Pistoleros, samuráis y detectives

por Rafael Narbona

Thomas Carlyle sostenía que la historia universal es la historia de los grandes hombres: «Su alma es el alma de la historia del mundo entero». Carlyle cita a Mahoma, Dante, Shakespeare, Lutero, Rousseau y Napoleón como forjadores de naciones, imperios, culturas, géneros literarios o religiones. Probablemente omite a Jesús porque su titubeante conciencia cristiana, lastrada por un invencible pesimismo, entendía que el nazareno no era un hombre, sino el hijo de Dios. Cuando el cine ha llevado la vida de los grandes hombres a la pantalla, no siempre ha logrado captar los rasgos, peculiaridades y azares que explican su excepcionalidad. Napoleón, de Abel Gance, estrenada en 1927, nos hace sentir la ambición ilimitada y el temperamento romántico del huraño y solitario corso. David Lean logra algo parecido con Lawrence de Arabia (1962), recreando con indudable acierto la torturada mente del arqueólogo y militar británico. Ambos proyectos desdeñan las teorías marxistas sobre la historia, destacando el papel de los grandes hombres en los cambios sociales y políticos. Ninguno incurre en la ingenuidad de presentar a sus protagonistas como almas limpias y honorables. El héroe siempre es un tartufo, un seductor que emplea toda clase de ardides para hacer cosas admirables o insólitas. Se destaca su valor y su audacia, omitiendo que esas cualidades prosperan casi siempre a base de mentiras, hipérboles y artimañas. Esta paradoja procede de la profunda insatisfacción que mueve al héroe, distanciándolo de la rutina del hombre común.

El cine histórico constituye un desafío colosal, pues está abocado a un fatigoso contraste con la realidad. Por el contrario, la ficción sólo se mide consigo misma. Puede prescindir de la exigencia de la objetividad e incluso de la verosimilitud. El concepto de heroísmo de Carlyle no repara en los oscuros orígenes de casi todos los héroes. Don Quijote actúa siempre con nobleza, pero desconocemos su pasado, tal vez porque Cervantes prefirió dejar en la sombra aspectos poco ejemplares de su personaje, como la indolencia, la inmadurez o la pereza. En el cine, los héroes casi siempre esconden su pasado. Aunque acaban con situaciones de abuso y opresión, no les queda otra alternativa que la soledad y la vida errante cuando finalizan su tarea justiciera. La comunidad a la que han salvado no desea acogerlos, pues le espanta su violencia y advierte que no se parecen al resto de los hombres. Akira Kurosawa aborda la figura del héroe en varias de sus películas. En Yojimbo (1961), Sanjurō es un rōnin que vagabundea sin rumbo fijo, con su katana sobre el hombro. Se presume que ha sido samurái de algún señor feudal, pero corre el siglo XIX y el final del shogunato Tokugawa ha puesto fin temporalmente a las guerras civiles. Ya no hacen falta tantos guerreros. Ser hábil con la espada ya no garantiza una existencia digna. Sin embargo, no han desaparecido las reyertas entre pequeños señores locales que utilizan la violencia para extorsionar a los campesinos, obligándoles a entregar la mayor parte de sus cosechas. En un cruce de caminos, Sanjurō lanza una rama al aire para decidir su rumbo. El azar lo llevará a un pequeño pueblo donde dos clanes luchan por el poder, aterrorizando a las familias humildes. Toshirō Mifune interpreta admirablemente a Sanjurō, que está a medio camino entre el pícaro y el héroe, el buscavidas y el justiciero. Su espada y su astucia terminarán con el clima de violencia e inseguridad, pero su proeza casi le costará la vida. No espera gratitud. Tras aniquilar a los dos clanes rivales, vuelve inmediatamente a su vagabundeo, sin preocuparse por el futuro. Es una figura trágica, sin hogar ni familia. Un héroe que halla la felicidad, pierde su carácter excepcional, deviniendo en un hombre común. Un héroe busca fama y notoriedad, no bienestar y tranquilidad. Por eso siempre está en movimiento, sin otra compañía que sus recuerdos y una insaciable inquietud, que le empuja a nuevos desafíos.

