Roberto Rossellini: Francisco, juglar de Dios

por Rafael Narbona

«¿Sólo hay olvido, ni niebla de memoria / bajo las hierbas rústicas?», se pregunta José Jiménez Lozano. Francisco de Asís respondería que no. El amor imprime a la vida una dimensión última y profunda. La alegría y la fraternidad siempre perduran. Son la semilla del porvenir y no una niebla que se disipa lentamente en la memoria. Francisco de Asís no es un santo más, sino un modelo de humanidad que ha inspirado a creyentes y no creyentes. Su amor a la naturaleza constituye un ideal de armonía entre el hombre y el resto de los seres vivos. Unas flores silvestres son suficientes para experimentar la dicha y la plenitud que nos proporciona el sentimiento de comunión con las cosas. Comunión significa amor y el amor nunca puede ser tibio. Francisco amó ardientemente la vida, comprendiendo que nada es insignificante. Una bandada de golondrinas, ruidosa, alegre y aparentemente pueril, nos adentra en la eternidad, sin que apenas lo advirtamos. La puerta estrecha se abre para lo pequeño, no para lo severo y solemne. Fascinado por la figura de Francisco de Asís, Hermann Hesse señala que la sed de infinito del santo tiende un puente entre la tierra y el cielo, transformando nuestro incierto peregrinar por el mundo en un camino de esperanza.

Roberto Rossellini se acercó al «poverello d’Assisi» con Francisco, juglar de Dios (Francesco giullare di Dio, 1953), una obra impregnada por la estética del neorrealismo. La película comienza con los títulos de crédito imprimiéndose fugazmente sobre un fondo terroso mientras se escucha un coro de voces. Al mismo tiempo, se recita el Laudes Creaturarum o Cántico de las criaturas, que alaba a Dios por haber creado el Sol, la Luna, las estrellas, el viento, el aire, las nubes, el agua, el fuego y la noche. La Madre Tierra es un don que el ser humano debe celebrar y cuidar. Sus criaturas y sus elementos son sus hermanos. Esa relación de fraternidad se extiende a todo, incluso a la muerte: «Loado seas, oh Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, / a la que ningún ser vivo puede escapar». Todos los que aman y perdonan por amor a Cristo, todos los que toleran con alegría las penas y las aflicciones, vivirán eternamente en una dicha perfecta. Cuando finaliza el cántico, aparece una cita de la Primera Carta a los Corintios de San Pablo: «Dios eligió la necedad del mundo para humillar a los sabios, la flaqueza para humillar a los fuertes, la vileza a los ruines, lo que no es nada para anular lo que es» (1:27). Una voz lee la sentencia paulina y nos presenta a Francisco y sus hermanos, que caminan bajo la lluvia: «Y Francisco, para vencer al mundo, se hizo pobre y humilde; se hizo niño para merecer el reino de los cielos. El mundo se burló de él y lo llamó loco». Después de entrevistarse con el Papa Inocencio III, que no sin reticencias ha aprobado la primera regla de la Orden, los Hermanos Menores, como se hacen llamar a sí mismos, se dirigen a Rivotorto, con la intención de trabajar como campesinos, atender a los leprosos y alabar a Dios con sus rezos.

Rossellini, que ya se había consagrado como director con Roma, città aperta (1945) y Germania, anno zero (1948), aplica las enseñanzas del neorrealismo: actores desconocidos (el hermano Nazario Gerardi interpreta a Francisco; será su única aparición en la pantalla), austeridad en la puesta en escena, escenarios naturales, planos largos, iluminación minimalista, fotografía en un blanco y negro sucio, casi documental. Los frailes caminan bajo una intensa lluvia con unos hábitos extremadamente pobres y sencillos. Sus pies descalzos se hunden en el barro. Su fatiga no les impide detenerse un momento para debatir sobre la forma de predicar al pueblo. Bernardo di Quintavalle, primer discípulo de Francisco, afirma que deben ser heraldos de la alegría, la paz y la caridad. El seguimiento de Cristo no es una penosa servidumbre, sino puro alborozo, aunque implique renunciar a cualquier lujo o privilegio. Después de departir, reemprenden el camino, llenos de júbilo, como niños que no se dejan atribular por el mañana. La lluvia no cesa. Al cruzar un río, uno de los hermanos cae en el agua, pero apenas se inmuta. Dirigiéndose a Francisco, le pregunta por qué todos le siguen, por qué Dios lo ha escogido a él, si no es noble, cultivado, ni agraciado. Francisco responde con sencillez: «Porque Dios no ha encontrado a alguien más humilde en la tierra. Porque no ha visto entre los pecadores a uno más vil que yo. Para decir que toda virtud es un don suyo y no de las criaturas».

Cuando llegan a Rivotorto, la mísera choza que habían construido para vivir en comunidad y protegerse de los elementos, se halla ocupada por un campesino y su asno. El intruso los expulsa de malos modos, amenazándolos con una estaca. Francisco no se lamenta. Por primera vez, han prestado un servicio a los demás. Dado que la lluvia no amaina, se refugian en unas ruinas: en realidad, unas simples paredes sin techo. Abrumado por el sufrimiento de sus compañeros, Francisco se acusa de abusar de su obediencia, imponiéndoles una penitencia excesiva. Se tumba en el suelo y pide que le pisen el cuello y la boca para castigar su soberbia, pero los frailes se niegan y le ayudan a levantarse, afirmando que ese día han aprendido a amar realmente su vocación. Emocionados, forman un coro y comienzan a cantar, con Francisco en el centro. Es la primera estampa de una película que no pretende ser una hagiografía respetuosa con el mito. Rossellini quiere acercarse al hombre y comprender el espíritu franciscano, descubriendo por qué ha ejercido una influencia perdurable, inspirando incluso a los que carecen de fe. En su breve ensayo sobre «il poverello d’Assisi», Hermann Hesse afirma que Francisco, con su honda espiritualidad y su amorosa sensibilidad, fue uno de esos espíritus que «construyeron de manera inconsciente aquella maravillosa obra monumental que llamamos Renacimiento». La cultura se renueva y expande a partir del genio «insoldable y eterno» de figuras que abren los ojos a sus contemporáneos, señalándoles caminos hasta entonces inexplorados. Los frescos de Giotto ‒otro de los precursores del Renacimiento‒ en la Basílica de San Francisco de Asís nacen del asombro que desprende la vida del santo. Una peripecia tan humana –y por eso tan cristiana‒ exigía la veracidad de un pincel capaz de conciliar pasión y técnica, creatividad y precisión, sencillez y profundidad.

