Maldito Mayo del 68

por Rafael Narbona

El Mayo del 68 constituyó una verdadera revolución. Dejó una huella perdurable en la política, la moral y el arte. No aportó nada esencial. Más bien destruyó muchas cosas. En una época de bienestar y libertades, planteó la liquidación de la democracia burguesa, apuntando como alternativa la China de Mao. El Libro Rojo del Gran Timonel se convirtió en la biblia de los estudiantes amotinados. «Seamos realistas –se chillaba en las manifestaciones–. Pidamos lo imposible». Lo imposible, lo utópico, consistía en instaurar una «dictadura democrática» que acabara con el imperialismo y sus lacayos. No era una cuestión que debiera dirimirse en las urnas, con debates, programas y elecciones, sino en las calles y en las plazas, con barricadas y adoquines: «No vamos a reivindicar nada, no vamos a pedir nada. Tomaremos, ocuparemos».

El enemigo era el capitalismo, un sistema inhumano y opresor. Indudablemente, el capitalismo es un sistema imperfecto, como cualquier otra fórmula social y económica, pero es innegable que ha creado una riqueza impensable en épocas anteriores. Al incrementar los bienes y los servicios, mejoró las condiciones de vida de la mayoría, abriendo nuevas perspectivas. No es casual que la prosperidad material corriera en paralelo al avance de las libertades democráticas. La ley de la oferta y la demanda no funciona sin canales de comunicación que hacen posible la circulación de los productos y las ideas. Transformado en economía social de mercado, el capitalismo garantizó servicios básicos como la educación, la sanidad y las pensiones. En 1968, Francia disfrutaba de unos envidiables niveles de bienestar, pero eso no frenó a los estudiantes, que soñaban con el paraíso socialista. Quizá la mayoría desconocía la existencia del archipiélago Gulag, donde los disidentes sufrían esclavitud, desnutrición y tortura. O no había oído hablar de los incontables asesinatos cometidos durante la Revolución Cultural.

La herencia política del Mayo del 68 fue el radicalismo político de izquierdas, que –entre otras cosas– propició la aparición de las Brigadas Rojas, la Baader-Meinhof, los GRAPO y otras organizaciones similares. Todos estos grupos terroristas reivindicaban con idéntico entusiasmo la figura del Che Guevara, según el cual el perfecto revolucionario es una «fría máquina de matar». La caída del Muro de Berlín en 1989 enfrió el prestigio del radicalismo revolucionario de izquierdas, pero la aciaga crisis de 2008 encendió de nuevo la fantasía de «asaltar los cielos». El Mayo del 68 volvió a estar de moda y se identificó de nuevo al capitalismo con el becerro de oro. Al mismo tiempo, brotó el populismo de derechas, con tintes xenófobos, y anticapitalistas. Atrapado entre dos fuegos, el europeísmo se tambalea desde entonces, haciendo peligrar un modelo de sociedad que ha prodigado las mayores dosis de bienestar, libertad y tolerancia de la historia.

En el ámbito de la moral, el Mayo del 68 atacó a la familia tradicional, agitó la bandera del feminismo y exigió la liberación sexual, alegando que un buen orgasmo podía ser tan revolucionario como un cóctel mólotov. El feminismo es una causa demasiado seria para cuestionar su necesidad, pero caben matices. Las dos primeras olas del feminismo luchaban contra las discriminaciones legales y sociales. Ambas surgieron en contextos de opresión real. La tercera ola no se conforma con derribar barreras y lograr la igualdad. Tomando el testigo del Mayo del 68, embiste contra la familia, a la que define como institución básica del «heteropatriarcado». El «amor libre», ahora llamado «poliamor», es la puerta de salida de este modelo. Según la «teoría queer», la identidad sexual es una construcción social y no una tendencia natural. En el amor y el sexo, todo vale, siempre que se haga con libertad. La prostitución y la pornografía no son actividades incompatibles con la dignidad humana, sino conductas perfectamente lícitas si no se ejercen bajo coacción. Me cuesta trabajo creer que alguien elija libremente vender su cuerpo o exhibirlo para saciar pasiones insanas. ¿Cuáles son los resultados de esta interpretación de la sexualidad y los afectos? La crisis de la familia ha agudizado los problemas de soledad y desarraigo, condenando muchas veces al individuo a enfrentarse en solitario a la muerte, la pobreza o la enfermedad. La liberación sexual es una falsa utopía. Cuando se extingue el deseo, los vínculos se debilitan hasta desaparecer. La pornografía, la prostitución y el amor libre no han significado un mayor grado de libertad, sino una cosificación del ser humano. La pornografía y la prostitución fomentan la percepción del otro como objeto. Un objeto al que se puede maltratar, humillar, comprar y degradar. El amor libre o «poliamor» no implica una vejación, pero sí una banalización de los afectos. No es amor, sino frivolidad. El otro como pasatiempo, sin compromisos ni obligaciones.

