Tim Robbins: Dead Man Walking

por Rafael Narbona

Cuando veo una película, intento prestar atención a los aspectos formales, como la dirección, la fotografía, el formato, la iluminación, los tipos de plano, los encuadres, el montaje, pero con Dead Man Walking (Tim Robbins, 1995) el relato me atrapa de tal manera que olvido la perspectiva crítica. Profundamente conmovido por la historia, sólo me quedo con en el dolor de las víctimas y sus familias, el coraje y la clarividencia de la monja católica Helen Prejean, la ofuscación moral del asesino y la cruel inutilidad de la pena de muerte. La hermana Prejean entiende que la mirada genuinamente cristiana no se fija tanto en el pecado como en el sufrimiento. El dolor es una experiencia individual, pero el grito de las víctimas nos incumbe a todos. En muchas ocasiones, la hermana Prejean ha aclarado que asiste a los reos condenados a la pena capital para ofrecerles compañía, consuelo, alivio, y no para aleccionarles o instigarles sentimientos de culpa: «Mi trabajo con los presos que están en el corredor de la muerte es acompañarles; no aconsejarles ni convencerles de que preparen su alma… No, es sólo acompañarles; como una hermana, como una amiga».

Susan Sarandon, que obtuvo un merecidísimo Oscar por su interpretación, encarna a la hermana Prejean, reflejando con acierto sus miedos, sus inseguridades y sus dudas. Sarandon nunca sobreactúa. Sin maquillaje, con una discreta cruz colgada del cuello y unas ropas sencillas, su propósito no es parecer una heroína. Su motivación esencial es la compasión, no el proselitismo. Cuando le preguntan cómo ha llegado a convertirse en la confesora espiritual de un condenado a pena de muerte, reconoce que se ha sentido «más atrapada que atraída». Poco antes de la ejecución, se refugia en un baño, invocando la ayuda de Dios, pues le sobrecoge la idea de presenciar una ejecución. La frialdad del procedimiento sólo incrementa su espanto. En sus encuentros con los medios de comunicación o con el público que acude a sus conferencias, la hermana Helen ha repetido que el reo muere mil veces antes de enfrentarse a la inyección letal o la silla eléctrica. Cuando se espera la ejecución, cada día es una tortura. Prejean sostiene que la pena capital no es un acto de justicia, sino de venganza, que produce en la sociedad un efecto pernicioso y desmoralizador.

Sean Penn realiza un trabajo extraordinario como Matthew Poncelet, condenado por el asesinato de una pareja de adolescentes. Penn logra transmitir la rabia, el odio y el rencor de un joven blanco que ha crecido en un hogar roto por la muerte prematura del padre, pero también sabe mostrar la vulnerabilidad de un ser que ha carecido de un entorno estable, donde aprender a respetarse a sí mismo y a los demás. Sin oficio ni apenas estudios, Poncelet desahoga su ira hostigando y maltratando a quienes considera más afortunados. Bajo el efecto del alcohol y las drogas, sus escasas inhibiciones morales se difuminan, liberando sus impulsos más destructivos y dañinos. Penn no pretende que simpaticemos con su personaje, sino que lo comprendamos. Sus crímenes son abominables, pero gracias al amor de la hermana Helen recobrará su humanidad, asumiendo que ha causado un dolor injustificable e irreparable. Poco antes de su ejecución, se arrodillará en la celda para rezar por sus víctimas y reconocerá su responsabilidad, desmontando las mentiras que había mantenido hasta entonces. Sus últimas palabras no serán de odio, sino de auténtico pesar, suplicando el perdón de las familias. El personaje de Matthew Poncelet está inspirado en Elmo Patrick Sonnier, electrocutado en la Penitenciaria del Estado de Luisiana el 5 de abril de 1984. Junto a su hermano menor Eddie, secuestró a Loretta Ann Bourque, de dieciocho años, y a su novio David LeBlanc, de diecisiete. Después de violar a la chica, los hermanos dispararon a sangre fría contra la pareja y abandonaron sus cuerpos en una zanja. Eddie, con problemas de salud mental, obedeció su hermano mayor, que planificó todo y le persuadió de matar a la pareja para eludir la prisión. Eddie fue condenado a cadena perpetua sin derecho a libertad condicional, y Elmo a muerte.