Rossellini completa el trabajo de Giotto, descendiendo hasta la vida cotidiana de la comunidad de frailes fundada por Francisco de Asís. No utiliza el pincel, sino una cámara que filma con una mirada austera, elemental, pero no exenta de lirismo. En la segunda estampa, ya no llueve. Los frailes trabajan en la restauración de la capilla de la Porciúncula –futura Basílica de Santa María de los Ángeles‒ cedida por el abad de san Benito de Monte Subasio. Podrían ser las ruinas que los cobijaron malamente de la lluvia. El trabajo es duro, pero los frailes ya no se sienten desamparados. Cuando un fraile expresa su deseo de abandonar la fatigosa tarea de levantar muros para poder predicar, otro le contesta que con ese trabajo se acerca cada vez más a Dios: «En cada piedra pon tu conciencia y así cada piedra te hará más grande». Otro señala que trabajar con las manos ayuda a conocer hasta el fondo la vida. La aparición de unos hermanos con un arco repleto de campanillas provoca el júbilo de la comunidad, pues servirá para honrar a Dios con su sonido, semejante al trinar de los pájaros. La alegría se convierte en estupor cuando aparece fray Junípero semidesnudo. Obedeciendo la máxima de socorrer a los pobres, le ha entregado su hábito a un mendigo. Francisco le prohíbe que vuelva a hacerlo, sin consultarle, pero no está enfadado. Se dice que en una ocasión el «poverello» comentó: «Mis hermanos, si sólo tuviera un bosque lleno de Juníperos...». En sucesivas estampas, veremos a Francisco rezar, hablar con los pájaros, acoger a un anciano medio chiflado en la comunidad, prodigar su amor a todas las criaturas, cocinar, barrer, recibir a Clara de Asís (Arabella Lemaitre), enviar a sus hermanos a predicar por el mundo.

Rossellini y Otello Martelli, director de fotografía, logran secuencias conmovedoras y de enorme belleza plástica, como el encuentro de Francisco de Asís con un enfermo de lepra en una noche oscura. El santo se aproxima al leproso y le abraza con indecible ternura. La negrura de la escena evoca a Caravaggio, pero la delicadeza con que se funden el santo y el leproso recuerda las telas de Murillo, donde el sentimiento religioso se expresa de una forma muy humana, empleando colores cálidos y composiciones nada artificiales. No es menos destacable la escena de Francisco rezando el padrenuestro, mientras los pájaros lo interrumpen constantemente. Un jilguero se posa en su hombro y el santo, con una sonrisa afectuosa, le pide silencio en voz baja, animándole a volar de nuevo. En otra ocasión, el fuego de una fogata empieza a trepar por su hábito. Uno de los frailes apaga el fuego y Francisco se lo recrimina: «¿Por qué tratas así al hermano fuego? Yo lo amo porque es bello, alegre, robusto y fuerte». Esa mansedumbre alcanza su punto culminante cuando Francisco y fray Leo, uno de los hermanos más queridos por el santo y al que dedicó una hermosa bendición, son apaleados y expulsados de una villa, donde los confunden con ladrones o mendigos. «Esta es la perfecta alegría ‒explica Francisco al vapuleado Leo‒, tolerar gustosamente el castigo y la injuria y el sufrimiento por amor al Redentor».

El guion de Roberto Rossellini, Federico Fellini y Brunello Rondi sostiene la trama con notable eficacia narrativa. Aunque se trata de estampas sucesivas, se aprecia una armonía y un equilibrio semejante a la que encadena los frescos de Giotto en la Basílica de San Francisco de Asís. Quizás el sentido del humor que recorre toda la película se exacerba hasta el exceso en el episodio de la confrontación entre fray Junípero y el tirano Nicolaio (Aldo Fabrizi), incurriendo en lo grotesco. Los toques de comedia responden al propósito de subrayar el aspecto festivo de Francisco de Asís, mostrando su júbilo infantil. Rossellini huyó del sentimentalismo y el acento piadoso. Después de Auschwitz e Hiroshima, no había espacio para lo teatral y amanerado. En un mundo hambriento de paz, las palabras de Francisco de Asís esbozaban una hermosa utopía: «Oh, Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Donde hay odio, que yo lleve amor. Donde hay discordia, que yo lleve unión. Donde hay dolor, que yo lleve gozo y haz que lleve la esperanza donde hay desesperación. Oh, Maestro, haz que yo no me preocupe tanto de ser amado como de amar».
Francisco de Asís encarnó de forma radical el amor. Con Dios, el Hombre y la Naturaleza. Su mensaje de compasión, fraternidad y solidaridad no es un alarde de ingenuidad, sino un ideal práctico orientado a educar nuestra sensibilidad en el amor a la vida.

26/10/2018

 
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