¿Qué es una crítica de cine?

por Rafael Narbona

Mi afición al cine procede de mi infancia. Sé que no es nada excepcional, pero no está de más señalar que –en mi caso‒ esa inclinación se gestó entre los años sesenta y setenta, cuando aún constituía un acontecimiento que cualquiera de los dos únicos canales de televisión incluyera en su programación películas de John Ford, Alfred Hitchcock o Billy Wilder. En esa época, Fort Apache, Con la muerte en los talones o Testigo de cargo no eran viejas reliquias reservadas a un puñado de cinéfilos que ya han superado los sesenta años y que cada vez viven más en el pasado, sino estupendas películas que concitaban el interés de la mayoría de los espectadores, cuya sensibilidad demandaba buenas historias, grandes actores, una fotografía seductora y un director capaz de combinar los distintos elementos que componen la ficción cinematográfica. Si la memoria no me falla, el vídeo no llegó hasta los años ochenta y, en esas fechas, mi pasión por el cine ya era algo firme e indestructible, con sus filias y sus fobias. A los catorce años, ya tenía muy claro qué me gustaba y qué me desagradaba. Desde entonces, mi criterio apenas se ha modificado.

Durante mis años de universidad, sucumbí a la enojosa pedantería de la Facultad de Filosofía, donde se menospreciaba el western, la comedia, el musical, el melodrama, el policíaco y otros géneros clásicos, alegando que el verdadero cine se hallaba en las salas de arte y ensayo, con sus insufribles tostones plagados de silencios, frases solemnes y planos artificiosos. Después de tragarme varios bodrios memorables que han caído en un merecido olvido, entendí que –salvo excepciones‒ mis compañeros y profesores sólo apreciaban las películas que emulaban los delirios de Deleuze, Foucault, Derrida y otros botarates. Desde mi punto de vista, hay más cine en los títulos de crédito de Centauros del desierto (John Ford, 1956) que en toda la obra de Werner Herzog o Rainer Werner Fassbinder, dos directores con un indudable talento para despertar en el espectador inteligente el deseo de quemar las butacas de una sala. En nuestros días, Lars von Trier ha recogido el testigo de estos sesudos teutones, alumbrando engendros tan lamentables como Anticristo, una cinta que parece rodada por una horda de posmodernos con el cerebro intoxicado por los dislates de Heidegger y Baudrillard. Imagino que algunos se escandalizarán con estas opiniones, pero ser incendiario es una licencia crítica que ayuda a promover el debate y a establecer jerarquías en el terreno del mérito artístico.

En mi opinión, la crítica cinematográfica exige algo indemostrable y altamente polémico: tener buen gusto. Justificar el gusto es literalmente imposible. Algunos afirmarán que una cualidad subjetiva no puede ser un criterio, pero el buen gusto identifica de inmediato la excelencia de Vértigo (Hitchcock, 1958) y huye de la pretenciosidad hueca de 2001: Una odisea del espacio o el ridículo engolamiento de La naranja mecánica. Stanley Kubrick nos dejó verdaderas joyas, como Atraco perfecto (1956) o Senderos de gloria (1957), pero en las décadas posteriores cayó en una estéril y afectada solemnidad. 2001 carece de la fuerza de La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), que no necesita efectos especiales para mostrar el asombro que produce lo desconocido cuando se manifiesta en lo más familiar y cercano, o del encanto de Planeta prohibido (Fred M. Wilcox, 1956), una inspirada fantasía sobre las zonas más oscuras y paradójicas de la mente humana, con unos personajes complejos, creíbles y humanos. Robby, el robot, me parece mucho más interesante que HAL 9000. En cuanto a La naranja mecánica, su alarde de violencia gratuita y su grandilocuencia al abordar temas como la libertad, el mal, la inadaptación, el gregarismo y la posibilidad de la reeducación, producen una mezcla de repulsión y hastío en un espectador que no se conforme con asistir a la torpe escenificación de un discurso esquemático y simplista sobre el hombre, la sociedad y sus conflictos morales.