Tim Robbins explota el primer plano y el contracampo para adentrarse en el mundo interior de la hermana Prejean y de Matthew Poncelet, recurriendo a menudo a la imagen duplicada por el cristal que separa a los reclusos de sus visitantes. En su libro autobiográfico Dead Man Walking, la hermana Helen nos cuenta que creció en un hogar privilegiado de Baton Rouge (Luisiana), disfrutando de toda clase de comodidades. En su casa trabajaba un matrimonio afroamericano. La mujer limpiaba y su marido se ocupaba del jardín. Comían en la cocina y no podían utilizar el baño. La segregación racial se percibía como algo natural. En las escuelas, los hospitales y las iglesias, blancos y negros vivían separados. Los negros habitaban barrios miserables e insalubres, sin otro horizonte que la pobreza o la cárcel. Monja desde los dieciocho años, la fe de Helen no incluía ninguna clase de inquietud social. En el Evangelio de San Mateo había leído que Jesús dijo: «A los pobres siempre los tendréis con vosotros» (26,11). Aparentemente, el Hijo de Dios había aprobado las desigualdades como algo natural y tal vez necesario. En cualquier caso, una monja no debía inmiscuirse en cuestiones políticas y sociales. Su misión consistía en rezar y acatar la voluntad divina, esperando la gracia de la salvación. Después del Concilio Vaticano II, la congregación de Helen comenzó a reflexionar sobre su papel en el mundo. Las Hermanas de San José consideraron que debían acercarse a los pobres para ayudarles a mejorar sus condiciones de vida. Dios no aprueba la pobreza. En la Primera Epístola de San Juan leemos: «Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él?» (3:17). Inicialmente, la hermana Helen no se sintió atraída por ese planteamiento, pero después de escuchar en un retiro a la hermana Neal, socióloga y principal relatora de la orden, cambió de opinión. Neal sostenía que Jesús se había encarnado para traer la buena nueva a los pobres de la tierra y aliviar su miseria moral y material. La hermana Helen leyó los Evangelios desde otra óptica y le conmovió especialmente un fragmento del Evangelio de San Mateo: «Estuve en la cárcel y acudisteis a visitarme» (25:36). Poco después, se instaló en St. Thomas, un barrio popular de Nueva Orleans, y conoció de cerca las penurias de los más pobres. Descubrió que el Estado de Luisiana no cesaba de construir nuevas cárceles al tiempo que recortaba las ayudas sociales. Entre 1975 y 1991, la población penitenciaria se había incrementado en un 250%. En St. Thomas todas las familias tenían algún ser querido en la cárcel, casi siempre menores de veintinueve años. Los más ancianos comentaban: «De aquí los jóvenes sólo salen en coche patrulla o en coche fúnebre».

La hermana Prejean advirtió enseguida que no había ricos en el corredor de la muerte. Todos los que podían pagar una buena defensa se libraban de la pena capital. En Luisiana, el 90% de las personas asesinadas son de color, pero el 75% de los condenados a pena de muerte son negros acusados de matar a blancos. No parece fruto del azar que tres de cada cuatro ejecuciones en Estados Unidos se lleven a cabo en Luisiana, Georgia, Texas y Florida, los Estados que se habían resistido con más tenacidad al fin de la esclavitud y la discriminación racial. Elmo Patrick Sonnier se encontraba a la espera de su ejecución cuando recibió una carta de la hermana Helen Prejean, que había aceptado la propuesta de cartearse con un reo condenado a la pena capital. Un amigo que trabajaba como voluntario en las cárceles le había animado a dar ese paso y ella lo interpretó como una señal de Dios. Sonnier no era negro, sino blanco, pero era un blanco pobre. Cuando la hermana Helen le envió la primera carta, reaccionó con estupor. Tardó un tiempo en contestar, pero lo hizo con amabilidad y agradecimiento. «Yo aborrecía su crimen –reconoce Prejean‒, pero había en él una humanidad pura y esencial que me atraía». A pesar de lo que había hecho, era un ser humano y merecía respeto, afecto y apoyo, algo que apenas había conocido en su desgraciada vida y que en el corredor de la muerte se le negaba por completo: «Un condenado a muerte recibe mil señales, todas en el mismo sentido: es tan solo un desecho. Ya no tiene dignidad, no vale nada. Ahora recibía una señal diferente».

