Miguel Delibes: historia de una pérdida

por Rafael Narbona

¿Cómo afrontar la pérdida de un ser querido que ha llenado de sentido nuestra propia vida? ¿Se puede seguir adelante cuando experimentas una abrumadora sensación de vacío? ¿Hay alguna forma de mitigar el dolor, de aliviar la sensación de haberse quedado incompleto, mutilado? Miguel Delibes perdió a su esposa, Ángeles de Castro, en 1974. Compañera, cómplice y madre de sus siete hijos, su muerte prematura lo dejó sumido en una profunda tristeza, que oscurecería el resto de su obra, introduciendo una perspectiva cada vez más melancólica, pero nunca desengañada o escéptica. El escritor vallisoletano nunca fue un pesimista existencial. Nunca renegó de la vida y, menos aún, de sus valores, donde destacaban el amor a la familia, la compasión por los más infortunados, una fe sin estridencias y un inconmovible apego a su tierra natal. Podríamos utilizar el título de un famoso libro de Xavier Zubiri para expresar sus preocupaciones esenciales: Naturaleza, Hombre, Dios. Hasta 1991 no logró escribir sobre la experiencia del duelo, alumbrando una de sus novelas más emotivas: Señora de rojo sobre fondo gris. Su prosa elegante, sencilla y precisa condensó en apenas cien páginas la felicidad de ser amado y la tragedia de quedarse sin ese alimento esencial. El matrimonio es un sacramento cuando implica comunión absoluta, entrega mutua sin límites, fidelidad creadora, compenetración espiritual. Todo indica que el matrimonio de Miguel Delibes y Ángeles de Castro cumplió todas esas exigencias, encarnando el ideal –o, si se prefiere, el milagro‒ de fundir dos vidas en una aventura común sostenida por una firme voluntad de permanencia.

Delibes alteró ligeramente la realidad para hablar de los hechos. En Señora de rojo sobre fondo gris, el protagonista se llama Nicolás y es un pintor consagrado, pero con dolorosas crisis de creatividad. Ángeles se convierte en Ana y muere con cuarenta y ocho años. Eso sí, todo sucede en la misma época, la España de principios de los años setenta, cuando un franquismo agonizante juzga a los dirigentes de Comisiones Obreras, por entonces un sindicato clandestino. El Proceso 1001 será el telón de fondo de los últimos meses de un matrimonio con una hija y un yerno en prisión preventiva, acusados de asociación política ilegal. La sombra del Tribunal de Orden Público planea sobre el progreso de un tumor cerebral que no consigue derrotar a una mujer enérgica e independiente. La principal preocupación de Nicolás es que torturen a sus hijos, una práctica habitual en aquellos años de represión y falta de libertades. Ana se entrevista con el fiscal, que la cortejó sin éxito en su juventud, pidiéndole un trato digno y humano para los detenidos. Miguel Delibes, que luchó en el bando franquista, se distanció del régimen con los años, plasmando una visión muy crítica de la realidad española en Las ratas (1962) y Cinco horas con Mario (1966). En 1963 presentó su dimisión como director de El Norte de Castilla, tras sufrir varios encontronazos con Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo. Cerró esa época de su vida marchándose a Estados Unidos para ejercer la docencia universitaria y, algo más tarde, visitó Checoslovaquia. Sus viajes le inspirarán Parábola de un náufrago (1969), una novela de corte orwelliano que denuncia las distintas formas de totalitarismo, abogando por una sociedad basada en el respeto al ser humano y no en la idolatría de inflexibles dogmas políticos o económicos.

