Siete días de enero: la semana trágica de la Transición

por Rafael Narbona

No existen procesos políticos ejemplares, pues el ser humano es imperfecto y el azar siempre interfiere en los planes de la razón, produciendo turbulencias, malentendidos y errores. Sin embargo, hay cambios históricos que merecen ser elogiados por su contribución al bienestar general. Podemos citar como ejemplos el fin del apartheid en Sudáfrica, la caída del Muro de Berlín, la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial o la Transición española. Desde la crisis de 2008, la Transición ha sufrido un descrédito inmerecido. El populismo de izquierda elaboró un nuevo relato que explicaba el paso de la dictadura al actual Estado de Derecho como una operación de maquillaje del franquismo. Ese planteamiento apareció acompañado por la recuperación de las viejas ideologías que –presuntamente‒ podrían ofrecer una alternativa al sistema capitalista, demonizado hasta lo grotesco. Se rehabilitó el marxismo-leninismo, el anarquismo y, en algunos casos, el estalinismo. Afortunadamente, nadie –al menos que yo sepa‒ agitó la bandera del maoísmo, si bien se alzaron algunas voces en defensa de Corea del Norte, celebrando las excelencias del «socialismo autosuficiente y creativo» de Kim Jong-un. Parece que ese discurso disparatado se ha desinflado notablemente, pero el separatismo regionalista ha aprovechado su fuerza para movilizar a las víctimas de la crisis económica, prometiéndoles el paraíso en el marco de pequeños Estados independientes. De momento, ha copiado las técnicas del populismo izquierdista, promoviendo la insurgencia callejera. Al mismo tiempo, ha surgido un populismo de derechas que habla de Reconquista con una retórica de cartón piedra. En este escenario, el centro político, liberal y reformista, se revela más necesario que nunca, pero en un tiempo de estériles radicalismos casi nadie se atreve a invocar la moderación, la prudencia y el diálogo, las grandes virtudes de la Transición. Un espíritu conciliador, hoy inexistente, podría atemperar el debate político, ahorrándonos los malos modos de algunos parlamentarios, sin otra fuente de inspiración que el lodo, el ruido y la furia de las redes sociales.

De las películas que intentaron reflejar los acontecimientos políticos de la Transición, recuerdo dos con especial aprecio: ¡Arriba Hazaña! (José María Gutiérrez Santos, 1978) y Siete días de enero (Juan Antonio Bardem, 1979). ¡Arriba Hazaña! emplea un internado religioso como metáfora de lo que estaba sucediendo en la sociedad española. Los curas más viejos se oponen a cualquier cambio, los jóvenes se muestran partidarios de introducir reformas y los alumnos oscilan entre el pacto y la ruptura revolucionaria. La interpretación de Fernando Fernán Gómez es memorable, encarnando a un sacerdote que ha servido en la Legión durante la Guerra Civil. ¿Quizá se pretendía lanzar un guiño al espectador, aludiendo al papel del actor en Balarrasa, la película de 1951 dirigida por José Antonio Nieves Conde, en la que Fernán Gómez interpretaba al capitán Mendoza, un legionario que ingresaba en un seminario para ordenarse sacerdote? Héctor Alterio también realiza una brillante interpretación como director del internado. Desbordado por los crecientes altercados, Alterio da palos de ciego para mantener el orden. Su impotencia e inseguridad muestra la carga soportada por los políticos que temían pronunciarse en un ambiente de máxima crispación. José Sacristán asume con solvencia el papel de cura reformista con un talante que recuerda a Adolfo Suárez. Los alumnos que rechazan su oferta de diálogo, cabecillas de la oposición surgida contra las rígidas normas del internado, manifiestan su desacuerdo con nuevos actos de sabotaje, pero sus compañeros no les siguen en su deriva hacia ninguna parte. Es evidente que la actitud de esa minoría descontenta se corresponde con el terrorismo de ETA y los GRAPO, dos siglas que han escrito los episodios más negros de nuestra historia reciente, intentando dinamitar la convivencia democrática en nombre la revolución socialista y la independencia de los pueblos. En 2020, HBO estrenará una serie de ocho capítulos basada en Patria, la magistral novela de Fernando Aramburu. Desconozco los planes literarios de Aramburu, pero sería fantástico que se animara a escribir una trilogía, recreando los orígenes de ETA y mostrando las secuelas de la violencia en la memoria colectiva.