En Los siete samuráis (1954), Toshirō Mifune es Kikukiyo, un joven de origen campesino que ha adoptado el aspecto de un rōnin y sueña con ser un auténtico samurái. Logrará ser tolerado por los seis samuráis que aceptan proteger de los bandidos a un humilde pueblo a cambio de unas simples raciones de arroz. Torpe con las armas y, en ocasiones, grotesco, Kikukiyo combatirá con valor y entereza. Cuando rescata de las llamas a un recién nacido que ha perdido a su madre, adquiere definitivamente la condición de héroe. La historia de Kikukiyo es trágica desde sus orígenes, pues vivió unas circunstancias similares de pequeño, conociendo desde muy temprano la orfandad y el desamparo. Su final no es menos dramático. Será uno de los cuatro samuráis que pierden la vida en la batalla contra los bandidos, pero su muerte representará la culminación de su heroísmo, transformándolo en leyenda.

El rōnin está muy cerca del pistolero. Rodada por George Stevens en 1953, Shane narra la historia de un gunfighter que huye de un pasado marcado por la violencia. Interpretado por Alan Ladd, Shane ayuda a varias familias campesinas a las que Rufus Ryker (Emile Meyer), un poderoso ganadero, intenta arrebatar sus tierras. Sin pretenderlo, se enamora de la esposa de Joe Starrett (Van Heflin), el granjero que lo acoge en su pequeña propiedad. La señora Starrett (Jean Arthur) también se siente atraída por él. Sin embargo, los dos renuncian a consumar el romance, pues consideran que sus sentimientos son egoístas, indignos y dañinos. Shane librará a la comunidad de Ryker, de su brutal hermano Morgan y del sombrío pistolero de Cheyenne, Jack Wilson (Jack Palance), contratado para asesinar a Joe Starrett. Luego se alejará herido, mientras el pequeño Joey Starrett (Brandon deWilde) le suplica inútilmente que se quede en el valle. «Nadie puede cambiar su destino, dejar de ser lo que es», comenta Shane mientras se despide de Joey. La última imagen de Shane lo muestra cruzando un cementerio, levemente inclinado sobre su montura por culpa de un balazo. No sabemos qué le sucederá, si morirá o sobrevivirá a su herida, pero la penumbra azul del anochecer, las cruces y las lápidas no auguran nada tranquilizador.

No es menos dramático el final de Tom Doniphon (John Wayne) en The Man Who Shot Liberty Valance (1962), que renuncia al hogar y el matrimonio con Hallie (Vera Miles) para salvar a Ransom Stoddard (James Stewart), y llevar la paz a Shinbone, un pequeño pueblo del Oeste sometido a los atropellos de un pistolero (Lee Marvin) a sueldo de los ganaderos. Salvar a Ransom significa renunciar a Hallie, pues ésta se ha enamorado de él. Ransom no es un rudo cowboy, sino un refinado hombre de leyes y un perfecto caballero que enseña a leer y escribir a niños y adultos en una modesta escuela, utilizando como libro de texto un artículo cuyo contenido le permite celebrar y recordar los derechos y libertades de la democracia estadounidense. En sus primeras apariciones, Tom Doniphon es un pequeño ranchero que regala flores de cactus a su prometida y que las noches del sábado cambia su atuendo de cowboy por una chaqueta y un lazo. Sus últimas imágenes muestran a un hombre desesperado, con la mirada febril, una vieja pelliza y las mejillas sin afeitar. Cuando muere, sólo su fiel Pompey (Woody Strode) velará su cadáver y el enterrador le robará sus botas, con el pretexto de que no hay motivo para desperdiciarlas. Sólo el agradecimiento de Ransom y Hallie, que acuden a Shinbone para honrar su memoria, evita que su entierro sea una ceremonia perfectamente anónima. La tragedia de Tom Doniphon es particularmente amarga, pues la mayor desventura del héroe es caer en el olvido.