Señora de rojo sobre fondo gris es una novela antifranquista, pero su mayor mérito no está en la crítica del régimen, sino en su delicada recreación de la esposa fallecida, una mujer que «con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir». Ana no es una compañera silenciosa y sumisa. Con una personalidad vigorosa, su presencia nunca pasa inadvertida. No le gusta llamar la atención, pero sus gestos e iniciativas dejan una profunda huella en su entorno, propagando oleadas de inteligencia, ternura y optimismo. Aunque dejó sus estudios universitarios a medias, nunca ha abandonado su pasión por la lectura: «Amaba el libro, pero el libro espontáneamente elegido». Su espíritu crítico le impidió adaptarse al ambiente de las aulas, donde ser alumno consistía en seguir una rutina con escasos alicientes intelectuales. Con un sentido estético innato, supervisa el trabajo de su marido. No pretende dirigirle, sino inspirarle y pulir sus obras. Católica practicante, rinde culto al Cristo del sermón de la montaña: «Era la suya una fe simple, ceñida a lo humano; un cristianismo lineal, sin concesiones». Para ella, Cristo está en lo pequeño, en lo humilde, como en esa bayeta que se impregna del sacramento de la Eucaristía al limpiar un lado del altar, donde había caído una hostia consagrada por accidente. «Ella estaba viendo a Dios allí. [...] En su vida hubo siempre un sentido religioso».

Nicolás no se imagina su vida sin Ana: «Ella era equilibrada, distinta; exactamente el renuevo que mi sangre precisaba». Sabe cuánto le debe, especialmente en el terreno creativo: «descubría la belleza en las cosas más precarias y aparentemente inanes. Y donde no existía, era capaz de crearla rompiendo todos los valores establecidos, asumiendo todos los riesgos». Esa cualidad había impulsado el afán de superación de Nicolás, alejándolo de cualquier concesión a lo fácil o banal. Primitivo Lasquetti, escritor maldito y amigo del matrimonio, conocía esa virtud y le rendía homenaje con una amistad leal y sincera. Ana era incapaz de sentir rencor, ni siquiera hacia «ese hombre» que enviaba a obreros y estudiantes a la cárcel de Carabanchel por luchar contra su régimen. El odio le era un sentimiento completamente ajeno. Le producía fatiga y aburrimiento. Cuando los funcionarios de prisiones se mostraban despectivos con las familias de los presos políticos, se escondía para llorar, pero ni el recuerdo de las duras mañanas de invierno frente a la cárcel lograba sembrar en su interior la semilla del odio.

Su encanto natural se manifestaba de la forma más inesperada. Cuando, en una ocasión, subió al autobús sin dinero y el cobrador le exigió el pago del billete, los pasajeros resolvieron de inmediato el problema, prestándole los preceptivos dos reales. En realidad, se trató de una ofrenda, pues Ana despertaba una «fascinación colectiva». Por su indudable belleza, pero sobre todo por su espontaneidad, bondad y cercanía. Nicolás lamenta que el tiempo no ofrezca una segunda oportunidad, pues considera que fue ingrato en muchas ocasiones. Su mujer se lo dio todo. Se entregó en cuerpo y alma. Siempre se preocupó de que dispusiera de tiempo y espacio para pintar. Sin sus cuidados, su pintura no habría fructificado. De hecho, su muerte lo ha dejado varado, atrapado por un dolor que agarrota su mano y embota su cerebro. Intenta consolarse con el retrato que hizo de su mujer García Elvira. Ana posó con un vestido rojo de cuello redondo y sin mangas, un collar de perlas de dos vueltas y guantes hasta el codo. El pintor escogió como fondo «una mancha gris azulada, muy oscura». Entendió que lo esencial era destacar la luz interior de Ana, que borraba todo a su alrededor. Nicolás siente celos del cuadro. Le duele que haya sido «otro» quien la inmortalizara en todo su esplendor. La luz de Ana brotaba de su gran corazón, que abrigaba a los ancianos y a los más pequeños. Cuidó a su nieta con desvelo y acogió en su hogar a padres y abuelos, criaturas desamparadas «a quienes la insolidaridad de la vida moderna había cogido desprevenidos». Su generosidad no se olvidará. En el funeral, el silencio sólo se rompía con los frecuentes y sinceros llantos. Nicolás vivirá la situación «desdoblado», como si ese día viviera «dentro de otra piel».

