La gran familia: la España de ayer

por Rafael Narbona

Cuando estudiaba Filosofía en la Universidad Complutense, mis compañeros hablaban con devoción del cine de Bernardo Bertolucci, Luchino Visconti, Éric Rohmer y Michelangelo Antonioni. Si alguien se atrevía a elogiar a John Ford, Raoul Walsh o Alfred Hitchcock, se exponía a ser calificado de fascista y reaccionario. Por entonces, casi todo el mundo había visto Centauros del desierto, Murieron con las botas puestas o Cortina rasgada. A principios de los años ochenta, sólo había dos canales de televisión y los clásicos se reservaban para las franjas horarias con más público. En la Facultad de Filosofía, aún se respiraba el aire enfebrecido del Mayo francés y comenzaba a despuntar la movida madrileña. La mayoría de mis compañeros oscilaban entre el marxismo-leninismo matizado por Louis Althusser, un pop descerebrado y hortera (que fingía ser el colmo de la sofisticación y el ingenio), y las herméticas enseñanzas de Wilhelm Reich y Jacques Lacan. Se soñaba con asaltar los cielos al ritmo de Alaska y los Pegamoides para aniquilar los peores inventos de la burguesía: la familia patriarcal, la democracia capitalista, el sentimiento religioso y el abyecto patriotismo. Desde ese punto de vista, Centauros del desierto sólo era un panfleto racista; Murieron con las botas puestas, puro y deplorable militarismo; Cortina rasgada, burda propaganda anticomunista. Ni siquiera se reconocían los méritos formales de los grandes maestros de la dirección cinematográfica. Cualquier secuencia de La luna (1979), una película increíblemente afectada y pretenciosa, se consideraba superior a toda la filmografía de John Ford. Comparar el cine de tiros, indios y vaqueros con las sublimes incursiones de Bertolucci en la oscura región de los tabúes, constituía una imperdonable herejía.

Yo no me libré del marxismo, ni de la movida. Es difícil discrepar de una mayoría intolerante y fanática. Leí a Marx y a Foucault con grandes dosis de sufrimiento, y bailé con resignación en Rock-Ola, escuchando letras que incitaban al infanticidio, la necrofilia y la sobredosis. Nada nuevo bajo el sol. Nada digno de recordar o celebrar. La idea de «epatar al burgués» no fue una invención de la movida, pero se sacó del armario para hacer ruido y simular la irrupción de algo distinto y original. ¿Cuáles fueron los frutos de ese fenómeno? Un puñado de canciones de escaso mérito artístico, vidas destrozadas por el alcohol y las drogas, y el escarnio de los valores que habían proporcionado estabilidad y esperanza a las generaciones anteriores. Aunque sus protagonistas lo nieguen, la movida fue un retoño del Mayo del 68. Su rasgo más creativo consistió en renovar el armario, reemplazando el pañuelo de fantasía de los jipis por un imperdible o un colgante con forma de murciélago.

Aunque el sarpullido revolucionario ha remitido notablemente, el populismo de izquierdas continúa presentando a la familia, la religión y la economía de mercado como los grandes enemigos de la humanidad. Un fatalismo nietzscheano se ha adueñado de casi todas las conciencias, imponiendo una perspectiva cortoplacista. Hay que vivir el instante y no pensar en mañana, pues el porvenir del hombre es la nada. Quizá sería mejor no haber nacido, pero, ya que estamos aquí, no hagamos caso a quienes nos hablan de la virtud o la prudencia. Este discurso convive con un crecimiento imparable de la soledad, la insatisfacción, el escepticismo y la melancolía. En nombre de presuntas liberaciones, el hombre se ha quedado a la intemperie, desarraigado y sin esperanza. El Mayo del 68 fracasó en la política, pero goza de una sólida hegemonía cultural. No sé si se trata de una victoria irreversible, pero yo he de admitir que siento nostalgia del ayer.

