¿Por qué están tan locos los artistas?

por Rafael Narbona

Desde el lamentable incidente entre Gauguin y Van Gogh, circula la idea de que los artistas son neuróticos incurables. Sus excentricidades no se contemplan como simples desviaciones de los convencionalismos sociales, sino como actos patológicos que vinculan la creatividad al desorden mental. Desde luego, no parece muy razonable cortarse con una navaja el lóbulo de una oreja para pedir excusas por una discusión sobre estilos pictóricos, pero habría que averiguar si se trata de un hecho excepcional o de algo relativamente común en la esfera del arte. Examinemos algunos casos. El 17 de junio de 2010 murió Sebastian Horsley, escritor y artista plástico. Según sus propias palabras, era «un dandi del inframundo». Se hizo crucificar en Filipinas para recrear uno de los iconos del arte mundial. Sobrevivió a la crucifixión, pero no a la heroína, que lo mató con cuarenta y siete años. En cierta ocasión, escribió sobre sí mismo: «Estoy tendido en la cama como una esvástica y me gusta Alemania. ¿Por qué no? Soy medio Byron, medio patán, medio chamán, medio showman, medio nazi y medio Liberace».

James Ellroy, «el perro rabioso de la literatura norteamericana», antes de conocer los laureles de la gloria, rozó la marginalidad y la delincuencia: robos con escalo, alcoholismo, racismo, afición a las peleas clandestinas entre perros de presa, voyeurismo (espiaba a las mujeres cuando se desnudaban y robaba su ropa interior para masturbarse, excitado por su olor). Valle-Inclán perdió un brazo por discutir con un amigo sobre la calidad de las sardinas. Camilo José Cela presumía de aspirar dos litros de agua por el ano. Se rumoreaba que Freud prefería la masturbación al coito y que Wittgenstein era un onanista compulsivo. Georges Simenon alardeaba de haberse acostado con más de mil prostitutas. Se dice que Diane Arbus filmó su propio suicidio mientras se abría las venas en una bañera. Todos eran artistas y todos se comportaban de una forma poco ortodoxa, lo cual corrobora que el arte y la rareza caminan muchas veces de la mano.

¿Qué es un artista? ¿Quizás un niño, como apuntó Nietzsche? Si es así, su conducta anómala no puede sorprendernos, pues un niño nunca actúa de una forma racional, equilibrada. Mozart, obstinadamente inmaduro, compuso un canon titulado Leck mich im Arsch, que puede traducirse como «Bésame el culo». El desconocido autor de la letra que acompaña el canon asocia la alegría y la felicidad a este acto escatológico: «¡Lámeme el culo! ¡Seamos felices, alegrémonos! ¡Lámeme el culo!». Se especula que Mozart sufría el «síndrome de Tourette», que produce tics nerviosos, una emotividad desbocada y súbitos estallidos de rabia, acompañados de palabras soeces.

Bobby Fischer, otro artista ferozmente infantil, ha pasado a la historia como uno de los mayores genios del ajedrez. Su legendario encuentro con el ruso Borís Spaski en plena Guerra Fría lo consagró como un talento irrepetible. El reto se celebró en Reikiavik en 1972 y marcó el final de la carrera de Fischer, que no volvió a participar en un torneo público por razones personales. Desde entonces, su personalidad excéntrica se desbocó, no cansándose de hilar disparates: pese a ser judío, responsabilizó a los judíos de todas las calamidades del planeta, incluidas las matanzas incontroladas de elefantes; llamó a una emisora de radio filipina para celebrar el atentado del 11-S, afirmando que se trataba de una noticia maravillosa; escupió sobre un documento público del gobierno norteamericano, lo cual lo convirtió en un fugitivo de la justicia; murió como asilado en Islandia, rehusando tratamiento médico por un fallo renal. Años atrás, se había unido a los Adventistas del Séptimo Día y se había intervenido para que le extirparan todos los empastes de su boca, pues consideraba que eran potencialmente letales por sus efectos radioactivos. Sus últimas palabras al psicoanalista que lo atendió en su agonía, masajeando sus doloridos pies, fueron: «No hay nada que alivie más el sufrimiento humano que una caricia». Las fotografías que se conservan del huraño Bobby Fischer en sus años de retiro lo muestran como un hombre grande, desgarbado, con vaqueros y gorra de béisbol, barbas de profeta y mirada huidiza, casi un homeless.

