores de una blancura inquietante, no le hizo caso. Prefirió volcarse en el álbum que había iniciado, donde su obsesión por el blanco se había plasmado en un peligroso rescate en el Himalaya. Tintín se enfrentaba a las montañas heladas para salvar a su amigo Tchang, víctima de un accidente aéreo en Nepal. Aunque las autoridades habían descartado la existencia de supervivientes, una visión le había convencido de partir. Antes de que los periódicos anunciaran el accidente de aviación del D.C. 3 en Shisha Pangma, la decimocuarta montaña más alta de la Tierra, también conocida como Gosainthān, un sueño le había mostrado a Tchang herido y medio enterrado en la nieve, implorando su ayuda. Tintín sabe que se expone a morir en una región particularmente hostil al ser humano, pero no está dispuesto a abandonar a un amigo que lo necesita. Sin llegar a formular teorías, Hergé sugiere que los sueños y las visiones no son cabriolas del inconsciente, sino signos de algo más profundo. No nos engañan. Sólo nos piden que transitemos por un camino diferente, olvidándonos de las objeciones de la razón.

Tintín y Haddock no son alpinistas. De hecho, el capitán detesta la montaña y el esfuerzo físico. Al comienzo de la aventura, Haddock declina acompañar a su amigo en sus excursiones por los Alpes. Alojados en un hotel, prefiere contemplar el paisaje desde la terraza. La montaña no le molesta como espectáculo, pero no entiende la afición de subir y bajar por pendientes inclinadas, jugándose la vida. Georges Remi expresaba su punto de vista, muy burgués. El dibujante no era un hombre de acción, sino un amante de la vida tranquila que intentaba eludir los conflictos. No obstante, el mundo, siempre en movimiento, se empeñaba en malograr su anhelo de paz y rutina. Durante la ocupación nazi de Bélgica, continuó publicando en la prensa, presumiendo que su actividad de historietista no sería nunca interpretada como una forma de colaboracionismo. No fue así. Después de la guerra, se le acusó de traidor y, aunque no llegó a ser juzgado, pasó una noche en un calabozo, sufriendo un intento de linchamiento. Para volver a trabajar, necesitó que las autoridades le expidieran un certificado de civismo. Estas penalidades dejaron en su ánimo una huella indeleble, sumiéndolo en una depresión que jamás llegaría a desaparecer por completo. Su relación con Fanny reavivó sus conflictos psíquicos, haciéndole sentir que se hallaba en un callejón sin salida. Quizá por eso decidió enviar a Tintín al Tíbet, pues hay pocos lugares que someten al ser humano a pruebas tan colosales, exigiéndole concertar cuerpo y mente para salir adelante.  

La montaña es un formidable adversario. Escalar no es un simple deporte, sino un desafío que explora nuestros límites físicos y psíquicos. Reinhold Messner, el primer alpinista que coronó los catorce ocho miles sin oxígeno, ha afirmado en varias ocasiones que «sin riesgo de morir, no hay aventura». Hergé no se jugaba la vida, pero sí su equilibrio mental y su autoestima. Aparentemente, un divorcio podría resolverlo todo de una manera relativamente sencilla. Sin embargo, esa alternativa implicaba cuestionar sus convicciones más profundas. Abandonar a su esposa y compañera equivalía a traicionar los valores a que había sido fiel hasta entonces. Al situar a Tintín en el Himalaya, asumió el reto de luchar contra gigantes a los que tal vez no podría derrotar. No tardó en descubrir que el ser humano no puede deambular eternamente por la incertidumbre. Antes o después, tiene que elegir y aceptar las consecuencias. Puede ganar el mundo y perder su alma. La felicidad no siempre acompaña a la virtud. Hergé se sentía perdido e impotente, como un escalador que ha superado los siete mil quinientos metros, internándose en la «zona de la muerte», donde la falta de oxígeno provoca mareos, dolor de cabeza, agotamiento y elevación del ritmo cardíaco. De hecho, los médicos le diagnosticaron una crisis nerviosa que acabó provocando un colapso en todas las facetas de su vida. Su dolor psíquico, agravado por pesadillas recurrentes, le impedía dormir, trabajar, disfrutar de las pequeñas cosas.

Tal vez por ese motivo, Hergé no escatimó penalidades a sus personajes en su aventura en el Tíbet: caídas, golpes, avalanchas, ventiscas, heladas, explosiones. El espíritu scout de Tintín se mantiene firme, especialmente en los momentos de máximo peligro. Cuando Haddock se queda colgado en el vacío por culpa de un desprendimiento, se niega a cortar la cuerda que los mantiene unidos, sin ignorar que el capitán lo arrastrará en su caída. Con su nobleza habitual, Haddock le pide que corte la cuerda y salve su vida, pero Tintín, horrorizado, rechaza la idea: «Jamás. Nos salvaremos los dos o ninguno». El sherpa nepalí que los había abandonado momentos antes, regresará, espoleado por la mala conciencia. Dos extranjeros están arriesgando su vida por un niño chino y él ha huido cobardemente. Incapaz de quitarse el reproche de la cabeza, ha vuelto sobre sus pasos. El heroísmo es contagioso. Saca lo mejor del ser humano.