Hace unas semanas volví a ver La gran familia. Dirigida por Fernando Palacios y estrenada en 1962, la película cautivó al gran público, que se identificó con los problemas y peripecias de sus personajes. Nunca he simpatizado con la dictadura franquista, pero recuerdo la década de los sesenta con añoranza. No debe confundirse la forma política de una época con la vida cotidiana de la sociedad que vive bajo sus leyes. En esos años, muchas familias se parecían a la de Carlos Alonso (Alberto Closas), Mercedes (Amparo Soler Leal) y su numerosa prole. La presencia del abuelo (Pepe Isbert) no era un capricho del guion, sino el fiel reflejo de un tiempo en el que aún convivían tres generaciones, compartiendo ilusiones y fracasos. Inspirándose en los chispeantes diálogos de Tono, Mihura y Jardiel Poncela, Rafael J. Salvia, Pedro Masó y Antonio Vich escribieron un guion con una trama tan sencilla como eficaz. Carlos, el cabeza de familia, es aparejador y tiene varios empleos. Simpático, optimista, trabajador, íntegro y comprensivo, ejerce su autoridad cuando es necesario, pero nunca es intolerante o inflexible. Cuando uno de sus hijos mayores suspende varias asignaturas en la universidad por llevar una vida de crápula, lo deja sin vacaciones en la playa, pero levanta el castigo tras escuchar las protestas de sus hermanos y el abuelo, pidiendo una medida menos severa. Mercedes, la madre, no es una mujer sumisa, sino una administradora realista y eficaz. No sobreprotege a sus hijos, ni los culpabiliza. Sólo pierde los nervios cuando Chencho, el más pequeño, se pierde en la Plaza Mayor horas antes de la Nochebuena. Su compenetración con su marido se renueva con cada experiencia, creando el entorno cálido y estable que necesitan los hijos para convertirse en adultos equilibrados y responsables. El abuelo es un niño grande que aporta ternura y diversión. El inolvidable Pepe Isbert realiza una interpretación entrañable que ha quedado grabada en la memoria colectiva de varias generaciones, especialmente cuando busca desesperadamente a su nieto, repitiendo su nombre («¡Chencho!») con su inconfundible ronquera. Se ha dicho que José Luis López Vázquez sobreactúa en su papel de padrino. No creo que sea así. El estilo interpretativo de López Vázquez se confunde con su hiperbólica personalidad dramática. Al igual que Pepe Isbert, sus creaciones son una prolongación de su peculiar manera de estar ante la cámara, produciendo la ilusión de no inventar ni crear nada, pues cada gesto, dejo o modulación parecen el testimonio de algo natural e inevitable.

Declarada «Película de Interés Nacional», La gran familia ha sido acusada de complicidad ideológica con la dictadura. Imagino que hablar en su favor te convierte en sospechoso de franquismo. Yo no advierto nada de eso en una película con un espíritu similar al de ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946). Se trata de dos clásicos que celebran el amor en familia y el sentido del sacrificio, destacando la importancia de vivir para los otros y no sólo para uno mismo. Yo suelo volver a verlas todos los años, casi siempre por navidad, y nada me hará abandonar ese hábito, aunque algunos lo utilicen para tildarme de retrógrado y reaccionario. Que otros dediquen su tiempo a Bertolucci, Althusser y Alaska y los Pegamoides. Tienen mi comprensión y mi compasión.

04/01/2019

 
COMENTARIOS

JAVIER A 04/01/19 13:17
Me siento como tú Rafael. Pronto nos acusarán de fascistas por el simple hecho de haber nacido en los años de la dictadura franquista, en la España de ayer como titulas el artículo.
"La gran familia" es un retrato en blanco y negro, a ratos tierno y a veces duro, de la columna vertebral de la sociedad. Muestra la importancia de las relaciones familiares y del papel que le corresponde a cada uno de sus miembros y el proceso para asumirlo. De la educación como mecanismo para la integración del individuo en la vida social. Del valor y el respeto por la experiencia, por las canas como se decía antes.

Un artículo muy conmovedor.

Aprovecho para desearte una año repleto de inspiración y trabajo.
Un fuerte abrazo.

Rafael Narbona Monteagudo 04/01/19 16:05
Querido Javier:

Ya que los dos hemos nacido en otra época, me permito encabezar esta nota con la fórmula que se utilizaba antiguamente para comenzar las cartas y no el anglosajón "Hola", tonto y pueril.

Vivimos una época de intransigencia ideológica donde no puedes hablar a favor de la familia, la integridad territorial de España o la importancia del legado cultural cristiano sin ser tildado de facha y reaccionario. En Cataluña, se plantearon quitar el nombre de Antonio Machado de algunas calles por ser un poeta españolista. En este clima de estupidez todo es posible. A mí ya me da igual lo que digan.

