Robert Aldrich: La venganza de Ulzana

por Rafael Narbona

Cuando se estrenó en 1972 Ulzana’s Raid (en España, La venganza de Ulzana), se acusó a Robert Aldrich de ofrecer una visión muy negativa, casi racista, de los apaches, olvidando que en 1954 había dirigido Apache, una película que describía la resistencia de las tribus de la Apachería como una gesta heroica y romántica. Ayudante de dirección de Jean Renoir, Joseph Losey y Charles Chaplin, Aldrich labró su reputación de cineasta inconformista con películas como Kiss Me Deadly (1955), The Big Knife (1955) y Attack (1956), mostrando el lado oscuro del sueño americano. El melodrama gótico ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962) representó su consagración como autor, y Doce del patíbulo (Dirty Dozen, 1967) le proporcionó el éxito necesario para financiar proyectos más personales. Con posterioridad, se reconocería que Veracruz (1954) habría preparado el terreno al spaghetti western, anticipando las dosis de comedia, cinismo, suciedad y crudeza que caracterizarían a las películas del Oeste rodadas –en su gran mayoría‒ en Cinnecittà (Italia) y España. Ulzana’s Raid corroboró el inconformismo de Robert Aldrich, corrigiendo la visión ingenua y poco realista de los amerindios que había puesto en circulación la revisión crítica de la colonización de Estados Unidos.

Los apaches de Ulzana’s Raid hacen honor a su nombre, que –en lengua zuñi‒ significa «enemigo». El pueblo zuñi sobrevivía cultivando el campo y labrando la plata y las turquesas. No era un pueblo guerrero. Vivía en Nuevo México y sufría a menudo las incursiones del conjunto de tribus que se autodenominaban Indé, la gente. Su ferocidad hizo que los zuñi les adjudicaran el sobrenombre de apachu. Los apaches lucharon contra los españoles, los mexicanos y los estadounidenses, empleando la «guerra de guerrillas». Su conocimiento del terreno les permitía preparar emboscadas letales y huir rápidamente, causando muchas bajas. Los mexicanos ofrecían una recompensa por cada cabellera apache. Doscientos pesos, si pertenecía a un guerrero. Cien si era de mujer y cincuenta si se trataba de un niño. Los españoles intentaron evangelizar ‒sin éxito‒ a los apaches. Su instinto guerrero no se avenía con una religión que –al menos teóricamente‒ predicaba la paz y la humildad. Durante las Guerras Apaches, que se prolongaron de 1861 a 1886, todos los bandos obraron con enorme crueldad, buscando el exterminio del enemigo. Los mexicanos arrasaban los campamentos apaches, matando indistintamente a hombres, mujeres y niños. El ejército estadounidense se mostraba más selectivo, eliminando a los jefes que destacaban por su carisma y destreza militar, como Mangas Coloradas, al que torturaron salvajemente y asesinaron a sangre fría después de capturarlo con falsas promesas de paz. Los apaches no discriminaban entre soldados y civiles. Su intención era matar al mayor número posible de blancos. Gerónimo, que se fugó de la reserva de San Carlos con casi un centenar de guerreros y doscientos ancianos, mujeres y niños, acabó con la vida de todo el que se cruzaba en su camino. Según el historiador Peter Cozzens, «saqueó ranchos, se llevó el ganado y mató de forma aleatoria, torturando a los hombres de todos los modos imaginables, quemando vivas a las mujeres y arrojando a los niños a los punzantes cactus» (La tierra llora. La amarga historia de las guerras indias por la conquista del Oeste, trad. de Rocío Moriones Alonso, Madrid, Desperta Ferro, 2017, p. 454).