La noticia del tumor no provoca el derrumbamiento de Ana. Nadie se plantea ocultarle el diagnóstico, pues su clarividencia desarmaba cualquier engaño o disimulo: «veía detrás de los ojos, de las palabras, en particular de los míos, tan trasparentes». Ana no solloza ni maldice la fatalidad. Quiere vivir, pero sabe que ha sido feliz, que sus cuarenta y ocho años han estado plagados de alegrías. Otros no han conocido ni cuarenta y ocho horas de dicha. No tiene derecho a quejarse. Contemplar la belleza del mundo ha sido una bendición. Su mente aguda y despierta le enseñó que lo más hermoso está en lo humilde e imperfecto. Una sola flor contiene más belleza que un ostentoso arriate. César Varelli, amigo del matrimonio, acudirá desde París al entierro, dejando una corona de claveles rojos sobre la tumba. Horas más tarde, comprenderá su error y regresará al cementerio cuando ya ha anochecido. Saltará la tapia sólo para desparramar los claveles, homenajeando a la amiga muerta con un gesto que sería de su agrado. Ana sabe que va a morir pronto, pero compra ropa para cuando su nieta cumpla años: «Fue una chifladura circunstancial. Probablemente veía en la niña un eco o intuyó, en esta subrogación, la inmortalidad».

Cuando el tumor comienza a afectar a sus movimientos, causando situaciones embarazosas, Ana se refugia en la poesía. Nicolás encuentra un libro abierto boca abajo y, al abrirlo, se topa con un poema de Giuseppe Ungaretti. El título le encoge el corazón: «Agonía». Lee unos versos que reflejan fielmente la actitud de Ana ante su deterioro e inminente muerte: «Morir como las alondras sedientas / en el espejismo. / O, como la codorniz / una vez atravesado el mar / en los primeros arbustos... / Pero no vivir del lamento / como un jilguero cegado». Nicolás se asoma al abismo, pensando cómo será la vida sin ella. Siempre ha sentido que los ángeles guiaban su mano. Ahora descubre que la energía creadora procedía de ella, de su fe en su talento, de su riqueza interior. Había soñado con envejecer a su lado, pero la muerte ha frustrado sus expectativas. Durante el funeral, Primo Lasquetti le hace sentir con su «pesada mirada de miope» que «las mujeres como Ana no tienen derecho a envejecer». Abrumado por la pérdida, Nicolás no es capaz de decir nada. Sólo gimotea, desolado. Su hija Alicia lo abraza y lo consuela, diciendo que habría sido más doloroso presenciar una larga y humillante agonía. Ha fallecido poco después de una complicada intervención quirúrgica. Hasta el último momento, ha conservado su identidad y sus afectos.

Señora de rojo sobre fondo gris es un libro sobre la pérdida y el duelo, pero también es una lección sobre la felicidad. La felicidad no es algo complejo, sino una vivencia sencilla que casi siempre pasa inadvertida: «Nos bastaba mirarnos y sabernos. Nada importaban los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida, eran sencillamente la felicidad». Miguel Delibes, un humanista que sabe tocar el corazón de los lectores con pudor y sobriedad, nos dejó un planto que nos ayuda a sobrellevar nuestros duelos, enseñándonos que es posible amar más allá de la muerte.

18/01/2019

 
COMENTARIOS

Salva 19/01/19 21:14
Magnífico libro, Señora de rojo sobre fondo gris. La obra de Delibes es un tesoro. Gracias por el artículo.

https://imagoestinaqua.blogspot.com/

Elías Díez Garay 18/01/19 17:17
¡Que bello artículo! Efectivamente, no es nada fácil recuperarse de la pérdida de los seres queridos. Sigo esperando impaciente leer tus notas todas las semanas; son un verdadero bálsamo ¡Muchas gracias!

Elías

Rafael Narbona Monteagudo 18/01/19 19:59
Muchas gracias, Elías. Cada uno de estos textos me lleva un día de trabajo, a veces más, pero el esfuerzo merece la pena por lectores como tú, generosos, atentos e increíblemente fieles.

Un fuerte abrazo

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