Fui profesor de instituto durante veinte años y puedo asegurar que los chicos problemáticos siempre surgen en familias que no funcionan, donde se ha roto el principio de autoridad y no se practica el diálogo. La familia es espacio donde se crece, se madura y se forja la personalidad. Cuando falla, las consecuencias son terribles: adultos inmaduros, inseguros, irresponsables y neuróticos.

Yo también te deseo un feliz año lleno de buenas lecturas

Un fuerte abrazo

EULALIA 06/01/19 21:56
Queridos Rafael y Javier:

Yo no soy nostálgica pero sí testigo de lo que viví y de las consecuencias que ha tenido en mí, en mi generación y en la educación impartida por "los nuestros" a sus vástagos que ahora son mis compañeros de trabajo, mis vecinos, una generación, por cierto, que empezará pronto a criar a la siguiente.

No creamos sin embargo que en España los más alocados difieren de los aburguesados. Soy testigo de cómo los más conservadores de la casa de "La gran familia" se han sacudido el ejemplo que recibieron y obran al revés, como gato escaldado, aunque nunca bailaran por Radio Futura ni pagado por ver a Almodóvar o W Herzog. Siguen la nomenclatura de la novedad sin rechistar.

No debemos creer lo que parece. Somos muchísimos los que desearíamos que hubiera habido mayor continuidad en nuestras costumbres, mayor cariño y respeto por conservar las que nos siguieran sirviendo y un reflejo de esos sentimientos de dulzura en el cine o en la narrativa, en vez de dar al traste con todo por franquista. Debemos luchar por hacerlo visible, el mayor problema en España donde sólo lo duro y malencarado se recibe en los medios públicos.

Sigamos mejorando el mundo, el nuestro, sin desesperar y se notará.


Rafael Narbona Monteagudo 07/01/19 18:51
Querida Eulalia:

Excelente reflexión. No todo fue maravilloso en aquellos años. Yo no recuerdo con cariño el colegio de curas donde estudié. Los profesores nos pegaban a menudo y se aprendía muy poco. Muchos profesores ni siquiera eran licenciados universitarios. La falta de libertades se reflejaba en todos los aspectos de la vida. Sin embargo, deberían preservarse ciertos valores que se asocian injustamente al franquismo, como el apego a la familia, los buenos modales y el respeto por los mayores.

Despachar todo el pasado como simple franquismo reduce el debate a un intercambio de puerilidades que no lleva a ninguna parte. En estos momentos de crispación e inestabilidad, es muy necesario recuperar el diálogo, la moderación y la prudencia. Creo que no es imposible. Los radicalismos siempre son efímeros. En cambio, el regreso a ciertas costumbres sanas -como la estabilidad en los afectos y el sentido del compromiso con las generaciones anteriores- parece una meta bastante difícil de alcanzar.

Un cordial saludo y gracias por aportar tu punto de vista

JAVIER A 09/01/19 09:56
Querida Eulalia:

Completamente de acuerdo con ese espíritu de lucha invisible, que no hace uso del estruendo y el alarido para hacerse notar. Existe una intimidad muy arraigada en la sociedad, de marcado carácter racional, y comprometida en el esfuerzo por consolidar una sociedad de ciudadanos libres e iguales. Los principios y valores se mantienen inalterables con el paso del tiempo, no prescriben.

Desde la llegada de la democracia liberal, se ha consolidado un avance, una mejora en muchos de los ámbitos que conforman la sociedad. Ahora recorremos un camino perverso, en el que la clase política se ha impuesto frenar el recorrido transitado, que aunque mejorable ha sido modélico. La manipulación por parte de los profesionales de la política, vía medios de comunicación, a cuenta de la ciudadanía, tratando de clasificar a los individuos en función de identidades ficticias, está fomentado la división y el enfrentamiento. Es el regreso a los compartimentos estancos irreconciliables dentro de la sociedad.

Bueno queridos Eulalia y Rafael, me he puesto tan serio que pareciera que el sentido del humor haya que dejarlo aparte. "La gran familia" es una película deliciosa y ya que Eulalia lo menciona, Almodóvar me parece un pestiño. Radio Futura me privaba y Gabinete Galigari más.

Un fuerte abrazo para los dos.