Los detectives privados se parecen a los pistoleros y a los rōnin. Prestan sus servicios a quien puede pagarles, suelen cambiar de ciudad a menudo y nunca echan raíces. En The Maltese Falcon (John Huston, 1941), Sam Spade, interpretado por el inolvidable Humphrey Bogart, delata a su amante (Mary Astor) para hacer justicia con la memoria de su socio. No es una decisión fácil, pues ha asesinado a su compañero y entregarla a la policía le costará probablemente la horca. Spade es demasiado duro y demasiado cínico para ser un héroe. De hecho, se había enredado en una relación adúltera con la esposa de su socio antes de su asesinato y no oculta el placer que le proporciona emplear la violencia. Jeff Bailey, el protagonista de Out of the Past (Jacques Tourneur, 1947), también es un detective duro y cínico, pero está más cerca del héroe. Sacrifica su vida para que Ann, su prometida (Virginia Huston), se olvide de él y pueda casarse con su antiguo novio, un joven formal y honesto. El chico sordomudo que trabaja en la gasolinera de Jeff conoce su buen corazón, escondido bajo una apariencia de rudeza. Por eso, miente a Ann, haciéndole creer que Jeff se disponía a abandonarla.

El cine negro es más turbio que el western y las películas de samuráis. Sus héroes son más oscuros e imprevisibles. Suelen cruzar continuamente la línea que separa el bien del mal y nunca está claro dónde darán su último paso. Hijos de las grandes urbes, han aprendido en sus calles a desconfiar de todo. Su único credo es el escepticismo y desencanto. Por supuesto, hay excepciones, como el sargento Dave Bannion (Glenn Ford), protagonista de The Big Heat (Fritz Lang, 1953), pero incluso el insobornable policía que se enfrenta en solitario con el poderoso gánster Mike Lagana (Alexander Scourby), convive con sentimientos poco heroicos, como el odio, el rencor y la venganza. De hecho, casi estrangula a Bertha Duncan (Jeanette Nolan), encubridora de Lagana.

Desde la muerte de Aquiles, sabemos que el héroe siempre pierde. Así lo reconoce Kambei (Takashi Shimura) al final de Los sietes samuráis cuando observa las tumbas de sus camaradas. Su joven discípulo soñaba con ser un samurái, pero ha decidido quedarse con la campesina de la que se ha enamorado, renunciando a una vida errante y llena de peligros. Ser un héroe implica vivir bajo una insatisfacción permanente y sólo unos pocos inadaptados pueden soportar y asumir ese trágico destino. El samurái, el pistolero y el detective del cine negro son algunos de los arquetipos que ha alumbrado ese drama. Los hombres corrientes nos conmovemos con sus peripecias y, a veces, secretamente, los envidiamos.

06/07/2018

 
COMENTARIOS

JAVIER A 07/07/18 14:05
Hola Rafael:

Todos ellos desprenden ese aroma a perdedor tan peculiar. Son inadaptados que no encuentran su lugar en el mundo porque la codicia devasta todo lo que encuentra a su paso. Gracias al cine y a la literatura percibes toda su integridad moral. Hacen lo correcto y sufren las consecuencias por ello. En su condena, se convierten en referentes y disfrutamos de su sufrimiento porque "secretamente, los envidiamos".

Por cierto, soberbia la entrada sobre Cornell Woolrich en el blog "Entreclásicos".

Un fuerte abrazo Rafael.

Rafael Narbona Monteagudo 07/07/18 16:57
Hola Javier:

Sin tus comentarios, mis textos pierden mucho, pues siempre apuntas cosas interesantes, inteligentes y oportunas. Celebro que te haya gustado mi artículo sobre Cornell Woolrich y su cuento La ventana indiscreta. Y ¿qué puedo decir del clásico de Hitchcock?

Por cierto, hace unos días volvía a ver Cielo e Infierno, o si se prefiere, El infierno del odio, de Kurosawa en una versión restaurada y digitalizada de A contracoriente films y disfruté muchísimo. Una película verdaderamente extraordinaria con una final magistral. Spielberg le copió a Kurosawa lo de introducir una nota de color en el blanco y negro.

Me atrevo a decir que sin el cine, la vida sería verdaderamente un error, con permiso de Nietzsche.

Un fuerte abrazo, Javier

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