Siete días de enero recrea la semana más trágica de la Transición. Con un estilo neorrealista y testimonial, Bardem combina ficción y realidad para reproducir el clima de tensión creado por una cascada de catástrofes: el secuestro de Antonio Oriol y el teniente general Emilio Villaescusa, el asesinato del estudiante Arturo Ruiz, la muerte de la universitaria María Luz Nájera y la matanza de Atocha. Oriol y Villaescusa fueron secuestrados por los GRAPO. Arturo Ruiz cayó bajo las balas de la ultraderecha. María Luz Nájera perdió la vida cuando un bote de humo de la policía impactó en su cara. La matanza de Atocha –cinco muertos y cuatro heridos graves‒ se produjo el 24 de enero de 1977. El 4 de octubre del año anterior, ETA había asesinado Juan María Araluce Villar, presidente de la Diputación de Guipúzcoa, ametrallado por un comando que también acabó con la vida de su chófer y sus tres escoltas. Las fuerzas que luchaban contra la Transición hicieron todo lo posible para propagar el caos y evitar que se celebraran las primeras elecciones democráticas. La película de Bardem emplea imágenes de la época para acentuar la credibilidad, logrando un perfecto encaje entre lo cinematográfico y lo documental. José Manuel Cervino interpreta magistralmente a uno de los pistoleros ultraderechistas que dispararon contra los abogados de Atocha. La película produce desasosiego y malestar. No está de más recordar esos días de sangre, frustración y esperanza en una época de revisionismo histórico que falsea la verdad.

La Transición triunfó sobre sus enemigos. No fue el preámbulo del régimen de 1978, sino una valiente y difícil apertura que hizo posible una sociedad libre, plural y democrática, con elecciones, pluripartidismo, derechos, libertades, separación de poderes y avances sociales. No fue una maniobra perfecta que abrió las puertas a la utopía, sino un ejercicio de precisión que hizo posible un escenario donde las diferencias podrían resolverse al fin pacíficamente. No significó el fin de los problemas económicos y sociales, pero sí el descrédito de la violencia como arma política. Las necesarias críticas al régimen de Franco no deben desfigurar nuestro pasado. El cine político debe aspirar a la objetividad. De momento, no se ha cumplido esta exigencia. Las películas de las últimas décadas no se cansan de exaltar a la izquierda revolucionaria de los años treinta, omitiendo sistemáticamente que la Revolución de Asturias no fue una gesta épica, sino un golpe de Estado organizado por el PSOE con la colaboración de la CNT. Salvador de Madariaga, notable antifranquista, escribió en 1979: «El alzamiento de 1934 es imperdonable. [...] El argumento de que José María Gil-Robles intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era a la vez hipócrita y falso. […] Con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936» (España. Ensayo de historia contemporánea). También se silencia que la represión republicana no fue obra de «incontrolados», sino una estrategia de guerra respaldada por los sucesivos gobiernos, como ha demostrado Julius Ruiz en El terror rojo (2012) y en Paracuellos, una verdad incómoda (2015).

Ruiz sostiene que Santiago Carrillo se limitó a cumplir las órdenes de la Junta de Defensa y el Gobierno, organizando con su íntimo amigo Segundo Serrano Poncela, delegado de Orden Público, la matanza de Paracuellos, perpetrada con el pretexto de aniquilar a una quinta columna inexistente. Los supuestos traslados o evacuaciones que finalizaron con fusilamientos en masa contaron con el apoyo de Manuel Muñoz (director general de Seguridad), Ángel Galarza (ministro de Gobernación), Juan García Oliver (ministro de Justica) e incluso Francisco Largo Caballero (presidente del Gobierno). Dentro de esta estrategia represiva, hay que mencionar los campos de trabajos forzosos. En abril de 1937 se abre el primero en Totana (Murcia). No fue creado por las autoridades franquistas, sino por las republicanas, y no se distinguió por su carácter humanitario. Según Julius Ruiz, se ejecutaba sumariamente a quienes se negaban a trabajar por estar demasiado enfermos o hambrientos. Corrían la misma suerte los compañeros de brigada de los presos fugados para desanimar a posibles fugitivos. A la entrada del campo había un cartel con la siguiente consigna: «Trabaja, y no pierdas la esperanza». Juan Negrín, presidente de Gobierno, aprobaba esta política represiva, pues creía que no había otra forma de ganar la guerra.
La Transición pudo fracasar. En aquellos siete días de enero de 1977 se tambaleó la reforma política que condujo a la democracia, pero, afortunadamente, la crisis se superó, permitiendo que en junio se celebraran las primeras elecciones generales. Después vendrían el 23-F y los años de plomo de ETA y los GRAPO. La democracia volvió a imponerse, no sin grandes dosis de sufrimiento, pero el cine aún no nos ha proporcionado obras a la altura de los acontecimientos. Espero que las películas de las próximas décadas sean justas con la Transición, pues –como señaló Felipe VI ante el Parlamento con motivo del cuadragésimo aniversario de la Constitución de 1978‒ «en el espíritu, en los valores y en los ideales que inspiró este período de nuestra historia se encuentra la mejor España».