La relación con Sonnier reveló a Helen que somos algo más que nuestros peores actos. Si Jesús pidió clemencia para sus verdugos, el ser humano no puede invocar la venganza. La cadena perpetua tampoco es una buena alternativa, pues implica privar de toda esperanza al condenado. Sin la perspectiva de la rehabilitación y la redención, el ser humano pierde la posibilidad de afrontar el futuro con un mínimo de ilusión y dignidad. Las cárceles que sólo se preocupan de la seguridad deshumanizan al reo y al sistema. Aunque muchos no lo adviertan, constituyen un fracaso de todos. En la película de Tim Robbins, Helen Prejean exhibe desde su niñez una acusada sensibilidad para el sufrimiento ajeno. Las primeras imágenes muestran su ordenación. Es una joven de dieciocho años, casi una niña, que sonríe ante la expectativa de una nueva vida, consagrada a la oración y la meditación. Sin embargo, su espiritualidad no es meramente contemplativa. En su infancia participó con otros niños en el apaleamiento de un topo hasta la muerte. Quizá se dejó llevar o se asustó ante un animal salvaje. O tal vez cedió ante la tentación de la crueldad, que nos acecha a todos. Su acto le provocó amargas lágrimas de arrepentimiento. Si hubiera crecido en un hogar como el de Poncelet, ¿cómo habría sido su vida? ¿Sería la misma persona o se habría precipitado por los mismos abismos? La película da un salto en el tiempo para mostrar su compromiso con las familias de St. Thomas, un gueto de familias afroamericanas. Es un personaje popular en el barrio. Trabaja con niños y adultos, estimulando su autoestima y su creatividad. Vive en un modesto apartamento con la hermana Colleen (Margo Martindale) y, de vez en cuando, visita a su familia, que reside en una lujosa casa de un barrio adinerado. Su existencia cambiará al recibir una carta de Poncelet, pidiéndole ayuda para presentar una moción y solicitar el indulto.

Todos los encuentros entre Matthew y la hermana Helen se producen en locutorios o en pasillos. Siempre están separados por un cristal blindado o una reja. Sólo se producirá un contacto físico cuando el alcaide de la prisión permite que Prejean apoye la mano en el hombro de Poncelet para confortarlo mientras camina hacia la muerte. Tim Robbins concede al rostro un protagonismo casi absoluto. El rostro de la hermana Helen es compasivo y desprende convicción, pero se estremece cuando se interna en el mundo interior de Matthew, dominado por la cólera, la frustración y el resentimiento. Poncelet puede ser realmente escalofriante. De hecho, intenta flirtear con ella, sin importarle su condición de monja. Sus ojos están llenos de odio y victimismo. Su mirada sólo cambiará cuando quedan pocas horas para la ejecución y entiende el dolor que acarrea una muerte prematura y violenta. La banda sonora con canciones de Bruce Springsteen, Tom Waits, Steve Earle, Eddie Vedder, Patti Smith, Nusrat Fateh Ali Khan y otros músicos, acompaña con acierto a las interpretaciones, subrayando los momentos más dramáticos, como la primera visita a la prisión o la aparición de su cementerio, con sus pequeñas cruces blancas como último vestigio de unas vidas fallidas. La cámara adopta un estilo documental, sin abusar de los planos efectistas. Tim Robbins a veces recurre a la cámara lenta, el flashback y los planos cenitales, incurriendo puntualmente en un manierismo innecesario, pero la voluntad de estilo o autoría ocupa un lugar secundario en una película concebida como un testimonio. Hay muchos momentos memorables en la trama, pero yo destacaría el intercambio de miradas entre la hermana Helen y Matthew en la cámara de ejecución. De nuevo les separa un cristal, pero hay una cercanía muy real, una especie de comunión en el sufrimiento. La hermana Helen introduce en la escena la presencia de Cristo, evidenciando que el sentido de la cruz es solidarizarse con la aflicción del ser humano, estar cerca de quien se siente abandonado por todos e indigno de ser amado, participar –en definitiva‒ en los padecimientos de este mundo.

