Malos de película

por Rafael Narbona

No me gustan los canallas del mundo real. Jamás he comprendido la fascinación que despertaba Charles Manson, con su mirada de trasgo maléfico y su esvástica tatuada en la frente. En cambio, me gustan los malos de película, particularmente cuando su perversidad roza lo grotesco e inverosímil. Me encanta Lee Marvin en Los sobornados (Fritz Lang, 1953), interpretando a Vince Stone, un gánster fanfarrón, sádico y hortera. La escena en que arroja café hirviendo sobre la cara de la hermosa Debby (Gloria Grahame) constituye uno de los momentos más sobrecogedores de la historia del cine negro. El talento y la sensibilidad de Lang nos ahorran el horror explícito. Sólo vemos la cara enloquecida del gánster, la cafetera hirviendo y, poco después, a Debby chillando, con el rostro enterrado en las manos. El instante en que se consuma la cobarde agresión acontece fuera de campo. Si Lang hubiera optado por lo explícito, el terror se habría mezclado con el asco, menoscabando el efecto dramático. No es menos sobrecogedora la escena en que Richard Widmark, interpretando al gánster Tommy Udo en El beso de la muerte (Henry Hathaway, 1947) asesina a una anciana paralítica, maniatándola con el cable de una lámpara y lanzándola escaleras abajo. Widmark añadió a su personaje una risa histérica que hiela la sangre, imitando a los niños que ríen mientras arrancan las alas a una mosca. Tal vez esa costumbre se ha extinguido, pero en mi infancia era algo tristemente común.

Me gusta Humphrey Bogart como el gánster Duke Mantee en El bosque petrificado (Archie Mayo, 1936), disparando a bocajarro a Leslie Howard, un poeta sin inspiración que ha pactado con él su propia muerte. El poeta descubrió hace tiempo que jamás escribirá un buen verso y no desea continuar conviviendo con la frustración y el fracaso. Duke Mantee se ha pasado la mitad de su vida en la cárcel y sabe que pasará la otra mitad en una tumba. Cumplirá el pacto sin pesar ni placer. El gánster y el poeta estorban en una sociedad que ama la seguridad y la rutina. Morir es su única salida. Me gusta el cinismo de Claude Rains en Casablanca (Michael Curtiz, 1942), que aprovecha su cargo de jefe de policía para enriquecerse con chantajes y sobornos. Rains logra que su personaje resulte simpático, a pesar de que sus actos son odiosos. Es uno de los grandes misterios del mal.

A veces, los malos son más atractivos que los héroes, despertando un insano deseo de emulación. Me gusta Sydney Greenstreet en El halcón maltés (John Huston, 1941), con una elocuencia tan desbordante como su humanidad. Hipnotiza casi sin esfuerzo a Sam Spade (Humphrey Bogart), un detective sin muchos escrúpulos que investiga la muerte de su socio. Bogart se dejará llevar por la conversación, sin advertir que le han ofrecido un güisqui con narcóticos para dormir a un rinoceronte. Sydney Greenstreet afirma que desconfía de las personas que hablan poco. Estoy completamente de acuerdo con él. Hablar poco se considera una virtud, pero yo creo que es una forma de manipulación. El secreto y la prudencia son armas poderosas que desarman al interlocutor incauto y desinhibido, cuya cordialidad se precipita por un torrente fatal de confesiones innecesarias. Un hombre que habla poco nunca perdona; en cambio, el que habla mucho suele olvidar cualquier ofensa y desconoce el rencor. Me gusta James Mason en Con la muerte en los talones (1959), con su flema británica, asumiendo su derrota con una sonrisa y un arsenal de frases ingeniosas. Sabe que le espera la cárcel y, tal vez, la pena capital, pero su principal preocupación es no perder su compostura de aristócrata ocioso. Morir es desagradable, pero no trágico. La verdadera tragedia es mancharse el cuello o los puños de una camisa de seda o, lo que es más grave, combinar con mal gusto el traje, la corbata y los zapatos. Me gusta Martin Landau, su hombre de confianza. Astuto y atildado, no conoce los problemas de conciencia y desconfía de todos. Su mirada es tan inquietante como la de una serpiente, pero sus modales son suaves y cordiales, incluso cuando planea asesinar, envenenar o extorsionar. Creo que Manson y Landau componen una de las parejas de villanos más memorables de la historia del cine.