21/12/2018

 
COMENTARIOS

Javier Varela 21/12/18 17:08
Un recuerdo solamente. El 25 de enero de 1977, el PCE destacó a grupos de la organización universitaria junto a los féretros de los abogados, en las Salesas. Llegaba gente -profesores, compañeros- a la capilla ardiente y nos abrazaba, dándonos el pésame. Todo fue muy emotivo. A mediodía, comenzamos a formar un incipiente servicio de orden en el perímetro de la plaza. De repente, se nos comunicó un mensaje: el gobernador civil de Madrid -Juan José Rosón, buen tipo- confesaba que no controlaba a todas las unidades de policía bajo su jurisdicción. Casi coincidente con ese anuncio inquietante, entraron en la plaza de las Salesas varias furgonetas de "grises" a sirena desplegada para tomar posiciones. ¿Serían incontrolados o eran obedientes al gobierno? Por fortuna eran lo segundo. Recuerdo esto y me río de los que ahora, a resguardo de cualquier amenaza, presentan a la Transición como una especie claudicación, como una suerte de enjuague o de cobardía manifiesta. Me río pero, no, no me río, me indigno con esos juicios mal informados y me emociono siempre que recuerdo aquella siniestra semana de enero -y estos días más, al saber de la detención de uno de los asesinos en Brasil- y la muerte de aquellos camaradas.La conclusión del artículo es certera, a mi juicio. No se ha hecho una obra cinematográfica o literaria a la altura de aquellos sucesos

Rafael Narbona Monteagudo 21/12/18 20:55
Mi mujer asistió al entierro. Era muy joven. Yo aún más. En esas fechas, sólo tenía trece años. Vivía en el barrio Argüelles y no he olvidado las manifestaciones del 20-N, cuando la extrema derecha invadía el centro de Madrid con sus banderas y sus actitudes desafiantes. Mi mujer perdió a un buen amigo en el Retiro, José Luis Alcazo, asesinado en septiembre de 1979 por un banda de extrema derecha. ¿Su delito? Llevar barba y el pelo largo. Celebraba con sus amigos el fin de la carrera de Geografía e Historia. A estas alturas, nadie ignora que en esa época un sector de la policía trabajaba conjuntamente con los Guerrilleros de Cristo Rey y el Frente de la Juventud, una escisión de Fuerza Nueva.

Gracias a los políticos conservadores moderados, como Suárez, Torcuato Fernández Miranda o Herrero de Miñón y al buen criterio de una izquierda realista y sensata, prosperó la Transición. Cuestionar sus logros me parece injusto e históricamente insostenible.

Lamento mucho que perdiera a sus amigos y compañeros.

Un cordial saludo

Manuel Domínguez Marques 22/12/18 06:05
También había grupos maoístas, en aquella época, se llamaba PTE, partido del trabajo, según su ideología el PCE era un partido revisionista y burgues, después curiosamente todos los escasos militantes, en Alcalá de Henares, que es lo que conozco, acabaron colocados en el ayuntamiento de esta ciudad, pues se integraron dentro del PSOE, partido revolucionario como todo el mundo sabe, en fin historias de aquella epoca en la que hubo sus luces y sus sombras, pero que es evidente que acabo con éxito sus reformas democráticas, de las que todos disfrutamos y unos pocos se empeñan en cargarse, cegados por su afán de poder a cualquier precio, y que en el fondo lo único que buscan es el lucro personal aún a costa de Lu ruina general.
Un saludo

Rafael Narbona Monteagudo 22/12/18 07:43
Recuerdo al PTE y a su rama juvenil, la Joven Guardia Roja, cuya estrella mediática era Pina López Gay. Durante la crisis de 2008, creo que nadie desenterró el maoísmo. No simpatizo con el espíritu revolucionario, donde advierto grandes dosis de inmadurez. Prefiero el reformismo y la moderación, dos actitudes que reflejan un punto de vista más elaborado y realista.

El problema de la corrupción brota de los impulsos primarios de la naturaleza humana. Ningún partido se ha librado de esa lacra, tan dañina para la sociedad.

Espero que algún día regrese el sentido común y se aprecie el gran logro que representó la Transición.

Un saludo y gracias por su comentario

happy wheels 03/01/19 08:28
I have read your article. I have seen the tragedy of the transition, hoping that you will have more interesting articles to share with readers.
happy wheels

Rafael Narbona Monteagudo 03/01/19 15:32
Gracias. Volveré sobre el tema

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