En su autobiografía, la hermana Helen Prejean lamenta no haber prestado la atención debida a las familias de las víctimas de Elmo Patrick Sonnier: «Temiendo que me echasen de su casa, me mantuve alejada de ellos. Probablemente ha sido el peor error de mi existencia». La película muestra un ficticio encuentro que acaba de mala manera entre la hermana Helen y los padres de la joven asesinada. En cambio, el padre del chico, hostil al principio, cambiará de actitud, llegando a rezar con ella en una iglesia para calmar su dolor y aplacar su odio. Esta evolución refleja la realidad con bastante exactitud. Lloyd LeBlanc, católico y padre de David, buscó a la hermana Helen para que conociera el punto de vista de las familias: «Me cogió de la mano y me presentó a los padres de Lorena. Empecé así a hacer experiencia del otro lado de la cruz». Rezar con Lloyd le confirmó que «el corazón de Jesús es suficientemente grande para sostener a todos».

Dead Man Walking carece de la perfección formal de los grandes clásicos, pero posee una enorme fuerza dramática. Prejean, que alabó la película, continúa luchando contra la pena de muerte: «Al final, lo mejor para un ser humano es servir de ayuda. Ser parte de algo superior a ti, no quedar atrapado en esa pequeña cosa del ego, la competición, la envidia, el siempre tener que superar a otros». La historia de la hermana Helen Prejean, que ha acompañado a siete reos de muerte hasta el final, siempre me recuerda unas palabras de San Juan que revelan la trascendencia y el poder transformador del amor: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte» (1 Juan 3:14).
 

27/07/2018

 
COMENTARIOS

Henny 25/08/18 12:20
«Me cogió de la mano y me presentó a los padres de Lorena. Empecé así a hacer experiencia del otro lado de la cruz» << geometry dash 2.0>>

Rafael Narbona Monteagudo 31/08/18 18:37
Hola Javier:

No había leído el comentario hasta ahora. Sean Penn no es nada simpático, pero eso beneficia a la película. En cuanto a su romance con Charlize Theron, ya sabes que acabó como el rosario de la aurora. Y prefiero no recordar su historia con Madonna, donde actuó como un auténtico macarra.

A sangre fría de Richard Brooks es una película fabulosa y sumamente inquietante. Cuando daba clases, mandaba a mis alumnos todos los años leer la novela de Truman Capote, uno de mis autores favoritos.

Empieza septiembre y el blog vuelve a ponerse en marcha. Espero que seguir disfrutando de tus magníficos comentarios.

Un fuerte abrazo

JAVIER A 13/08/18 20:26
Hola:

"Dead man walking" la he visto una sola vez. No es una película que me llegara a conmover. Quizás encontrara excesiva comprensión en la manera de desarrollar el papel del protagonista o quizás influyera el que Sean Penn es un actor que me provoca rechazo. Es un tipo que no me cae bien y no es por envidiar su romance con Charlize Theron … En fin, la irracionalidad.


Sobre el sinsentido de la pena de muerte, tengo un recuerdo imborrable de "A sangre fría" ("In cold blood" - 1967), dirigida por Richard Brooks (también es suyo el guión), basada en la novela de Truman Capote y con música de Quincey Jones. La impecable narración de los hechos me afianzó en un convencimiento ético: el Estado, no debe arrogarse en nombre de la Ley la potestad de acabar con la vida de un ser humano.

Un activo descanso Rafael.

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