Ulzana era un apache chiricahua, hermano mayor de Chihuahua, el caudillo con más seguidores después de Cochise. Había servido en la Caballería como explorador, participando en la captura de Nana en 1881. Con tan solo diez o doce guerreros, se escapó de la reserva de San Carlos y, en dos meses, recorrió casi dos mil kilómetros de Arizona, matando a treinta y ocho blancos y veintiún apaches de la tribu rival Montaña Blanca. Logró robar doscientos cincuenta caballos y no sufrió una sola baja. Finalmente, se entregó, harto de luchar en desventaja. El guionista Alan Sharp adaptó su peripecia para Ulzana’s Raid, recortando sus estragos, pero sin escatimar un ápice su ferocidad. Sharp, autor del magnífico guion de La noche se mueve (Night moves, 1957), de Arthur Penn, realizó un trabajo extraordinario, rehuyendo tópicos y concesiones al espectador. Su guion está lleno de aristas y desprende autenticidad. Rodada en Arizona y Nevada, Ulzana’s Raid no se concibió como un alegato contra los apaches, sino como un estudio sobre la naturaleza humana, la guerra y las diferencias culturales. Aldrich realizó su película tres años antes del final de la guerra de Vietnam, cuando las fotografías de la masacre de Mỹ Lai ya habían revelado que el ejército de Estados Unidos había cometido toda clase de atrocidades contra la población civil vietnamita. Ulzana’s Raid se hace eco del pesimismo antropológico de una época que había contemplado la entrada de las tropas soviéticas en Praga y los bombardeos estadounidenses con napalm, arruinando cualquier ensoñación política o histórica. Aldrich, aficionado a las angulaciones desmesuradas y las perspectivas aberrantes, reprime sus filigranas visuales, adoptando un estilo casi documental. Las escenas de acción están rodadas con intensidad y dinamismo, alternando con fluidez los planos cortos y los planos generales. La fotografía de Joseph Biroc se compenetra perfectamente con este planteamiento, evitando cualquier alarde esteticista. Sus panorámicas del desierto de Arizona evocan la obra pictórica de Frederic Remington, pero sin su épica. Sus imágenes transmiten la impotencia del ser humano ante una naturaleza hostil. La belleza queda amortiguada por la fatiga, el sudor y la sangre de unos hombres que no pueden permitirse el lujo de adoptar una perspectiva estética ante el paisaje. El imperativo es sobrevivir, no contemplar. La banda sonora de Frank De Vol crea el telón de fondo necesario para una parábola sobre la inutilidad de las buenas intenciones en un territorio despiadado.

Burt Lancaster, que ya había colaborado con Aldrich en Apache y Veracruz, interpreta al explorador McIntosh. Se trata de un veterano con una larga experiencia. No es un anciano, pero su cuerpo ya ha empezado a curvarse y su cara bronceada y llena de arrugas refleja la dureza de Arizona. Vive con una mujer apache en Fort Lowell y no le preocupan las murmuraciones. Es directo, sincero y lúcido. Cuando el mayor Cartwright (Douglass Watson), comandante del fuerte, le comunica la fuga de Ulzana y le encarga que hable con los ancianos de la reserva para averiguar cuáles son sus intenciones, contesta que no es necesario perder el tiempo con pesquisas inútiles. Las intenciones de Ulzana son torturar, violar, quemar y matar. Lo esencial es partir cuanto antes para frenar o reducir sus estragos. El teniente Garnett DeBuin (Bruce Davison) lo escucha asombrado. Su padre es pastor protestante en Filadelfia y opina que los problemas con los indios proceden de no haberlos tratado con caridad cristiana. El mayor Cartwright oye sus palabras con estupor y decide ponerlo al mando de la columna que perseguirá a Ulzana. «No me lo agradezca –aclara‒. No es un favor. No sé si recuerda las palabras del general Sheridan: si fuera dueño de Arizona y el infierno, vendería Arizona y viviría en el infierno». El teniente Garnett se ríe y comenta que la frase se refería en realidad a Texas. «Puede ser ‒contesta airadamente el mayor‒, pero en realidad pensaba en Arizona».

El teniente Garnett comprobará muy pronto que su superior no le engañaba. Fort Lowell ha enviado a dos soldados para alertar a los colonos. El primero cae en una trampa y será torturado hasta la muerte. El segundo consigue avisar a dos familias, pero cuando escolta a una madre y a su hijo de doce o trece años, aparecen los apaches. Dominado por el pánico, intenta escapar, pero la mujer le suplica a gritos que regrese. El soldado, que ya huía al galope, vuelve sobre sus pasos y hace lo único que está en su mano: matar a la mujer de un disparo en la frente para que no sea violada y torturada, y subir a su hijo a la grupa, con la intención de escapar. Ulzana (Joaquín Martínez) utiliza el viejo ardid apache de disparar a la montura, asegurando el blanco. El caballo se desploma, haciendo rodar por el suelo al soldado y al niño. Los apaches se aproximan celebrando con gritos la caza de un «casaca azul», un trofeo muy apreciado, pero el soldado se dispara un tiro en la boca, huyendo de una muerte lenta y horrible. Llenos de rabia, los apaches acuchillan reiteradamente su pecho y extraen su corazón para jugar con él, lanzándoselo unos a otros entre risas como si fuera una pelota. Sin embargo, no matan al niño. No le perdonan la vida. Simplemente, lo consideran un trofeo insignificante, sin valor alguno. Al pasar junto a él, Ulzana le dirige una mirada de desdén. El hijo de Ulzana, con una edad parecida, lo observa con indiferencia. Su gesto revela la incomprensión que separa a dos mundos con unos valores completamente diferentes.

