La mala leche de los hombres bajitos

por Rafael Narbona

Ser bajito no es una desgracia. Es una señal del destino que invita a seguir la estela de Alejandro Magno, Julio César o James Dean. No es cierto que todos los dictadores sean bajitos. Hitler medía un metro y setenta y dos centímetros, una estatura normal para su época. Idi Amin, dictador de Uganda y asesino de masas, superaba el metro y noventa. El general Ratko Mladić, Slobodan Milošević, Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla –cuatro nombres para la historia de la infamia‒ no eran precisamente bajitos. Hay criminales de todas las tallas, pero no está de más romper un falso estereotipo. Los hombres bajitos no tienen mala leche por ser bajitos. Los hombres bajitos tienen mala leche porque están hasta las narices de que les atribuyan un carácter irascible. En realidad, son como un valiente fox terrier. Si los dejas tranquilos, no te morderán y fingirán que no les molestan tus caricias, pero si les buscas las cosquillas, te atacarán con ferocidad. Conviene recordar que el fox terrier no es un perro de compañía. No es Milú, con su eterna alegría de perrito faldero e inofensivo. El carácter del fox terrier se forjó en la campiña inglesa, acosando a los zorros hasta arrinconarlos y matarlos a dentelladas en sus guaridas. El fox terrier es más duro que el pit bull (que tampoco es demasiado grande) y, de hecho, pertenecen a la misma familia. Son Terrier, y los Terrier pueden ser tan peligrosos como Mike Tyson en un cuadrilátero. Los Welsh Pembroke Corgi también son de cuidado. Son pequeños, pero han mordido varias veces a la reina de Inglaterra, que los ama con ternura y con ese punto de locura de las viejas chifladas que alimentan a las ratas en los parques, considerándolas tan monas como las ardillas.

Hay que definir qué es un hombre bajito en el mundo occidental y en el siglo XXI. Sólo considero bajitos –en un sentido estricto‒ a los hombres que no superan el metro y setenta. A partir de esa medida, ya no puede hablarse de hombres bajitos. Por supuesto, hay hombres «ultrabajitos» que ni siquiera rozan ese umbral. Truman Capote medía un metro y sesenta, y Prince, un metro y cincuenta y siete. Según los testimonios de su época, Alejandro Magno era bajito, de facciones hermosas, con la piel blanca y el cabello ondulado, de color castaño claro. Al parecer, tendía a inclinar ligeramente la cabeza hacia el hombro derecho, lo cual insinúa que sufría una notable escoliosis, probable causa de su baja talla. No era muy grande, pero el mundo se le quedó pequeño enseguida. No era un simple estratega. A los doce años, libró su primer combate en las riberas del río Gránico. Desde entonces, se implicaría en infinidad de batallas. Ordenó la destrucción de Tebas, ejecutó a conspiradores y traidores, hundió su espada una y otra vez en la carne de sus enemigos. Excelente jinete, hábil con las armas, implacable con el adversario. ¿Cómo es posible que un hombre bajito haya realizado esas hazañas? Según el historiador inglés Antony Beevor, los hombres pequeños son los mejores luchadores en un escenario de guerra. En la batalla de Normandía, eran más rápidos y ágiles que los soldados altos, incapaces de adaptarse a una geografía plagada de obstáculos. Los gurkhas quizás son los mejores soldados de infantería del mundo, y suelen ser bajitos. Son capaces de combatir en el desierto, la selva y la montaña. A veces, su mera presencia provoca reacciones de pánico. Sus enemigos prefieren arrojar sus armas y huir en desbandada, evitando exponerse a su famoso kukri, un machete curvo capaz de cortar limpiamente la cabeza de un tajo. Los gurkhas son auténticos perros de la guerra, con una ferocidad sobrecogedora. Y muchos son «ultrabajitos».