¿Qué debe incluir una crítica cinematográfica? ¿Debe eludir el argumento y centrarse en aspectos formales? Creo que no. El concepto de «spoiler» sólo afecta a quienes realmente no aman el cine. El amante de las buenas películas disfruta con el mismo filme un número indefinido de veces. No le importa saber lo que va a suceder. De hecho, no hay criterio más infalible para medir la calidad de una película que comprobar su capacidad de emocionarnos, divertirnos o sobrecogernos en sucesivas ocasiones. El sueño eterno (Howard Hawks, 1946), ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946) o El hombre tranquilo (John Ford, 1952) crecen con cada sesión. El crítico debe identificar y comentar los recursos empleados para lograr ese efecto, lo cual implica necesariamente hablar de ciertas escenas, rememorar diálogos o valorar el desenlace. Si únicamente menciona los aspectos formales, su análisis será tan abstracto que producirá indiferencia, apatía o cansancio. La crítica cinematográfica no es unidireccional. Su misión consiste en abrir un canal de comunicación que posibilite el encuentro entre múltiples perspectivas. Los contrapicados de Woody Strode en El sargento negro (John Ford, 1960) o los primerísimos planos de Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957) sólo adquieren valor dramático cuando se vinculan al relato. No menosprecio el lenguaje audiovisual, pero una película no funciona sin un buen guión, salvo que se opine que Sleep (Andy Warhol, 1963) es una obra maestra. La «antipelícula» de Warhol muestra a su amigo John Giorno durmiendo ininterrumpidamente durante casi seis horas. Algunos dirán que es un alarde de ingenio o un desafío conceptual altamente subversivo; otros consideramos que simplemente es una memez adolescente.

El director y los actores suelen acaparar casi toda la atención de los espectadores, pero el crítico, sin eludir el juicio sobre su trabajo, debe subrayar que una película es una obra colectiva, no una creación de autor. ¿Puede hablarse de la filmografía de Billy Wilder sin mencionar el genio y la creatividad del guionista rumano I. A. L. Diamond (en realidad, Iţec Domnici)? ¿Habría sido posible Citizen Kane (Orson Welles, 1941), sin el guión de Herman J. Mankiewicz o la fotografía de Gregg Toland? El guión de Citizen Kane fue firmado por Welles y Mankiewicz, y aún se discute quién aportó más ideas. Esa disputa sólo confirma la importancia de una buena trama. En fin de cuentas, el cine es un relato audiovisual, no un espectáculo o un experimento.

Presumo que no he convencido a nadie. Tampoco lo pretendo. Esta nota sólo es la justificación de un trabajo que abordo ocasionalmente. El cine me ha proporcionado muchas horas de felicidad y, de vez en cuando, momentos de tedio e irritación. Explicar mi punto de vista me ayuda a ordenar mi experiencia y a estimular el deseo de volver a ver las películas que iluminaron mis primeros años como espectador, cuando lo que sucedía en la pantalla parecía más verdadero que el mundo real. No desprecio las novedades, pero me temo que será necesario un milagro para que se repitan los años dorados del cine, cuando era posible estrenar durante la misma temporada películas tan perfectas como Lo que el viento se llevó, La diligencia, Caballero sin espada, El mago de Oz, Ninotchka, Los violentos años veinte, Beau Geste, Las cuatro plumas o Sólo los ángeles tienen alas.

Un último apunte. El buen crítico debe excluir de su lenguaje palabras tan aciagas como «deconstrucción», «subtexto» o «intertextualidad». Una buena crítica cinematográfica debe aspirar a la transparencia, la claridad y la elegancia, rehuyendo emular los tecnicismos de una época que disimula su escasez de ideas con altisonantes conceptos.