El famoso pianista Glenn Gould, otro niño eterno, padecía el síndrome de Asperger, una forma leve de autismo. Acudía a los conciertos con abrigo y bufanda, fuera invierno o verano; llevaba una silla vieja, desvencijada, con las patas recortadas, que dejaba su nariz a la altura del teclado y canturreaba durante sus interpretaciones, provocando un molesto silbido que enloquecía a los ingenieros de sonido en los estudios de grabación. La Voyager 1, que fue lanzada en 1977 para establecer contacto con alguna forma de inteligencia extraterrestre, incluía una grabación de Glenn Gould del Preludio y fuga núm. 1 de El clave bien temperado de Johan Sebastian Bach. No deja de ser desconcertante que la humanidad haya escogido la peculiarísima sensibilidad de Gould para representar sus logros comunitarios. Si la sonda espacial cae en manos de los extraterrestres, tal vez piensen que todos los humanos son locos geniales.

La locura de Antonin Artaud se superpone a la locura de Van Gogh. En su ensayo sobre el «loco de Arlés», que tituló Van Gogh, el suicidado por la sociedad, acusa a la civilización de estar más desequilibrada que el pintor, pues ha incubado «un sucio desprecio por todo lo que trasunta nobleza». Vivimos en una época que ha inventado la bomba atómica, pero que no puede tolerar las «bombas atómicas, incendiarias» de Van Gogh, un enajenado improductivo para sus coetáneos y un mito increíblemente productivo para quienes ahora compran sus cuadros y los esconden en cámaras acorazadas. Van Gogh fue un loco, un alienado, y qué es un loco –se pregunta Artaud, con el cerebro chamuscado por la terapia electroconvulsiva−, sino «un hombre al que la sociedad se niega a escuchar». El loco expresa verdades insoportables. La pintura de Van Gogh es un mazazo que nos revela «la carne hostil del paisaje, sus entrañas reventadas». Van Gogh, poco antes de pegarse un tiro en el pecho, pintó unos cuervos excremenciales sobre el amarillo sucio del trigo. «Convirtió la tierra –escribe el desdichado Artaud, con su larga experiencia en hospitalizaciones forzosas− en un trapo sucio empapado de sangre y retorcido hasta escurrir vino». Van Gogh tal vez se mató porque estaba ebrio de vida. Artaud tal vez enloqueció porque «amó al mundo sin medida», siguiendo la máxima de San Agustín, o porque se identificó con el aforismo de Baudelaire: «El arte es una lucha contra la iniquidad». Su vida fue tan desgraciada como la de Van Gogh, pero nunca lamentó su infortunio: «Nada espiritual puede ser alcanzado por medio de la razón o la inteligencia». La muerte de Artaud en un manicomio fue un acto de sedición: «No he querido convertirme en un resignado como los otros».

Ramón María del Valle-Inclán no era un loco, sino un energúmeno de hondas raíces celtíberas. Inverosímil, temerario, delirante, gozosamente incongruente, escogió la profesión de escritor porque no era una profesión ni un trabajo, sino un ejercicio de libertad. Se hizo bohemio porque ser bohemio significa vivir la vida como una farsa. La pobreza alimentó su orgullo y su desdén por la burguesía liberal. Simpatizó con el carlismo y, más tarde, con el anarquismo por odio al mundo moderno. Era fiero e intolerante, como Lope de Aguirre. Un escritor puro en permanente estado de gracia. Descubrió que la belleza de las palabras sólo se revela cuando se han escindido de su significado. Afirmaba que «los españoles se dividían en dos grandes bandos: uno, don Ramón María del Valle-Inclán y el otro, todos los demás». Aseguraba que la melancolía se inventó en 1861; escribió que «las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos», suplicó al destino «morir fusilado», una muerte honrosa; elogió el ayuno para justificar su incapacidad de alimentar a su familia; reivindicó a Goya como «creador del sentido trágico de la vida española»; inventó el esperpento («los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos del callejón del Gato»); halagó el toreo de Belmonte, incitándole a morir en el ruedo para hacerse definitivamente grande; definió al hombre como un animal que no sirve para pensar, sino para pastar; se rio de la muerte, lamentando que lo malo de morir «es que hay que volver a ver a todos aquellos que afortunadamente perdimos de vista».

En definitiva, ¿existe alguna relación causal entre la creatividad y la enajenación mental? Tal vez la respuesta haya que cedérsela a Nietzsche, que al especular de joven sobre lo que escribiría en el futuro, anotó: «Algún día pariré centauros».

18/05/2018

 
COMENTARIOS

Joaquín 23/05/18 13:27
¿Es esto una forma de argumentación? ¿Un discurso? ¿ Un artículo? ¿Una opinión? ¿Un tópico? ¿Qué aporta? ¿Alguien ha hecho psiquiatría comparada entre artistas y población general?

Rafael Narbona Monteagudo 24/05/18 14:01
No es un discurso, ni una argumentación. Es un texto humorístico.

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