Tequila, el rock de la Transición

por Rafael Narbona

No tengo nada contra el Dúo Dinámico, pero a los catorce años yo me enamoré de Tequila con un fervor adolescente que me hizo detestar la música española anterior. Ahora sé que había otros grupos, otros pioneros del pop-rock, pero en esa época yo asociaba el castellano a la canción melódica, donde prevalecía lo cursi y bobalicón. Conocía a Miguel Ríos, pero no me decía gran cosa. Su Himno a la alegría no estaba mal, pero no me parecía rock de verdad. No conocí a Burning hasta que la película de Fernando Colomo popularizó ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? Me gustó la poderosa voz del solista Toño Martín y la guitarra de Pepe Risi, pero Matrícula de Honor (1978) me hizo pensar que perdía el tiempo con Emerson, Lake & Palmer, Yes y Genesis.

El rock sinfónico era mucho más aburrido que una banda llena de descaro, humor y desparpajo. Tequila no pretendía emular las obras sinfónicos de Béla Bártok ni demostrar que el rock era una música seria. Amaban el rock ’n’ roll en estado puro y lo proclamaban a los cuatro vientos. Escuché el elepé con la boca abierta. El vinilo suena mejor que el cedé. Se parece más a la música en directo, pese a los inevitables chasquidos. Por lo menos yo lo recuerdo así. Me encantaron todos los temas, pero recuerdo unos pocos con especial aprecio. Necesito un trago hablaba del aburrimiento adolescente. Madrid servía de telón de fondo, con sus calles convertidas en un escenario de rutina y tedio. El alcohol parecía la única solución para no morir de hastío.

El resto de las canciones no eran menos estimulantes. Las vías del ferrocarril derrochaba humor, mostrando que un minuto es suficiente para hacer un buen tema de resonancia country. Desabrochando empezaba con una declaración apabullante en la España posfranquista: «Esto es puro rock». Buscando problemas arrancaba con idéntica fuerza: «Un, dos, tres, caña». El ahorcado, un tema más pop, explotaba el humor negro, con un ingenio que evocaba la atmósfera de las películas de Roger Corman, donde se acoplan con asombrosa precisión la carcajada y el escalofrío.

La portada de Matrícula de Honor reflejaba el cambio de época. Los cinco integrantes del grupo bromeaban en un aula que recordaba a las escuelas franquistas, pero sin crucifijo ni retrato del Caudillo. Sus melenas convivían aún con las corbatas y las americanas, pero el gesto de cachondeo dejaba muy claro que la dictadura había quedado atrás. Ariel Rot aparecía con una camisa de un amarillo chillón y su rostro aún delataba la proximidad de la niñez. En realidad, se trataba de unos críos, pero de unos críos que cambiarían el panorama musical.

En el segundo álbum, Rock and Roll (1979), el grupo ha modificado de imagen. Son los años de la movida y el rock se hace menos agresivo. Ser superficial se ha puesto de moda. Nada de letras desgarradas o reivindicaciones políticas. En El rock del ascensor», Alejo Stivel canta como Mike Jagger y el resto le acompaña con un coro que rebosa espíritu burlón y festivo. La canción se convierte en una divertida mascarada, con una cadencia irresistible. Quiero besarte es el tema estrella. Expresa la mentalidad de una época donde la pasión por lo banal no evitó la tragedia. La heroína no cesaba de enganchar nuevas víctimas, pero las letras seguían hablando de flirteos y amores frustrados. Matrícula de Honor recupera el título del primer álbum y su espíritu irreverente: «Un día en el colegio es un muermo total. A mí esto no me va. Las horas no terminan. Me aburro cantidad. Ya no aguanto más». Sin pretenderlo, Tequila había compuesto un manifiesto pedagógico que no ha perdido actualidad. La escuela no ha dejado de ser un lugar tedioso y apolillado. Es uno de los temas con más fuerza del elepé. La banda echa fuego, pero enseguida se calma y reaparece el humor. Mister Jones repite la fórmula de El ahorcado»: humor negro con una letra ingeniosa, un disparate digno de Jardiel Poncela. Me vuelvo loco continúa el tono bromista, pero con un ritmo más enloquecido y un estribillo hipnotizador.

Viva! Tequila! (1980) es un álbum donde el rock cede su protagonismo al pop. El grupo se ha convertido en un fenómeno de masas. Las fans se vuelven locas y Tequila se deja querer. Temas nostálgicos, sentimentales, para escuchar una tarde de domingo o bailar la noche del sábado. En la portada, se ha roto la imagen roquera. La combinación del amarillo y el negro recuerda al polichinela de la commedia dell’arte, pero sin su garrote y su predilección por el blanco. En una foto promocional completan la filigrana endosándose unos trajes donde el negro juega con el blanco. El humor se mantiene (Despistado), pero Tequila se ha escorado hacia lo sentimental. Se echa de menos la intensidad de sus inicios. Al margen de eso, sigue actuando como una fuente de inspiración para las nuevas bandas. Los Secretos o Los Elegantes se descuelgan de las ramas que los chicos de Tequila injertaron en una sociedad anestesiada por cuatro décadas de franquismo.