12/01/2018

 
COMENTARIOS

JAVIER A. 13/01/18 14:06
Me temo que la crítica cinematográfica es actualmente un género dedicado a la promoción comercial. Comparto su pasión por el cine y las grandes películas. Le animo a introducir en su blog, la opinión personal de las películas que se vayan estrenando.

Rafael Narbona Monteagudo 13/01/18 21:33
Muchas gracias. No es un mala idea. Lo pensaré.

Un cordial saludo

Elías Díez Garay 14/01/18 15:52
La descalificación de Herzog habría que matizarla, sus películas "El enigma de Gaspar Hauser" y "Aguirre, la cólera de Dios" me parecen buenas. De Fassbinder recientemente he vuelto a ver "Effi Briest" sobre la novela del mismo título de Theodor Fontane y es una versión muy aceptable, por el contrario su última película "Querelle" es un bodrio que no pude aguantar hasta el final.
Me gustan mucho tus críticas de cine, me recuerdan las de Julián Marías.

Rafael Narbona Monteagudo 14/01/18 18:00
Estimado Elías:

Gracias por tus palabras. Quizás me he excedido con Herzog y Fassbinder, movido por la indignación que me producía la admiración que concitaban en mis compañeros de universidad, incapaces de apreciar -en cambio- la grandeza de John Ford o Billy Wilder, con un talento infinitamente superior. Gracias por la comparación con Julián Marías.

Un abrazo.

José R. 15/01/18 15:53
"Dr Strangelove" y "Lolita", de la década de los sesenta, ¿son muestra de una "estéril y afectada solemnidad"?

Rafael Narbona Monteagudo 16/01/18 00:29
Estimado José:

Salvaría a Lolita, especialmente por James Mason y Shelley Winters. Dr. Strangelove me parece una castaña.

Ricardo Bada 17/01/18 14:02
En líneas generales estoy por completo de acuerdo con las opiniones expuestas en este artículo. El cine es la mayor de mis pasiones, desde niño, y puedo homologar mis sentimientos frente al mismo con los de Rafael Narbona. De la misma manera que un amante de la literatura experimenta un gran placer en la relectura de sus obras predilectas, así también el cinéfilo con sus films preferidos. Para poner sólo un ejemplo que se menciona en el artículo, yo he perdido la cuenta de las veces que llevo vista "Ninotschka" (y las que te rondaré morena), y hasta tengo la experiencia de haberla visto una vez detrás del telón de acero, en Budapest, cuando Hungría empezaba a desmarcarse del férreo control de Moscú: fue una experiencia única, porque el público reía a puras carcajadas, y ellos sabían muy bien por qué se reían, más y mejor que nosotros. Pese a todo lo dicho, no puedo dejar de decir que, aunque sea de Herzog, creo que "Fitzcarraldo" pulsa una cuerda épica que no es frecuente encontrar en el cine, y hasta me atrevo a decir que en ella hay mucho más realismo mágico que en "Cien años de soledad". Vale.

Rafael Narbona Monteagudo 17/01/18 14:13
Estimado Ricardo:

Tal vez me excedí en algunas valoraciones, quizás por mi intención era escribir una especie de manifiesto, reivindicando el cine clásico, especialmente el estadounidense. La experiencia de ver Ninotschka al otro lado del telón de acero merece una crónica detallada, o un inspirado cuento. Le animo a intentarlo. No creo que le falten recursos para materializar felizmente esta sugerencia.

Un abrazo

Alberto Villa 17/01/18 19:14
Woody Allen (sí, ese monstruo...) tiene dicho que no le gusta ninguna música posterior a los cincuenta(del siglo XX). A usted, Sr. Narbona, veo que le pasa lo mismo pero con el cine. Lo de Mr. Allen se podría comprender, solo se pierde una pequeñaparte de la música (que nació hace miles de años), pero lo de usted es más preocupante. Digo yo que algo habrán aprendido los guionistas, productores, directores, actores y resto de técnicos y creadores desde los cincuenta hasta ahora teniendo en cuenta que el cine nació hace cien años o así. En mi opinión, mucho. Pero, como la suya, es solo una opinión.