Rafael Narbona Monteagudo 09/01/19 19:28
Querido Javier:

Magnífica reflexión. Muy seria y muy necesaria.

A mí también me gustaban Radio Futura y Gabinete Galigari, pero ahora me aburren. Imagino que me he hecho viejo. En cuanto a Almodóvar, totalmente de acuerdo. Sus películas son insufribles y tediosas. Espero que se recuerde al cine español por Pepe Isbert y no por las "chicas del montón".

Abrazos y nostalgia

Rafael

Manuel Domínguez Marques 10/01/19 22:24
Totalmente de acuerdo con el artículo y los comentarios al respecto, yo debía de ser un bicho raro pues los cantantes y grupos de los ochenta me parecían auténticos petardos, lo mejor que se puede decir de ellos es que no sabían cantar ni un poquito, el rasero de medir era muy bajo del cine de Almodóvar mejor no hablamos, totalmente sobrevalorado, y malo muy malo.A mí personalmente me dio por la progresia politica, de la cual admito muchos errores y excesos,de los que todavía estamos pagando las consecuencias.

Rafael Narbona Monteagudo 12/01/19 20:30
Yo cometí todos los pecados: la movida, el marxismo y, si me descuido, el punk. El cine de Almodóvar no me gustaba nada, pero no me atrevía a decirlo. Con la crisis de 2008, caí otra vez en la ciénaga del marxismo, escandalizado por la corrupción y horrorizado por el paro. Salí enseguida de mi sueño dogmático, pero escribí muchas estupideces que aún me pesan. Aunque no se admita, la izquierda impulsa un rodillo ideológico que ejerce una poderosa coacción. Desde mi punto de vista, la virtud está en el centro, nunca en los radicalismos, ya sean de un signo u otro.

Un abrazo, Manuel, y gracias por tu comentario.

Antonio 12/01/19 22:42
Ensalzar La Gran Familia me parece tan osado como problemático. Enfrentarla a Antonioni resultará provocador para determinados perfiles de una determinada generación, pero yo apenas lo considero un debate de mínimos sin salida. La cinta se fecha en 1962. Un año antes y otro después, Luís Gª Berlanga rodaba Plácido y El Verdugo, por cierto, con Pepe Isbert. Me temo que el buen cine de la época se sitúe allí, si es que de eso quería tratar el artículo. Mujeres al borde de un ataque de nervios es una película excelente, aunque arrastre el terrible pecado de haber sido parte de la movida. Pero lo más extraño, para mí, son las alusiones iniciales al cine estadounidense. ¿Tiene mujer e hijos el personaje de John Wayne en The Searchers? ¿O en The Man Who Shot Liberty Valance? ¿Es acaso el tío pastelero que juega a indios con los sobrinos? ¿Recordamos el Código Hays que censuró el cine estadounidense durante décadas? ¿Fue Frank Capra un artista subversivo bajo él? En ningún comentario anterior se ha señalado nada de esto, as´que entiendo que mi aportación queda fuera de lugar. Es un artículo destinado a una generación a la que no pertenezco.

Rafael Narbona Monteagudo 13/01/19 09:40
Estimado Antonio:

Indudablemente El verdugo y Plácido son películas mucho mejores que La gran familia, una obra menor, pero de valía. No comparto tu entusiasmo por Mujeres al borde..., que me parece cine costumbrista y de la peor factura. Respeto tu aprecio por Antonioni, pero me parece una director verdaderamente aburrido. En cuanto al Código Hays, me parece detestable. Respecto a los papeles de Wayne en Centauros del desierto y El hombre que mató a Liberty Valance, no se trata de héroes, sino de personajes atormentados y con una enorme complejidad psicológica. No me cuesta trabajo imaginarlos en una tragedia de Shakespeare. Probablemente, nos separan muchos años, pero eso es bueno porque anima el debate.