He comenzado esta nota intentando limpiar la reputación de los hombres bajitos, pero según escribo advierto que los hombres bajitos pueden ser temibles. Vayamos al cine, fiel espejo de los mitos de nuestro tiempo. Joe Pesci es «ultrabajito» (un metro y sesenta) y, en el papel de gánster, intimida más que Luca Brasi, el gigantesco matón de Vito Corleone en la primera parte de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972). En Goodfellas (Martin Scorsese, 1990), Pesci es Tommy DeVito. Mata a otro gánster, Billy Batts (Frank Vincent), por burlarse de él en la barra de un bar. Le ayuda Jimmy Conway (Robert de Niro), que patea a Batts despiadadamente. Esconden su cuerpo en el maletero de un coche para enterrarlo en un lugar discreto, pero Batts aún respira y  Tommy, que se ha tomado un pequeño respiro visitando a su madre, lo remata con un enorme cuchillo de cocina, mientras lanza maldiciones. En Casino (Martin Scorsese, 1995), Joe Pesci interpreta a Nicky Santoro. Santoro es un matón que utiliza una prensa industrial para reventar la cabeza de un gánster rival, intentando averiguar el nombre de uno de sus cómplices. No siente lástima por su víctima, pero lo admira por ser tan duro. Aunque lo han torturado durante días y le han clavado un picahielos en los genitales, no ha abierto la boca hasta el final. Santoro no tiene problemas de conciencia. Está enamorado de su profesión. Desde pequeño, quiso ser un gánster, al igual que Ray Liotta (Henry Hill en Goodfellas), mucho más blando y con una vocación menos auténtica. Durante el rodaje de Casino, Sharon Stone llegó a tener miedo a Pesci, lo cual es altamente gratificante para un matón bajito, pues Stone mide un metro y setenta y dos. Por cierto, Martin Scorsese, que dirigió ambas películas, mide un metro y sesenta y tres, y se ve que le encanta la violencia. Otro tipo «ultrabajito» con mucha mala leche.

No puedo acabar esta nota sin citar a James Dean, simplemente bajito, con su metro y sesenta y ocho, rechazado por algunos estudios por su escasa envergadura, ridículamente exagerada por la posteridad con dos o tres ilusorios centímetros. Sin embargo, eso no le impidió encarnar el mito de la rebeldía juvenil, mostrar su destreza con una navaja automática en Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955) o pegarle un buen puñetazo a Rock Hudson en Gigante (George Stevens, 1956). No está de más señalar que Hudson medía casi dos metros. Los chicos bajitos no suelen tener suerte. Muchas veces pierden a su novia. Pier Angeli, una bellísima actriz italiana, dejó a James Dean tras un pequeño romance. Se casó con el cantante y actor Vic Damone. Durante la ceremonia, James Dean permaneció a la entrada de la iglesia haciendo rugir el motor de su moto, con el propósito de fastidiar y arruinar la ceremonia. Pier Angeli se separó enseguida de Vic Damone y en 1971, después de participar en una lamentable película erótica para relanzar su carrera, se suicidó con barbitúricos. No sabemos qué habría pasado si James Dean no se hubiera matado a los veinticuatro años con su Porsche Spyder 550, al que bautizó con el nombre de The Little Bastard. Es difícil no querer a James Dean, después de observar cómo protege al desdichado Sal Mineo (Platón) en Rebelde sin causa, otro «ultrabajito» con un dramático final. Mineo murió apuñalado por un repartidor de pizza a los treinta y siete años.

Me temo que los bajitos y los «ultrabajitos» sí tienen mala leche y un destino infortunado. Ahí reside su grandeza. Aficionado a todo lo cruento y salvaje, el gigantón de Ernest Hemingway siempre buscó la compañía de hombres menudos, como el pescador Gregorio Fuentes, que le sirvió de modelo para escribir El viejo y el mar, pues sabía que el destino suele escoger a los hombres bajitos para escribir las gestas más heroicas y las historias más trágicas.

25/05/2018

 
COMENTARIOS

JAVIER A 25/05/18 20:00
Otras bajitos sublimes en el cine: James Cagney, Edward G. Robinson, Humphrey Bogart, Martin Sheen, Dustin Hoffman, Woody Allen. Alfred Hitchcock y Al Pacino, estos dos ya en el 1,70. Alan Ladd que va creciendo al grito de Shane, también parece rondar el límite.


Es cierto, Joe Pesci lo borda en "Casino" y en "Uno de los nuestros". Un perfecto psicópata. Pero le recuerdo en un registro completamente distinto. La película es "El ojo público". Interpreta a un fotógrafo de sucesos que cae rendido ante la belleza de Barbara Hershey. No puede evitar cuando la mira, esconder esa manera tan íntima de idolatrarla.

Un fuerte abrazo Rafael


Rafael Narbona Monteagudo 26/05/18 18:20
Hola Javier:

Definitivamente, nos hemos conocido en otra vida, pues yo también soy un enamorado de El ojo público, una película a la que no se ha prestado mucha atención. Me conmovió especialmente la escena en que Barbara Hersey, indignada porque el portero ha expulsado de su local a Joe Pesci sale a buscarlo para invitarlo a entrar de nuevo y se queda paralizada cuando lo encuentra en un callejón, fotografiando a un borracho. El artista sensible también es un oportunista que explota las debilidades ajenas. Ella también tiene una doble cara, pues le traiciona para salvar sus privilegios. Una película preciosa.

Un fuerte abrazo Javier

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