Los hallazgos macabros se repetirán: un granjero atado a un árbol y quemado vivo con la cola de su perro en la boca; otro, atado boca abajo y asesinado con el mismo método, mientras su esposa, salvajemente violada y maltratada, presenciaba su agonía. Horrorizado, el teniente Garnett cambiará de opinión sobre los apaches. Su padre se equivocaba. Ya no los considera víctimas, sino monstruos, y no le importa reconocer ante McIntosh que los odia. El explorador entiende su reacción, pero estima que es absurda: «Es como odiar al desierto porque no tiene agua». El teniente Garnett considera que el comentario no aclara nada. Interroga a Ke-Ni-Tay (Jorge Luke), el explorador apache que los acompaña, preguntándole por qué su gente actúa de ese modo. Ke-Ni-Tay responde extrañado: «Son como son. Siempre han sido así». El teniente no se conforma con la respuesta e insiste: «¿Eres como ellos? ¿Matarías a un hombre de ese modo?». Ke-Ni-Tay contesta que sí, que no hay otra forma de apropiarse de la fuerza de un enemigo. En una tierra tan dura, hace falta mucha fuerza para sobrevivir. Ulzana ha pasado mucho tiempo en la reserva con viejos, perros y mujeres. Anhelaba el viento y la guerra, las galopadas, la pólvora y los disparos. Ahora necesita adquirir poder para que sus guerreros no lo abandonen, y el poder sólo se adquiere matando y torturando. El apache sólo es leal a la buena lucha. Pelea donde hay poder, fuerza. No es como el soldado, que firma un papel y se siente obligado. El teniente Garnett no se queda satisfecho. Habla con un veterano sargento (Richard Jaeckel) que persiguió a Nana. Aunque la película no lo menciona, Ulzana participó en esa misión como explorador, lo cual significa que conoce muy bien al prófugo. El sargento no oculta su escepticismo sobre el mandato cristiano de ofrecer la otra mejilla. Cree que a los apaches sólo puede aplicárseles lo de «ojo por ojo, diente por diente». Jesús pidió que nos amáramos los unos a los otros porque nunca tuvo que desatar a un niño de un cactus y esperar dos horas a que muriera para darle sepultura. El odio de los soldados hacia los apaches es muy intenso. Cuando el hijo de Ulzana muere de un disparo, acuchillan el cuerpo con furor. El teniente Garnett interviene, ordenando que no ultrajen el cadáver. Además, exige que lo entierren. McIntosh, que ha observado la escena, comenta, casi como si pensara en voz alta: «No soporta que los solados actúen como los apaches, ¿verdad?» Las diferencias culturales se desvanecen en el vendaval de la guerra, donde sólo prevalecen los sentimientos de odio y venganza.

Es imposible no destacar en Ulzana’s Raid la relación de aprendizaje entre el joven e inexperto teniente Garnett y el veterano McIntosh. Garnett aprende a esperar, a vivir con sus errores, a no odiar, a respetar a los apaches tal como son, a olvidarse de sus prejuicios cristianos. Cuando McIntosh, herido de muerte, le pide que se marche y le dejé pasar sus últimos momentos tranquilo y solo, el joven oficial objeta: «Pero eso no es cristiano». «Claro que no», responde el explorador, con ojos cansados. El teniente Garnett comprende que debe adaptarse a un mundo violento y sin ternura, donde no es posible comportarse como en su Filadelfia natal. McIntosh intenta liarse un cigarrillo. Sus manos apenas le obedecen. Se dirige a Garnett, pidiéndole ayuda sin muchas esperanzas, pues presume que no sabrá liar tabaco. El teniente le confirma sus sospechas. Comprensivo, McIntosh quita importancia a su torpeza: «No se preocupe. Lo aprenderá». Aldrich concluye Ulzana’s Raid con la imagen congelada de McIntosh, lamiendo a duras penas el papel del cigarrillo. Su muerte, que se produce fuera de campo y metraje, no será inútil. Ha enseñado cosas esenciales. Al teniente Garnett y al espectador. Hay que mirar el mundo y aceptar sus imperfecciones. Es absurdo falsear la realidad. El desierto de Arizona –o, si se prefiere, la historia, el universo‒ no se compadece de los hombres. No debemos odiar su indiferencia. Es mejor no pensar en ello, aprender de nuestros errores e intentar vivir un día más.

28/09/2018

 
COMENTARIOS

Mario Folgueras 04/10/18 09:51
Sería estupendo que se recopilaran en un libro todos sus artículos sobre el Western. Un saludo

Rafael Narbona Monteagudo 05/10/18 01:57
Muchas gracias. Por mí, no hay ningún inconveniente, pero necesitaría encontrar un editor amante del western. Esta clase de obras apenas producen beneficios, cuando no generan pérdidas.

Un cordial saludo

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