En esta ocasión, Tintín no contará tan solo con su coraje y heroísmo. Las visiones acudirán en su auxilio, indicándole qué hacer o avisando a otros para que lo salven del peligro. Primero, la visión premonitoria de Tchang, herido y desconsolado. Más adelante, la visión del monje budista Rayo Bendito, que alerta a sus compañeros sobre tres hombres y un perrito blanco a punto de morir por culpa de la rotura de un serac. Por último, una nueva visión de Rayo Bendito, revelando el paradero de Tchang y la perturbadora presencia del «Migou». El «Migou» es el Yeti, el «Abominable Hombre de las Nieves». Hergé se documentó sobre este ser legendario, llegando a la conclusión de que los avistamientos de alpinistas como Maurice Herzog demostraban que realmente existía. Eso sí, dignificó a la extraña criatura, retratándolo como un individuo benevolente que sobrellevaba a duras penas su soledad. De hecho, no tenía nada de abominable. Más bien era humano, muy humano.

En Tintín en el Tíbet, Hergé descubre el budismo. Al igual que el cristianismo, condena la violencia, la mentira y el robo, pero considera que la virtud no se alcanza por medio del ascetismo, sino con meditación. El individuo debe purificarse, pero sin mortificarse, ni vivir aplastado por la culpabilidad. El fin último es el despertar, la liberación, el nirvana, la paz absoluta y definitiva. El Gran Lama, al que Haddock llama sucesivamente «Gran Fakir», «Gran Visir», «Gran Mufti», «Gran Bazar» y «Gran Tesoro», transmite esa calma y serenidad. Además es compasivo, como sus monjes. Imbuido de ese espíritu, Hergé se acerca a sus personajes con enorme ternura. Tintín llora al leer en los periódicos que Tchang ha muerto; Haddock refunfuña constantemente, pero nunca deja solo a su amigo y se muestra dispuesto a sacrificar su vida, plantándole cara al Yeti; Milú sucumbe a las tentaciones de su ángel malo, pero se arrepiente y rectifica, buscando ayuda cuando es necesario. Hergé prescinde de villanos y personajes secundarios para profundizar en la psicología de sus héroes principales. Hernández y Fernández no aparecen, y Tornasol desempeña un papel secundario, casi anecdótico. En una crisis interior, se impone la introspección, bajar hasta el fondo y bucear entre las emociones, con la esperanza de hallar un poco de claridad y convicción.

El aspecto visual está cuidadosamente depurado. Hay viñetas espléndidas, llenas de vida y movimiento, como el sonoro despertar de Tintín en mitad de una partida de ajedrez disputada en el hotel contra un Haddock profundamente concentrado. Todos los huéspedes saltan, chillan o se encogen, salvo Tornasol, cuya sordera le impide escuchar el grito. La viñeta del D.C. 3 accidentado, con el fuselaje partido por la mitad y las hélices cubiertas de nieve, reproduce la quietud de la muerte. El manto blanco de las montañas adquiere la connotación de duelo que le reserva la cultura japonesa. Hergé utiliza formatos poco usuales, como estrechas viñetas rectangulares que ocupan toda la página, logrando crear la ilusión de una extenuante caminata. Cuando la expedición llega a la montaña, las viñetas verticales reemplazan a las horizontales para simular el vértigo que producen las alturas. Las siluetas de Tintín, Haddock y Tharkey, el sherpa nepalí, se recortan contra la nieve en estampas inolvidables, que revelan la tenacidad del espíritu humano en un escenario sumamente desfavorable. El blanco, que podría resultar monótono, destaca por su fuerza simbólica, expresando sentimientos de desamparo, vulnerabilidad, pureza, sacrificio, abnegación o éxtasis. Hergé se documentó cuidadosamente para recrear Nueva Delhi, Katmandú, el Himalaya y el monasterio budista, consiguiendo ese nivel de precisión que incrementa la densidad narrativa. Para dibujar al Yeti, se basó en los testimonios de alpinistas, monjes, pastores y sherpas que aseguraban haberlo visto. Con aspecto de simio gigantesco, el Yeti de Hergé no inspira miedo. Es un ser tímido y dulce. De hecho, cuida a Tchang con ternura maternal, alimentándolo y protegiéndolo del frío. No es una criatura salvaje, ni un monstruo, sino el otro, la alteridad radical que nos desconcierta e intimida, a veces despertando nuestro rechazo.

Hasta 1977 Hergé no se divorció de Germaine para casarse con Fanny. En 1976 apareció Tintín y los pícaros, el último álbum de la serie. El 3 de marzo de 1983 falleció Hergé, no sin haber dejado dispuesto que no se dibujaran nuevas aventuras de sus personajes. Con independencia de su mérito artístico, sus últimos álbumes expresan una perspectiva más escéptica y desencantada. Tintín en el Tíbet es uno de los mejores álbumes de Hergé. Por muchas razones: por su trama, coherente y precisa; por sus dibujos, altamente elaborados; por su mensaje, que exalta la amistad y la empatía hacia el otro; por el reencuentro entre Oriente y Occidente, que ya habían coexistido en El Loto Azul (1934); por su capacidad de combinar drama y comedia; por la exquisita humanidad de sus personajes, que a veces naufragan en el egoísmo, pero siempre salen a flote, dispuestos a buscar la virtud. La última viñeta, que muestra al Yeti de espaldas observando la caravana en que viajan Tintín, Haddock y Tchang, transmite una melancolía otoñal. Algo ha cambiado. Hergé nunca había escogido como final una imagen que refleja la irremediable soledad de algunas vidas. Quizá se sentía así. Es imposible saberlo.

15/03/2019

 

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