Luis Serrano 18/01/18 14:16
Buenas tardes. Interesante reflexión. Es un subgénero con poca demanda pero a mí me gustan mucho las reflexiones de los críticos de cine (aunque sean ocasionales) sobre su quehacer. De hecho en mi página web www.elcineenquevivimos.es, en la sección de entrevistas (en "otros textos") incluyo 30 entrevistas a críticos de cine de diverso rango, edad, profesionalidad y experiencia donde ellos opinan y razonan sobre su labor. Por cierto, señor Narbona, ¿le gustaría dar su opinión en un cuestionario que podría pasarle? Para mí sería un placer. Si es así, me puede contactar a través de la página antes citada o en mi email luisserranofernandez@gmail.com. Me encantaría contar con sus reflexiones.

Sobre el artículo, le diré que en mi caso también las películas que me gustaban de adolescente me siguen, en líneas generales, gustando. Pienso a bote pronto en cintas de los ochenta (yo nací en el 76) como "La princesa prometida" o "Gremlins", irresistibles. Sin embargo, lo curioso es que películas que me encandilaron (haciéndome levitar, literalmente) algo más adelante, siendo uno veinteañero, han tenido otro recorrido. Me da ahora terror volver a algunas de ellas y he sufrido alguna mala experiencia. Daré dos ejemplos. Películas icónicas como "Pulp Fiction" o "Bailando en la oscuridad", por decir dos famosísimas de los noventa, me gustan ahora mucho menos que entonces. Las encuentro más vacuas, superficiales, coyunturales incluso. Con ganas locas de epatar.

Sobre lo demás, sustancioso, solo señalaré que también yo fui lector ocasional de los Foucault, Derrida o Bourdieu y, como dice, la influencia que ellos ejercen sobre mentes jóvenes es directamente proporcional a lo impresionable y "cool" que uno pueda ser. Yo lo era, sin duda. A partir de los treinta años, me fui quitando, como suele decirse, de tales genios enredadores y, la verdad, se vive mejor y hasta el cine sabe mejor.
Creo, por último, que despachar a Fassbinder y, sobre todo, Herzog como usted lo hace es un exceso, pero entiendo por qué lo hace y es una licencia que todo crítico puede tener: mojarse.

Saludos cordiales.
Luis S.

Pd. Como curiosidad y, si la ha visto, me gustaría pedirle su opinión por "3 anuncios en las afueras", que en mi grupo de amigos de críticos diletantes está causando bastantes controversias cinéfilas. En mi web la comento y me mojo. Es una película atractiva y problemática, por decirlo de algún modo.