En el terreno del arte, el Mayo del 68 se rebeló contra todo lo que oliera a patriarcado, colonialismo, cristianismo o clasicismo. Es decir, contra cualquier forma de tradición. El cine de John Ford, la pintura de Ingres, la filosofía humanista –cristiana o no– y el liberalismo político se condenaron como ejemplos de la podredumbre capitalista. El furor revolucionario salpicó incluso a Tintín, un «boy scout» presuntamente racista, misógino, anticomunista y antisemita. Esos prejuicios no han desaparecido. Las nuevas generaciones desprecian a los clásicos, lo cual ha propiciado que el arte, el cine y la literatura se diluyan en la cultura de masas, alumbrando obras cada vez más insustanciales.

Cuando miro hacia atrás, no puedo evitar cierta tristeza. ¡Maldito Mayo del 68! De aquellos polvos vienen estos lodos. Las buenas cosas del pasado no volverán, pero siempre nos quedará el consuelo de leer a clásicos como Chesterton, que escribió: «Lo correcto es lo correcto, aunque no lo haga nadie». Borges afirma que Oscar Wilde, «casi siempre, tiene razón». Creo que Chesterton, al que el autor de Otras inquisiciones admiraba con fervor, merecía más ese reconocimiento.

05/04/2019

 
COMENTARIOS

JAVIER A 05/04/19 17:51
Pues sí. Malditos todos los movimientos que a lo largo del siglo XX, degradaron al ser humano hasta convertirlo en carne de picar. La vida dejó de tener valor.

La aparición de los totalitarismos, siempre se encuentra su origen en las desgracias humanas. Allí donde escasea el trabajo y el sustento, donde el hambre devora a los desamparados y la ignorancia se propaga, hacen acto de presencia los profetas del apocalipsis. El oprimido es la víctima propiciatoria para inocularle la semilla del odio, suplantando cualquier vestigio de racionalidad y entendimiento. La inteligencia embrutecida por el ruido y la furia.

He recordado la película "La vida de los otros". Cada vez que la veo soy más consciente de la fortuna que tenemos de vivir en una democracia liberal garantizada por el Estado de Derecho. La fragilidad de la democracia debe hacernos estar más comprometidos con nuestras obligaciones ciudadanas. Es un deber defender la democracia para disfrutar de la libertad que esta nos proporciona.

Atravesamos tiempos turbulentos e inestables. La polarización ideológica está desatando los instintos más primarios, rompiendo los consensos fundamentales que garantizan la convivencia. Queda meditar y tomar partido.

Un fuerte abrazo querido Rafael.

Francisco Muñoz de Escalona 10/04/19 14:56
Esperaba que el autor mencionara el 15-M de la Puerta del Sol. Las coincidencias con el Mayo-68 son atosigantes

Javier de Puertas 10/04/19 15:41
Hacía tiempo no leía un artículo tan conservadurista y retrógrado. Parece escrito en Pyongyang, pero al revés

Luis Fonseca 08/04/19 15:13
El sociólogo francés Jean-Paul Le Goff habla de la herencia imposible del 68 y entre nosotros hay quien se volvió conservador al comprobar las consecuencias insostenibles del progresismo desmedido (Gregorio Luri). Pero quizá haya que regresar a la parábola del trigo y la cizaña para recordar que no nos es dado comprender plenamente lo que está llamado a permanecer y lo que terminará pasando, porque siempre nos faltará perspectiva.

En todo caso, aunque sea por mera probabilidad estadística, sería muy raro que las generaciones post-68 fuéramos superiores a las anteriores en todos los órdenes de la vida. ¡Ellos vivieron, crearon y pensaron durante muchos más siglos! Sólo por eso, sin necesidad de abrazar la reacción, se impone ser humilde y escuchar a los antiguos.

Un fuerte abrazo.

Luis

Haim 11/04/19 07:03
El pelo gris es señal de vejez, no de sabiduría.

thierry precioso 11/04/19 08:45
La primera frase dice: el Mayo del 68 constituyó una verdadera revolución. Bueno no había voluntad de toma del poder pero sî que que constituyo una revolución de costumbres y valores. Pero esos cambios se estaban dando en gradualmente en todas partes bajo los efectos de la influencia estadounidense con el cine, la música y el modo de vida. Entonces me parece que Mayo 68 es una forma algo abrupta especifica a Francia con una juventud harta de la sombra paterna de De Gaulle y eso al poco de haber terminado la guerra de Argelia. Se podría argüir que Mayo 68 fue mâs un gigantesco happening que una Revolución al uso.
También leo: la aciaga crisis de 2008 encendió de nuevo la fantasía de «asaltar los cielos». Bueno hay una gran diferencia: ahora en Europa no tenemos tan claro que nuestros hijos van a vivir mejor que nosotros. En mayo 68 hubo gigantesca expresión contra el poder político pero no había el miedo al futuro que conocemos ahora en Occidente. Buen día!

Juan Gomez 11/04/19 16:00
Este artículo lo podía haber escrito cualquiera, le das una fecha y lo pone a parir, aunque sea la fecha de su nacimiento. El sistema capitalista que tenemos lo ha enterrado todo incluso los campos de concentración y represión de Franco.

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