Me gusta Tom Ripley, el personaje inventado por Patricia Highsmith. Con la cara de Alain Delon (A pleno sol, René Clément, 1960), nos conquista desde el primer instante, con su cara de buen chico maltratado por la vida. Simpático, avispado, amoral, deseamos que todo le salga bien, que al fin encuentre la felicidad y que pueda vivir como un príncipe, aunque sea a costa de matar a un amigo rico que había confiado en él. Saber que la policía es estúpida (al menos en la literatura y el cine) produce alivio, pues la idea de un Ripley entre rejas resulta tan deprimente como cualquier final de las vacaciones. Gracias a sus crímenes, Ripley asciende de golfo a mecenas del arte, demostrando que los malos actos a veces producen buenas obras. Es otra de las paradojas del mal. Me gusta Omar, el pistolero de The Wire. Se merece un lugar de honor en la galería de los villanos, con su horrible cicatriz surcándole el rostro. Sobrevive robando los alijos de droga a los grandes camellos. Es un rey, con una escopeta de dos cañones y una gabardina negra hasta los pies, que recuerda a los forajidos sudistas de los tiempos de los James y los Younger. No es un hipócrita. Sabe que es un gánster, pero no se considera más deshonesto que un abogado o un banquero. Él trabaja con una escopeta; un abogado o un banquero, con un maletín. En fin de cuentas, las diferencias son de método, no de orden moral. Me gustan Tommy de Vito y Nicky Santoro, almas gemelas que se desdoblan en Goodfellas (1990) y Casino (1995), ambas de Martin Scorsese. Feroces, imprevisibles, locuaces, Vito y Santoro nunca pierden el humor. Adoran ser duros y despiadados. Santoro (Joe Pesci) es capaz de hundir la plumilla de una elegante estilográfica en el cuello de un matón que ofende a su amigo Sam «Ace» Rothstein (Robert De Niro). Las circunstancias no le han obligado a infringir la ley para ganarse la vida. Le encanta ser un gánster. Nunca quiso ser otra cosa. Su vocación es casi tan heroica como la del desdichado Van Gogh.

Me gusta «El Jarabo» interpretado por Sancho Gracia, afirmando en comisaría: «Señora, España y yo somos así». Es el señorito macarra destilado hasta las esencias, con el pelo engominado y una pitillera de oro. Me estremece Robert Mitchum en La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), fingiendo que escucha a Dios antes de apuñalar a sus víctimas, o gritando como una fiera malherida al contemplar cómo se alejan los niños a los que ha dejado huérfanos. Su escenificación de la lucha entre el bien y el mal, retorciendo sus dedos tatuados, tiene la fuerza de una leyenda bíblica. Me gusta Charles Laughton, malvado implacable en La tragedia de la Bounty (Frank Lloyd, 1935) y magistrado sin entrañas en El proceso Paradine (Alfred Hitchcock, 1947). Laughton encarna la perfidia de quienes reprimen sus fantasías sexuales, desviándolas hacia una falsa devoción por el trabajo. Cuando condena a la horca a la hermosa –y malvada‒ Alida Vadii, sus ojos parecen dos llamaradas de lujuria. Me gusta el Lex Luthor interpretado por Gene Hackman en Superman (Richard Donner, 1978), que se describe a sí mismo como el cerebro criminal más grande del planeta. No le falta razón. Su mente es brillante y aguda. Quizá podría hallar la forma de conciliar la mecánica cuántica con la física de Newton, pero ha preferido dedicarse a labrar la desgracia de sus semejantes. Siempre me resultó incomprensible que Superman, convencional y aburrido, lo derrotara una y otra vez. Evidentemente, no lo hace con su inteligencia, sino con la fuerza bruta. El mal es astuto, pero menos poderoso que el bien.

Me gusta la bruja de Blancanieves, extendiendo con su mano sarmentosa la famosa manzana envenenada. Creo que ese gesto perturba a cualquier occidental con conocimientos elementales de historia. Me gusta Scar (El rey león, 1994). Me gusta mucho Scar, con su cicatriz, un inequívoco signo de identidad de los villanos («Scarface», Omar, Chucky), que los hace inconfundiblemente malos. Scar se despide de la trampa que ha tendido a su hermano Mufasa y su sobrino Simba, asegurando que les ha preparado una sorpresa inolvidable. «Será para morirse», susurra, alargando las palabras. Scar es ambicioso, pero no tiene iniciativa. No es un emprendedor. Sólo es elocuente, mendaz, envidioso, desleal. Si reinara sobre toda la tierra, no sabría qué hacer. Sin enemigos, su vida carecería de sentido. Creo que a Hitler y Stalin les sucedía algo parecido, pero, además de malos, eran vulgares y estúpidos. Nunca podrían usurpar el trono de los grandes villanos del celuloide.

Me gusta Jabba el Hutt, con su lengua de sapo y, algo menos, Darth Vader, que se inmola para salvar a su hijo. La guerra de las galaxias es una gran saga, tristemente malograda por un final moralizante. La ética y el cine no son incompatibles, pero si no se tiene el talento de Frank Capra, los resultados son catastróficos. ¿Por qué los villanos de celuloide se arrepienten en el último momento, buscando su redención con un gesto fatal? Fu Manchú, Cruella de Vil y Zurg nunca se arrepintieron de sus felonías y ahí están, ocupando la cúspide del mal. Hablo, claro, del mundo ilusorio del cine. En la vida real, los villanos deben estar bajo siete llaves, como Charles Manson, un malo de verdad que sólo merece ser pasto del olvido.

16/11/2018

 
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