Amílcar Bernal Calderón 19/01/18 03:08
CINEFILIAS

Menos en la película La mansión de la Araucaima, de don Carlos Mayolo, que resultó, para mí, mejor que el cuento de don Álvaro Mutis de donde salió el guion adaptado, la contienda entre mis viejos amores, el cine y la literatura, siempre la había ganado esta última, quizás porque el formato de una novela, debido a lo ilimitado del número de páginas, permite al autor ser más prolijo que al dueto guionista/director en una película, que dura menos tiempo.
Pero ayer –si hubiera un pugilato entre la novela y su guion adaptado- ganó una cinta sin nombre -sobre la amistad-, que pasaron en la televisión y me puse a ver aunque ya había comenzado. Viéndola recordé la película campeona de la amistad, Tomates verdes fritos, que a su vez fue la campeona de las lágrimas: la vi siete veces y cada vez lloraba más por la emoción o la nostalgia de haber tenido y ya no tener amigos tan leales como las dos protagonistas, una de las cuales, con su empleado, mató al marido de la otra porque le daba mala vida, lo vendió como carne asada en su restaurante y hasta el detective que investigaba esa muerte se comió un filete. Nunca antes había llorado tantas veces por la misma cosa, que no era exactamente un dolor sino una emoción multiplicada por el número de amigos que tuve y tendré hasta que se me muera la mano con que saludo, el pecho con que abrazo.
Era imposible, cada vez que salía de ver Tomates verdes fritos, ya adulto y ahogado en el charco de mis lágrimas, no recordar a mi compañero de la escuela primaria, Germán Rodríguez, hijo del dueño del taller de los carros, mi amigo del alma por aquellos días. Yo era el hijo de la dueña de la sastrería que funcionaba en la casa siguiente. Germán, en el colmo de la amistad, se causó una herida grave (un suicidio chiquito) para que lo llevaran al hospital y se librara de ir a la escuela durante esas cuatro semanas que, ambos incapacitados, pasamos frente al televisor en blanco y negro viendo películas del tiempo de la corneta de palo. Durante nuestra incapacidad, periódicamente abandonábamos el televisor para ir al hospital a que nos revisaran las heridas, que magullábamos un poco antes de salir para que empeoraran a ver si el médico nos alargaba las vacaciones y podíamos pasar más tiempo en lo del cine.
El primer día de clase de cuarto de primaria (ambos teníamos once años), media hora antes de entrar a la escuela nos pusimos a apostar carreras sobre las vigas de un edificio que nunca terminaron y se quedó con las tripas al viento, como los cuadros cubistas. Tuve la mala fortuna de tropezar contra una varilla que sobresalía y caí desde el segundo piso hasta el pastizal inclinado donde empezaba la cancha de fútbol que era nuestro reino. Después de dar volteretas en el aire como una cometa loca, quedé sentado mirando el césped y la primera evidencia de mi gravedad fue una gota de sangre que cayó en mi pantalón, desde una herida en forma de medialuna, como una boca hambrienta, que exhibía en la frente. Doce puntos de sutura y vacaciones de un mes mientras la herida sanaba.
Los dos primeros días, Germán fue a visitarme por las tardes, después de clase. Al tercer día, a escondidas de mamá, me volé a la hora de salida y fui hasta la escuela a esperarlo para que regresáramos juntos al barrio conversando sobre las películas que íbamos a hacer cuando fuéramos grandes. La última tarde de esa semana él dijo que tenía un plan para que nos siguiéramos viendo durante mi enfermedad, y yo, sin imaginarme lo cruento de su propósito, me puse contento. El lunes siguiente, cuando volvíamos a casa, el pícaro se puso a caminar sobre un pedestal de cemento colocado a lo largo del andén de una iglesia adventista. Del pedestal sobresalía, formando una verja, una hilera de varillas de hierro con el extremo puntudo como una flecha. De repente mi amigo se dejó caer y una de las flechas le entró por la axila y salió por el hombro. Reconstrucción del tendón, dieciséis puntos de sutura en el hombro, dieciocho en la axila y vacaciones de un mes y una semana mientras sanaba la herida.
Ayer, en la película sin nombre a la que llegué tarde, el cine hizo milagrosa y rápidamente algo que a la literatura le habría tomado más tiempo: dos amigos, once y catorce años, están en un descampado del barrio hablando de sus cosas y tirándose una pelota de béisbol; entonces suena una música que se disfraza de paso del tiempo y los muchachos caminan poniendo cara de malos a lo largo de una calle, hacia la cámara, o sea hacia el asiento donde yo, con sesentaicinco años y frente al televisor, estoy viendo la escena. Van creciendo a medida que se acercan, de tal forma que cuando pasan algunos segundos y llegan al primer plano, tienen veintiséis y veintitrés años y las facciones con que quedarán hasta que la película termine. Con mis disculpas a mis amigos de ahora, que no van a morirse conmigo para acompañarme aunque los mate el mismo hospital, la misma edad, la misma nostalgia, la misma gripe, ésta es la clase de milagros que amo, y esta nota, mi homenaje a la amistad, que avanza codo a codo con la edad, pero no muere nunca.

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