Confidencial (1981) adopta una línea intimista, con momentos explosivos. Es su último álbum. La foto en blanco y negro insinúa los aspectos más sombríos de la movida, las vidas rotas por los excesos, el deseo de probarlo todo y arder como un fósforo. El primer álbum de Los Secretos escoge una estética semejante y el tema Niño mimado anuncia la catástrofe vital que se avecina: «Tus vicios en el ochenta se han sofisticado, / sosteniendo entre tus dedos flashes apagados. / Hoy te he visto más delgado / con temblores en las manos. / Tu cara no muestra ningún resplandor / de un mundo ficticio lleno de color. Oh, oh. Oh».
Tequila ha llegado a su final, pero aún nos regala algunas canciones notables. Nena es un tema incendiario, que deja un rastro de chispas; Salta es pegadiza, divertida, vital, y se incorporará al inconsciente colectivo de un país acechado por espadones golpistas, los atentados terroristas y el miedo a una libertad recién estrenada. Ahora sabemos que seis años de democracia no son nada, pues en una sociedad sin censura todo es posible. Lo mejor siempre está en el último recodo: Ya soy mayor es una pequeña maravilla con una letra de incontenible lirismo: «Pero los días del escondite inglés / quedan en mi memoria y no vuelven ya lo sé. [...] Algo he perdido, y algo gané / algo que yo no sé explicar muy bien qué es. / Quizás un sueño, que por otro cambié / y alguna foto que quité de la pared. [...] Cuando me pongo a pensar lo que ya pasó / todo parece estar tan lejano de hoy. / Y aunque un niño yo siempre quiero ser / tengo que pensar que ahora soy mayor».

Ariel Rot ha contado que, al disolver Tequila, no les quedaba ni un duro. Vendieron hasta los altavoces y la furgoneta, y se dispersaron. Alejo Stivel se dedicó a los jingles y a la producción musical, con un éxito creciente. Su mutismo inicial se rompió y poco a poco volvió a los medios. Manolo Iglesias murió de SIDA, pero siguió enamorado de la música hasta el final. Felipe Lipe superó la adicción a la heroína y se convirtió en terapeuta en el Proyecto Hombre. Ha seguido tocando, pero no ha conseguido la atención del público ni de la crítica. Julián Infante se incorporó a Los Pistones (grupo efímero, pero inspirado y potente) y, más tarde, a Los Rodríguez, donde se reencontró con Ariel Rot y el fervor del público. Después de la despedida de Los Rodríguez en 1996, intentó lanzar un disco, pero el SIDA acabó con su vida en 2000.

Ariel Rot sobrevivió a Los Rodríguez, empezando una carrera en solitario que lo ha convertido en una de las figuras más creativas y queribles del pop-rock actual. Julián se quejaba del olvido en que había caído Tequila: «Se dijo que la fama nos convirtió en un grupo para niñas. Y no es verdad». Felipe recuerda que se abrieron paso entre Pablo Abraira y Ángela Carrasco, introduciendo en España algo nuevo, original y divertido. Mejor dicho: algo necesario para sacudirnos la inmundicia de una inacabable dictadura. «Nos decían que éramos como los Rolling, pero en malo. Bueno, ni lo uno ni lo otro». No está de más recordar que la carrera de los Rolling está salpicada de fiascos. No tiene sentido negarlo. En El rock y yo (2006), Joe Sacco ha evocado con humor el sufrimiento de los fans de los Rolling al escuchar determinados discos, que exigían unas increíbles dosis de fe para soportar cómo avanzaba la aguja surco tras surco.

Tequila rozó la gloria y la dolorosa caída reservada a quienes tocan el cielo. Ahora les corresponde ocupar el lugar que les pertenece por derecho propio. Trajeron el rock a una España que acaba de salir del franquismo y nos ayudaron a desempolvar nuestras mentes con un soplo de aire fresco. Creo que se merecen la gratitud de todos y, en lo que respecta a mi generación, un suspiro nostálgico.

01/06/2018

 
COMENTARIOS

Borja Loma Barrie 07/06/18 15:27
El rock ya estaba en España mucho antes de que viniera este grupete rioplantense a hacer música de verbena pop a Madrid. Pero sus integrantes siempre han dicho en Argentina que ellos lograron "sacar a España del feudalismo, del atraso y de la sacristía" con su estilo, como dijo más o menos textualmente ese A. Rot en una delirante, chulesca y ofensiva entrevista que concedió al diario "Clarín" de Buenos Aires. Una afirmación orate que coindice con la creencia generalizada en la Patagonia de que Argentina es "superior" a España en todos los órdenes y de que los "gallegos" (término despreciativo argentino para referirse a todos los españoles) somos "brutos" y "estúpidos", indignos de ser considerados europeos. Afirmar que estos tíos de la Boca que se creían los Stones entre trago y trago de mate "trajeron el rock a una España que acababa de salir del franquismo y nos ayudaron a desempolvar nuestras mentes" es un despropósito coincidente con el infumable prejuicio antiespañol predominante en Argentina. Yo mismo entonces (años 70-80) estaba interesado en el rock nacional e internacional como forma de resistencia y estilo de vida y jamás presté atención a este grupete adolescente de ultramar que señala el articulista, por otra parte casi siempre interesante en sus análisis. El rock argentino es vulgar imitación. Y Tequila, además de ser un grupo patéticamente impostado, hacía una música insignificante. Y hortera. Digna de un guateque. Por tanto, no merece ser celebrado el éxito que tuvo entre algunos sectores del público en España. Lo que merece es lamentarlo.

Rafael Narbona Monteagudo 08/06/18 12:38
Celebro que discrepe. Yo no soy un experto en rock, ni en pop. Quizás mis argumentos son más emocionales que racionales. Defiendo mi derecho a ser subjetivo y nostálgico.

Un saludo

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