Un cordial saludo

Antonio 13/01/19 14:26
Estimado Rafael,

Gracias por tu amable acogida. Celebro que opinemos igual sobre El Verdugo y Plácido, y también sobre Antonioni, porque cuando dije lo de debate de mínimos, me refería a que ninguna de las dos opciones me motiva lo suficiente. Tampoco me convence Almodóvar en drama o melodrama, pero considero insostenible querer descalificar su mejor comedia bajo la acusación de costumbrista, cuando al mismo tiempo se está ensalzando La Gran Familia. Afectuosamente, diría que tu difícil postura adolece de viga en el ojo propio. Tampoco tenía noticia previa de que John Wayne fuera actor especialista en papeles de hombre atormentado. Me temo que esta afirmación tampoco se ajusta a la realidad. No nos separan tantos años, pero en mi generación, a los disfrutes personales como puede ser volver a ver La Gran Familia por Navidad, los acostumbramos a considerar "placeres culpables". Es una obra menor, en efecto. Mejor que los peores bodrios del régimen, como las películas de niños cantores, y mucho más amena que el cine de Antonioni. Aunque éste, ante prolongadas situaciones de insomnio, pueda resultar terapéuticamente más aconsejable.

Un cordial saludo.

Rafael Narbona Monteagudo 13/01/19 23:09
Estimado Antonio:

Nací en 1963. Con ese dato puedes saber cuántos años nos separan. Me temo que no nos pondremos de acuerdo en lo de Almodóvar. El costumbrismo de La Gran Familia es ingenuo y entrañable. El de Almodóvar me parece efectista y estridente. En cualquier caso, es sano que discrepemos. El tiempo dirá quién tiene razón. Quizás ninguno, o tal vez los dos en cierta medida.

Tampoco estoy de acuerdo con tu valoración de John Wayne. Creo que era un buen actor, injustamente infravalorado. Y pienso que bordaba los papeles de hombre atormentado. En sus interpretaciones de Thomas Dunson (Río Rojo), Ethan Edwards (Centauros del desierto) o Tom Doniphon (El hombre que mató a Liberty Valance), destacan la amargura, la frustración y la insatisfacción. Es el otro lado del sueño americano, con sus sombras y desengaños. John Ford trataba fatal a John Wayne y hasta que vio su interpretación en Río Rojo, no reconoció su talento. "De modo que este hijo de puta sabe actuar", comentó, sorprendido. John Wayne no era tan intransigente y fanático como Ward Bond, pero es evidente que sus ideas políticas han ensombrecido su legado dramático.

Creo que sí coincidimos en la grandeza de Pepe Isbert, siempre magistral, con su voz ronca y sus gestos llenos de expresividad. Era más bajito que John Wayne, pero más grande como actor.

Siempre es un placer hablar de cine. No sé si habré cometido alguna errata en mi replica, pero es que apenas veo la letra en este rectángulo.

Un abrazo

Antonio 14/01/19 20:58
Coincidimos plenamente en cuanto a Pepe Isbert. Todos aquellos "secundarios de lujo" entre los que él era veterano fueron magníficos actores.

Respecto a John Wayne, no hay héroe del western clásico que lo sea más que él. Lamento tener que decir que no encarnó lo que afirmas, en todo caso la inadaptación de un Oeste salvaje, de puños y de tiros, a un país ya estructurado y regulado. The Man Who Shot Liberty Valance narra estrictamente eso. Wayne es demasiado grande, fuerte y noble para frustrarse y amargarse, algo propio de un décadent nietzscheano. La otra cara del sueño americano es Michael Moore. Y sobre las ideas políticas, ahí están las de Charlton Heston que jamás ensombrecerán su mayor capacidad interpretativa. En una línea imaginaria entre Victor Mature y Lawrence Olivier, Wayne estará siempre más cerca del primero, sin que eso sea merma de sus muchos méritos ¿Quién habría sabido recriminar con mejor porte a Lee Marvin que aquél era su bistec? Respecto al carácter de John Ford, se dice que no existe ninguna foto suya riendo.

En efecto, siempre es un placer hablar de cine. Soy once años más joven. Lo suficiente para no haber vivido la movida, para haber leído a Lacan y a Marx por decisión personal y no por seguidismo y, por tanto, no considerarlos pecaminosos, sino bagaje intelectual necesario. Supongo que mi equivalente a La Gran Familia sería "Verano Azul", pero honestamente, el mundo alrededor no me parece tan horrible como para tener que revisionar la serie. Y eso que vivo en Barcelona.

Un abrazo.

Antonio 14/01/19 21:04
Fe de erratas: Es Laurence Olivier, no Lawrence.

ramon 17/02/19 11:39
Confieso que me encanta película, pero me temo que en los sesenta había más famillas como la de " los santos inocentes", había poca clase media.y quien tenía tantos hijos era mucha miseria la que les rodeaba.

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